El mentalista mágico
El eco de las campanas y el aroma a incienso barato
El asentamiento que Jane había predicho no era precisamente una metrópolis, pero para los estándares de las Tierras del Norte, la aldea de Rovan era un oasis de civilización. Las casas de piedra con techos de paja se amontonaban contra la falda de una colina, y el humo de las chimeneas ascendía perezosamente hacia un cielo teñido de violeta.
Patrick Jane caminaba a la vanguardia, balanceando su bastón improvisado —una rama de fresno que había pulido con su navaja— con la elegancia de un aristócrata en un paseo por Hyde Park. A su lado, Frieren mantenía su paso pausado, arrastrando ligeramente las botas sobre el camino empedrado.
—¿Lo hueles, Frieren? —preguntó Jane, cerrando los ojos y aspirando profundamente—. Es el aroma del estofado, mezclado con un toque de pino quemado y... oh, decepción. Engaño.
Fern, que caminaba un paso por detrás cargando el equipaje más pesado, frunció el ceño con su habitual severidad.
—Señor Jane, ¿cómo puede oler el engaño? Es una estructura social, no una partícula física.
Jane se detuvo y se giró, caminando hacia atrás con una agilidad que siempre ponía nervioso a Stark.
—Ah, mi querida y pragmática Fern. El engaño tiene un olor muy específico. Huele a sudor frío, a perfume demasiado fuerte para ocultar la falta de higiene y, sobre todo, a esa tensión eléctrica que flota en el aire cuando alguien está tratando de vender una salvación que no posee.
Stark, que estaba ocupado ajustándose las correas de su hacha, levantó la vista.
—¿Te refieres a los guardias de la entrada? Parecen tipos normales.
—Mira más allá de las lanzas, Stark —dijo Jane, señalando con la barbilla hacia la plaza principal—. Hay un grupo de personas reunidas alrededor de un estrado. Las campanas están sonando en un patrón de tres golpes, no de cuatro. Es un llamado a la devoción urgente. O a una subasta. En este mundo, a menudo son la misma cosa.
Frieren, que hasta entonces parecía sumida en sus propios pensamientos sobre un hechizo para evitar que la ropa se arrugara, se detuvo en seco. Sus orejas puntiagudas se movieron levemente.
—Hay un flujo de maná inusual en esa dirección —comentó con su voz monótona—. No es agresivo, pero es... ruidoso. Como si alguien estuviera gritando a través de un tubo.
—Exactamente —coincidió Jane, recuperando su posición normal—. Un amplificador. Vamos, acerquémonos. Siento que mi sed de té solo puede ser saciada después de presenciar un buen espectáculo de magia de feria.
Al llegar a la plaza, se encontraron con una multitud de aldeanos rodeando a un hombre vestido con túnicas blancas y doradas, tan resplandecientes que resultaban sospechosas en un entorno tan rústico. El hombre sostenía un orbe de cristal que emitía pulsos de luz dorada, y a su lado, una joven con los ojos vendados permanecía sentada en un trono de madera tallada.
—¡Contemplen las reliquias de la Era de los Mitos! —exclamaba el hombre con una voz que, efectivamente, parecía resonar más de lo natural—. ¡La Doncella del Oráculo puede ver sus penas antes de que las nombren! ¡Un solo toque del cristal purificará sus hogares de las sombras de los demonios que acechan en los bosques!
Jane soltó una risita suave que hizo que varios aldeanos se giraran a mirarlo.
—Es bueno —susurró Jane a sus compañeros—. El uso de la luz para dilatar las pupilas de la audiencia, el tono de voz barítono para inducir confianza... es casi profesional.
—Dice que puede detectar demonios —murmuró Stark, visiblemente incómodo—. Si eso es cierto, sería de gran ayuda para la aldea.
Frieren ladeó la cabeza, observando el orbe.
—Ese objeto tiene maná, pero es inestable. Es un artefacto de almacenamiento, no de detección. Está soltando energía de forma indiscriminada para crear un efecto visual. Es un desperdicio de magia.
—Es un desperdicio de magia, pero un excelente negocio —añadió Jane—. Fíjense en la chica de los ojos vendados. No está en trance. Está contando los pasos de las personas por el sonido de sus calzados. Miren cómo inclina la cabeza hacia la derecha cuando el hombre de la primera fila se acerca. El hombre cojea, y ella acaba de detectar el roce de su bota izquierda contra el suelo.
—¡Tú! —gritó de pronto el charlatán, señalando con un dedo enguantado hacia el grupo—. ¡El extranjero del traje extraño! Veo una sombra oscura sobre ti. Una sombra que no pertenece a este mundo.
La multitud se abrió, dejando a Jane, Frieren, Fern y Stark en el centro de todas las miradas. Fern instintivamente llevó la mano a su báculo, pero Jane le puso una mano en el hombro, deteniéndola.
