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El mal masaje de Shoko

Venganza entre carcajadas y correas

El sol de la mañana se filtraba por las ventanas de la Academia de Hechicería de Tokio, pero para Utahime Iori, la luz parecía el preludio de una ejecución inminente. Shoko Ieiri, con su habitual calma imperturbable y sus ojeras características, estaba de pie frente a la puerta de la habitación de su amiga, sosteniendo una taza de café en una mano y las llaves de un coche en la otra.

—Es hora, Utahime —dijo Shoko con una voz monótona que escondía una chispa de sadismo—. El tratamiento de dos horas no espera.

—Shoko, por favor, podemos hablar esto como personas civilizadas —suplicó Utahime, aferrándose al marco de la puerta—. Te compré los cigarrillos. ¡Incluso te compré ese encendedor de edición limitada que querías! No tienes que hacerme pasar por esto. Sabes que mi resistencia a las cosquillas es... inexistente.

Shoko soltó un pequeño suspiro y dio un sorbo a su café.

—Las reglas son las reglas. Me enviaste a una trampa de risas, Utahime. Casi pierdo un pulmón ayer. Considera esto un experimento de campo sobre la respuesta nerviosa ante estímulos externos. Además, ya está pagado. No podemos desperdiciar los recursos de la academia.

Sin darle tiempo a replicar, Shoko tomó a Utahime del brazo. La fuerza de la doctora, aunque no era comparable a la de alguien como Gojo, era suficiente para arrastrar a una Utahime que protestaba débilmente. Durante el trayecto en coche hacia el local de "Laugh Therapy", el silencio solo era roto por los lamentos ocasionales de la hechicera de Kioto y el sonido rítmico de Shoko golpeando el volante con los dedos.

Al llegar frente a la fachada de madera clara, Utahime sintió un escalofrío. El letrero que ayer le pareció un error tipográfico hoy se alzaba como el nombre de su propia perdición.

—Entra —ordenó Shoko con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Al cruzar el umbral, la misma mujer mayor de la sesión anterior las recibió. Su mirada profesional se posó en Shoko y luego en la temblorosa Utahime.

—Ah, señorita Ieiri. Veo que ha traído a la paciente para la sesión extendida —dijo la mujer, consultando su cuaderno—. Y veo que usted también ha decidido repetir la experiencia.

Shoko se congeló con la mano aún en el hombro de Utahime.

—¿Perdón? —preguntó Shoko, arqueando una ceja—. Yo solo vengo a dejarla a ella. El "especial de dos horas" era para mi amiga.

La mujer mayor sonrió con una amabilidad que resultaba aterradora.

—Oh, la reserva que se hizo ayer bajo el nombre de "Iori" especificaba claramente una sesión de 'Dúo Dinámico'. Dos camillas, dos terapeutas, máxima liberación emocional simultánea. Es nuestra oferta de fidelización.

Utahime, al escuchar esto, dejó de temblar y miró a Shoko con una mezcla de sorpresa y triunfo malicioso.

—Vaya, Shoko... parece que tus planes de venganza tienen un efecto rebote —se burló Utahime, recuperando un poco de su compostura—. Si yo caigo, tú vienes conmigo.

Shoko maldijo internamente. Probablemente, en su estado de agotamiento post-cosquillas del día anterior, no leyó las letras pequeñas del folleto que firmó al salir. El karma, al parecer, era un juez muy eficiente y rápido en el distrito de Shinjuku.

—No tengo tiempo para esto, tengo autopsias pendientes —intentó excusarse Shoko, dando un paso hacia la salida.

—¡De ninguna manera! —exclamó Utahime, agarrando ahora ella la bata de Shoko—. Dijiste que las reglas eran las reglas. ¡Si yo tengo que sufrir dos horas de tortura abdominal, tú vas a estar a mi lado!

Antes de que Shoko pudiera protestar más, una segunda mujer, más joven pero con manos que parecían igual de fuertes y expertas, apareció desde el pasillo.

—Por aquí, señoras —dijo la segunda terapeuta—. El tiempo es oro y tenemos mucha tensión que liberar.

Ambas fueron conducidas a una sala más grande que la del día anterior. En el centro, dos camillas acolchadas estaban dispuestas de forma paralela, separadas apenas por un metro de distancia. Shoko suspiró, derrotada por su propio plan, y comenzó a quitarse la bata de laboratorio.

—Esto es ridículo —masculló Shoko, recostándose en su camilla mientras las correas de cuero volvían a ajustarse alrededor de sus muñecas—. Utahime, si sobrevivimos a esto, te voy a cobrar el triple por cualquier cura que necesites en el futuro.

