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Esto esta prohibido

El Susurro de las Sombras y el Calor del Fuego

Las semanas en el planeta Sadala habían adquirido un ritmo distinto, una cadencia que Hit no había experimentado en su milenio de existencia. El tiempo, que antes era una sucesión lineal de contratos y silencios, ahora se medía en la frecuencia de los encuentros furtivos y en la intensidad de las miradas que no debían cruzarse en público. El entrenamiento seguía siendo el pretexto perfecto, la fachada inexpugnable tras la cual dos seres tan opuestos intentaban descifrar el enigma de su propia atracción.

En el mercado central de una de las ciudades periféricas de Sadala, el bullicio era constante. Caulifla caminaba con su habitual aire de superioridad, las manos tras la nuca y una sonrisa desafiante en el rostro. A unos metros de ella, camuflado entre la multitud por una túnica gris que ocultaba su icónica gabardina, Hit la seguía con la mirada. No era una persecución de asesino, sino la vigilancia silenciosa de alguien que ha encontrado un tesoro y teme que el mundo se lo arrebate.

Caulifla se detuvo ante un puesto de frutas exóticas, tomando una manzana púrpura y lanzándola al aire antes de atraparla. Sus ojos negros buscaron, casi por instinto, la figura encapuchada entre la gente. Al encontrarlo, sus pupilas se dilataron y un brillo de travesura cruzó su rostro. Se acercó a un callejón lateral, fingiendo que buscaba un atajo, y desapareció de la vista del público.

Hit no tardó ni un segundo en seguirla. Al entrar en la penumbra del callejón, sintió un cuerpo cálido impactar contra el suyo, empujándolo contra la pared de piedra.

— Te tardaste, viejo —susurró Caulifla, con el rostro a escasos centímetros del suyo.

— Hay demasiados ojos hoy —respondió Hit, su voz era un murmullo bajo que vibraba en el pecho de la joven—. Cabba ha estado dando vueltas cerca de tu refugio. Sospecha algo.

Caulifla soltó una risita y pasó sus manos por los hombros de Hit, ignorando la aspereza de la tela de su túnica.

— Ese niño siempre es un dolor de cabeza. Pero no me importa. Me muero de ganas de besarte desde que salimos de la montaña esta mañana.

Hit suspiró, una exhalación que delataba una derrota dulce. Rodeó la cintura de la Saiyan con sus brazos, atrayéndola hacia él. La diferencia de temperatura seguía siendo fascinante para él: ella era un horno de energía vital, mientras que él era la calma del vacío espacial.

— Esto es arriesgado, Caulifla —dijo él, aunque no hizo ningún movimiento para alejarse—. Si la élite de Sadala nos ve, no solo cuestionarán tu lealtad. Podrían intentar expulsarte.

— ¡Que lo intenten! —desafió ella, acortando la distancia para rozar sus labios con los de él—. Nadie en este planeta tiene la fuerza para decirme qué hacer. Ni siquiera tú.

El beso fue breve pero cargado de una urgencia contenida. Para Hit, cada contacto físico con ella era como aprender un idioma nuevo, uno donde no existían las armas ni los contratos de muerte. Para Caulifla, era el descubrimiento de que la fuerza no solo residía en los puños, sino en la vulnerabilidad de entregarse a alguien que podría destruirla en un parpadeo.

— Debemos irnos —murmuró Hit, separándose con esfuerzo—. He sentido una presencia cerca. No es Cabba. Es alguien más... disciplinado.

Caulifla frunció el ceño, su instinto de guerrera activándose de inmediato.

— ¿Crees que nos están siguiendo?

— Es posible. Mi reputación no me permite pasar desapercibido por mucho tiempo, por mucho que oculte mi ki.

Salieron del callejón por extremos opuestos, manteniendo la farsa de ser desconocidos. Sin embargo, el corazón de Caulifla latía con una fuerza que amenazaba con romper sus costillas. Ocultar su amor era la batalla más difícil que había librado jamás. Ella, que siempre gritaba sus victorias y presumía de su poder, ahora tenía que guardar su mayor tesoro en el rincón más oscuro de su alma.

Esa noche, se reunieron en su lugar habitual: la cima del risco donde todo comenzó. El cielo de Sadala estaba despejado, mostrando las dos lunas que bañaban el paisaje con una luz plateada. Caulifla ya estaba allí, sentada en el borde del precipicio, balanceando sus piernas sobre el vacío.