—Vaya, qué puntería —dijo Jane, caminando hacia el estrado con las manos en los bolsillos y una sonrisa encantadora—. Es cierto, vengo de muy lejos. Y sí, tengo muchas sombras. Pero dígame, gran... ¿cómo dijo que se llamaba?
—Soy el Archidiácono Lucius, portador de la Luz de Lyra —declaró el hombre, inflando el pecho.
—Lucius. Un nombre luminoso. Encantador —Jane subió los escalones del estrado con una familiaridad pasmosa—. Verá, Lucius, me dedico a lo mismo que usted. Bueno, de forma distinta. Yo no tengo orbes brillantes, solo tengo estos ojos y un poco de curiosidad. Por ejemplo, tengo curiosidad por saber por qué su "Doncella del Oráculo" tiene manchas de tinta en los dedos de la mano izquierda si se supone que pasa el día en comunión espiritual.
La chica de la venda se tensó visiblemente. Lucius carraspeó, tratando de recuperar el control.
—¡Ella transcribe las visiones celestiales!
—¿Con tinta de calamar barata que solo se vende en el puerto de Tur? —Jane se acercó a la chica y, antes de que nadie pudiera reaccionar, hizo un gesto rápido con la mano, como si atrapara algo en el aire detrás de la oreja de la joven—. Y es curioso que las visiones celestiales requieran el uso de notas pequeñas escondidas en el dobladillo de la manga.
Jane abrió la mano para revelar un trozo de papel arrugado. Lo leyó rápidamente con una ceja alzada.
—"El herrero perdió a su hijo en el bosque", "La viuda Miller busca el tesoro de su abuelo"... Vaya, Lucius, tiene usted una red de informantes muy eficiente en esta aldea. O quizá solo escucha los chismes en la taberna antes de montar el espectáculo.
La multitud comenzó a murmurar, esta vez con un tono de sospecha. Lucius palideció, pero su rostro pronto se transformó en una máscara de indignación.
—¡Blasfemia! ¡Este hombre está poseído! ¡Miren a su compañera, la de pelo blanco! ¡Es una elfa, una criatura que vive fuera del tiempo de los dioses! ¡Están aquí para robarles la fe!
Frieren, que había estado observando un musgo interesante que crecía en la base del estrado, levantó la vista.
—En realidad, solo queremos cenar —dijo con su tono plano—. Y tu orbe está a punto de sobrecargarse. Si no dejas de inyectarle maná para que brille más, va a estallar.
—¡Mientes! —rugió Lucius, levantando el orbe por encima de su cabeza—. ¡Esta es la luz que consume la oscuridad!
—Stark, por favor —suspiró Jane, dando un paso atrás.
Stark no necesitó más instrucciones. En un movimiento que fue casi un borrón para los ojos humanos, se lanzó hacia adelante. Pero no usó su hacha. Simplemente agarró el brazo de Lucius y lo bajó con una fuerza que hizo que el hombre cayera de rodillas.
—La señora Frieren sabe de lo que habla —dijo Stark con voz grave—. Suelta el juguete antes de que alguien salga herido.
Fern, mientras tanto, había levantado su báculo. Con un movimiento preciso, lanzó un hechizo de dispersión básico. El brillo dorado del orbe se desvaneció instantáneamente, revelando que no era más que una esfera de vidrio común con algunas runas de baja calidad grabadas en la superficie.
Lucius, despojado de su artificio, se encogió en el suelo. La "Doncella" se quitó la venda, revelando a una adolescente asustada que no tardó en salir corriendo hacia los callejones laterales.
Los aldeanos, sintiéndose estafados, empezaron a avanzar hacia Lucius con intenciones poco amistosas. Jane, sin embargo, se interpuso entre la turba y el charlatán caído.
—¡Damas y caballeros, por favor! —exclamó Jane, extendiendo los brazos—. No hay necesidad de violencia. El señor Lucius ya ha recibido una lección de humildad, que es mucho más valiosa que el oro que intentaba quitarles. Además, piensen en esto: si lo linchan ahora, ¿quién les dirá dónde escondió la caja con las donaciones de la semana pasada?
Esa frase detuvo a la multitud en seco. Jane se inclinó hacia Lucius y le susurró al oído:
—Está debajo de la tercera tabla del piso de su carromato, ¿verdad? La que tiene el nudo de madera en forma de estrella.
Lucius lo miró con puro terror.
—¿Eres un demonio? —preguntó con la voz temblorosa.
—No, Lucius. Solo soy un hombre que sabe dónde escondería las cosas alguien tan codicioso y poco imaginativo como usted —Jane le dio una palmadita en la mejilla—. Ahora, devuelva el dinero y quizás estos buenos señores le permitan irse de la aldea antes del amanecer. Sin el carromato, por supuesto. Considerémoslo una "tasa de salida".
Una hora más tarde, el grupo se encontraba sentado en la mejor mesa de la taberna local. El tabernero, agradecido por haber recuperado los ahorros de su hija, les había servido el estofado de cordero más grande que Stark había visto en su vida.
