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El Omega del capitán

Promesas grabadas en la piel

El silencio de la enfermería real era denso, interrumpido únicamente por el rítmico goteo de una solución medicinal mágica que caía en un cuenco de cristal y la respiración pesada de Seiichirou. El aroma a antisépticos y hierbas curativas intentaba enmascarar el rastro de miedo que aún emanaba de los poros del Omega, pero para los sentidos hiperdesarrollados de Aresh, el dolor de su compañero era un grito constante que le desgarraba las entrañas.

Aresh no se había movido de la silla junto a la cama en tres horas. Sus manos, aún con restos de sangre seca en los nudillos que se negaba a lavar hasta que Seiichirou despertara del todo, temblaban levemente. No era miedo, era el residuo de una furia que todavía buscaba una salida. En su mente, repetía una y otra vez la imagen de aquellos bastardos tocando la piel pálida de su contador, profanando el santuario que él tanto se había esforzado por proteger con respeto y paciencia.

—Mmm... —Un pequeño quejido escapó de los labios de Seiichirou.

Sus párpados se agitaron tras las gafas que alguien había dejado sobre la mesilla de noche. Sin ellas, su rostro se veía aún más joven, más vulnerable. Cuando finalmente abrió los ojos, el azul de sus iris estaba empañado por la confusión del sueño inducido por la magia.

—¿Aresh...? —La voz de Seiichirou era apenas un susurro quebrado.

—Aquí estoy, Seiichirou. No me he movido —Aresh se inclinó hacia adelante, tomando la mano del hombre mayor entre las suyas con una delicadeza que contrastaba con la violencia que había desatado poco antes.

Seiichirou parpadeó varias veces, tratando de enfocar el techo de piedra blanca. De repente, los recuerdos de la oficina regresaron como una marea violenta: las manos ásperas, el olor agrio de los Alfas, el sonido de su propia ropa rasgándose. Un escalofrío violento recorrió su cuerpo y sus dedos se cerraron con fuerza sobre la mano de Aresh.

—Tranquilo, respira conmigo —pidió Aresh, acercando la mano de Seiichirou a su rostro para que pudiera sentir su calor—. Nadie va a entrar aquí. He puesto guardias de mi total confianza en la puerta. Estás a salvo.

—Mis informes... —Seiichirou intentó incorporarse, pero un dolor agudo en el hombro, donde la mordida había sido más profunda, lo obligó a jadear y recostarse de nuevo—. Los papeles... se mancharon de tinta... y de...

—No pienses en el trabajo ahora, por favor —lo interrumpió Aresh, y por primera vez, su tono tenía un deje de súplica—. Al diablo con la contaduría y con el reino. Casi te pierdo, Seiichirou. Si no hubiera llegado a tiempo...

Aresh no pudo terminar la frase. Apoyó la frente contra el borde de la cama, ocultando sus ojos morados que comenzaban a cristalizarse. El peso de la responsabilidad y el terror de imaginar un desenlace diferente lo estaban asfixiando.

Seiichirou lo observó en silencio. Ver al gran Capitán de la Tercera Orden, el hombre que era considerado un prodigio y un pilar de fuerza para el reino, reducido a tal estado de vulnerabilidad por su causa, hizo que algo dentro de él terminara de romperse. Ya no podía seguir fingiendo que Aresh era solo un "protector" o un "compañero de almuerzo".

—Aresh, mírame —dijo Seiichirou, estirando su mano libre para acariciar el cabello negro azabache del joven Alfa.

Aresh levantó la vista, encontrándose con la mirada serena pero triste del oficinista.

—Gracias por salvarme —continuó Seiichirou—. Y lamento... lamento haber sido tan débil. En mi mundo, no existen estas jerarquías. Nunca tuve que preocuparme por ser un "Omega". Pensé que podía manejarlo solo, que mi intelecto sería suficiente protección.

—No eres débil —gruñó Aresh, recuperando un poco de su firmeza—. Eres el hombre más fuerte que conozco. Has sobrevivido a un traslado de mundo, a un exceso de trabajo inhumano y a una sociedad que no comprendes. Lo que pasó hoy no fue tu culpa, fue la de esos animales que no merecen el aire que respiran.

Seiichirou soltó un suspiro tembloroso y desvió la mirada hacia la ventana, donde los últimos rayos del sol teñían el cielo de naranja.

—¿Qué pasará con ellos? —preguntó en voz baja.

La expresión de Aresh se volvió gélida, una máscara de indiferencia militar que ocultaba un sadismo justificado.

