Embarazo Zenin
El peso de un nuevo latido
Seis semanas habían transcurrido desde aquella noche en la que el aire de la Academia de Hechicería de Tokio pareció detenerse solo para ellos. Seis semanas en las que el mundo de la hechicería seguía su curso lento y burocrático, con Yuta Okkotsu asumiendo misiones de rango especial que lo mantenían alejado más de lo que deseaba, y con Maki Zenin forjando el acero de la nueva generación de hechiceros con su rigor habitual. Sin embargo, para Maki, el tiempo había dejado de ser una línea recta para convertirse en un ciclo de sensaciones inexplicables y punzantes.
Todo comenzó con una fatiga que no podía atribuir a los entrenamientos. Ella, que poseía un cuerpo bendecido por la Restricción Celestial, una máquina de guerra perfecta que no conocía el agotamiento físico común, empezó a sentir que sus piernas pesaban como el plomo al despertar. Luego vinieron los olores. El aroma del incienso en los pasillos, que antes le resultaba indiferente, ahora le revolvía el estómago hasta el punto de tener que apretar los dientes para no flaquear frente a sus alumnos.
—¿Maki-san? —preguntó un día Inumaki, ladeando la cabeza con preocupación mientras observaba cómo ella se apoyaba pesadamente en su lanza tras un ejercicio rutinario—. ¿Atún?
—Estoy bien, Toge. Solo no dormí bien —mintió ella, aunque el sudor frío que recorría su nuca decía lo contrario.
Pero la mentira se volvió insostenible cuando los antojos y los cambios de humor hicieron su aparición triunfal. Maki, conocida por su pragmatismo y su temple de hierro, estalló en gritos contra Panda solo porque este había sugerido que su técnica de espada estaba "un poco más lenta de lo habitual". Cinco minutos después, se encontraba en un rincón apartado de la cocina, devorando una combinación impensable de calamares secos con mermelada de fresa, con los ojos empañados por una frustración que no lograba comprender.
Yuta, que había regresado de una misión en Kioto esa misma tarde, la encontró en ese estado. El Hechicero más Fuerte, capaz de enfrentarse a deidades y salir ileso, se sintió completamente desarmado ante la visión de su novia comiendo frenéticamente mientras murmuraba insultos contra el mundo.
—Maki... —susurró Yuta, acercándose con cautela, como quien intenta no asustar a un animal herido—. ¿Seguro que estás bien? Te ves... pálida. Y eso huele a... ¿fresa y pescado?
Maki lo miró con una intensidad que habría hecho retroceder a un grado uno.
—Si dices una sola palabra sobre mi dieta, Okkotsu, te juro que te entierro en el jardín —espetó ella, aunque su voz tembló al final.
Yuta no se dejó amedrentar. Se acercó y puso una mano en su frente. No tenía fiebre, pero su energía, o más bien, la ausencia de ella en su cuerpo físico, se sentía extraña. Instintivamente, Yuta rodeó su cintura con un brazo, notando que ella no se tensaba, sino que se hundía en su contacto como si buscara un ancla.
—Llevas días así —dijo él con suavidad, pero con esa firmeza que había desarrollado en los últimos años—. No es solo cansancio. Mañana iremos a ver a Shoko.
—No voy a ir a la enfermería por un simple malestar estomacal —gruñó ella, apartándose—. Tengo trabajo que hacer. Los de primer año no se van a entrenar solos.
—Maki, por favor —insistió Yuta, sus ojos azul oscuro brillando con una preocupación genuina—. Hazlo por mí. No puedo concentrarme en las misiones si sé que estás sufriendo y no sé por qué.
Maki soltó un suspiro largo, derrotada por la mirada de cachorro abandonado que Yuta todavía sabía usar a la perfección.
—Está bien. Pero si es solo una infección por algo que comí, me deberás una cena de verdad. Sin pescado ni mermelada.
El momento de la verdad llegó a la mañana siguiente, de la forma más violenta posible. Durante el desayuno, el simple olor del café recién hecho fue el detonante. Maki se levantó de la mesa con una mano en la boca, corriendo hacia los baños mientras los sonidos de sus arcadas resonaban en el pasillo silencioso. Yuta no esperó más. La alcanzó, le recogió el cabello con una mano mientras le acariciaba la espalda con la otra, y en cuanto ella terminó de vomitar, la levantó en brazos a pesar de sus protestas débiles.
—Suéltame, idiota... puedo caminar —protestó ella, aunque su cabeza descansaba pesadamente en el hombro de Yuta.
