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Especial 1

El eclipse de la inocencia

Heeseung comenzó a usar ambas manos, una rodeando la base y la otra moviéndose con rapidez, capturando la esencia misma de la lujuria que Sunoo proyectaba. El menor apretó los dientes, sintiendo cómo la fricción de las palmas de Heeseung lo llevaba al borde del abismo. Sus dedos, aún enterrados en la humedad cálida del mayor, se curvaron con fuerza, buscando ese punto exacto que hacía que Heeseung arqueara la espalda y soltara un grito ahogado.

—Hyung... me vas a volver loco —jadeó Sunoo, sus ojos de zorro brillando con una intensidad peligrosa bajo la tenue luz de la habitación.

Sunoo retiró sus dedos de golpe, provocando un gemido de protesta en Heeseung, quien se sentía repentinamente vacío. Sin embargo, el vacío duró poco. Sunoo se posicionó entre las largas piernas del pelirrojo, admirando la belleza de su fisonomía única. La suavidad de los muslos de Heeseung, su piel blanca contrastando con el rojo encendido de su cabello desordenado, y esa zona tan íntima y delicada que se abría ante él, húmeda y palpitante.

—Mírame, Heeseungie —susurró Sunoo, tomando las manos del mayor y entrelazando sus dedos para inmovilizarlas contra las sábanas—. Quiero que veas cómo te tomo. Quiero que sepas que eres mío.

Heeseung obedeció, sus ojos de ciervo dilatados por la anticipación y el deseo. Vio cómo Sunoo guiaba su miembro hacia la entrada de su feminidad. El primer contacto fue eléctrico; la punta ancha y caliente de Sunoo rozó los labios sensibles de Heeseung, y este último soltó un sollozo corto, cerrando las piernas instintivamente, solo para que Sunoo las separara de nuevo con firmeza.

—No te cierres para mí, hyung. Me dejas entrar, ¿verdad? —preguntó Sunoo con una sonrisa ladina, disfrutando de su poder.

—S-sí, Sunoo... por favor... entra ya —suplicó Heeseung, con la voz quebrada.

Sunoo empujó con lentitud, permitiendo que el cuerpo de Heeseung se acostumbrara a su grosor. El mayor sintió cómo sus paredes internas se estiraban, cediendo ante la invasión deliciosa. Era una sensación de plenitud absoluta. Cada centímetro que Sunoo ganaba arrancaba un gemido más agudo de la garganta de Heeseung. Cuando Sunoo finalmente llegó al fondo, ambos se quedaron inmóviles por un segundo, asimilando la conexión perfecta.

—Ah... Dios, Heeseung... estás tan apretado —gruñó Sunoo, enterrando el rostro en el cuello del mayor, aspirando su aroma a vainilla y sudor—. Me encanta cómo me abrazas por dentro.

Sunoo comenzó a moverse. Primero con estocadas lentas y profundas, asegurándose de que Heeseung sintiera cada surco y cada vena de su anatomía. Heeseung, por su parte, sentía que su cerebro se derretía. Sus manos, liberadas por Sunoo, subieron al cabello negro del menor, tirando de él suavemente para buscar sus labios.

—Más... más rápido, Sunoo-ya —pidió Heeseung entre besos desordenados—. No te detengas.

Sunoo aceptó el desafío. Aumentó el ritmo, transformando sus movimientos en embestidas rítmicas y potentes. El sonido de sus cuerpos chocando, un golpe húmedo y constante, llenaba la habitación junto con los jadeos erráticos. Heeseung se sentía como una cuerda de violín tensada al máximo; cada vez que Sunoo golpeaba su cuello uterino, una descarga eléctrica recorría sus extremidades, haciéndole encoger los dedos de los pies.

—¡Ah! ¡Sunoo! ¡Justo ahí! —gritó Heeseung, echando la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta mientras sus ojos se ponían en blanco por un momento.

—¿Te gusta así, hyung? —Sunoo se detuvo un segundo, solo para rozar con su pulgar el clítoris inflamado de Heeseung, provocando que el mayor soltara un alarido de puro placer—. Eres tan sensible... me encanta cómo tiemblas cuando te toco aquí.

—Eres un... un malvado —logró decir Heeseung, aunque su expresión era de absoluta adoración—. Sabes exactamente lo que me haces.

Sunoo se rió, una risa suave que vibró contra el pecho de Heeseung, y retomó el movimiento con una ferocidad renovada. Ya no era el chico tierno que sonreía ante las cámaras; era un hombre reclamando lo que consideraba suyo. Sus manos bajaron a las caderas de Heeseung, sujetándolas con fuerza, dejando seguramente marcas que el pelirrojo llevaría con orgullo al día siguiente.

—Soy tu malvado favorito —replicó Sunoo antes de besar con fuerza el hombro de Heeseung—. Y tú eres mi lugar seguro, pero esta noche... esta noche eres mi juguete.

Heeseung no pudo responder con palabras, solo con gemidos que se volvían más erráticos a medida que el orgasmo empezaba a formarse en la base de su vientre. La fricción constante, el calor de Sunoo llenándolo y el estímulo directo en su centro lo estaban llevando al límite. Sentía que sus sentidos se agudizaban: el olor de Sunoo, el calor de su piel, el sonido de su respiración pesada en su oído.

—Me voy a... me voy a correr, Sunoo... ¡Ah! —Heeseung comenzó a espasmarse, sus paredes internas apretando rítmicamente el miembro de Sunoo, lo que casi hace que el menor perdiera el control también.

—Hazlo para mí, Heeseungie. Déjalo salir todo —alentó Sunoo, acelerando aún más, sus propios ojos nublándose por la inminencia de su clímax.

Heeseung llegó al orgasmo con un grito largo, su cuerpo arqueándose violentamente mientras el fluido de su propio placer empapaba sus muslos y el abdomen de Sunoo. Los espasmos internos eran tan fuertes que Sunoo tuvo que morderse el labio para no venirse en ese mismo instante. Siguió embistiendo unos segundos más, buscando su propia liberación en el calor sofocante de Heeseung.

—Heeseung... Heeseung... te amo —susurró Sunoo antes de dar un último empuje profundo y liberar su simiente dentro del mayor.

El silencio que siguió solo fue roto por las respiraciones pesadas y el latido desbocado de dos corazones que intentaban recuperar el ritmo. Sunoo se dejó caer sobre el pecho de Heeseung, todavía unido a él, sintiendo las últimas pulsaciones del placer residual. Heeseung acarició el cabello negro de Sunoo, con una sonrisa cansada pero radiante.

—Eso fue... —Heeseung hizo una pausa, tratando de encontrar aire—... increíble, Sunoo-ya.

Sunoo levantó la cabeza, recuperando esa expresión dulce y traviesa que tanto caracterizaba su rostro, aunque sus ojos aún guardaban el rastro de la posesividad de hace unos momentos.

—Te dije que te iba a cuidar, hyung —dijo Sunoo, dándole un beso tierno en la punta de la nariz—. Pero también te dije que eres mío. Mañana no dejes que nadie más se te acerque así, ¿entendido?

Heeseung soltó una risita débil, envolviendo a su dongsaeng en un abrazo protector.

—Entendido, mi pequeño zorro. Solo tuyo.