Volver al resumen

El Despertar del Maestro de la Muerte y la Veela

El Velo de Sombras y la Canción Silenciosa del Fuego

El amanecer siguiente llegó con una tranquilidad engañosa. El valle, una vez escenario de caos y destrucción, ahora yacía en silencio, las últimas cenizas de los nigromantes disipándose en la brisa matutina. Harry y Fleur regresaron a la fortaleza, el peso de la noche anterior aún fresco en sus mentes. La victoria había sido decisiva, pero no había sido sin un costo. La comprensión de la magnitud de lo que enfrentaban se había grabado más profundamente.

– No esperarán que respondamos con tanta fuerza, – comentó Fleur, mientras se sentaban a la mesa de piedra en la sala principal de la fortaleza. Había recuperado su forma humana, pero un tenue resplandor dorado aún se demoraba en los bordes de su visión, un eco del poder que acababa de desatar.

Harry asintió, su mirada fija en el mapa de Europa que se había extendido sobre la mesa. Había sido un hallazgo en la biblioteca de la fortaleza, un mapa antiguo con extraños símbolos que Fleur había interpretado como posibles puntos de actividad de los nigromantes.

– Eso les dará tiempo para reagruparse y para que nosotros nos preparemos, – dijo Harry, un escalofrío recorriendo su espalda al recordar la sensación de absorber la vida de los nigromantes. El poder era embriagador y aterrador a partes iguales.

– Necesitamos más que preparación, Harry, – Fleur se inclinó sobre el mapa, sus dedos trazando líneas imaginarias. – Necesitamos entender qué es exactamente este "Vacío" que buscan invocar. La profecía es clara, pero vaga. Una entidad que trasciende la vida y la muerte. ¿Qué significa eso para nosotros? ¿Para el mundo?

Harry cerró los ojos, permitiendo que los susurros de los muertos se intensificaran. Ya no eran una cacofonía, sino una biblioteca de voces, un coro de experiencias pasadas y conocimientos olvidados. Se concentró en la palabra "Vacío", buscando cualquier eco, cualquier pista en ese mar de información.

Después de un momento, abrió los ojos, su expresión sombría.

– Los muertos... no hablan de ello directamente. Hay un miedo, un horror tan profundo que incluso ellos, que han cruzado el velo, no se atreven a nombrarlo por completo. Pero hay fragmentos. Hablan de una "antivida", de una "no existencia". Algo que no solo consume, sino que anula. Que borra.

Fleur escuchó atentamente, su rostro pálido.

– Borra, – repitió. – No es muerte, sino... la ausencia de todo.

– Exacto, – Harry asintió. – Y para invocarlo, necesitan la "sangre de la luz pura y la esencia del segador". Tú y yo.

– Lo sé, – dijo Fleur, su voz apenas un susurro. – Pero si este Vacío es tan terrible, ¿por qué lo querrían? ¿Qué ganarían?

– Poder, – respondió Harry con amargura. – Siempre es poder. Creen que pueden controlarlo, usarlo para reescribir la realidad a su antojo. Para ellos, la Muerte es solo un obstáculo, una limitación. Quieren ir más allá.

La conversación los llevó a un período de intensa investigación y entrenamiento. Fleur se sumergió en los textos antiguos de la fortaleza, buscando cualquier referencia a entidades del Vacío o rituales similares. Harry, por su parte, profundizó en su conexión con la Muerte, no solo para la batalla, sino para el conocimiento. Descubrió que los muertos, en su estado etéreo, poseían fragmentos de verdades olvidadas, memorias de eras pasadas donde tales horrores habían sido apenas susurrados.

Una noche, mientras Harry estaba en profunda meditación, con los ojos cerrados, sintió una presencia inusual entre los susurros. No era un alma individual, ni un coro de lamentos, sino una especie de eco antiguo, una vibración de un poder que precedía a la Muerte misma.

– ¿Harry? – la voz de Fleur lo sacó de su trance. Ella se había acercado sin que él la notara.

– Algo... algo más está ahí, – dijo Harry, su voz tensa. – No es el Vacío, pero está conectado. Es como un... velo. Una capa de sombra que lo oculta.

Fleur se sentó a su lado, sus ojos dorados brillando en la penumbra.

– ¿Un velo?

– Sí, – Harry frunció el ceño, concentrándose. – Como si el Vacío no estuviera completamente ausente de nuestro mundo, sino que estuviera velado, dormido. Y los nigromantes están tratando de rasgar ese velo.

– Entonces, nuestra tarea no es solo detenerlos, – dijo Fleur, su voz adquiriendo una nueva determinación, – sino también proteger ese velo. Fortalecerlo.

La idea resonó con Harry. La Muerte era, en esencia, un guardián del equilibrio. Si el Vacío representaba la anulación, la Muerte era el límite, la frontera.

– Necesitamos entender cómo funciona ese velo, – dijo Harry. – Cómo se mantiene. Y cómo se rompe.

