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Entre el ruido y el silencio

Habían pasado dos días desde el incidente en la habitación de Luka, y Jeremy se había convertido en un experto en el arte de la evasión profesional. Era fascinante, de una manera frustrante y casi admirable, cómo alguien tan ruidoso podía volverse tan escurridizo. Jeremy no solo evitaba el tema; evitaba cualquier espacio de tiempo que durara más de treinta segundos en el que el silencio pudiera dar pie a una conversación seria.

El primer día, Luka intentó abordarlo después de clase. Se acercó a él mientras Jeremy guardaba sus cuadernos —que eran más bien un caos de hojas sueltas y dibujos de perritos— en la mochila.

—Jeremy, sobre lo del otro día... —empezó Luka, con la voz baja y el corazón martilleando contra sus costillas.

—¡Oh, Dios mío, Luka! ¿Viste eso? —Jeremy señaló frenéticamente hacia la ventana, donde un pájaro carpintero golpeaba un árbol—. ¡Es un pájaro carpintero! ¡Es como el Pájaro Loco pero en versión realista y deprimente! ¿Crees que le duele la cabeza? Yo creo que sí. Deberíamos comprarle un casco pequeño. ¡Voy a buscar si venden cascos para pájaros en internet!

Y antes de que Luka pudiera procesar la imagen mental de un ave con equipo de protección, Jeremy ya había salido del salón a saltos, tarareando una canción de rock alternativo a todo pulmón.

El segundo día fue peor. Luka lo interceptó en la cafetería, aprovechando que Jeremy estaba atrapado en la fila para comprar un jugo.

—Tenemos que hablar, Jeremy. No puedes seguir huyendo —dijo Luka, cruzándose de brazos y tratando de proyectar esa autoridad tranquila que a veces lograba imponer.

—¿Huyendo? ¿Yo? ¡Jamás! —Jeremy le dedicó una sonrisa tan amplia que casi parecía real, si no fuera por el tic nervioso en su ojo izquierdo—. Lo que pasa es que estoy en una misión secreta. Anthony me pidió que buscara... esto... ¡un tipo específico de púa de guitarra que solo venden en la otra punta del campus! ¡Es una emergencia nacional! ¡La banda depende de ello! ¡El rock morirá si no me voy ahora mismo!

Jeremy ni siquiera esperó su jugo. Dio media vuelta y se perdió entre la multitud de estudiantes, dejando a Luka con la palabra en la boca y un suspiro cargado de cansancio atrapado en la garganta.

Luka no era tonto. Sabía que Jeremy estaba aterrado. Conocía esa mirada inquieta, ese exceso de energía que usaba para tapar los agujeros de su propia inseguridad. Pero Luka también era terco. Su crianza, marcada por la disciplina y la paciencia de las lecturas religiosas, le había enseñado que las cosas importantes no se apresuran, pero tampoco se olvidan.

Al tercer día, Luka decidió cambiar de estrategia. No lo buscaría en los pasillos ruidosos ni en los momentos de transición. Esperó a que terminaran las clases y, en lugar de perseguirlo, fue directamente al único lugar donde sabía que Jeremy acabaría tarde o temprano: el pequeño rincón detrás del invernadero de la escuela, un sitio lleno de macetas rotas y maleza que nadie cuidaba, excepto Luka en sus ratos libres.

Efectivamente, veinte minutos después, Jeremy apareció arrastrando los pies, con los audífonos puestos pero apagados, colgados al cuello. Al ver a Luka sentado en un banco de piedra, su primera reacción fue dar media vuelta, pero Luka fue más rápido.

—Si corres ahora, Jeremy, mañana traeré un candado y nos encadenaré juntos en el ensayo de la banda —dijo Luka con una calma glacial, sin levantar la vista del libro que tenía en el regazo.

Jeremy se detuvo en seco. Sus hombros se encogieron y soltó un bufido que era mitad risa y mitad derrota.

—Eso ha sido muy intenso, incluso para ti, señor Sombrío —dijo Jeremy, acercándose con pasos vacilantes—. ¿Desde cuándo eres un villano de película?

—Desde que mi novio decidió que un pájaro carpintero es más interesante que hablar conmigo —respondió Luka, cerrando el libro y señalando el espacio a su lado—. Siéntate. Por favor.

