Es por que me gustas
El Secreto de la Torre del Mago
El sol de la mañana se colaba por las vidrieras de la torre del mago, pintando el suelo de piedra con mosaicos de luz. Lucas, con un bostezo que estiró sus mandíbulas, se revolvió entre las sábanas de seda. Un leve rubor tiñó sus mejillas al recordar los acontecimientos de la noche anterior. ¡Ijekiel! La sola mención de su nombre hizo que su corazón diera un brinco. Se sentía como un adolescente torpe, y eso, para el mago más poderoso del imperio, era una novedad desconcertante y un poco irritante.
– ¡Maldita sea! –murmuró, enterrando la cara en la almohada–. ¿Cómo he podido dejar que esto pasara?
Pero en el fondo, una parte de él, la parte que se negaba a admitir en voz alta, estaba eufórica. Ijekiel le correspondía. La idea era tan extraña como embriagadora. Se levantó de la cama, la energía zumbando en sus venas. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de evitar a Ijekiel. De hecho, sentía un extraño anhelo por verlo.
Mientras se vestía con su túnica habitual, no pudo evitar sonreír. La vergüenza de la confesión en la biblioteca aún le quemaba, pero la alegría de la revelación de Ijekiel la superaba con creces.
– Athanasia, eres una molestia, pero a veces tus planes funcionan –dijo en voz alta a la habitación vacía, una sonrisa traviesa adornando sus labios.
En el palacio, Ijekiel también se despertaba con una sensación de ligereza. La noche anterior había sido un torbellino de emociones, desde la preocupación por la evasión de Lucas hasta la sorpresa de su confesión y la dulzura de su propia respuesta. Nunca había imaginado que sus sentimientos por Lucas irían más allá de la amistad, pero una vez que Athanasia lo había "iluminado" y Lucas había confesado, todo había encajado en su lugar.
– Es un tonto –murmuró Ijekiel para sí mismo, una sonrisa suave extendiéndose por sus labios–, un tonto adorable.
Se vistió con su impecable uniforme de caballero, su mente ya planeando cómo ver a Lucas. No quería apresurar las cosas, pero tampoco quería perder la oportunidad de explorar este nuevo y emocionante capítulo.
Mientras tanto, Athanasia y Jennette desayunaban en los jardines, riendo y comentando la escena de la biblioteca.
– ¡No puedo creer que Lucas se teletransportara así! –exclamó Athanasia, con los ojos brillantes de diversión–. ¡Estaba tan avergonzado!
– Mi hermano también estaba un poco rojo –añadió Jennette, cubriéndose la boca con la mano para ahogar una risita–. Pero se veía tan feliz.
– ¡Lo sé! –dijo Athanasia, dando un sorbo a su té–. ¡Mi plan fue un éxito rotundo! Ahora solo hay que esperar a ver cómo se desarrollan las cosas.
En la torre del mago, Lucas intentaba concentrarse en sus estudios, pero su mente divagaba constantemente hacia Ijekiel. Se encontró garabateando pequeños corazones en sus pergaminos, una actividad que lo hizo sonrojar y borrar rápidamente con un conjuro.
– ¡Esto es ridículo! –se quejó–. ¡No puedo concentrarme!
Decidió que necesitaba un cambio de aire. Quizás una visita a la biblioteca para "devolver un libro" sería una buena excusa para ver a Ijekiel. O tal vez no. La vergüenza todavía era un factor.
Justo cuando estaba a punto de decidirse, un golpecito en la puerta de su torre lo sobresaltó.
– ¿Quién es? –preguntó, su voz un poco más aguda de lo normal.
– Soy yo, Lucas –respondió una voz tranquila y familiar desde el otro lado de la puerta–. Ijekiel.
Lucas sintió un vuelco en el estómago. ¡Ijekiel! ¿Aquí? ¿En su torre? Entró en pánico. Su torre era su santuario, su desordenado y caótico santuario. No estaba preparado para una visita de Ijekiel, especialmente después de la confesión.
– ¡Un momento! –gritó, mientras intentaba rápidamente ordenar el caos a su alrededor. Los libros levitaron a sus estantes, los pergaminos se enrollaron solos, y una pila de ropa sucia desapareció en un portal dimensional.