Fue entonces cuando Fleur tuvo una idea.

– Los símbolos en las paredes de esta fortaleza, – dijo ella, señalando los grabados antiguos. – Mi abuela me contó que mi linaje, en la antigüedad, no solo usaba el fuego para la purificación, sino también para la creación de barreras. Barreras elementales.

Juntos, comenzaron a experimentar. Usando la conexión de Harry con la Muerte para sentir la estructura del velo, y la manipulación elemental de Fleur para intentar replicar sus propiedades. Fue un proceso lento y a menudo frustrante. Harry intentaba sentir la "textura" del velo, la forma en que el Vacío era contenido, mientras Fleur intentaba conjurar llamas que pudieran imitar esa contención, que pudieran quemar sin destruir, que pudieran sellar.

Las noches en el Santuario se llenaron de la extraña danza de sus poderes. Harry evocaba sombras, no para atacar, sino para palpar, para sentir la esencia de la no existencia. Las sombras se estiraban y se retorcían, intentando comprender lo incomprensible. Fleur, por su parte, conjuraba llamas de un color azul profundo, un fuego frío que no quemaba, sino que envolvía y sellaba.

– El fuego azul, – explicó Fleur un día, mientras una pequeña esfera de esa llama danzaba en la palma de su mano, – es el fuego de la contención. El fuego que no destruye, sino que preserva el equilibrio. Es la contraparte del fuego de la purificación.

Harry se dio cuenta de la dualidad inherente a sus poderes. Él era la Muerte, el fin, pero también el guardián del tránsito, el pastor de almas. Fleur era el Fuego, la destrucción, pero también la purificación, la contención. Eran dos caras de la misma moneda elemental, trabajando en armonía para mantener un equilibrio.

A medida que dominaban estas nuevas facetas de sus poderes, el vínculo entre ellos se hizo más profundo. Había momentos de silencio, donde las palabras eran innecesarias. Una mirada, un gesto, era suficiente para transmitir pensamientos y emociones. Compartían la carga, el miedo, la determinación. No era un romance de flores y promesas, sino la forja de una conexión inquebrantable, moldeada por el fuego y la sombra.

Un día, mientras practicaban en el patio de la fortaleza, sintieron una perturbación. No era la llegada de más nigromantes, sino una especie de eco, una resonancia de magia oscura que venía de lejos.

– Han encontrado otro punto focal, – dijo Fleur, sus ojos dorados fijos en el horizonte. – Están intentando rasgar el velo en otro lugar.

Harry sintió una punzada de pánico.

– ¿Podemos detenerlos? ¿Podemos fortalecer el velo a distancia?

Fleur negó con la cabeza.

– No sin estar allí. La magia elemental requiere presencia.

La decisión fue instantánea. Habían estado entrenando para esto.

– Entonces, iremos, – dijo Harry, su voz firme.

El nuevo objetivo de los nigromantes, según los fragmentos de los susurros de Harry y la interpretación de Fleur de los antiguos mapas, era un antiguo sitio druídico en la Selva Negra, en Alemania. Un lugar de poder telúrico, ideal para sus rituales.

El viaje fue más rápido esta vez. No podían permitirse el lujo de la cautela excesiva. Utilizaron una serie de Portkeys de emergencia que Fleur había preparado, saltando de un punto a otro, cubriendo grandes distancias en poco tiempo.

Cuando llegaron a las afueras de la Selva Negra, el aire era espeso con magia oscura. Podían sentir la tensión, la resonancia del Vacío intentando abrirse paso.

– Están a punto de completar el ritual, – susurró Fleur, su rostro tenso.

Se abrieron paso a través del denso bosque, siguiendo la estela de la magia corrupta. Finalmente, llegaron a un claro, donde una docena de nigromantes estaban reunidos alrededor de un antiguo círculo de piedras. En el centro, una figura se alzaba, un nigromante aún más poderoso que el líder que habían enfrentado en el Santuario. Este tenía una marca en la frente que parecía una herida abierta, un ojo oscuro y sin vida.

El aire vibraba con una energía sombría, y una fisura oscura, como una herida en la tela de la realidad, comenzaba a abrirse sobre el círculo de piedras. El Vacío.

– ¡No! – Fleur gritó, y sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia adelante, transformándose en la Veela de Fuego. Las llamas doradas la envolvieron, y se convirtió en un torbellino de luz y calor, su figura radiante en medio de la oscuridad del bosque.

Harry la siguió, su varita en alto. No hubo tiempo para la sutileza. Esta era una carrera contra el tiempo, contra el fin de la existencia.

El líder nigromante, el que tenía la marca del ojo, se giró, su rostro contorsionado por la furia.

– ¡La Llama Pura! ¡El Maestro de la Muerte! – siseó. – ¡Han llegado! ¡Pero es demasiado tarde! ¡El velo se rasga!