Jeremy se sentó, pero lo hizo de esa forma suya tan caótica: con una pierna doblada bajo el cuerpo y moviendo las manos sin parar, jugueteando con los cables de sus audífonos. El silencio se extendió entre ellos, roto solo por el susurro del viento entre las plantas.

—No voy a morderte, Jeremy —murmuró Luka, suavizando el tono.

—Lo sé, lo sé. Es solo que... —Jeremy soltó una risotada nerviosa y miró hacia el cielo—. El clima está muy raro hoy, ¿no? Parece que va a llover, o que va a caer un meteorito. Yo voto por el meteorito. Sería un final muy digno para mi historial académico.

—Jeremy.

—¿Sí?

—Mírame.

Jeremy suspiró, una exhalación larga que pareció vaciarle los pulmones. Lentamente, giró la cabeza. Sus ojos, rodeados por esas ojeras crónicas que tanto le gustaban a Luka, estaban llenos de una vulnerabilidad que le partió el alma al mayor. Ya no había rastro del chico sarcástico y bromista; solo quedaba el chico de dieciséis años que se sentía insuficiente.

—Lo siento —soltó Jeremy de repente, las palabras tropezando unas con otras—. Siento haber salido corriendo como un imbécil. Siento lo del "calambre". Fue la mentira más estúpida de la historia, y eso que una vez le dije a mi mamá que un mapache se había comido mis deberes. Soy un desastre, Luka. Un desastre con patas y pelo feo.

Luka extendió la mano, con cuidado, como si estuviera tratando de no asustar a un animal herido. Rozó los dedos de Jeremy, que estaban helados a pesar del calor de la tarde.

—No eres un desastre —dijo Luka con firmeza—. Y no tienes que disculparte por sentirte incómodo. Lo que pasó el otro día... yo fui quien cruzó una línea sin preguntar. Pensé que estábamos en la misma página, pero me equivoqué. La culpa es mía por no leerte mejor.

—¡No! —Jeremy negó con la cabeza con vehemencia—. No es eso. Yo quería... o sea, me gusta estar contigo. Me gusta mucho. Es solo que... cuando pusiste tu mano ahí... yo... me vi a través de tus ojos por un segundo y me dio pánico.

Luka frunció el ceño ligeramente, tratando de entender.

—¿Te dio pánico que yo te tocara?

—Me dio pánico que me vieras —confesó Jeremy en un susurro, bajando la vista hacia sus propios pies—. Luka, tú eres... tú eres como una de tus plantas. Eres sólido, eres real, eres... perfecto en tu forma de ser serio. Y yo soy solo este montón de huesos y pecas que no puede estarse quieto. No tengo músculos, tengo marcas raras de cuando me caigo por tonto, y a veces me olvido de comer y parezco un palo. Pensé que, si seguíamos, te ibas a dar cuenta de que no soy lo que esperabas. Que debajo de la ropa solo soy... esto. Un chico raro y desgarbado que no sabe qué hacer con sus manos.

Luka se quedó en silencio un momento, procesando las palabras de Jeremy. Le dolía pensar que Jeremy se viera a sí mismo con tanta crueldad. Él, que veía en Jeremy la luz que faltaba en sus propios días grises; él, que amaba cada uno de sus movimientos erráticos y cada una de sus bromas sin sentido.

—Jeremy, escúchame bien —dijo Luka, obligándolo a mantener el contacto visual—. He pasado casi toda mi vida en un entorno donde me enseñaron que el cuerpo es algo que debe ocultarse, algo de lo que hay que avergonzarse. Crecí pensando que mis deseos eran pecados y que mi propia piel era una cárcel. Me costó mucho entender que querer a alguien no es solo una idea espiritual, sino también física.

Luka hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas en su mente, esas que no estaban en sus libros de literatura pero que sentía grabadas en el pecho.

—Cuando intenté acercarme más a ti, no estaba buscando a un modelo de revista. No estaba buscando "perfección". Estaba buscándote a ti. Me dan igual tus huesos, tus pecas o si pareces un palo. Para mí, eres la persona que me hace sentir que no tengo que cargar con el mundo yo solo. Eres mi hogar, Jeremy. Y uno no desprecia su hogar porque las paredes tengan marcas o la estructura sea diferente a las demás.

Jeremy parpadeó, y Luka pudo ver cómo sus ojos se humedecían. El chico hiperactivo se quedó completamente quieto, una rareza que solo ocurría en los momentos de honestidad brutal.

