El poder de la oscuridad
La Jaula de Oro y el Silencio de los Inocentes
El despertar en la Mansión Riddle ya no traía consigo el aroma a incienso y pergamino viejo que Rabastan recordaba de sus años de servicio. Ahora, el aire de los aposentos principales olía a sándalo, a magia densa y a algo metálico que recordaba inevitablemente a la sangre fresca. Rabastan permanecía inmóvil entre las sábanas de seda negra, con la mirada perdida en el artesonado del techo. Cada músculo de su cuerpo protestaba, un recordatorio vívido de la noche anterior.
No era solo el dolor físico lo que lo abrumaba, sino la humillación de la dependencia absoluta. Lord Voldemort, o el hombre que ahora habitaba ese nombre, se había convertido en una sombra constante, una presencia que no solo reclamaba su lealtad, sino su esencia misma.
La puerta de la habitación se abrió sin necesidad de llaves ni hechizos audibles; la mansión misma parecía doblegarse ante la voluntad de su señor. Voldemort entró con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir. Su nueva apariencia, la de un hombre en la cúspide de su virilidad aristocrática, era una burla cruel a la monstruosidad que Rabastan sabía que yacía debajo.
—Todavía estás despierto, mi pequeño cuervo —dijo Voldemort. Su voz, ahora un barítono aterciopelado, acarició los oídos de Rabastan como una maldición—. Esperaba que el agotamiento te hubiera concedido un sueño más prolongado.
Rabastan no respondió. Se limitó a cerrar los ojos, deseando que la oscuridad detrás de sus párpados fuera suficiente para borrar la realidad. Sintió el peso del colchón ceder cuando Voldemort se sentó a su lado. Una mano fría y elegante se deslizó por su frente, apartando los mechones de cabello castaño que el sudor había pegado a su piel.
—No me ignores —advirtió Voldemort, aunque no había ira en su tono, sino una paciencia aterradora—. Ayer demostraste una resistencia encomiable, pero la obstinación es una virtud que se agota pronto cuando se enfrenta a la eternidad.
—¿Qué es lo que queréis de mí? —susurró Rabastan, con la voz rasposa—. Ya tenéis mi varita. Tenéis mi libertad. El mundo entero se arrodilla ante vos... ¿Por qué ensañarse con alguien que ya no tiene nada que ofrecer?
Voldemort soltó una risa queda, un sonido que en otro tiempo habría parecido humano, pero que ahora conservaba un eco de vacío absoluto.
—Lo quieres todo, Rabastan. Quieres que te diga que eres especial, que tu alma me llama. Pero la verdad es más pragmática y, por tanto, más absoluta. Eres el único que me miró sin apartar la vista cuando la locura me consumía. Ahora que he recuperado la razón, deseo poseer aquello que fue testigo de mi caída. Eres mi ancla, el recordatorio de lo que he dejado atrás y el trofeo de lo que soy ahora.
Voldemort tiró de las mantas, dejando al descubierto el torso pálido de Rabastan, marcado por las sombras de los dedos del Señor Oscuro. Con una lentitud deliberada, Voldemort comenzó a trazar las líneas de las costillas del joven con la punta de su dedo índice. Rabastan se estremeció, un espasmo involuntario que no pudo ocultar.
—Vuestro toque... me quema —logró decir Rabastan, apretando los dientes.
—Eso es porque tu magia está intentando luchar contra la mía —explicó Voldemort, fascinado por la reacción—. Es inútil. He vinculado tu fuerza vital a la de esta casa, y la casa a la mía. Si intentaras huir, tu corazón se detendría antes de que cruzaras las puertas de hierro del jardín. Eres parte de la Mansión Riddle tanto como los cimientos mismos.
Rabastan sintió que las lágrimas volvían a agolparse en sus ojos. La impotencia era un veneno lento. Él, que había torturado a muggles y magos por igual bajo las órdenes de este mismo hombre, ahora comprendía el terror de las víctimas. Pero no había redención en su sufrimiento, solo una ironía sangrienta.
—¿Incluso mi hermano? —preguntó Rabastan, pensando en Rodolphus—. ¿Él sabe lo que me habéis hecho?
—Rodolphus es un soldado leal. Entiende que lo que le pertenece al Señor Oscuro no se cuestiona —respondió Voldemort, inclinándose para besar la marca de los Mortífagos en el antebrazo de Rabastan—. Él cree que es un honor. Bellatrix... bueno, Bellatrix está demasiado ocupada tratando de entender por qué ya no busco su fuego para preocuparse por tu destino.
Voldemort se puso de pie y, con un movimiento de su mano, hizo que las ropas de Rabastan aparecieran sobre una silla cercana. Eran túnicas de seda verde esmeralda, bordadas con hilos de plata que formaban patrones de serpientes entrelazadas.