—¡Tú me trajiste aquí! —chilló Utahime mientras la inmovilizaban a ella también—. ¡Ay! ¡Estas correas están muy apretadas! ¡Señora, por favor, tenga piedad, soy muy sensible!

Las dos terapeutas se posicionaron al mismo tiempo. Al igual que el día anterior, los jerséis fueron levantados con una eficiencia clínica. El vientre pálido y plano de Shoko quedó expuesto junto al de Utahime, que ya empezaba a contraerse por la pura anticipación nerviosa.

—Comenzaremos con el calentamiento de los flancos —anunció la mujer mayor.

—¡No, esperen! —gritó Utahime.

Fue inútil. Cuatro manos expertas descendieron simultáneamente sobre los costados de las dos mujeres.

—¡JA, JA, JA, JA! ¡NO! ¡POR FAVOR! —La risa de Utahime estalló como un fuego artificial, aguda y desesperada. Sus piernas se agitaron violentamente contra las correas, y su rostro se puso rojo al instante.

Shoko, por su parte, intentó mantener la compostura, apretando los dientes, pero cuando los dedos de su terapeuta encontraron ese punto exacto en la base de sus costillas, su resistencia se desmoronó.

—¡Ja, ja... ja, ja, ja! —Shoko soltó una carcajada ronca, arqueando la espalda—. ¡Maldita sea... ja, ja, ja... Utahime, esto es tu culpa!

—¡¿Mí... ja, ja, ja... mi culpa?! —logró articular Utahime entre espasmos de risa—. ¡Tú reservaste... ja, ja, ja... dos horas! ¡Voy a morir... ja, ja, ja... voy a morir riendo!

La sala se convirtió en una sinfonía de carcajadas incontrolables. Las terapeutas trabajaban con una sincronía inquietante. Cuando una pasaba a la cintura, la otra hacía lo mismo. Los dedos se hundían en la piel suave, haciendo cosquillas, amasando y presionando los puntos más sensibles de sus torsos.

—Señorita Iori, respire —dijo la terapeuta joven, enfocándose en las axilas de Utahime—. Tiene mucha energía bloqueada aquí.

—¡NO HAY ENERGÍA, SOLO COSQUILLAS! —gritó Utahime, retorciéndose como una anguila fuera del agua—. ¡PARE, PARE, PARE! ¡JA, JA, JA, JA!

Shoko miró de reojo a su amiga mientras intentaba recuperar el aliento, pero su propia terapeuta no le dio tregua. Los dedos volvieron a su vientre, explorando la zona alrededor de su ombligo con una suavidad tortuosa.

—¡Ahí no! —exclamó Shoko, con las lágrimas rodando por sus mejillas—. ¡Ese es el... ja, ja, ja... el peor lugar! ¡Utahime, ayúdame!

—¡¿Cómo quieres que... ja, ja, ja... que te ayude?! —respondió Utahime, cuya risa ya sonaba casi como un llanto de pura euforia—. ¡Estoy... ja, ja, ja... igual que tú!

El tiempo parecía haberse detenido. Diez minutos, veinte minutos, una hora... La sesión de dos horas era una verdadera prueba de resistencia física y mental. Las terapeutas alternaban entre movimientos rápidos de "arañazo" con las yemas de los dedos y presiones profundas que hacían que los músculos abdominales de ambas hechiceras ardieran por el esfuerzo constante de la risa.

En un momento dado, las terapeutas intercambiaron posiciones. La mujer mayor, que ya conocía los puntos débiles de Shoko, se centró en su ombligo y costillas bajas, mientras la joven exploraba la extrema sensibilidad de Utahime en la parte superior del vientre.

—¡ESTO ES ILEGAL! —chilló Utahime, con la cabeza moviéndose de lado a lado—. ¡VOY A DENUNCIAR... JA, JA, JA... ESTE LOCAL AL CONSEJO DE HECHICEROS!

—Dudo que... ja, ja, ja... que les importe —dijo Shoko, jadeando—. Probablemente... ja, ja, ja... Gojo sea un cliente habitual... ¡JA, JA, JA! ¡NO, POR FAVOR, AHÍ NO!

La mención de Gojo pareció darles un breve segundo de distracción, pero el ataque a sus vientres no cesó. Las manos de las mujeres eran incansables. Shoko sentía que su cerebro se había desconectado por completo; ya no pensaba en el trabajo, ni en los problemas del mundo de la hechicería, ni en su próxima caja de cigarrillos. Solo existía la sensación abrumadora, eléctrica y desesperante de los dedos recorriendo su piel.