Abrió la puerta, tratando de parecer lo más compuesto posible. Ijekiel estaba de pie allí, luciendo impecable como siempre, con una pequeña sonrisa en sus labios. En sus manos sostenía un pequeño ramo de flores, unas delicadas campanillas de invierno.
– Hola, Lucas –dijo Ijekiel, extendiendo el ramo–. Pensé que te gustaría esto.
Lucas tomó las flores, sintiendo un calor en el pecho. Nadie le había regalado flores antes. Era un gesto tan... Ijekiel.
– Gracias –murmuró, sintiendo el rubor subir por sus mejillas de nuevo–. Son... bonitas.
– ¿Puedo pasar? –preguntó Ijekiel, su mirada escaneando el interior de la torre, ahora sorprendentemente ordenada.
– Oh, sí, claro –Lucas se hizo a un lado, permitiendo que Ijekiel entrara.
El silencio se instaló entre ellos mientras Ijekiel observaba el interior de la torre, su mirada deteniéndose en los artefactos mágicos y los libros antiguos. Lucas se sentía incómodo, sin saber qué decir o cómo actuar.
– Lucas –comenzó Ijekiel, rompiendo el silencio–, sobre lo de ayer...
Lucas sintió que el corazón se le salía del pecho.
– No tienes que decir nada si no quieres –Ijekiel continuó, su voz suave y comprensiva–. Entiendo que pudo haber sido... abrumador.
– ¡No! –Lucas lo interrumpió, levantando la vista. Sus ojos rubí se encontraron con los de Ijekiel–. No es eso. Es solo que... yo nunca había... sentido algo así antes. Es... confuso. Y un poco aterrador.
Ijekiel sonrió, una sonrisa genuina y reconfortante. – Lo entiendo. También es nuevo para mí. Pero... me gustaría explorar esto contigo, si tú también quieres.
Lucas lo miró, y en los ojos de Ijekiel vio sinceridad y una calidez que lo hizo sentir seguro. La vergüenza comenzó a disiparse, reemplazada por una punzada de esperanza.
– Sí –dijo Lucas, su voz apenas un susurro–. Sí, quiero.
Ijekiel dio un paso hacia él, su mano extendiéndose para tomar la de Lucas. Los dedos de Ijekiel eran cálidos y firmes.
– Entonces –dijo Ijekiel, su pulgar acariciando suavemente el dorso de la mano de Lucas–, ¿qué hacemos ahora?
Lucas sintió una oleada de su antigua confianza regresar. Después de todo, él era el gran mago. Podía manejar esto.
– Bueno –dijo, una sonrisa traviesa apareciendo en sus labios–, normalmente cuando a dos personas les gusta, uh, la una a la otra, salen. ¿Te gustaría... salir conmigo, Ijekiel?
Ijekiel se rió, el sonido era melodioso y llenó la torre con una alegría inesperada. – Me encantaría, Lucas.
Pasaron la tarde hablando, sentados en el sofá de la torre de Lucas, compartiendo historias y riendo. Lucas descubrió que Ijekiel tenía un sentido del humor más seco de lo que había imaginado, y Ijekiel se sorprendió de la profundidad de los conocimientos de Lucas sobre temas que iban más allá de la magia.
Al caer la noche, Ijekiel se puso de pie, indicando que era hora de irse.
– Gracias por la tarde, Lucas –dijo, su voz cálida.
– Gracias a ti por venir –respondió Lucas, sintiendo una punzada de decepción al ver que se iba.
Ijekiel se inclinó ligeramente, sus ojos claros buscando los de Lucas. – Hay algo más que me gustaría hacer.
Antes de que Lucas pudiera preguntar qué era, Ijekiel se inclinó y presionó un suave beso en sus labios. Fue breve, tierno y lleno de una promesa tácita. Lucas sintió que el mundo se detenía. Sus labios hormigueaban, y un calor se extendió por todo su cuerpo.
Cuando Ijekiel se separó, Lucas estaba sin palabras, su rostro completamente rojo.
– Buenas noches, Lucas –dijo Ijekiel, con una sonrisa enigmática, antes de darse la vuelta y salir de la torre.
Lucas se quedó allí, inmóvil, hasta que la puerta se cerró suavemente detrás de Ijekiel. Llevó una mano a sus labios, todavía sintiendo el suave contacto.