—Hoy no, Maki. Hoy mando yo —respondió él, caminando con paso firme hacia la morgue, que servía también como el consultorio privado de Shoko Ieiri.
Shoko los recibió con su habitual aire de desgana, una ojera permanente y un cigarrillo apagado entre los labios. Observó la escena: Yuta con el rostro desencajado y Maki, la mujer más fuerte del mundo, luciendo como si hubiera sido atropellada por un camión de carga.
—Déjala en la camilla, Okkotsu —ordenó Shoko, ajustándose la bata blanca—. Y tú, deja de mirarme como si fuera a ejecutarla. Solo voy a hacerle unas pruebas.
Yuta se quedó en un rincón de la sala, jugueteando con el anillo que colgaba de su cuello, un hábito que mantenía cuando los nervios lo superaban. Observó cómo Shoko realizaba una serie de chequeos, utilizando tanto medicina convencional como pequeñas aplicaciones de energía inversa para diagnosticar el estado interno de Maki. La habitación estaba sumida en un silencio tenso, solo interrumpido por el zumbido de las luces fluorescentes.
Maki mantenía la vista fija en el techo, sintiéndose vulnerable de una manera que odiaba. Ella era una Zenin, o lo que quedaba de ellos. Ella era la que había masacrado a un clan entero para demostrar su valía. No debería estar tumbada en una camilla sintiéndose como si su propio cuerpo la estuviera traicionando.
Después de media hora que para Yuta pareció una eternidad, Shoko se apartó de la camilla, dejó unos papeles sobre la mesa y soltó un suspiro largo, mirando a la pareja con una expresión que mezclaba la sorpresa con una pizca de ironía.
—Bueno —comenzó Shoko, cruzándose de brazos—, tengo dos noticias. La buena es que no tienes ninguna maldición, ni ninguna infección, ni te has envenenado con tus mezclas raras de comida.
—¿Y la mala? —preguntó Maki, sentándose con brusquedad.
—No es una mala noticia, dependiendo de cómo lo miren —Shoko hizo una pausa, clavando su mirada en Yuta, quien parecía haber dejado de respirar—. Maki, estás embarazada. Seis semanas, para ser exacta.
El silencio que siguió fue absoluto. Fue un vacío más profundo que cualquier técnica de vacío que Gojo Satoru hubiera podido crear. Yuta sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Su mente, usualmente rápida para procesar tácticas de combate, se quedó en blanco. ¿Un bebé? ¿Él y Maki? ¿En un mundo que todavía se estaba lamiendo las heridas de una guerra apocalíptica?
Maki, por su parte, no se movió. Su rostro, marcado por las cicatrices de Shibuya, se volvió de piedra. Sus manos, que podían romper huesos con la facilidad de quien parte una rama, temblaron imperceptiblemente sobre sus muslos.
—¿Embarazada? —repitió ella, como si la palabra fuera un concepto extranjero—. Eso es... imposible. Mi cuerpo... la Restricción Celestial...
—Tu cuerpo es humano, Maki —la interrumpió Shoko con suavidad—. Un humano excepcional, pero humano al fin y al cabo. Tu sistema reproductivo funciona perfectamente. De hecho, diría que el feto se está aferrando con una fuerza inusual. Probablemente haya heredado algo de la vitalidad de ambos.
Yuta finalmente reaccionó. Dio un paso hacia la camilla, sus ojos empañados por una mezcla de terror puro y una alegría tan intensa que le dolía el pecho. Se arrodilló frente a Maki, tomando sus manos entre las suyas.
—Maki... —susurró, con la voz quebrada.
Ella lo miró, y por primera vez en años, Yuta vio miedo en sus ojos. No el miedo a la muerte, ni el miedo al fracaso, sino el miedo a lo desconocido, a la responsabilidad de proteger algo tan frágil en un mundo tan cruel.
—Yuta... ¿qué vamos a hacer? —preguntó ella en un susurro apenas audible—. No sé cómo ser madre. No tuve una... no sé cómo cuidar de algo que no sea un arma.
Yuta apretó sus manos, besando sus nudillos con devoción.
—Aprenderemos —dijo él con una convicción que llenó la habitación—. No estás sola en esto. Nunca más estarás sola. Vamos a tener a este bebé, y será el niño más protegido de toda la historia de la hechicería. Si pude proteger al mundo de Sukuna, te juro que protegeré a nuestra familia de cualquier cosa.
Maki sintió que una lágrima traicionera resbalaba por su mejilla, perdiéndose en una de sus cicatrices. Se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra la de Yuta. El peso de la noticia empezaba a asentarse, y con él, una extraña calidez que comenzó a irradiar desde su vientre hacia el resto de su ser.
