El Lobo Blanco y el Fuego de DunBroch
Danza de Sombras, Barro y Verdades a Medias
La luz del alba se filtraba entre las copas de los robles centenarios, proyectando sombras alargadas que parecían dedos intentando atrapar a los fugitivos. El campamento, si es que se podía llamar así a un montón de mantas raídas y cenizas frías, bullía con una energía extraña. No era la tensión del miedo a los soldados de DunBroch, que seguían pisándoles los talones, sino una vibración nueva, eléctrica y pesada, que emanaba del rincón donde Geralt de Rivia recogía sus bártulos y de la zona donde Leyre intentaba, sin éxito, domar su melena pelirroja con un peine de madera astillado.
Jaskier, que tenía el don (o la maldición) de leer el ambiente como si fuera una partitura, observaba a su hermana con los ojos entrecerrados. Leyre se movía con una agilidad felina, pero había algo diferente en su postura: una suavidad en los hombros que contrastaba con la rigidez de los días anteriores. Y Geralt... bueno, Geralt gruñía más de lo habitual, lo cual era decir mucho, pero sus ojos amarillos no dejaban de buscar la silueta de la princesa cada vez que ella creía que nadie la miraba.
—Si sigues mirándola así, Geralt, vas a terminar prendiéndole fuego al vestido solo con la vista —susurró Jaskier, acercándose al brujo con una sonrisa de suficiencia—. Y créeme, no tenemos presupuesto para seda nueva en mitad de este bosque infectado de sumergidos.
—Cierra la boca, Jaskier —respondió Geralt sin mirarlo—. O te dejaré atado a un árbol para que los nekkers te usen de instrumento de percusión.
—¡Qué agresividad! —Jaskier se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herido—. Solo señalo lo obvio. Hay un magnetismo animal aquí que está empezando a afectar a las vacas de la aldea más cercana. Mis instintos de bardo me dicen que anoche ocurrió algo más que una simple guardia nocturna.
Geralt se tensó, sus músculos marcándose bajo la armadura de cuero tachonado. Por un momento, Jaskier pensó que el brujo realmente le golpearía, pero Geralt simplemente soltó un bufido y se alejó hacia los caballos.
Mientras tanto, en el otro lado del claro, las tres amigas de Leyre formaban un círculo de cuchicheos y miradas cómplices. Enola Holmes, con su capacidad de observación deductiva siempre activa, anotaba mentalmente cada detalle: la mancha de barro en el hombro de Leyre que no estaba allí ayer, el hecho de que no hubiera insultado al brujo en los últimos veinte minutos y, sobre todo, ese brillo de desafío satisfecho en sus ojos azul verdoso.
—Sus niveles de dopamina están por las nubes —comentó Enola, ajustándose el corpiño—. Y la frecuencia cardíaca de Geralt aumenta un doce por ciento cada vez que Leyre se agacha para recoger leña. Es fascinante. Es como observar una colisión de planetas, pero con más sudor y menos etiqueta.
—Yo creo que es envidiable —dijo Robin, afilando su daga con una piedra plana—. Al menos ellos tienen una forma de liberar el estrés. Yo solo tengo este trozo de hierro y la cara de Jaskier para practicar mi puntería.
Wendy, que siempre parecía estar un paso por delante de la realidad gracias a su intuición, sonrió con dulzura.
—No es solo estrés, Robin. Es el destino. Podéis llamarlo como queráis, pero ellos están atados por algo más fuerte que una simple atracción física. Es una cuerda roja que se está enredando tanto que pronto no sabrán dónde empieza uno y termina el otro.
Leyre se acercó a ellas, interrumpiendo la conversación. Su rostro estaba lavado con el agua fría del arroyo, resaltando la palidez de su piel y las pecas que salpicaban su nariz.
—¿De qué os reís? —preguntó, cruzándose de brazos—. Tenemos soldados a menos de tres leguas, un bardo que no deja de desafinar y un guía que tiene el encanto de una piedra pómez. No veo la gracia por ninguna parte.
—Oh, no nos reímos de la situación, querida —dijo Enola con una sonrisa ácida—. Nos reímos de la falta de discreción. Tienes una hoja de pino enredada en el pelo, justo en la nuca. Y que yo sepa, no sueles dormir apoyada contra los troncos... a menos que alguien te esté sosteniendo contra ellos.
Leyre sintió que el calor le subía por el cuello como un incendio forestal. Se llevó la mano a la nuca y, efectivamente, retiró una aguja de pino. Sus amigas estallaron en risitas contenidas.
—¡Sois insoportables! —escupió Leyre, aunque no pudo evitar que una sonrisa tímida asomara por la comisura de sus labios—. Fue solo... un momento. Un alivio de tensión. No significa nada. Él es un mutante y yo soy una princesa fugitiva. No hay futuro en esto.
—El futuro es para la gente que no está huyendo de una guerra —replicó Wendy, poniéndose en pie—. Para nosotras, el presente es lo único que importa. Y si tu presente incluye a un Lobo Blanco de hombros anchos, pues bendito sea el presente.