—¿De verdad no te doy... no sé, cosa? —preguntó Jeremy con voz quebrada.

—Eres lo más hermoso que he visto en mi vida —respondió Luka con una sinceridad tan directa que Jeremy no tuvo espacio para dudar—. Incluso cuando tienes el pelo como si hubieras peleado con un ventilador y llevas tres días sin dormir bien. Especialmente entonces.

Jeremy soltó una risa pequeña, esta vez genuina, aunque algo temblorosa. Se limpió una lágrima traicionera con la manga de su sudadera.

—Eres un cursi, Luka Souza. Un cursi muy serio y muy aterrador.

—Es el efecto que tienes en mí —dijo Luka, permitiéndose una pequeña sonrisa—. Pero hablando en serio... no quiero que vuelvas a huir. Si algo te asusta, dímelo. Si quieres que vayamos más despacio, lo haremos. Podemos ir tan lento que parezcamos caracoles con asma. No tengo prisa, Jeremy. Te he esperado toda mi vida sin saberlo, puedo esperar un poco más para que te sientas seguro.

Jeremy se inclinó hacia adelante y apoyó la cabeza en el hombro de Luka. El peso de su cuerpo era reconfortante, una confirmación de que la brecha se estaba cerrando.

—Siento ser tan difícil —murmuró Jeremy contra la tela de su uniforme.

—No eres difícil. Solo eres Jeremy —Luka rodeó sus hombros con un brazo, pegándolo a él—. Y Jeremy es exactamente lo que quiero.

Se quedaron así un buen rato, mientras el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras que se filtraban por los cristales sucios del invernadero. El silencio ya no era una barrera, sino un refugio. Jeremy empezó a tararear una melodía suave, una que Luka no conocía, pero que sonaba a paz.

—Oye, Luka —dijo Jeremy después de un rato, levantando la cabeza pero sin alejarse de su círculo de seguridad.

—¿Dime?

—La próxima vez... cuando estemos en tu cuarto... ¿podemos simplemente ver una película o algo? Una de esas frikis que me gustan y que tú finges que no te interesan pero que luego analizas como si fueran Shakespeare.

Luka soltó una carcajada corta y suave, besando la frente de Jeremy.

—Podemos ver todas las películas de naves espaciales que quieras.

—¿Incluso las que tienen secuelas horribles?

—Incluso esas.

Jeremy sonrió, y esta vez la sonrisa llegó hasta sus ojos, iluminando su rostro de esa manera que siempre lograba desarmar a Luka. Se sintió ligero, como si el peso que llevaba cargando desde la noche del "calambre" se hubiera disuelto en el aire.

—Eres el mejor, ¿lo sabías? —dijo Jeremy, recuperando un poco de su chispa habitual—. Aunque sigo pensando que el pájaro carpintero necesitaba un casco.

Luka rodó los ojos, pero no soltó su mano.

—Vamos a casa, idiota.

Caminaron juntos hacia la salida de la escuela, con las manos entrelazadas y los dedos encajando perfectamente. No habían resuelto todas sus inseguridades de un plumazo —la vida no funcionaba así, y menos a los diecisiete años—, pero habían aprendido a hablar por encima del ruido de sus propios miedos.

Luka sabía que habría más momentos de duda, más silencios incómodos y más huidas dramáticas por parte de Jeremy. Pero también sabía que, mientras tuviera la paciencia necesaria para esperarlo detrás de un invernadero o en el rincón de una biblioteca, Jeremy siempre volvería a él. Porque al final del día, eran dos perros de papel tratando de no romperse en un mundo de viento, y la única forma de mantenerse en pie era apoyándose el uno en el otro.

Mientras se alejaban, Jeremy empezó a saltar sobre las baldosas de la acera, tratando de no pisar las líneas, arrastrando a Luka en su juego infantil. Luka protestó un poco, como siempre, pero terminó siguiendo el ritmo de Jeremy, con una expresión de cansancio fingido que ocultaba la felicidad más profunda que jamás había conocido.

El eco de sus risas se mezcló con el ruido del tráfico y el murmullo de la ciudad, llenando el espacio que antes ocupaba el miedo. Y en ese pequeño rincón del mundo, todo estaba, por fin, en su lugar.