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El encuentro

Retratos de lo que queda de nosotros

El invierno parecía haber dado una tregua aquella tarde. Aunque el aire seguía siendo gélido, el cielo se teñía de un rosa anaranjado que recordaba a las acuarelas que Ed solía usar en sus años de facultad. Mia caminaba a su lado, sintiendo el roce de su gabardina contra su abrigo. Pipo, el perro, corría unos metros por delante, persiguiendo sombras invisibles entre los arbustos del parque.

—¿Sabes? Nunca tiré aquel anillo —dijo Ed de repente, rompiendo un silencio que no era incómodo, sino expectante.

Mia se detuvo en seco. Giró el rostro hacia él, entornando sus ojos oscuros bajo el flequillo que el viento despeinaba.

—¿Qué? Pero si cayó en medio del césped. Me di la vuelta y me fui... Pensé que se lo habría tragado la cortacésped al día siguiente.

Ed metió las manos en los bolsillos, encogiéndose de hombros con ese aire de galán descuidado que el tiempo no había logrado borrar del todo.

—Regresé esa noche. No podía dejarlo allí. Estuve casi una hora gateando con la linterna de un llavero hasta que lo vi brillar cerca de la raíz de un tilo. Lo guardé en una cajita de madera, junto a mis reglas de cálculo y los planos de mi primer proyecto serio.

Mia sintió un calor repentino en las mejillas, una sensación de vulnerabilidad que la desarmó.

—¿Por qué, Ed? Terminamos tan mal... Yo te dije cosas horribles. Te llamé cobarde, te llamé... bueno, ya sabes.

—Porque tenías razón —respondió él, deteniéndose también para mirarla de frente—. Y porque, aunque me doliera el orgullo, ese anillo era lo único que me recordaba que alguna vez fui capaz de amar a alguien sin reservas. Mi matrimonio con Elena... —Hizo una pausa, y su mirada se perdió en el horizonte—. Fue un contrato de conveniencia emocional. Ella buscaba estabilidad y yo buscaba alguien que complaciera a mi madre. Nunca hubo fuego, Mia. Solo brasas que se apagaron del todo cuando Lucía enfermó.

Mia se acercó a él. Su estatura de un metro setenta le permitía mirarlo casi a los ojos, sin tener que forzar la postura. Su naturaleza empática, esa fuerza que la había llevado a ser trabajadora social, vibró con una intensidad renovada. Podía sentir el dolor de Ed como si fuera una corriente eléctrica.

—No te culpes por buscar refugio en la normalidad —dijo ella con voz suave—. Todos lo hacemos después de una tormenta. Yo también busqué paz con Julián. Él era un hombre maravilloso, tranquilo, sólido como una roca. Me dio la seguridad que tú y yo nunca tuvimos porque éramos demasiado caóticos.

—¿Lo extrañas mucho? —preguntó Ed, con una curiosidad genuina, exenta de celos.

—Cada día. Pero es un extrañar diferente. Es como una cicatriz que ya no duele, pero que te recuerda que el cuerpo tiene memoria. Con él aprendí que el amor no tiene por qué ser una guerra constante.

Ed asintió lentamente. Se quedaron en silencio un momento, observando cómo Pipo regresaba hacia ellos con una rama seca en el hocico. El perro dejó el "tesoro" a los pies de Ed y soltó un ladrido corto, exigiendo atención.

—Creo que quiere que juegues —comentó Mia con una pequeña risa—. Es un buen juez de carácter, te lo advierto. Si no te lanza la rama a ti, es que no confía.

Ed se agachó, recogió la madera y la lanzó con fuerza hacia una zona despejada. Pipo salió disparado como un rayo.

—Hacía mucho que no hacía algo tan... normal —confesó Ed, enderezándose. Se pasó una mano por el cabello revuelto—. Mi vida se ha convertido en una sucesión de trámites y sombras. El trabajo, el supermercado, el cementerio. A veces paso días enteros sin hablar con nadie que no sea el repartidor de pizza.

—Eso se acabó —sentenció Mia con esa autoridad amable que solía usar en el trabajo—. No voy a dejar que te hundas en ese apartamento que llamas cueva. Mañana es sábado. Tengo que ir a una feria de libros usados en el centro y luego pensaba cocinar algo de pasta en casa. ¿Te apetece venir?

Ed vaciló. El miedo al rechazo, o quizás el miedo a sentir demasiado, cruzó por sus ojos azules.

