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El Baile de las Sombras en la Fortaleza Roja

La cena se servía en una estancia privada que olía a incienso caro, carne asada y el aroma metálico que parecía emanar de los muros mismos de la Fortaleza Roja. Laenor, escoltado por dos capas doradas cuyos rostros eran máscaras de absoluta indiferencia, entró en el salón sintiendo que cada paso lo alejaba más de la realidad que conocía.

Maegor ya estaba allí. No vestía su armadura, pero su presencia era igual de asfixiante. Llevaba una túnica de terciopelo de un rojo tan oscuro que parecía sangre seca, y sobre su pecho descansaba un pesado collar de oro con el emblema del dragón de tres cabezas. Sus dedos, largos y fuertes, tamborileaban rítmicamente sobre la mesa de roble mientras observaba a Laenor entrar.

—Siéntate —ordenó Maegor. No era una invitación, sino un decreto.

Laenor obedeció, manteniendo la espalda recta. Había sido criado como un príncipe de Marcaderiva, hijo de la Serpiente Marina y de la Reina que Nunca Fue. No permitiría que un tirano, por muy antepasado suyo que fuera, lo viera encogido.

—He pasado la tarde pensando en tus palabras, Laenor —dijo Maegor, sirviéndole vino de una jarra de plata—. "Esposas Negras". Un término curioso. No es así como la corte se refiere a mis reinas actuales. Todavía.

Laenor sintió un nudo en el estómago. Había hablado de más en su arrebato de pánico. En su tiempo, la historia de Maegor y sus seis esposas era una lección de precaución para cualquier niño Targaryen o Velaryon.

—La gente habla en las sombras, su Gracia —mintió Laenor, intentando que su voz no temblara—. El miedo hace que la lengua sea creativa.

—El miedo suele hacer que la lengua se paralice —corrigió Maegor, inclinándose hacia delante. Sus ojos violetas, casi negros bajo la luz de las antorchas, escudriñaron el rostro de Laenor—. Pero tú no tienes el miedo de un campesino. Tienes el desafío de un jinete. Dime, ¿dónde está tu dragón? ¿Cómo se llamaba la bestia que te trajo a mis costas?

Laenor bajó la mirada hacia su copa. Recordó a Bruma, el brillo plateado de sus escamas bajo el sol de los Peldaños de Piedra, la sensación de libertad que solo el cielo podía otorgar.

—Se llamaba Bruma —susurró Laenor, y la verdad le dolió como una herida abierta—. Pero no está aquí. No creo que pueda estarlo nunca más.

—¿Murió? —preguntó Maegor con una curiosidad casi clínica.

—Para mí, sí. Lo perdí en la tormenta que me trajo a vos.

Maegor soltó un gruñido bajo, algo que podría haber sido una muestra de simpatía en un hombre normal, pero que en él sonaba como el rugido lejano de Balerion.

—Un jinete sin dragón es una criatura a medias —sentenció el Rey—. Pero tienes suerte. Yo poseo al Terror Negro. Y si eres quien dices ser, si esa sangre que corre por tus venas es tan pura como parece, quizás no necesites buscar muy lejos para encontrar un nuevo propósito.

—No busco un propósito, su Gracia. Solo busco volver a casa.

Maegor se rió, una risa que no llegó a sus ojos. Se levantó y caminó alrededor de la mesa hasta quedar detrás de la silla de Laenor. Puso sus manos sobre los hombros del joven, y Laenor tuvo que luchar contra el impulso de saltar de su asiento. Las manos del Rey eran pesadas, calientes y poseían una fuerza latente que prometía violencia ante el menor indicio de resistencia.

—No hay "casa" a la que volver, pequeño náufrago —murmuró Maegor cerca de su oído—. Me hablas de un futuro que no existe o de un pasado que has inventado. Aquí, ahora, solo existo yo. El Trono de Hierro es el único centro del mundo, y yo soy quien se sienta en él.

Maegor deslizó una mano desde el hombro de Laenor hacia su cuello, rodeándolo con una firmeza que rozaba la amenaza. Sus dedos rozaron la línea de la mandíbula de Laenor, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo.

—¿Qué ves cuando me miras? —preguntó Maegor con voz ronca—. Sé sincero. Si mientes, lo sabré.

Laenor tragó saliva, sintiendo el pulso de su propio corazón contra la palma de Maegor.

—Veo a un hombre que ha ganado una corona pero ha perdido su alma —respondió Laenor con una audacia que lo sorprendió incluso a él—. Veo a un rey que construye muros para mantener fuera a sus enemigos, sin darse cuenta de que el verdadero enemigo ya está dentro, devorándolo por dentro.

El agarre de Maegor se tensó por un segundo. Laenor esperó el golpe, el acero de Fuegoscuro atravesando su garganta. En cambio, Maegor soltó una carcajada genuina, llena de una alegría oscura.

—¡Por los catorce fuegos! —exclamó Maegor, soltándolo y regresando a su asiento—. Mis consejeros me dan la razón por miedo. Mis esposas me dan la razón por deber. Y tú, un muchacho que el mar escupió hace apenas unas horas, te atreves a decirme que estoy podrido por dentro.

—¿Me ejecutaréis por decir la verdad? —preguntó Laenor, recuperando el aliento.