El grupo se puso en marcha poco después. El camino se volvía cada vez más difícil, ascendiendo hacia los picos nublados donde Jaskier juraba que Geralt tenía contactos que podrían ocultarlos. La convivencia, sin embargo, era un ejercicio constante de equilibrio entre el drama y la comedia absurda.
Jaskier intentó componer una oda a la valentía de las mujeres del grupo, pero Robin lo hizo callar lanzándole una manzana a la boca cada vez que intentaba rimar "doncella" con "estrella". Enola, por su parte, se dedicaba a analizar las huellas del camino, deduciendo que el grupo de soldados que los perseguía había disminuido en número, pero aumentado en velocidad.
—Están soltando el lastre —dijo Enola, señalando unos restos de raciones abandonadas—. Solo vienen los jinetes más rápidos. Nos alcanzarán antes del anochecer si no cambiamos de estrategia.
Geralt se detuvo en seco. Miró hacia la cima de la colina y luego a Leyre.
—Hay un desfiladero a una hora de aquí —dijo con su voz de trueno bajo—. Es estrecho. Si lo bloqueamos, ganaremos tiempo. Pero necesito que alguien se quede conmigo para asegurar el flanco mientras los demás pasan.
—Yo me quedo —dijo Leyre de inmediato, dando un paso al frente.
—¡Ni hablar! —exclamó Jaskier, poniéndose entre ellos—. Leyre, eres la princesa. Tu cabeza vale más que todo este bosque. Si te pasa algo, mi madre me despellejará vivo y usará mi piel para forrar sus libros de oraciones.
—Jaskier, apártate —ordenó Leyre con esa autoridad salvaje que dejaba claro que no aceptaría un no por respuesta—. Soy la mejor jinete y la más rápida con el puñal después de Geralt. Además, soy la que tiene más motivos para querer ver a esos mercenarios morder el polvo.
Geralt la miró largamente. Había una lucha interna tras sus ojos amarillos. Quería protegerla, quería alejarla del peligro, pero también reconocía en ella esa chispa indomable que lo había cautivado. Leyre no era una flor delicada; era una zarza llena de espinas que podía herir a quien intentara podarla.
—Bien —gruñó Geralt—. Jaskier, llévate a las chicas por el paso norte. No os detengáis hasta llegar a la vieja torre de vigilancia. Si no estamos allí antes de que salga la luna, seguid hacia el este.
—Geralt... —empezó Wendy, con una mirada de preocupación genuina.
—Estaremos bien —dijo Leyre, guiñándole un ojo a su amiga—. Tengo al mejor guardaespaldas del continente, aunque huela a perro mojado y salvia.
El grupo se dividió con despedidas apresuradas y promesas de reencuentro. Geralt y Leyre se quedaron solos en la entrada del desfiladero, un pasadizo sombrío flanqueado por paredes de roca que parecían cerrarse sobre ellos.
—¿Tienes miedo, pelirroja? —preguntó Geralt, desenvainando su espada de plata. La luz del sol moribundo hacía que el metal brillara con un fulgor espectral.
—Tengo más miedo de que te aburras de mis insultos que de esos soldados —respondió ella, sacando sus dos dagas cortas. Se colocó en posición, sus pies moviéndose con la precisión de la bailarina que era—. ¿Cuál es el plan, Lobo Blanco?
—Matarlos a todos —dijo él con una sencillez aterradora—. Y luego, si sobrevivimos, quizás terminemos lo que empezamos anoche en el arroyo.
Leyre soltó una carcajada vibrante, llena de adrenalina y deseo.
—Me gusta ese plan. Sobre todo la segunda parte.
No tuvieron que esperar mucho. El retumbar de los cascos de los caballos anunció la llegada de la vanguardia de DunBroch. Eran seis hombres, armados hasta los dientes, con los colores del Clan DunBroch manchados de barro y sangre. Al ver a la princesa y al brujo bloqueando el camino, frenaron en seco.
—¡Princesa Leyre! —gritó el capitán, un hombre de rostro curtido y ojos crueles—. Entréguense y prometemos que el brujo morirá rápido. Su padre la quiere de vuelta en el castillo para cumplir con su deber.
—Mi deber es con mi libertad, capitán —respondió Leyre, alzando la barbilla—. Y mi libertad dice que podéis iros al infierno.
Geralt no esperó a que terminaran de hablar. Se lanzó hacia adelante como un rayo blanco, su espada trazando arcos de muerte en el aire. Leyre se movió a su lado, aprovechando su menor estatura para deslizarse bajo los ataques de los hombres, clavando sus dagas en los puntos débiles de las armaduras.
Fue una carnicería coreografiada. Geralt era la fuerza bruta, el muro inamovible que desviaba los golpes y devolvía el doble de dolor. Leyre era el estilete, la sombra que aparecía donde menos se la esperaba. Trabajaban en una sincronía perfecta, como si sus cuerpos se conocieran de toda la vida, moviéndose en una danza de sangre y acero que dejaba a los mercenarios desorientados.