—Vístete. Hoy el Consejo se reúne. Quiero que estés a mi lado. El mundo debe ver que mi consorte es digno de la posición que le he otorgado.
—No soy vuestro consorte —escupió Rabastan, encontrando un último rastro de desafío—. Soy vuestro prisionero.
Voldemort se detuvo en la puerta y se giró. Sus ojos rojos brillaron con una intensidad súbita, devolviendo por un instante la imagen del monstruo que solía ser.
—La diferencia entre un consorte y un prisionero es solo la calidad de las cadenas, Rabastan. Y las tuyas son de oro puro. No me obligues a recordarte cómo se siente el hierro frío.
Cuando Voldemort abandonó la estancia, Rabastan se sentó en la cama, cubriéndose el rostro con las manos. El silencio de la habitación era opresivo. Podía sentir el pulso de la magia de la casa, un latido rítmico que coincidía con el de Voldemort. Era cierto. No había escapatoria.
Se vistió mecánicamente. Cada prenda se sentía como una capa adicional de una armadura que no lo protegía, sino que lo asfixiaba. Se miró en el espejo de cuerpo entero. El hombre que le devolvía la mirada era hermoso, elegante y de apariencia noble, pero sus ojos estaban muertos. Eran los ojos de alguien que ya no esperaba nada del mañana.
Al bajar las escaleras hacia el gran salón, el ambiente en la mansión era eléctrico. Los Mortífagos de alto rango estaban presentes: Lucius Malfoy, con su habitual máscara de arrogancia ligeramente resquebrajada por la incertidumbre; Severus Snape, cuya expresión era un muro de piedra; y su hermano, Rodolphus, que evitó mirarlo a los ojos.
Voldemort estaba sentado en un trono de obsidiana al final del salón. Al ver aparecer a Rabastan, extendió una mano, invitándolo a acercarse.
—Ven aquí, Rabastan —ordenó, y el murmullo de los presentes cesó de inmediato.
Rabastan caminó por el pasillo central, sintiendo las miradas de sus antiguos camaradas clavadas en él como dagas. Se detuvo al lado del trono. Voldemort no esperó; lo tomó por la cintura y lo atrajo hacia sí, obligándolo a permanecer de pie junto a su hombro, en una exhibición pública de posesión.
—Mis fieles —comenzó Voldemort, y su voz llenó cada rincón del salón con una autoridad que no admitía réplica—. El Ministerio ha caído oficialmente esta mañana. Kingsley Shacklebolt ha huido, y nuestros agentes controlan cada departamento clave. El mundo mágico ya no es una colección de secretos ocultos, sino un imperio que reclama su lugar legítimo sobre los inferiores.
Un coro de "¡Mi Lord!" resonó en las paredes, pero Voldemort levantó una mano para pedir silencio.
—Pero un imperio necesita estabilidad. Necesita una imagen de permanencia. Rabastan Lestrange ha sido elegido para caminar a mi lado. Cualquier falta de respeto hacia él será tratada como una afrenta directa hacia mi persona. ¿Ha quedado claro?
Lucius Malfoy fue el primero en inclinarse, seguido por los demás. Rabastan miró a Rodolphus, quien mantenía la cabeza baja, con los puños apretados. El dolor de la traición familiar era casi tan fuerte como el toque de Voldemort.
—Ahora, retiraos —dijo Voldemort—. Tengo asuntos que tratar con mi consorte.
Los Mortífagos se retiraron con rapidez, dejando a la pareja sola en la inmensidad del salón. Voldemort se levantó y obligó a Rabastan a sentarse en el trono. Él mismo se arrodilló frente al joven, una posición de falsa humildad que resultaba más aterradora que cualquier amenaza.
—¿Ves esto, Rabastan? —preguntó, señalando el salón vacío—. Todo esto es tuyo si simplemente dejas de luchar. Podrías tener el mundo a tus pies. Solo tienes que decir las palabras. Solo tienes que decir que me perteneces.
Rabastan lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, no apartó la vista.
—Podéis obligar a mi cuerpo a estar aquí. Podéis obligarme a llevar vuestras túnicas y a sentarme en vuestro trono. Pero mi voluntad... mi voluntad nunca será vuestra. Siempre habrá una parte de mí que os odiará.
Voldemort sonrió, una expresión de triunfo que heló la sangre de Rabastan.
—El odio es una forma de pasión muy poderosa, Rabastan. Mucho más duradera que el amor. Si el odio es lo único que puedes darme, lo aceptaré con gusto. Porque mientras me odies, estarás pensando en mí. Mientras me odies, tu alma estará ligada a la mía por un hilo de fuego.