—Vas a ser un padre muy molesto y sobreprotector, ¿verdad? —dijo ella, intentando recuperar su tono sarcástico, aunque su voz seguía rota.
—Probablemente el peor de todos —admitió Yuta con una sonrisa pequeña, mientras las lágrimas también empezaban a asomar en sus ojos—. Pero tú serás la madre más increíble. Nadie se atreverá a molestar a nuestro hijo con una madre como tú.
Shoko, observándolos desde su escritorio, decidió que era el momento de darles privacidad. Recogió sus cosas y caminó hacia la puerta.
—Felicidades, supongo —dijo antes de salir—. Pero Maki, nada de misiones de campo a partir de ahora. Yuta, tú te encargas de que coma algo que no sea pescado con mermelada. Si necesitan algo, estaré fumando fuera.
Cuando la puerta se cerró, el mundo volvió a reducirse a ellos dos. Yuta se levantó y rodeó a Maki con sus brazos, abrazándola con una delicadeza extrema, como si temiera que pudiera romperse, a pesar de saber que ella era la mujer más resistente que jamás conocería.
—Seis semanas —murmuró Maki contra su cuello—. Aquella noche...
—Aquella noche cambió todo —completó Yuta—. Tenía ese presentimiento, ¿recuerdas? Te dije que las cosas se volverían complicadas.
—Complicadas es poco, Okkotsu. Esto es... un caos absoluto.
—Es nuestro caos —corrigió él, separándose un poco para mirarla a los ojos—. Maki, te amo. Y amo a este bebé, aunque todavía sea del tamaño de un grano de arroz.
Maki lo miró fijamente, y finalmente, una sonrisa auténtica, libre de amargura y de carga, iluminó su rostro. Se llevó una mano al vientre, acariciándolo por encima de la tela de su uniforme. Por primera vez en su vida, no sentía que su cuerpo fuera una herramienta de venganza o una declaración de guerra. Era un hogar.
—Más vale que sea fuerte —dijo ella, recuperando parte de su fuego habitual—. Porque no pienso criar a un debilucho.
Yuta soltó una carcajada, la primera en mucho tiempo que nacía desde lo más profundo de su alma. La besó con ternura, un beso que sabía a promesa y a un nuevo comienzo.
—Con tus genes y los míos, dudo mucho que sea débil —respondió él—. Pero sobre todo, será amado. Eso es algo que ninguno de los dos tuvo mucho de pequeños, ¿no? Vamos a cambiar eso.
Caminaron de la mano fuera de la enfermería, saliendo al patio de la academia donde el sol de la tarde bañaba los edificios antiguos con una luz dorada. Panda e Inumaki estaban a lo lejos, practicando con algunos estudiantes de primer año. El mundo seguía girando, las maldiciones seguían naciendo de los miedos humanos, y los hechiceros seguían luchando en las sombras.
Pero para Yuta y Maki, la batalla había cambiado de naturaleza. Ya no se trataba solo de sobrevivir o de honrar el legado de los que cayeron. Se trataba de construir un futuro donde un niño pudiera crecer sin el peso de un clan opresor o la sombra de una maldición de grado especial.
Mientras caminaban hacia sus dormitorios, Yuta notó que su postura, antes encorvada por el peso de la responsabilidad como el "Hechicero más Fuerte", se enderezaba. Tenía una nueva misión, una que no requería de su expansión de dominio ni de la fuerza de Rika, sino de su corazón y su presencia constante.
Maki, a su lado, caminaba con una nueva determinación. Sus cicatrices seguían allí, pero ya no eran lo único que definía su piel. Ahora había una vida creciendo dentro de ella, un pequeño milagro nacido de una noche de pasión y necesidad en medio del silencio de la academia.
—Yuta —dijo ella de repente, deteniéndose antes de llegar a los dormitorios.
—¿Sí?
—Si es niña... no la dejes acercarse a una espada hasta que tenga al menos cinco años. No quiero que sea tan precoz como nosotros.
Yuta sonrió, apretando su mano.
—Trato hecho. Aunque presiento que, siendo tu hija, ella será la que nos pida la espada mucho antes.
Rieron juntos, un sonido claro que cortó el aire de la tarde, espantando a los cuervos que descansaban en los tejados. El camino que tenían por delante sería difícil, lleno de miedos, dudas y los peligros inherentes a su profesión. Pero mientras cruzaban el umbral hacia su hogar compartido, supieron que, pasara lo que pasara, el eco de aquella noche en Shinjuku finalmente había sido reemplazado por la esperanza de un nuevo latido.