—Vamos a terminar con el 'Gran Final' —anunció la mujer mayor con una sonrisa.

Ambas terapeutas colocaron sus manos sobre los vientres de Shoko y Utahime y comenzaron un ataque frenético, moviendo los dedos en todas direcciones, desde las caderas hasta el esternón, sin detenerse ni un segundo.

—¡JA, JA, JA, JA, JA, JA!

El sonido era ensordecedor. Ambas mujeres se sacudían en las camillas, con los cuerpos tensos y las mentes nubladas por la risa. Utahime estaba a punto de perder el conocimiento por la intensidad, y Shoko sentía que sus costillas realmente iban a ceder.

Finalmente, las manos se retiraron.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por las respiraciones pesadas y erráticas de las dos mujeres. Las correas fueron desabrochadas con un clic metálico que sonó como música para sus oídos.

Shoko se quedó tumbada, con los brazos extendidos y el jersey aún levantado. Su vientre subía y bajaba rápidamente, enrojecido por el contacto constante. Utahime, a su lado, parecía un trapo viejo; tenía los ojos cerrados y una sonrisa boba y agotada en el rostro.

—Sesión completada —dijo la mujer mayor, limpiándose las manos—. Espero que hayan disfrutado de su liberación emocional. Salgan cuando se sientan capaces de caminar.

Pasaron al menos diez minutos antes de que alguna de las dos se moviera. Shoko fue la primera en sentarse, frotándose las muñecas donde las correas habían dejado marcas leves. Se bajó el jersey con un movimiento lento y se pasó una mano por el cabello, que era un nido de enredos.

—Utahime —dijo Shoko con voz débil.

—¿Mmm? —respondió Utahime sin abrir los ojos.

—Nunca más.

—Nunca más —coincidió Utahime, incorporándose con esfuerzo—. Mi venganza... tu venganza... todo salió mal.

—Al menos —dijo Shoko, levantándose y ofreciéndole una mano a su amiga para ayudarla a bajar de la camilla—, mis abdominales están más tonificados que nunca. Mañana no podré ni toser sin dolor.

—Yo no puedo ni sentir mi estómago —se quejó Utahime, aceptando la ayuda—. Siento que todavía hay dedos moviéndose por ahí.

Caminaron hacia la salida con pasos vacilantes. Al cruzar la puerta y sentir el aire fresco de la calle, ambas suspiraron al unísono. Se miraron por un momento, viendo el estado desastroso de la otra: el maquillaje corrido, el cabello desordenado y las ropas arrugadas.

—¿Sabes qué? —dijo Utahime, rompiendo el silencio—. A pesar de todo... me siento extrañamente ligera.

Shoko la miró con incredulidad, pero luego soltó una pequeña risa, esta vez una risa genuina y voluntaria.

—Es el agotamiento, Utahime. Tu cerebro ha liberado tantas endorfinas para sobrevivir a la tortura que ahora crees que eres feliz.

—Puede ser —admitió la hechicera de Kioto—. Pero aun así, me debes una cena. Y nada de bromas, nada de masajes, nada de "terapias". Solo comida y silencio.

Shoko asintió, sacando un cigarrillo de la caja que Utahime le había comprado y encendiéndolo con un suspiro de satisfacción.

—Trato hecho. Pero primero, vamos a casa. Necesito dormir tres días seguidos para recuperarme de tu "error de dirección".

—¡Oye! ¡Tú fuiste la que reservó la sesión de dos horas hoy! —protestó Utahime mientras subían al coche.

—Detalles, Utahime, detalles —respondió Shoko con una pequeña sonrisa maliciosa mientras arrancaba el motor.

Mientras se alejaban del local "Laugh Therapy", ambas sabían que, aunque la venganza de Shoko no había salido exactamente como ella esperaba, la experiencia las había unido de una forma extraña y ridícula. Eso sí, ambas hicieron una nota mental de borrar esa dirección de sus mapas de GPS y de no volver a confiar nunca más en las recomendaciones de bienestar de la otra sin leer antes la letra pequeña.

El resto del camino de regreso a la academia transcurrió en un silencio cómodo, solo interrumpido por el ocasional espasmo residual en el vientre de alguna de las dos, que las hacía soltar una pequeña risita nerviosa antes de volver a sumirse en su merecido descanso. Al final del día, Shoko tenía sus cigarrillos, Utahime tenía su perdón, y ambas tenían una historia que, bajo ninguna circunstancia, le contarían jamás a Gojo Satoru.