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Entre poemas y cálculos

Variables Ocultas y Rimas del Corazón

El Instituto General de Zootopia ya no se sentía como el mismo edificio de ladrillos grises y pasillos interminables para Nick Wilde. Ahora, cada rincón de la institución parecía estar impregnado de una fragancia a lavanda y café dulce que lo perseguía incluso en sus sueños más lógicos. Habían pasado dos semanas desde aquella primera cita en la cafetería, y el profesor de matemáticas, conocido por su precisión gélida y su desdén por el sentimentalismo, se encontraba sucumbiendo ante la variable más impredecible de todas: Judy Hopps.

Nick llegó a su aula a las seis y media de la mañana, media hora antes de lo habitual. En lugar de sumergirse de inmediato en la corrección de las derivadas de segundo grado de sus alumnos de último año, sacó de su maletín un vaso térmico de color rosa pastel que había comprado el fin de semana. Estaba lleno de café con tres cucharadas de azúcar morena y un toque de crema, exactamente como a ella le gustaba.

Con un sigilo que solo un zorro podía poseer, caminó por el pasillo hacia el departamento de inglés. La puerta de la oficina de Judy estaba cerrada, pero él tenía su propio método. Deslizó el vaso sobre el escritorio de la coneja y, junto a él, dejó una pequeña nota adhesiva de color amarillo.

"Ten un lindo día, Zanahorias. Intenta no agotar toda la energía de Zootopia antes del almuerzo".

Nick regresó a su aula con una media sonrisa que intentó ocultar cuando se cruzó con el conserje Benjamín, quien lo miró con una complicidad que el zorro decidió ignorar olímpicamente.

A medida que pasaban los días, las notas se volvieron una constante, un lenguaje secreto entre el rigor de los números y la fluidez de las palabras. Lo que comenzó como un gesto de cortesía evolucionó hacia algo más profundo. Nick, el maestro de la ironía, se descubrió a sí mismo pasando más tiempo en la sección de papelería buscando notas adhesivas que en la de libros de texto.

"Hoy te ves radiante. Deben ser los adjetivos calificativos", decía una nota el martes.

"Ya te quiero ver. Las horas en mi clase se sienten como una progresión aritmética infinita", decía la del jueves.

Judy, por su parte, vivía en un estado de ensoñación constante. Sus alumnos de literatura lo habían notado; la "Miss Hopps" ya no solo era amable, estaba... flotando. Suspendía las lecciones de gramática para hablar sobre cómo el amor era el motor que movía la sintaxis del universo. Cada vez que encontraba uno de esos pequeños trozos de papel amarillo, su corazón latía con una fuerza que desafiaba cualquier ley biológica.

—Es un romántico empedernido, aunque intente ocultarlo tras sus integrales —susurró Judy para sí misma el viernes por la mañana, abrazando el vaso de café contra su pecho mientras leía la última nota de Nick—. "Ya te quiero ver". Oh, Nick...

Impulsada por un arrebato de audacia, Judy decidió que era hora de devolver el gesto. Sabía que Nick tenía su clase de cálculo avanzado a las diez de la mañana, la hora en la que él solía tener su bajón de energía y necesitaba su segundo café negro. Preparó una mezcla especial, fuerte y amarga, tal como a él le gustaba, y se dirigió hacia el ala de ciencias.

Al llegar a la puerta del aula 402, Judy se detuvo. La puerta estaba entreabierta, permitiendo que el sonido de la voz de Nick fluyera hacia el pasillo. No era la voz sarcástica que usaba en la sala de maestros, ni la voz cansada de las reuniones de departamento. Era una voz llena de autoridad, pero también de una pasión contenida que Judy nunca había presenciado del todo.

Se asomó con cuidado, ocultándose detrás del marco de la puerta para no ser vista ni por Nick ni por los treinta adolescentes que escuchaban en silencio sepulcral.

Nick estaba frente a la pizarra, que ya estaba cubierta de fórmulas complejas escritas con una tiza blanca impecable. Se había quitado la chaqueta del traje y tenía las mangas de la camisa verde remangadas hasta los codos, revelando el pelaje rojizo de sus antebrazos. Sus gafas estaban ligeramente caídas sobre su nariz mientras señalaba una gráfica.