— Pensé que no vendrías —dijo ella sin girarse cuando sintió la distorsión en el aire que anunciaba la llegada de Hit.

— Un asesino nunca llega tarde a una cita —respondió él, quitándose la capucha y dejando que el viento nocturno acariciara su piel morada.

Se sentó a su lado, manteniendo una distancia prudencial que Caulifla acortó de inmediato apoyando su cabeza en su hombro.

— Hit... —comenzó ella, su tono inusualmente serio—, hoy en el mercado, cuando dijiste que esto era arriesgado... ¿tienes miedo?

Hit guardó silencio, mirando hacia el horizonte infinito.

— El miedo es una emoción que olvidé hace siglos, Caulifla. Pero la precaución es lo que me ha mantenido vivo durante más de mil años. No temo por mí. Mi vida ha sido una moneda al aire desde que nací. Temo por lo que este mundo podría hacerte a ti. Eres joven, tienes un futuro como líder de tu raza. Yo soy... un anacronismo. Un recordatorio de muerte.

Caulifla se incorporó, sus ojos negros centelleando con una furia protectora.

— ¡No vuelvas a decir eso! No eres un recordatorio de muerte para mí. Eres el único que me hace sentir que el universo es más grande que mis propias ambiciones. Y si el precio de estar contigo es que me miren mal o que me llamen traidora, que así sea. No necesito su aprobación.

Hit la miró, fascinado por esa arrogancia pura que solo los Saiyan poseían. Era esa llama la que lo había cautivado.

— Eres un incendio, Caulifla. Y yo he pasado demasiado tiempo en las sombras. A veces temo que me consumas.

— Pues deja que te queme —respondió ella con una sonrisa desafiante—. Es mejor arder un momento que durar mil años siendo una piedra fría.

Hit extendió su mano y acarició la mejilla de la guerrera. Sus dedos, largos y hábiles para la precisión mortal, se movieron con una delicadeza infinita.

— A veces olvido la diferencia de edad entre nosotros —admitió él en voz baja—. Para mí, veinte años son un suspiro. Para ti, es toda tu vida. Me pregunto si dentro de cincuenta años, cuando el tiempo empiece a reclamar tu fuerza, seguirás viendo a este "viejo" de la misma manera.

— Estaré vieja, arrugada y probablemente seguiré siendo más ruidosa que tú —bromeó ella, aunque sus ojos mostraban una ternura profunda—. Pero mi sangre Saiyan no cambia. Una vez que elegimos a alguien, es para siempre. Es algo instintivo. Así que te aguantarás conmigo hasta que mi corazón deje de latir.

Hit cerró los ojos, permitiéndose por un momento imaginar ese futuro. Un asesino no suele tener derecho a soñar con la vejez ajena, mucho menos con la compañía constante. Pero con Caulifla, las reglas del universo parecían ser sugerencias que ella ignoraba con gusto.

— Hablando de instintos —dijo Hit, cambiando el tono a uno más profesional—, tu técnica de combate ha mejorado, pero sigues dejando el flanco izquierdo expuesto cuando te transformas en Super Saiyan 2. Tu confianza te ciega.

— ¡Oye! —protestó ella, dándole un golpe juguetón en el brazo—. ¡Eso es porque intento imitar tus movimientos y son raros! Tú te mueves como si el espacio no existiera.

— Se llama eficiencia —corrigió él—. Tú desperdicias demasiada energía en gritos y auras innecesarias. El poder real es el que se guarda hasta el momento del impacto.

— Mañana te demostraré quién desperdicia energía —desafió ella, poniéndose de pie y encendiendo su aura dorada por un breve segundo, iluminando la cima de la montaña como una estrella fugaz—. Te voy a dar un golpe que te hará retroceder diez siglos.

Hit se levantó también, su gabardina ondeando con el viento.

— Lo estaré esperando.

Sin embargo, la atmósfera de paz se rompió cuando un pequeño crujido de piedras se escuchó a sus espaldas. Hit reaccionó en una fracción de segundo, colocándose frente a Caulifla con su postura de combate, sus ojos rojos escaneando la oscuridad.

— Sal de ahí —ordenó Hit, su voz era ahora el filo de una navaja.

De detrás de una gran roca, salió Cabba. El joven Saiyan se veía pálido, sus manos temblaban levemente y su mirada saltaba de Caulifla a Hit con una mezcla de horror y decepción.