Frieren examinaba el orbe ahora inerte, que Jane había rescatado del suelo.
—Es una falsificación interesante —comentó la elfa—. Intentaron imitar los artefactos de la era de la Gran Maga Flamme, pero usaron materiales de segunda. Es fascinante cómo los humanos dedican tanto esfuerzo a imitar el poder en lugar de estudiarlo.
—Es el camino corto, Frieren —dijo Jane, saboreando una taza de té que, por fin, estaba a la altura de sus expectativas—. El estudio requiere disciplina. El engaño solo requiere audacia y un público que quiera creer en algo.
Fern miraba a Jane con una mezcla de respeto y desaprobación.
—Señor Jane, lo que hizo fue peligroso. Pudo haber provocado una revuelta.
—Pero no lo hice, Fern. Sabía exactamente cuándo intervenir. El truco no es solo exponer la mentira, sino dar a la gente una salida para su frustración. Si no les hubiera dicho lo del dinero, habrían quemado el carromato con Lucius dentro. Les di justicia y un beneficio económico. Es una combinación irresistible.
—Aun así —intervino Stark, con la boca medio llena de pan—, ¿cómo supiste lo del nudo en forma de estrella en el suelo del carromato? ¿Realmente lo viste?
Jane tomó un sorbo de té, dejando que el silencio se prolongara para crear efecto dramático.
—No, no lo vi. Pero cuando llegamos a la aldea, pasamos junto a su carromato. Vi que la rueda trasera derecha estaba más hundida en el barro de lo normal, lo que indicaba un peso asimétrico en la parte trasera del vehículo. Y cuando Lucius hablaba, sus ojos se desviaban constantemente hacia la izquierda, hacia donde estaba estacionado su transporte. El nudo en forma de estrella fue una conjetura educada; casi todas las maderas de pino de esta región tienen esos nudos. Si no hubiera estado ahí, habría dicho "la tabla que cruje". Siempre hay una tabla que cruje.
Frieren soltó una pequeña risa, un sonido raro y cristalino.
—Engañaste al engañador usando sus propias herramientas.
—La mejor forma de desarmar a un mentiroso es ser un mentiroso más grande, pero con mejores intenciones —Jane dejó la taza sobre la mesa y se recostó en la silla, observando el fuego de la chimenea—. Aunque, para ser honesto, prefiero vuestra compañía. Vosotros sois terriblemente honestos. Fern es como un libro abierto de rectitud moral, Stark es un mapa de emociones a flor de piel, y tú, Frieren... tú eres el misterio más honesto que he conocido. No ocultas nada, simplemente hay demasiado que ver.
Frieren lo miró fijamente con sus ojos tranquilos.
—¿Y tú, Jane? ¿Qué eres tú en este grupo?
Jane sonrió, pero esta vez fue una sonrisa genuina, desprovista de la máscara de consultor.
—Yo soy el hombre que se asegura de que no os cobren de más por el estofado. Y el que os recordará que, a veces, la magia más poderosa no es un hechizo de destrucción, sino saber qué es lo que alguien guarda en su bolsillo izquierdo antes de que meta la mano en él.
—Por cierto —dijo Fern, señalando el bolsillo del chaleco de Jane—, ¿qué es eso que brilla ahí?
Jane metió la mano y sacó una pequeña moneda de oro que no estaba allí antes.
—Ah, esto. Lucius intentó robarme mientras Stark lo sujetaba. Es un carterista bastante decente, debo admitirlo.
—¿Y se la devolvió? —preguntó Stark.
—Se la devolví... y luego se la volví a quitar —Jane hizo desaparecer la moneda entre sus dedos con un juego de manos impecable—. Considérenlo mi tarifa de consultoría por salvarle la vida. Mañana compraremos mejores suministros para el viaje.
Frieren volvió a su comida, satisfecha. El grupo continuó cenando mientras afuera la nieve comenzaba a caer suavemente sobre Rovan. Patrick Jane, el hombre sin magia en un mundo de leyendas, se sentía extrañamente en paz. Había descubierto que, sin importar el mundo o la época, el corazón humano seguía siendo el mismo rompecabezas de siempre, y él seguía siendo el único capaz de resolverlo mientras disfrutaba de una buena taza de té.
—Mañana saldremos temprano —dijo Frieren—. Hay un rumor sobre un grimorio en las montañas que puede invocar flores de cristal.
—Flores de cristal —repitió Jane, cerrando los ojos—. Suena poco práctico, estéticamente agradable y probablemente peligroso. Me encanta. Pero primero, terminemos este cordero. Como dije, hoy es martes en mi corazón, y los martes se celebra la supervivencia.
—Sigue sin haber martes, Jane —murmuró Fern, aunque esta vez lo hizo con una pequeña sonrisa oculta tras su cuchara.