—Si observan el límite de esta función —explicaba Nick, moviéndose con una elegancia felina frente a la clase—, verán que nunca llega a tocar el eje, pero se acerca infinitamente. Es una asíntota. Es como el deseo, jóvenes. Siempre persiguiendo algo que está ahí, visible, pero matemáticamente inalcanzable a menos que cambiemos las reglas del juego.

Judy sintió un escalofrío. Se veía tan... apuesto. La forma en que sus dedos largos sostenían la tiza, la concentración en sus ojos verdes, la seguridad con la que dominaba un tema que para la mayoría era una pesadilla. Era un Nick Wilde que ella no conocía del todo: el maestro que no solo enseñaba, sino que inspiraba.

—¿Preguntas? —Nick se giró hacia la clase, apoyando una pata en su escritorio.

Un estudiante levantó la mano.

—Profesor Wilde, ¿eso significa que hay cosas que nunca podremos resolver, sin importar cuánto cálculo usemos?

Nick guardó silencio un momento, y por un segundo, su mirada pareció perderse en el vacío, como si recordara algo, o a alguien.

—Hay variables, Thompson, que no se pueden cuantificar —respondió en voz baja—. A veces, la respuesta no está en el resultado, sino en el proceso de buscarla.

Judy se retiró rápidamente antes de que alguien la descubriera. Su corazón martilleaba contra sus costillas. Corrió por los pasillos, evitando a los estudiantes que cambiaban de clase, y se refugió en el único lugar donde sabía que encontraría paz: la biblioteca del campus.

A esa hora, la biblioteca estaba desierta. El aroma a papel viejo y cera para muebles la envolvió como un abrazo. Judy se sentó en una de las mesas del fondo, cerca de la sección de poesía clásica, y trató de calmar sus nervios. Dejó el café de Nick sobre la mesa y, para distraerse, tomó un libro al azar. Era una antología de poemas de amor del siglo XIX.

Empezó a leer, pero las palabras se mezclaban con la imagen de Nick frente a la pizarra. ¿Cómo era posible que un zorro tan gruñón pudiera ser tan profundo? ¿Cómo había pasado ella de ser su "enemiga" académica a estar perdidamente enamorada de él?

Unos veinte minutos después, el sonido de unos pasos rítmicos sobre la alfombra la sacó de sus pensamientos. Judy no necesitó levantar la vista para saber quién era. El aroma a café negro y el ligero crujido de unos zapatos de cuero lo delataron.

—¿Escondiéndose entre las rimas, Miss Hopps? —La voz de Nick era un susurro burlón, pero cargado de una ternura que la hizo estremecer.

Judy levantó la vista y lo encontró de pie frente a ella. Ya se había puesto la chaqueta y lucía su habitual expresión de indiferencia fingida, pero sus ojos brillaban con una intensidad diferente.

—No me estoy escondiendo, Profesor Wilde —replicó ella, tratando de recuperar su compostura—. Simplemente buscaba un poco de inspiración literaria.

Nick se acercó a la mesa y vio el vaso de café que ella había traído.

—¿Eso es para mí? —preguntó, señalando el recipiente.

—Lo era —dijo Judy con una pequeña sonrisa—. Pero me temo que ya se ha enfriado un poco. Te vi en clase... No quise interrumpir. Te veías muy ocupado explicando "deseos inalcanzables".

Nick se tensó ligeramente, una sombra de timidez cruzando su rostro. Se rascó la oreja derecha, un gesto que Judy sabía que hacía cuando estaba nervioso.

—Así que estabas espiando, Zanahorias. Eso es una falta grave a la ética docente. Podría reportarte con Bogo.

—Oh, por favor. Estabas brillante y lo sabes —dijo ella, levantándose de la silla.

Nick dio un paso hacia ella, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra uno de los altos estantes de madera llenos de libros de cuero. Judy quedó acorralada entre el estante y el cuerpo del zorro. El espacio entre ellos se redujo drásticamente. Judy podía sentir el calor que emanaba de él, y Nick podía ver el rápido movimiento de la nariz de la coneja.

—¿Brillante, eh? —Nick colocó una pata en el estante, justo al lado de la cabeza de Judy, inclinándose hacia ella—. Sabes, Hopps, he estado haciendo algunos cálculos mentales durante toda la mañana.