– ¡Maldita sea! –exclamó, pero esta vez no había irritación en su voz, solo pura euforia.
Se teletransportó a su cama, su mente zumbando con los acontecimientos del día. El beso, la conversación, las campanillas de invierno que ahora estaban en un jarrón sobre su mesa. Todo era tan nuevo, tan emocionante.
Al día siguiente, Lucas se presentó al desayuno en el palacio, algo que rara vez hacía. Athanasia lo miró con curiosidad, notando el brillo inusual en sus ojos y la ligera sonrisa que no podía ocultar.
– Vaya, vaya, ¿quién es este chico tan feliz? –comentó Athanasia, con una sonrisa burlona.
Lucas simplemente gruñó en respuesta, pero su corazón no pudo evitar sentir una punzada de alegría al ver a Ijekiel sentado en su lugar habitual. Ijekiel le dedicó una pequeña y discreta sonrisa, y Lucas sintió un calor en el pecho.
Athanasia, observando la interacción, no pudo evitar sonreír. Su plan había funcionado a la perfección.
Mientras la vida en el palacio continuaba, Lucas e Ijekiel comenzaron a pasar más tiempo juntos. Sus citas eran discretas al principio, a menudo en la torre de Lucas o en paseos por los jardines imperiales. Lucas, a pesar de su orgullo habitual, se encontraba disfrutando de la compañía de Ijekiel, de su tranquilidad y su manera de ver el mundo. Ijekiel, por su parte, se deleitaba con el ingenio de Lucas y su pasión por la magia, descubriendo capas en el mago que pocos conocían.
Una tarde, mientras Lucas e Ijekiel tomaban el té en la torre del mago, Athanasia apareció de repente, teletransportándose directamente a la sala.
– ¡Lucas, Ijekiel! ¡Qué sorpresa verlos juntos! –dijo, aunque su sonrisa indicaba que no había sorpresa alguna.
Lucas gruñó. – ¿No tienes nada mejor que hacer, Athanasia? ¿Quizás gobernar tu imperio?
– Oh, lo estoy haciendo –respondió Athanasia, sentándose sin ser invitada–. Pero también estoy supervisando el desarrollo de mis amigos. Y debo decir que están progresando admirablemente.
Ijekiel se rió suavemente, y Lucas no pudo evitar sentir una punzada de afecto por ambos.
– ¿Y qué les trae por aquí? –preguntó Lucas, intentando desviar el tema.
– Bueno –dijo Athanasia, con un brillo en los ojos–, Jennette y yo estábamos pensando. Ya que ustedes dos son tan... cercanos ahora. ¿No creen que sería hora de una cita doble?
Lucas e Ijekiel se miraron, sorprendidos por la sugerencia.
– ¿Una cita doble? –preguntó Lucas, escéptico.
– ¡Sí! –exclamó Athanasia–. Jennette y yo podríamos ir con ustedes. Podríamos ir a la capital, visitar el festival de primavera. Sería divertido.
Ijekiel miró a Lucas, una pregunta silenciosa en sus ojos. Lucas, a pesar de su renuencia inicial, no pudo evitar sentirse intrigado. La idea de una cita, incluso una doble, con Ijekiel no le parecía tan mala.
– Supongo que... podría ser interesante –dijo Lucas, con un encogimiento de hombros que no ocultaba su creciente entusiasmo.
Athanasia dio un grito de alegría. – ¡Perfecto! ¡Lo organizaré todo!
Mientras Athanasia se teletransportaba de nuevo, dejando a Lucas e Ijekiel solos, Lucas miró a Ijekiel.
– ¿Un festival de primavera? –preguntó, una pequeña sonrisa en sus labios.
Ijekiel le devolvió la sonrisa. – Creo que podría ser una experiencia... memorable.
Lucas se rió, un sonido ligero y genuino. – Con Athanasia involucrada, estoy seguro de que no será nada menos que memorable.
Y mientras la torre se llenaba de la risa de Lucas, ambos sabían que, aunque el camino por delante podría estar lleno de sorpresas y quizás algunas vergüenzas cortesía de Athanasia, estaban listos para enfrentarlo juntos. Su historia, apenas comenzaba.