Entre la Esperanza y el Miedo
Lazos de Sangre, Luz y Posesión
El silencio de la nave *Intersector* era engañoso. En el vacío del espacio, lejos de las miradas inquisitivas de los Guardianes de Oa o de la disciplina férrea de Sinestro, la atmósfera entre Saint Walker y Arkillo se había vuelto densa, cargada de una energía que no provenía de sus anillos de poder.
Tras los eventos en "La Garra", Arkillo había notado un cambio drástico en el comportamiento del Linterna Azul. No era que Walker hubiera perdido su serenidad mística, sino que esa paz ahora venía acompañada de una proximidad física que rozaba lo invasivo para los estándares de un guerrero de Monde.
Walker no se limitaba a estar cerca; buscaba el contacto constante. Si Arkillo estaba revisando los sistemas de navegación, sentía la mano delgada y cálida de Walker descansando en su hombro. Si estaban comiendo en silencio, los pies descalzos del azul rozaban sus pesadas botas bajo la mesa. Era como si Walker hubiera activado un protocolo biológico que Arkillo no terminaba de descifrar.
—Walker —gruñó Arkillo una tarde, mientras intentaba calibrar un sensor de largo alcance—. Llevas diez minutos apoyado contra mi espalda. Eres pequeño, pero tu peso distrae.
—¿Te molesta, Arkillo? —preguntó Walker con esa voz que siempre sonaba como una caricia—. Pensé que después de lo que compartimos, mi presencia te resultaría reconfortante. En Astonia, cuando dos seres entrelazan sus destinos, el espacio entre ellos deja de existir. Somos seres de contacto, de calor compartido.
Arkillo se giró, atrapando a Walker entre su enorme cuerpo y la consola de mandos. El azul no retrocedió; al contrario, inclinó la cabeza hacia arriba, ofreciendo su cuello con una confianza que hacía que las garras de Arkillo temblaran.
—En Monde —dijo Arkillo, bajando la voz hasta que fue un rugido vibrante—, el contacto excesivo es una señal de desafío o de debilidad. Solo nos tocamos para matar o para reproducirnos. Este... "cariño" constante tuyo es extraño.
—No es debilidad —replicó Walker, extendiendo sus manos para acunar el rostro rugoso del gigante—. Es devoción. Mi especie no considera la pareja como un aliado externo, sino como una extensión de nuestra propia vida. Si no te toco, si no siento el latido de tu corazón contra mi piel, una parte de mi esperanza se marchita. Soy tuyo, Arkillo. En cuerpo, luz y espíritu.
Arkillo sintió un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con el miedo. Era una sensación de posesión absoluta. Ver a este ser sagrado, a este líder espiritual que inspiraba a galaxias enteras, admitiendo que necesitaba su tacto para florecer, despertó algo primitivo en el guerrero amarillo.
—Dices que eres mío —repitió Arkillo, rodeando la cintura de Walker con sus brazos masivos y apretando hasta que el azul soltó un pequeño jadeo—. Entonces debes entender lo que eso significa para un Sinestro Corps. Nosotros no compartimos. Lo que el miedo reclama, permanece bajo la sombra del miedo.
—La esperanza no teme a las sombras, Arkillo —susurró Walker, cerrando los ojos mientras se fundía en el abrazo—. Las habita para iluminarlas.
Esa noche, la cabina de descanso no fue un refugio para el sueño, sino un altar para esa nueva y posesiva dinámica. Arkillo no permitió que Walker se moviera de su lado. Lo arrastró hacia la litera de gran tamaño, despojándolo de su uniforme con una urgencia que ya no buscaba solo el placer, sino la marca.
—Si eres tan cariñoso —dijo Arkillo, empujando a Walker contra las sábanas de polímero negro—, entonces aprenderás a soportar mi peso hasta que amanezca. No quiero que te muevas. No quiero que respires sin que yo lo sienta.
—No deseo otra cosa —respondió Walker, abriendo sus brazos con una entrega total.
Arkillo se posicionó sobre él, una montaña de músculos y cicatrices que eclipsaba por completo la figura delgada de Walker. Esta vez, el acto no fue una exploración, sino una afirmación de propiedad. Arkillo usó sus dientes para marcar el hombro de Walker, dejando marcas rojas que contrastaban con la piel azul, señales claras de quién era el dueño de ese territorio.