—¿Ah, sí? —susurró Judy, sintiendo que el mundo exterior desaparecía—. ¿Y a qué conclusión has llegado, genio de las matemáticas?

Nick bajó la mirada hacia los labios de Judy y luego volvió a sus ojos. La fachada de profesor cínico se desmoronó por completo.

—He llegado a la conclusión de que mi vida era una ecuación perfectamente equilibrada antes de que tú llegaras —dijo Nick con voz ronca—. Todo era predecible, aburrido y seguro. Pero desde que aceptamos ese proyecto... desde que entraste en mi oficina con esa carpeta rosa y tu optimismo irritante... nada suma.

—¿Eso es algo malo? —preguntó Judy, apenas con voz.

—Es un desastre estadístico —respondió Nick con una sonrisa ladeada—. Pero resulta que me gusta el caos. Me gustas tú, Judy. Mucho más de lo que cualquier fórmula podría explicar. Has cambiado mi mundo este semestre, y no tengo ni idea de cómo resolver lo que siento.

Judy extendió sus patas y las colocó sobre el pecho de Nick, sintiendo el latido errático de su corazón bajo la camisa.

—A veces no tienes que resolverlo, Nick. Solo tienes que dejar que suceda.

Nick no esperó más. Se inclinó y unió sus labios con los de ella en un beso que comenzó con una timidez casi académica, pero que rápidamente se transformó en algo dulce y profundo. Era un beso que sabía a café, a tiza y a todas las palabras que no se habían atrevido a decirse en voz alta.

Judy cerró los ojos, aferrándose a las solapas de la chaqueta de Nick. El mundo de la literatura y el de las matemáticas finalmente colisionaron en ese pequeño rincón de la biblioteca. No había métrica, no había algoritmos, solo la sensación de su pelaje contra el de ella y la certeza de que estaban exactamente donde debían estar.

Cuando finalmente se separaron, Nick mantuvo su frente apoyada contra la de ella, ambos recuperando el aliento.

—Creo que eso califica como una respuesta válida —murmuró Nick, con los ojos todavía cerrados.

Judy soltó una risita suave, sintiéndose más feliz de lo que jamás había estado en su vida.

—¿Qué dice tu lógica ahora, Profesor Wilde?

Nick abrió los ojos y le dedicó una mirada llena de una devoción que la dejó sin aliento.

—Dice que la probabilidad de que me haya enamorado perdidamente de una coneja entusiasta es del cien por ciento —dijo él, depositando un tierno beso en la punta de su nariz—. Y por primera vez en mi carrera, no me importa el margen de error.

Judy lo abrazó con fuerza, escondiendo su rostro en su cuello.

—Te quiero, Nick.

—Y yo a ti, Zanahorias. Aunque arruines mis estadísticas de productividad.

Se quedaron así unos minutos, disfrutando del silencio de la biblioteca, sabiendo que afuera el instituto seguía su curso, ajeno al hecho de que dos de sus profesores más opuestos acababan de encontrar la solución al problema más complejo de todos.

—Bueno —dijo Nick finalmente, rompiendo el momento con su habitual tono pícaro—, si vamos a ser la comidilla de la sala de maestros, al menos deberíamos ir a almorzar juntos. Conozco un lugar donde hacen una ensalada que te encantará, y el café es... aceptable.

Judy se separó un poco, tomándolo de la pata.

—Me encantaría. Pero con una condición.

Nick suspiró de forma teatral.

—¿Otra condición? Eres una negociadora implacable, Hopps.

—Nada de hablar de asíntotas durante la comida —dijo ella, guiñándole un ojo.

Nick soltó una carcajada y la guio hacia la salida de la biblioteca, entrelazando sus dedos con los de ella.

—Trato hecho, Miss Hopps. Hoy solo hablaremos de literatura... o tal vez, podríamos empezar a escribir nuestro propio capítulo.

Mientras caminaban por los pasillos, algunos alumnos los miraron con asombro, cuchicheando entre ellos al ver al temido profesor de matemáticas caminando de la mano con la profesora de inglés. Pero a Nick y a Judy no les importó. Habían encontrado una armonía que iba más allá de los libros y las pizarras, una dulce melodía donde los números y las letras finalmente rimaban en el lenguaje universal del amor.