— Así que es verdad... —susurró Cabba—. Los rumores en el cuartel... las escapadas nocturnas... No quería creerlo, Caulifla.

Caulifla dio un paso al frente, apartando suavemente el brazo de Hit. Su expresión era de pura rebeldía.

— ¿Y qué si es verdad, Cabba? ¿Vas a ir corriendo a decírselo al Rey de Sadala? ¿O a tu maestro Vegeta la próxima vez que lo veas?

— ¡Es un asesino! —exclamó Cabba, señalando a Hit—. ¡Tiene más de mil años! Es de otra especie, de otro mundo... Caulifla, él no es como nosotros. Lo que estás haciendo... es una locura. Estás manchando tu nombre y el de todos los Saiyan del Universo 6.

— Mi nombre es mío, no de la raza —gruñó ella, sus puños apretados—. Y Hit me ha enseñado más sobre la fuerza y el respeto de lo que tú aprenderías en diez vidas. Si tienes un problema con eso, arreglémoslo ahora mismo.

Cabba retrocedió un paso, intimidado por el aura agresiva de su mentora. Miró a Hit, esperando ver alguna señal de manipulación o de frialdad, pero lo que encontró en los ojos del legendario asesino fue algo que lo dejó helado: protección. Hit no estaba allí como un depredador, sino como un guardián.

— No he venido a pelear —dijo Cabba, bajando la cabeza—. Pero no soy el único que sabe que algo pasa. Otros guerreros han notado tus ausencias. Hit es demasiado famoso para esconderse en un planeta de guerreros. Si esto sigue así, el consejo de Sadala intervendrá. Y sabes que no serán amables.

— Que vengan —dijo Hit, su voz resonando con una autoridad que hizo que el aire mismo pesara más—. Pero adviérteles esto: no soy un ciudadano de Sadala ni estoy sujeto a sus leyes. Si intentan tocarla o interferir en su camino, descubrirán por qué mi nombre es temido en todos los rincones del universo.

Cabba tragó saliva. Conocía el poder de Hit. Sabía que, si el asesino se ponía serio, no quedaría nadie en el planeta capaz de detenerlo, excepto quizás Champa o Vados.

— Solo... tengan cuidado —murmuró Cabba antes de elevarse en el aire—. No quiero perder a mi mejor guerrera por un escándalo que no puede ganar.

Cuando Cabba desapareció en el cielo nocturno, el silencio regresó, pero esta vez era un silencio pesado, cargado de la realidad que habían intentado ignorar.

Caulifla soltó un suspiro largo y se dejó caer de nuevo sobre la roca.

— Se acabó el secreto, supongo.

Hit caminó hacia ella y puso una mano sobre su hombro.

— Sabíamos que este momento llegaría. La luz y la sombra no pueden mezclarse sin que alguien lo note.

— No me arrepiento —dijo ella, mirando a Hit a los ojos—. Ni un solo segundo.

— Yo tampoco —admitió él—. Pero ahora las cosas cambiarán. No solo entrenaremos contra sombras, sino contra el juicio de todo tu mundo.

Caulifla se puso de pie, recuperando su sonrisa arrogante y feroz. Se transformó en Super Saiyan, su cabello erizado y su aura dorada quemando la oscuridad de la noche.

— Pues que vengan. Les enseñaremos que el tiempo y la fuerza saiyan son una combinación que nadie puede romper. ¿Estás listo para el entrenamiento de verdad, viejo?

Hit sonrió, una sonrisa real que no buscaba ocultar nada. Se despojó de su túnica gris, revelando su uniforme de combate, y se puso en guardia.

— Llevo mil años preparándome para un desafío así —respondió—. No te quedes atrás.

Bajo las lunas de Sadala, el asesino y la guerrera comenzaron a luchar. No era solo un entrenamiento, era una declaración de guerra contra las convenciones de su universo. Cada golpe que intercambiaban, cada ráfaga de energía que iluminaba el cielo, era un testimonio de un vínculo que desafiaba la lógica, la edad y la especie.

Eran Hit y Caulifla, dos anomalías en el tejido del tiempo, dispuestos a arder juntos antes que permitir que el mundo apagara su fuego. La noche era joven, y aunque el futuro era incierto y peligroso, en ese instante, mientras sus ataques colisionaban y sus miradas se encontraban, el universo entero parecía pertenecerles solo a ellos. El tiempo, finalmente, se había detenido por amor.