Cuando Arkillo entró en él, lo hizo con una lentitud tortuosa, disfrutando de la forma en que el cuerpo de Walker se tensaba y luego se relajaba para recibirlo. El Linterna Azul emitió un sonido agudo, una nota de plenitud, y rodeó el torso de Arkillo con sus piernas, pegándose a él como si intentara fusionar sus esqueletos.
—Más... —suplicó Walker, sus dedos enterrándose en la espalda de Arkillo—. No dejes espacio entre nosotros. Quiero sentirte todo.
Arkillo gruñó, complacido por la demanda. Sus embestidas se volvieron pesadas y profundas, rítmicas como el latido de un sol moribundo. Cada vez que Walker intentaba apartar el rostro para tomar aire, Arkillo lo obligaba a mirarlo, sujetando su mandíbula con firmeza.
—Mírame, Walker —ordenó el gigante—. Dime a quién perteneces.
—A ti —jadeó Walker, con los ojos brillando con una intensidad zafiro que iluminaba la habitación—. Siempre a ti, mi carnicero. Mi escudo.
El placer era abrumador, una marea que amenazaba con ahogarlos a ambos. Arkillo se sentía ebrio de la luz de Walker. Cuanto más posesivo se volvía, más parecía florecer el azul. Era una paradoja: el miedo alimentando la esperanza, y la esperanza pidiendo más miedo para sentirse segura.
Arkillo aumentaba la intensidad, sus garras rozando los muslos de Walker, dejando estelas de un calor ardiente. No era suavidad lo que Walker buscaba, sino esa firmeza absoluta, esa seguridad de que, mientras Arkillo estuviera allí, nada en el universo podría tocarlo.
—Eres tan pequeño... —murmuró Arkillo entre dientes, mientras su ritmo se volvía errático y violento—, y sin embargo, contienes toda la luz que necesito. No dejaré que nadie más te vea así. Eres mi secreto, Walker.
—Y tú eres mi paz —respondió el azul, arqueando la espalda cuando el clímax comenzó a reclamarlos.
Walker se aferró a Arkillo con una fuerza sorprendente, sus gemidos convirtiéndose en una letanía de agradecimiento. Cuando la liberación llegó, fue una explosión de energía que hizo que los anillos de ambos parpadearan en la oscuridad. Arkillo se derrumbó sobre Walker, enterrando su rostro en el hueco de su cuello, jadeando como un animal que finalmente ha regresado a su guarida.
El silencio volvió, pero Walker no se soltó. Sus manos continuaron acariciando la cabeza calva de Arkillo, bajando por su nuca, trazando las líneas de su fuerza.
—¿Ves? —dijo Walker en un susurro—. Esto es lo que significa ser cariñoso en mi mundo. No es solo un gesto, es la entrega total del ser.
Arkillo levantó la cabeza, mirando al azul con una mezcla de adoración y ferocidad.
—Es peligroso, Walker. Si me acostumbro a esto, si me acostumbro a tenerte así de cerca, no habrá fuerza en la galaxia que pueda alejarme de ti. Ni siquiera Sinestro.
—Esa es la idea —sonrió Walker, tirando de Arkillo para darle un beso suave en los labios—. La esperanza no es algo que se guarda, es algo que se protege. Y yo he elegido al guardián más temible de todos.
Arkillo se acomodó, manteniendo a Walker atrapado bajo su brazo masivo, cubriéndolo casi por completo con su cuerpo. El azul se acurrucó, suspirando de satisfacción, sintiendo el calor irradiar del gigante.
—Mañana —dijo Arkillo, con voz pesada por el sueño—, volveremos a ser Linternas. Volveremos a la guerra.
—Mañana —asintió Walker—. Pero esta noche, solo somos Arkillo y Walker. Y yo no voy a ninguna parte.
Arkillo cerró los ojos, sintiendo la suavidad de la piel de Walker contra la suya. Había descubierto que el cariño no era una debilidad, sino un nuevo tipo de poder. Uno que lo hacía sentirse más fuerte que cualquier anillo amarillo.
—Duerme, pequeño santo —gruñó Arkillo, apretándolo un poco más—. Porque mañana, el universo tendrá que lidiar con el hecho de que te pertenezco tanto como tú a mí.
Y en la penumbra de la nave, rodeados por el frío infinito del espacio, el calor entre el azul y el oro fue suficiente para mantener a raya a todas las sombras de la galaxia.