El príncipe perdido
Sombras en el Muelle y el Retorno del Heredero
El puerto de Sweethaven nunca había lucido tan pequeño a los ojos de Cocoliso. A sus veinte años, el joven que una vez gateó por las cubiertas de los barcos de Popeye se erguía ahora con una estatura imponente y una espalda ancha que delataba años de un rigor físico inhumano. Su ropa, aunque sencilla, tenía un corte extranjero, una elegancia funcional que no encajaba con el aroma a salitre y brea del pueblo.
En la cocina de la casa de los Popeye, el silencio era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo de desescamar. Olivia, con las manos temblorosas, servía una fuente de estofado, mientras Popeye, sentado frente a su hijo mayor, no dejaba de apretar su pipa apagada entre los dientes.
—Entonces... —comenzó Popeye, forzando una voz que intentaba ser casual, aunque sus ojos azules escudriñaban cada cicatriz nueva en los nudillos de su hijo—. Nos vas a decir de una vez de dónde sacaste esa casaca, ¿o tenemos que adivinarlo por el mapa de las estrellas?
Cocoliso soltó una carcajada vibrante, un sonido que no guardaba rastro de la timidez infantil. Se echó hacia atrás en la silla, que crujió bajo su peso.
—¡Oh, vamos, viejo! —exclamó con una sonrisa despreocupada—. Ya te lo dije, solo me dejé llevar por la corriente. Unas cuantas islas, algunos tesoros olvidados y un montón de gente con modales extraños. Es una anécdota divertida, deberías haberme visto intentar comer con siete cubiertos diferentes. ¡Casi me saco un ojo!
—¡No es una anécdota, Cocoliso! —estalló Olivia, dejando caer el cucharón sobre la mesa con un golpe seco—. ¡Desapareciste diez años! ¡Diez años en los que no supimos si estabas vivo, si tenías frío o si...!
—O si me habían comido los caníbales —interrumpió el joven, guiñándole un ojo—. Tranquila, mamá. Como ves, soy demasiado duro de roer. Incluso para los monstruos marinos.
En la esquina de la sala, oculto parcialmente por el marco de la puerta, un niño de diez años observaba la escena con una mezcla de fascinación y terror. Popeye Jr., el hijo biológico de la pareja, apretaba su peluche contra el pecho. Para él, este extraño no era un hermano; era una tormenta que había llegado para poner su mundo del revés. Sus padres, siempre tan seguros, parecían ahora dos náufragos intentando aferrarse a una tabla.
Cocoliso notó la presencia del pequeño y su expresión se suavizó un milímetro, aunque no perdió ese aire de superioridad juguetona.
—Eh, renacuajo —dijo Cocoliso, señalándolo—. Sigues ahí parado como si hubieras visto a un fantasma. Ven aquí, no muerdo. A menos que seas una pierna de cordero.
Junior no se movió. Miró a su padre buscando una explicación que nadie le había dado.
—Ve, hijo —murmuró Popeye, aunque su tono carecía de convicción—. Es... es tu hermano.
—No lo conozco —susurró Junior, su voz apenas un hilo—. Él no estaba aquí ayer. Ayer yo era el único.
La tensión en la habitación subió varios grados. Cocoliso se levantó, y por un momento, la luz de la lámpara proyectó una sombra sobre la pared que no parecía la de un hombre, sino la de algo mucho más antiguo y regio. Se acercó al niño con pasos silenciosos, una gracia felina que Popeye reconoció como el resultado de un entrenamiento militar de élite.
—Tienes razón, Junior —dijo Cocoliso, agachándose para quedar a su altura—. No me conoces. Y para ser honesto, este lugar se siente tan pequeño que a veces olvido que yo también dormí en esa habitación. Pero mira el lado bueno, ahora tienes a alguien que puede enseñarte a pelear de verdad. Sin necesidad de comer esas verduras espantosas que papá tanto ama.
—¡Cocoliso! —rugió Popeye, poniéndose en pie—. ¡No le hables así de las espinacas! Y sobre todo, no eludas la pregunta. Sé reconocer a un soldado cuando lo veo. Tus manos... no son las de un marinero mercante. Has estado en una guerra, o algo peor.
Cocoliso se puso en pie lentamente. Su mirada se cruzó con la de Popeye, y por un instante, la máscara de bufón cayó. Había un frío glacial en sus ojos, una oscuridad que hablaba de tronos de piedra y desiertos de ceniza. El reino de Demonia no era un mito, y él no había sido un invitado; había sido su príncipe perdido, forjado en el yunque de una monarquía guerrera que reclamaba su sangre.
—Hay cosas en este mundo, padre, que tus latas de espinacas no pueden solucionar —dijo Cocoliso con una voz gélida—. Pero no he venido a traer la guerra a Sweethaven. He venido a... descansar. Si es que me dejan.