—Mia, mírame. Estoy hecho un desastre. Mi ropa está vieja, mi casa está patas arriba... No soy el hombre que recuerdas.

Mia dio un paso más, acortando la distancia hasta que pudo oler el aroma a café y tabaco rancio que emanaba de él. Extendió su mano y acarició la mejilla de Ed, donde una barba de varios días empezaba a clarear con algunas canas.

—Yo tampoco soy la chica de veintidós años, Ed. Tengo cuarenta y cinco, mi cuerpo ha cambiado, tengo estrías, tengo miedos y tengo una casa que a veces se siente demasiado grande. No busco al galán de la universidad. Busco al hombre que hoy, en el cementerio, me miró y reconoció mi dolor.

Ed cerró los ojos ante el contacto de la mano de Mia. Su piel era cálida y firme, un ancla en medio de su deriva.

—Está bien —susurró él—. Iré. Pero tienes que prometerme que no habrá sopa de cebolla. Creo que ya tuve suficiente melancolía por una semana.

—Hecho. Haremos lasaña. Es imposible estar triste mientras comes lasaña.

Caminaron de regreso hacia la salida del parque mientras la noche empezaba a caer. La luz de las farolas creaba charcos de claridad sobre el pavimento. Al llegar al coche de Mia, Ed se detuvo y buscó algo en el bolsillo interior de su gabardina. Sacó una pequeña libreta de bocetos, vieja y con las esquinas desgastadas.

—Empecé a dibujar de nuevo anoche —dijo, tendiéndole la libreta—. Después de que nos vimos. Hacía años que no tocaba un lápiz para algo que no fuera un plano técnico.

Mia tomó la libreta con delicadeza, como si fuera un objeto sagrado. La abrió por la última página utilizada. Allí, en trazos rápidos pero precisos de carboncillo, estaba ella. No era un retrato idealizado; era la Mia actual, con su contextura ancha, su abrigo oscuro y esa expresión de infinita bondad que tenía mientras miraba la tumba de su esposo. Ed había captado la luz en sus ojos, una chispa de resiliencia que ella misma a veces olvidaba que poseía.

—Es... es hermoso, Ed —dijo ella, con la voz entrecortada por la emoción—. Me has dibujado como soy.

—Te he dibujado como te veo —corrigió él—. Una mujer que ha sobrevivido al invierno y que todavía tiene flores para dar.

Mia cerró la libreta y se la devolvió, pero él negó con la cabeza.

—Quédatela. Tengo cientos de páginas en blanco esperándome en casa. Necesitaba que tú tuvieras la primera.

Se despidieron con un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo estrictamente necesario. Mia subió a su coche y vio a Ed alejarse hacia su propio vehículo, con el paso un poco más firme, los hombros un poco menos hundidos.

Esa noche, en la soledad de su dormitorio, Mia no encendió la luz de inmediato. Se sentó en el borde de la cama y acarició la libreta de bocetos. Pensó en Julián y en cómo él siempre le decía que ella tenía el don de "resucitar" a las personas rotas. "Tal vez esta vez me toque a mí también", pensó.

Al día siguiente, el sábado amaneció con un sol radiante pero engañoso. Mia pasó la mañana limpiando su cocina, poniendo música de jazz suave y preparando la salsa para la lasaña. El olor del tomate, la albahaca y la carne empezó a llenar la casa, dándole una calidez que no sentía desde hacía mucho tiempo.

A las siete de la tarde, sonó el timbre. Mia se alisó el vestido de punto color vino y abrió la puerta.

Allí estaba Ed. Llevaba una camisa azul oscuro, limpia y bien planchada, y unos pantalones oscuros. Se había cortado un poco el cabello y olía a una colonia cítrica que a Mia le resultó vagamente familiar. En la mano traía una botella de vino tinto y un pequeño ramo de margaritas.

—He cumplido mi parte —dijo él con una sonrisa tímida, señalando su aspecto—. Nada de gabardinas viejas por hoy.

—Estás... estás guapísimo, Ed —admitió ella, dejándolo pasar—. Pasa, por favor. Pipo está en el jardín, pero seguro que entrará en cuanto huela la comida.

La cena transcurrió entre risas contenidas y anécdotas de sus años de trabajo. Mia le contó sobre los casos más difíciles que había enfrentado, sobre la satisfacción de ver a una familia salir adelante. Ed, por su parte, le habló de los edificios que había soñado construir y de cómo, poco a poco, la burocracia y el desánimo lo habían ido alejando de su pasión.