—¡Cuidado! —gritó Leyre, lanzando una de sus dagas. El arma voló por el aire y se clavó en la garganta de un ballestero que apuntaba a Geralt desde una roca elevada.
Geralt aprovechó la distracción para decapitar al último de los soldados de a pie. Se quedó jadeando, con la cara salpicada de sangre que no era suya, y miró a Leyre. Ella estaba apoyada contra la pared de roca, recuperando el aliento, con un corte sangrante en el brazo pero con una sonrisa de pura euforia.
—No lo has hecho mal, princesa —dijo Geralt, acercándose a ella.
—Tú tampoco, mutante —respondió ella—. Pero creo que te debo una daga.
Geralt la tomó por la cintura, atrayéndola hacia él con una urgencia que no tenía nada que ver con la batalla. El olor a metal, sudor y adrenalina era el afrodisíaco más potente que Leyre había conocido jamás. Se olvidó del dolor en su brazo, se olvidó de la guerra y de su familia. Solo existía la presión de las manos de Geralt sobre su piel y el calor de su aliento.
—Te dije que el destino era una mierda —susurró Geralt, hundiendo el rostro en su cuello—. Pero si mi destino es proteger a una mujer tan loca como tú, quizás pueda aprender a vivir con ello.
—No me protejas, Geralt —dijo ella, rodeando su cuello con los brazos—. Lucha conmigo. Baila conmigo. Y por el amor de todos los dioses, bésame antes de que lleguen los refuerzos.
El beso fue salvaje, una colisión de dientes y labios que sabía a hierro y a vida. Se entregaron el uno al otro allí mismo, contra la roca fría del desfiladero, con la urgencia de quienes saben que cada momento podría ser el último. No hubo palabras dulces, solo gemidos ahogados y el sonido de sus corazones latiendo al unísono, desafiando a la muerte que acechaba en cada sombra.
Cuando finalmente se separaron, el sol ya se había ocultado tras las montañas, dejando el mundo sumido en un azul profundo y melancólico. Geralt ayudó a Leyre a vendar su herida con un trozo de tela limpia, sus dedos moviéndose con una ternura que solo ella lograba arrancar de él.
—Tenemos que irnos —dijo Geralt—. Los demás nos esperan.
—¿Crees que Jaskier habrá quemado la torre de vigilancia intentando cocinar algo? —preguntó Leyre, intentando recuperar su tono sarcástico habitual.
—Es una posibilidad estadística muy alta —respondió Geralt, ofreciéndole la mano para ayudarla a subir a su caballo—. Pero al menos tendremos fuego para calentarnos.
Cabalgaron bajo la luz de la luna, dos figuras solitarias unidas por un vínculo que ninguno de los dos quería admitir por completo pero que ambos sentían como una marca de fuego en el alma. Al llegar a la torre, el panorama era tal como lo habían imaginado.
Jaskier estaba en la entrada, agitando los brazos y gritando algo sobre la injusticia de la vida mientras Robin intentaba quitarle una sartén humeante de las manos. Enola estaba sentada en un peldaño, leyendo un libro a la luz de una antorcha, y Wendy los recibió con una sonrisa de alivio que decía "sabía que volveríais".
—¡Por fin! —exclamó Jaskier al verlos aparecer—. ¡Geralt, Leyre! He intentado hacer un estofado de liebre, pero Robin insiste en que el carbón no es un ingrediente válido. ¡Y Enola dice que si comemos esto, moriremos por intoxicación antes de que los soldados nos encuentren!
Leyre desmontó y abrazó a sus amigas, sintiendo el calor del grupo como un bálsamo. Geralt se quedó un poco al margen, como siempre, observando la escena con su habitual estoicismo, pero cuando Leyre lo miró y le tendió una mano, él no dudó en acercarse.
—Mañana seguiremos hacia el norte —dijo el brujo, aceptando un trozo de pan duro que Wendy le ofrecía—. Hay una fortaleza abandonada donde podremos descansar unos días.
—¿Y habrá camas de verdad? —preguntó Robin con esperanza—. Porque mi espalda empieza a tener la forma de las raíces de los pinos.
—Habrá seguridad —respondió Geralt, mirando a Leyre—. Y eso es lo único que importa ahora.
Esa noche, mientras el grupo dormía acurrucado alrededor de la chimenea de la torre, Leyre se quedó despierta observando las estrellas a través de una ventana rota. Sintió el calor de Geralt a su espalda, su presencia constante y protectora. Sabía que lo que tenían era peligroso, que era una mezcla explosiva de necesidad y deseo que probablemente terminaría estallando. Pero por primera vez en su vida, la princesa de DunBroch no tenía miedo del incendio.
Porque, como bien sabía el Lobo Blanco, no se puede quemar a quien ya es una llama. Y Leyre ardía con más fuerza que nunca, iluminando el camino oscuro que tenían por delante, un paso a la vez, entre el sarcasmo, el barro y un destino que, por fin, empezaba a tener sentido.