Harry sintió el velo, la barrera entre los mundos, estirarse y gemir. Era como un tejido antiguo, deshilachándose en los bordes.

Fleur se lanzó contra los nigromantes que rodeaban el círculo, sus llamas purificadoras arrasando con todo a su paso. Los nigromantes gritaban y se desintegraban en cenizas, incapaces de resistir la furia elemental.

Harry se concentró en el líder nigromante. No podía permitirse el lujo de luchar contra todos. Necesitaba detener el ritual.

– ¡Detente! – gritó Harry.

El nigromante se rió, una risa seca y sin humor.

– ¡El Vacío nos dará un poder más allá de sus sueños, Maestro! ¡La Muerte será nuestra esclava!

Con un gesto de su varita de hueso, el nigromante invocó una barrera de sombras vivas, densas y frías, intentando atrapar a Harry. Pero Harry era el Maestro de la Muerte. Las sombras le obedecían.

– ¡No me servirán a mí! – dijo Harry, y con un acto de pura voluntad, las sombras del nigromante se volvieron contra él, retorciéndose y apresándolo en una prisión helada.

El nigromante gritó, intentando liberarse, pero la Muerte no se lo permitía.

Mientras tanto, Fleur había despejado el camino hacia el círculo de piedras. Pero la fisura oscura sobre ellas se estaba expandiendo rápidamente. Un aura de frío absoluto emanaba de ella, una sensación de vacío que helaba el alma.

– ¡Harry! ¡Está casi abierto! – gritó Fleur, sus ojos fijos en la fisura.

Harry sabía lo que tenía que hacer. Tenía que intentar sellarlo.

Se acercó al círculo de piedras, su mente llena de la "textura" del velo que había sentido en el Santuario. Extendió su mano hacia la fisura, e invocó las sombras. Pero no las sombras de la muerte, sino las sombras de la contención, las sombras que sellaban.

Una negrura más profunda que la noche comenzó a emanar de su mano, envolviendo la fisura. No intentaba destruirla, sino cerrarla, coser el tejido desgarrado de la realidad.

Fleur se unió a él, sus llamas azules, el fuego de la contención, brotando de sus manos y entrelazándose con las sombras de Harry. Las llamas azules y las sombras negras danzaron juntas, formando una barrera etérea, un sello.

La fisura resistió, emitiendo un gemido inaudible, una especie de succión que intentaba arrastrarlos al Vacío. Harry y Fleur sintieron la presión, el inmenso poder de la no existencia intentando consumirlos.

– ¡No cederemos! – gritó Fleur, su voz resonando con el poder de su fuego.

Harry sintió la aprobación de los muertos, un coro de apoyo que lo impulsaba hacia adelante. La Muerte no quería que el Vacío se abriera.

Juntos, empujaron, las sombras y el fuego azul trabajando en perfecta sincronía. Poco a poco, la fisura comenzó a encogerse, el velo comenzó a repararse. El gemido del Vacío se convirtió en un susurro, y luego en silencio.

Finalmente, con un último estallido de energía, la fisura se cerró por completo. El aire en el claro volvió a la normalidad, el frío del Vacío se disipó.

Harry y Fleur se desplomaron en el suelo, exhaustos, pero victoriosos. El líder nigromante, aún atrapado en la prisión de sombras de Harry, los miró con una expresión de incredulidad y terror.

– ¡Imposible! – siseó. – ¡El Vacío no puede ser sellado!

Harry lo miró, sus ojos brillando con la autoridad de la Muerte.

– La Muerte es el límite, – dijo Harry, su voz baja. – Y el Fuego es el sello.

Fleur se acercó al nigromante, sus ojos de fuego azul brillando.

– Y ahora, – dijo ella, su voz fría y resonante, – el velo de sombras se cerrará sobre ti, para que nunca vuelvas a amenazar el equilibrio.

Con un gesto de su mano, el fuego azul de Fleur envolvió al nigromante, no para quemarlo, sino para atraparlo, para sellarlo en una prisión de energía elemental. El nigromante gritó, su cuerpo desapareciendo lentamente, no en cenizas, sino en una especie de cristalización oscura, un sello eterno.

El claro volvió a quedar en silencio. Harry y Fleur se miraron, el cansancio evidente en sus rostros, pero también una profunda satisfacción.

– Lo hicimos, – susurró Fleur.

– Solo por ahora, – respondió Harry, mirando el lugar donde el Vacío había intentado abrirse. – La amenaza sigue ahí. Pero ahora sabemos cómo enfrentarla.

Se levantaron, sus manos se encontraron, un contacto silencioso de apoyo y comprensión. El velo de sombras había sido reparado, al menos por el momento. Y la canción silenciosa del fuego había sellado el peligro. La guerra estaba lejos de terminar, pero habían ganado una batalla crucial, demostrando que la unión de la Muerte y el Fuego era una fuerza formidable, capaz de proteger el equilibrio del mundo.