—A veces siento que diseñé mi propia cárcel —confesó él, mientras daban cuenta de la lasaña—. Paredes grises, ventanas pequeñas, sin espacio para que entre la luz.

—Entonces es hora de derribar algunos tabiques —replicó Mia, sirviéndole un poco más de vino—. Tienes el talento, Ed. Solo te falta el motivo.

Después de cenar, se sentaron en el porche con dos tazas de café humeante. El silencio de la noche era arrullado por el sonido de los grillos y el lejano rumor del tráfico.

—Mia —dijo Ed, dejando su taza en la mesa auxiliar—. Tengo que preguntarte algo. Y quiero que seas sincera, con esa honestidad brutal que siempre tuviste.

—Dime.

—¿Crees que estamos haciendo esto porque nos sentimos solos, o porque realmente queda algo de nosotros entre los escombros?

Mia se tomó un momento para responder. Miró las estrellas, luego miró a Ed.

—Creo que ambas cosas, Ed. La soledad nos empujó a encontrarnos en aquel cementerio, eso es innegable. Pero lo que nos mantiene aquí, hablando hasta las diez de la noche, no es el miedo a estar solos. Es la curiosidad. La curiosidad de saber quiénes somos ahora, sin la presión de tus padres, sin la inmadurez de los veinte años, sin la sombra de lo que "deberíamos" haber sido.

Ed se inclinó hacia ella, apoyando los codos en sus rodillas.

—Tengo miedo de fallarte otra vez. De volver a ser ese tipo que se queda callado cuando las cosas se ponen difíciles.

—Ya no soy la chica que necesita que la defiendan, Ed. Sé defenderme sola. Lo que busco es alguien que quiera caminar a mi lado, no alguien que libre mis batallas.

Ed extendió la mano y, con una lentitud casi agónica, acarició el cuello de Mia. Ella no se apartó; al contrario, se inclinó hacia su toque. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de una electricidad que ya no era estática, sino magnética.

—Te extrañé —susurró él, acercando su rostro al de ella—. No lo supe hasta que te vi allí, entre las lápidas, pero te extrañé cada maldito día de estos veintitrés años.

—Y yo a ti —confesó ella, cerrando la distancia final.

El beso fue lento, exploratorio, cargado de una melancolía dulce. No sabía a la urgencia desesperada de la juventud, sino al alivio de quien finalmente llega a casa después de un viaje largo y agotador. Sabía a perdón, a lasaña y a esperanza.

Cuando se separaron, Ed apoyó su frente contra la de ella.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó con la respiración entrecortada.

—Ahora —dijo Mia, con una sonrisa que iluminó la penumbra del porche—, vamos a terminar este café. Y luego, mañana, vamos a ir a comprar esa gabardina nueva. Porque el invierno todavía no ha terminado, Ed, pero ya no tenemos por qué pasarlo bajo la lluvia.

Ed rió, una risa clara y vibrante que asustó a Pipo, quien dormitaba a sus pies. El perro levantó la cabeza, observó a los dos humanos y, tras comprobar que todo estaba en orden, volvió a cerrar los ojos.

Aquella noche, mientras Ed caminaba hacia su coche, no miró hacia atrás con tristeza. Miró hacia adelante, hacia la luz que se filtraba por la ventana de la cocina de Mia. Sabía que el camino de la sanación sería largo, que habría días en los que el recuerdo de Lucía lo golpearía con la fuerza de un huracán, y que Mia también tendría sus momentos de sombras por Julián.

Pero mientras cruzaba la calle, Ed se dio cuenta de algo fundamental. El cementerio ya no era el centro de su mundo. Era solo un lugar donde descansaban sus seres queridos. Su mundo, el real, el que respiraba y sentía, estaba allí mismo, en el calor de una mano que se negaba a soltarlo y en la promesa de un mañana que, por primera vez en años, no parecía una condena, sino un regalo.

Mia, desde la puerta, lo vio alejarse y sintió que el vacío en su pecho se había llenado de algo sólido y cálido. No era un reemplazo, era una expansión. Porque el corazón, a diferencia de las lápidas de mármol, siempre tiene espacio para una nueva inscripción, siempre y cuando se tenga el valor de seguir escribiendo.