Voldemort se puso en pie y volvió a tomar el rostro de Rabastan entre sus manos. Sus pulgares acariciaron los pómulos del joven, bajando hacia las comisuras de sus labios.
—Esta noche celebraremos nuestra victoria —susurró Voldemort—. Y te aseguro que, para cuando la luna alcance su cenit, tus labios dirán mi nombre, aunque sea en un grito de desesperación.
Rabastan sintió que las fuerzas lo abandonaban. La cordura de Voldemort era una prisión mucho más efectiva que su locura. El nuevo Lord no buscaba simplemente destruir enemigos; buscaba coleccionar almas, y él era la pieza central de su macabra galería.
Las horas siguientes fueron un borbotón de preparativos. Sirvientes domésticos, aterrorizados y eficientes, prepararon un banquete que Rabastan no probó. Fue llevado de nuevo a los aposentos privados, donde Voldemort lo esperaba con una copa de un vino rojo oscuro que parecía brillar con luz propia.
—Bebe —ordenó Voldemort—. Te ayudará a relajar los nervios.
Rabastan tomó la copa, sus manos temblando tanto que el líquido estuvo a punto de derramarse. Bebió de un trago, sintiendo un calor inmediato recorrer su garganta. No era un veneno, sino algo más sutil: una poción relajante mezclada con algo que agudizaba los sentidos.
Voldemort se acercó, despojándose de su capa. Bajo la luz de las velas, su piel parecía mármol pulido.
—El mundo cree que soy un dios —murmuró Voldemort, acortando la distancia entre ambos—. Pero tú, Rabastan... tú sabes que soy un hombre con deseos muy terrenales. Y tú eres el objeto de cada uno de ellos.
Rabastan sintió que las piernas le fallaban. La poción estaba haciendo efecto, eliminando su capacidad de resistencia física, aunque su mente seguía gritando. Voldemort lo atrapó antes de que cayera, cargándolo hacia la cama con una facilidad insultante.
—Por favor... —susurró Rabastan, mientras las manos de Voldemort comenzaban a despojarlo de las túnicas esmeralda—. Si alguna vez hubo un rastro de Tom Riddle en vos... tened piedad.
Voldemort se detuvo un momento, su rostro a escasos centímetros del de Rabastan. Sus ojos rojos buscaron algo en la mirada del joven, tal vez una chispa de sumisión real.
—Tom Riddle murió en un orfanato de Londres, Rabastan. Yo soy lo que quedó de él, perfeccionado por el dolor y la ambición. Y la piedad es un concepto que Tom nunca conoció.
Las manos del Señor Oscuro recorrieron el cuerpo de Rabastan con una urgencia renovada. Cada caricia era una marca de propiedad, cada beso una invasión. Rabastan cerró los ojos, dejando que las lágrimas cayeran libremente. La impotencia era total. Podía sentir el poder de Voldemort fluyendo a su alrededor, una marea negra que lo arrastraba lejos de la orilla de su propia identidad.
En el silencio de la noche, solo se escuchaba la respiración agitada de Rabastan y los susurros posesivos de Voldemort. El mundo mágico podía estar temblando ante el nuevo orden, pero en esa habitación, la única realidad era la lucha desigual entre un depredador y su presa.
—Mírame, Rabastan —exigió Voldemort, obligándolo a abrir los ojos—. Quiero ver cómo te rompes. Quiero ver el momento exacto en que dejas de luchar y aceptas que este es tu lugar.
Rabastan lo miró, y en ese instante de vulnerabilidad absoluta, comprendió la verdadera magnitud de su tragedia. No era solo que no pudiera escapar de la mansión. No era solo que no pudiera escapar de Voldemort. Era que, en lo más profundo de su ser, la magia oscura que ambos compartían estaba empezando a reconocerse. La corrupción no era solo externa; estaba empezando a filtrarse en sus propios huesos.
—Nunca... os perdonaré —logró decir Rabastan, aunque su cuerpo ya empezaba a traicionarlo, respondiendo al toque experto de su captor.
—No busco tu perdón —respondió Voldemort, hundiéndose en él—. Busco tu eternidad.
Y mientras el sol comenzaba a asomar por el horizonte, iluminando un mundo que ya no pertenecía a los libres, Rabastan Lestrange supo que su nombre sería recordado en la historia como el consorte del Señor Oscuro, la joya rota en una corona de sombras, el hombre que amó el odio porque no le quedó nada más.
La Mansión Riddle guardó el secreto de sus gritos, mientras fuera, las campanas de Londres doblaban por una libertad que ya no existía. Voldemort había ganado, y Rabastan era el precio que la realidad había pagado por su regreso. No había vuelta atrás. Solo quedaba el frío abrazo de un dios que se había vuelto hombre para reclamar lo que siempre consideró suyo.