—Están en las celdas subterráneas de la Orden. He informado al Rey y a la Santa. Debido a que eres un ciudadano de otro mundo bajo la protección directa de la corona, sus acciones se consideran alta traición, además de agresión agravada. Pero... —Aresh hizo una pausa, apretando los dientes—. He pedido que me cedan la custodia total de su castigo. No verán la luz del sol en lo que les queda de vida, y te aseguro que desearán no haber nacido.

Seiichirou sintió un escalofrío, pero esta vez no fue de miedo hacia Aresh, sino de una extraña comprensión. En este mundo cruel, la piedad era un lujo que los agresores no merecían.

—No quiero que te metas en problemas por mi culpa —murmuró Seiichirou—. Eres un capitán respetado. No ensucies tu carrera por una venganza.

—No es venganza, es justicia —respondió Aresh con fervor—. Y si tuviera que quemar este reino entero para mantenerte a salvo, lo haría sin dudarlo. ¿Todavía no lo entiendes, Seiichirou? No te cuido porque sea mi deber. Te cuido porque eres mi vida.

El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio cargado de una tensión diferente. Seiichirou sintió que su corazón latía con fuerza contra sus costillas. El efecto de las medicinas lo hacía sentir flotar, y quizás por eso, las barreras que siempre levantaba empezaron a caer.

—Tengo treinta años, Aresh —dijo Seiichirou, con una sonrisa triste—. Soy un adicto al trabajo, tengo mala vista, soy terco y ni siquiera sé cómo comportarme como un Omega de este mundo. Tú eres joven, tienes un futuro brillante, podrías tener a cualquier Omega noble que supiera cómo apoyarte.

—No quiero a un Omega noble —Aresh se puso de pie y se sentó en el borde de la cama, invadiendo el espacio personal de Seiichirou, pero esta vez el contador no retrocedió—. Quiero al hombre que se queda despierto hasta las tres de la mañana cuadrando libros de cuentas por su sentido del deber. Quiero al hombre que se queja de mi insistencia pero que siempre me guarda un asiento en la mesa. Quiero a Seiichirou Kondou. No me importa tu edad, ni tu mundo, ni tu falta de instintos. Te quiero a ti.

Aresh se inclinó lentamente, dándole a Seiichirou todo el tiempo del mundo para rechazarlo. Pero Seiichirou no se movió. Cuando los labios de Aresh rozaron los suyos, el sabor fue a consuelo y a una promesa antigua. Fue un beso casto, cargado de una reverencia que Seiichirou nunca había experimentado.

Al separarse, Aresh apoyó su nariz contra la de él, compartiendo el mismo aire.

—Déjame marcarte —susurró Aresh. Fue una petición, no una orden—. No ahora, no mientras estés herido. Pero cuando estés listo... quiero que todo el mundo sepa que me perteneces, y que yo te pertenezco a ti. Quiero que mi aroma te cubra siempre para que ningún otro Alfa se atreva siquiera a mirarte con malas intenciones.

Seiichirou cerró los ojos, disfrutando del aroma a sándalo de Aresh que ahora lo envolvía por completo. La idea de pertenecer a alguien, que en su vida anterior le habría parecido arcaica y restrictiva, ahora se sentía como el ancla que necesitaba para no ser arrastrado por la oscuridad de lo que había vivido.

—Soy un problema, Aresh —dijo Seiichirou, aunque sus manos ahora acariciaban el rostro del Alfa.

—Eres el problema más maravilloso que me ha pasado —respondió Aresh con una pequeña risa, la primera desde el incidente.

En ese momento, llamaron suavemente a la puerta. Aresh se tensó de inmediato, su instinto protector saltando de nuevo a la superficie.

—¿Quién es? —preguntó con voz de mando.

—Capitán, soy el Teniente Kael —se escuchó desde el otro lado—. El médico real solicita entrar para la revisión nocturna. Y... la Santa está aquí. Insiste en ver al señor Kondou.

Aresh miró a Seiichirou, buscando su aprobación. El contador asintió levemente; ver a su compatriota, la joven que había sido arrastrada a este mundo junto con él, siempre le daba un poco de paz.

—Déjenlos pasar —ordenó Aresh, aunque no se alejó de la cama.

La puerta se abrió y una joven de cabello claro y ojos llenos de preocupación entró corriendo. Al ver a Seiichirou pálido y vendado, se llevó las manos a la boca, conteniendo un sollozo. Detrás de ella, el médico real entró con un maletín lleno de viales brillantes.