El portazo de la entrada principal interrumpió el momento. Un hombre corpulento, de barba espesa y hombros como montañas, entró sin llamar. Era Brutus, pero no el villano de antaño. A su lado, su esposa y su hijo, un muchacho casi de la edad de Junior, lo seguían con rostros preocupados.
—¡Popeye! —bramó Brutus, ignorando las formalidades—. Los vigías del muelle dicen que una fragata negra ha sido vista en el horizonte. No lleva bandera, pero el casco tiene marcas de garras. De Demonia.
Cocoliso se tensó. Su mano derecha se cerró instintivamente, y los músculos de su antebrazo se hincharon de una manera antinatural, rompiendo ligeramente la costura de su manga. No necesitaba espinacas; su fuerza era una herencia genética, un derecho de nacimiento que superaba cualquier lógica humana.
—Parece que el descanso se acabó antes de empezar —comentó Cocoliso, recuperando su tono burlón, aunque sus ojos buscaban una salida—. Qué lástima, el estofado de mamá olía de maravilla.
—¿Qué tiene que ver ese reino contigo, muchacho? —preguntó Brutus, clavando su vista en Cocoliso—. Te recuerdo de cuando eras un bebé que apenas podía levantar un sonajero. Ahora pareces alguien que podría hundir un barco con un puñetazo.
—Es una larga historia, Tío Brutus —respondió Cocoliso, usando el apelativo con ironía—. Digamos que me convertí en el hijo favorito de alguien que no debió encontrarme. Y ahora, ese "alguien" quiere recuperar su propiedad.
Olivia se acercó a Cocoliso y lo tomó del brazo con fuerza.
—Tú no eres propiedad de nadie. Eres nuestro hijo. No importa dónde hayas estado o qué te hayan hecho hacer.
Cocoliso miró a su madre adoptiva. Por un segundo, su fachada de guerrero imperturbable flaqueó. La calidez de Olivia era algo que los palacios de Demonia nunca pudieron replicar.
—Entonces, prepárense —dijo Cocoliso, mirando a Popeye y luego a Brutus—. Porque no vienen a parlamentar. Vienen por el Príncipe Heredero. Y si Sweethaven se interpone, la quemarán hasta los cimientos.
Popeye caminó hacia la alacena y sacó una lata de espinacas, apretándola en su puño. Miró a Brutus, quien asintió con una seriedad solemne. Los viejos rivales, ahora unidos por la protección de su hogar, se prepararon para lo que vendría.
—Bueno —dijo Popeye, rompiendo el sello de la lata con el pulgar—. Supongo que es hora de demostrarles a esos demonios que en este pueblo no nos rendimos sin pelear. Junior, vete al sótano con la esposa de Brutus. Ahora.
—¡No quiero! —gritó el niño, llorando—. ¡Quiero saber quién es él! ¡Quiero saber por qué todos tienen miedo!
Cocoliso se acercó a Junior y, con una rapidez que nadie pudo seguir, le revolvió el cabello.
—Escucha, enano —le susurró al oído—. Quédate abajo y cuida a las señoras. Si las cosas se ponen feas, yo iré a buscarte. Te prometo que después de esto, te contaré cómo derroté a un dragón de arena con solo un tenedor. ¿Trato hecho?
Junior, hipnotizado por la seguridad que emanaba el joven, asintió lentamente y corrió hacia el sótano.
Cocoliso se volvió hacia la puerta, despojándose de su casaca y revelando unos brazos tatuados con runas que brillaban levemente en la penumbra. Su fuerza física era abrumadora, una presencia que llenaba la habitación.
—Papá, Brutus —dijo, colocándose en el umbral—. Quédense en los flancos. Yo iré al frente. He pasado diez años aprendiendo a ser un arma. Es hora de ver si valió la pena el entrenamiento.
—No irás solo, hijo —respondió Popeye, tragando el contenido de la lata y sintiendo cómo sus propios músculos se expandían con un estallido de energía—. Somos una familia. Y en esta familia, nadie pelea solo. Ni siquiera los hijos pródigos que hacen chistes malos.
El grupo salió al muelle. El cielo se había teñido de un rojo antinatural y el sonido de los tambores de guerra resonaba sobre las olas. La paz de Sweethaven se había roto, pero en medio de la tensión, una extraña unidad comenzaba a forjarse. Cocoliso, el príncipe y el huérfano, el soldado y el hermano, se preparó para enfrentar su pasado, mientras su familia, la vieja y la nueva, cerraba filas a su alrededor.
La batalla por el alma de Sweethaven y el secreto de Cocoliso apenas comenzaba.