—¡Seiichirou-san! —exclamó la Santa, acercándose al otro lado de la cama—. ¡Lo siento tanto! Si hubiera sabido que esos hombres eran capaces de algo así... me aseguraré de que el Rey los castigue con todo el peso de la ley.

—Estoy bien, de verdad —trató de calmarla Seiichirou, aunque su voz aún flaqueaba—. Aresh llegó a tiempo.

La Santa miró al Capitán Indolark, quien mantenía una mano posesiva sobre el hombro de Seiichirou. Ella, siendo una Beta en este mundo pero con una gran sensibilidad mágica, pudo notar el cambio en la atmósfera entre los dos.

—Gracias, Capitán —dijo ella con sinceridad—. Por favor, no se aparte de su lado.

—No lo haré —prometió Aresh con una seriedad que no admitía réplicas.

El médico comenzó a revisar las vendas. Cuando descubrió el hombro de Seiichirou, Aresh tuvo que apretar los puños para no salir de la habitación y acabar con los prisioneros en ese mismo instante. La marca de los dientes todavía estaba roja e inflamada, un recordatorio físico de la violación de su espacio personal.

—La curación mágica ha hecho gran parte del trabajo —explicó el médico—, pero el trauma físico en un cuerpo que no está acostumbrado a las feromonas de este nivel tardará unos días en sanar. Recomiendo reposo absoluto. Nada de informes, nada de números, señor Kondou.

Seiichirou suspiró, resignado.

—Escuchaste al doctor —dijo Aresh con un tono casi triunfal—. Te quedarás en mis aposentos bajo mi vigilancia personal una vez que te den el alta de la enfermería.

—¿En tus aposentos? —Seiichirou se sonrojó de inmediato—. Aresh, eso es... inapropiado para un capitán y un contable.

—Es lo más apropiado para un Alfa y su futuro compañero —rebatió Aresh, y la palabra "compañero" hizo que el corazón de Seiichirou diera un vuelco—. Además, dudo que puedas subir las escaleras de tu residencia actual en este estado.

La Santa sonrió débilmente, viendo cómo Seiichirou perdía la batalla dialéctica. En medio de la tragedia, parecía que algo bueno estaba floreciendo.

—Estarás seguro con él, Seiichirou-san —dijo ella antes de retirarse junto con el médico—. Vendré a verte mañana.

Cuando la habitación volvió a quedar en silencio, la luz de la luna comenzó a filtrarse por la ventana. Seiichirou se sentía exhausto, el peso de los eventos del día finalmente cayendo sobre él con toda su fuerza.

—Duerme, Seiichirou —susurró Aresh, ayudándolo a acomodarse entre las sábanas de seda—. Estaré aquí cuando despiertes. Y estaré aquí todos los días después de ese.

Seiichirou cerró los ojos, dejándose llevar por el cansancio. Antes de quedarse dormido, buscó a tientas la mano de Aresh.

—Aresh... —murmuró entre sueños.

—¿Sí?

—Mañana... me gustaría que me trajeras algo de comer de esa panadería que te gusta. Tengo hambre.

Aresh sintió que un nudo se le formaba en la garganta. Ese pequeño rastro de normalidad, esa petición mundana, era la señal de que Seiichirou no se dejaría destruir por lo ocurrido.

—Te traeré la panadería entera si es necesario —respondió Aresh, besando su mano.

Mientras Seiichirou dormía, Aresh se quedó observándolo, su mente trabajando a mil por hora. Sabía que el camino hacia la recuperación emocional de Seiichirou sería largo. Habría pesadillas, habría momentos en los que el tacto de alguien le haría saltar, y habría dudas. Pero Aresh estaba dispuesto a ser el muro que detuviera cualquier tormenta.

Se inclinó hacia el oído del hombre dormido y susurró una última promesa, una que no necesitaba testigos.

—Nadie volverá a tocarte, mi pequeño contador. A partir de hoy, el mundo aprenderá que meterse contigo es invocar la furia del mismo infierno.

Aresh se recostó en la silla, sin soltar la mano de Seiichirou. En la oscuridad de la enfermería, sus ojos morados brillaban con una determinación feroz. El Omega de otro mundo finalmente había encontrado su hogar, no en un edificio de oficinas o en un reino de fantasía, sino en los brazos de un Alfa que lo amaba más allá de la razón. Y Aresh, por su parte, finalmente tenía una razón para ser el caballero más fuerte del reino: proteger la sonrisa de un hombre que aún no sabía cuánto poder tenía sobre su corazón.