—No —dijo Maegor, sus ojos brillando con una intensidad depredadora—. Te voy a conservar. Te voy a estudiar como un maestre estudia un pergamino antiguo. Me intrigas, Laenor. No solo por tu aspecto, que admito es... excepcional. Sino por esa lengua afilada. Me pregunto si serás igual de valiente cuando las sombras del castillo empiecen a susurrarte.

La cena continuó en un silencio tenso. Laenor apenas probó la comida, mientras Maegor devoraba su carne y lo observaba como un gato observa a un pájaro herido. Cuando terminaron, Maegor hizo una señal y los guardias reaparecieron.

—Llevadlo a mis aposentos —ordenó el Rey.

Laenor se puso de pie de un salto, con el rostro pálido.

—Dijisteis que tenía mi propia habitación.

—He cambiado de opinión —replicó Maegor, poniéndose en pie. Su altura era imponente, una sombra que parecía cubrir todo el salón—. No confío en que no intentes lanzarte desde una torre. En mi habitación, estarás bajo mi vigilancia directa. Además... quiero que me cuentes más de esas historias sobre el futuro. Sobre las "Esposas Negras" y el destino de mi linaje.

—No soy un bardo para entreteneros —escupió Laenor.

Maegor se acercó a él en dos zancadas, reduciendo el espacio entre ambos a nada. Su presencia era como un incendio forestal, sofocante y destructiva.

—Eres lo que yo decida que eres —susurró Maegor, su rostro a centímetros del de Laenor—. Y esta noche, eres mi invitado de honor. Mañana, quizás seas mi prisionero. O mi favorito. Todo depende de lo mucho que logres entretenerme.

Los aposentos reales de Maegor eran una oda a la guerra. Mapas de Poniente cubrían las paredes, y una armadura negra como la noche descansaba en un rincón, pareciendo un espectro vigilante. La cama era inmensa, cubierta con pieles de lobo y sedas de Lys.

Maegor despidió a los guardias y cerró la pesada puerta de roble con un cerrojo de hierro. El sonido metálico resonó en la habitación como una sentencia.

—Quítate las botas —ordenó Maegor, comenzando a desabrocharse su propia túnica—. El suelo está frío, pero las pieles te mantendrán caliente.

Laenor se quedó junto a la ventana, mirando hacia el patio sombrío.

—No dormiré en vuestra cama, su Gracia.

—Dormirás donde yo te diga —dijo Maegor, ahora solo en pantalones de cuero, revelando un torso lleno de cicatrices de batalla y una musculatura poderosa—. No me obligues a usar la fuerza, Laenor. No quiero romperte tan pronto.

Laenor suspiró, dándose cuenta de que la resistencia física era inútil contra un hombre que había domado a Balerion y aplastado rebeliones con sus propias manos. Se quitó las botas y se sentó en el borde de la cama, lo más lejos posible del lado del Rey.

Maegor se acostó y apoyó la cabeza en sus manos, observando al joven. La luz de las velas moribundas bañaba la piel bronceada de Laenor, resaltando la elegancia de su cuello y la plata de su cabello.

—Háblame de tu tiempo —pidió Maegor, su voz ahora extrañamente tranquila, casi íntima—. Háblame de los dragones que vendrán.

Laenor dudó. Si le contaba la verdad, si le decía que su linaje se extinguiría en una danza de dragones que él mismo ayudaría a provocar, ¿qué haría Maegor? ¿Intentaría cambiar el destino o aceleraría la destrucción?

—Habrá muchos —dijo Laenor finalmente, su voz apenas un susurro—. Tantos que el cielo se volverá negro con sus alas. Pero también habrá fuego y sangre entre hermanos. La casa del dragón se dividirá, su Gracia. Y cuando los dragones luchan entre sí, nadie gana.

Maegor escuchaba con atención, una pequeña sonrisa curvando sus labios.

—Una guerra civil. Lo sospechaba. Mis sobrinos son débiles, y la debilidad engendra ambición en los que no merecen el mando. ¿Y yo? ¿Qué dicen los libros de historia sobre Maegor Targaryen?

Laenor lo miró a los ojos, encontrando en ellos una chispa de algo que no era crueldad, sino una curiosidad ardiente por su propio legado.

—Dicen que fuisteis un tirano —respondió Laenor con franqueza—. Dicen que vuestro reinado fue corto y sangriento. Que el Trono de Hierro os rechazó y que moristeis solo, sin un heredero que llorara vuestra partida.

El silencio que siguió fue tan denso que Laenor pudo oír el crepitar de la última vela. Maegor no se enfureció. No gritó. Simplemente se incorporó y se acercó a Laenor, gateando sobre las pieles como un depredador acechando a su presa.

—¿Solo? —preguntó Maegor, extendiendo una mano para acariciar el cabello de Laenor—. ¿Sin un heredero?

—Así es.

Maegor rodeó la cintura de Laenor con su brazo y lo atrajo hacia él con un movimiento fluido. Laenor se encontró presionado contra el pecho cálido y sólido del Rey. Podía sentir el latido rítmico del corazón de Maegor, una fuerza de la naturaleza contenida en una jaula de costillas.

—Entonces los libros se equivocan —susurró Maegor, su mirada fija en los labios de Laenor—. Porque el mar me ha traído algo que ningún libro pudo predecir. Un hombre que conoce el futuro, con la sangre de los antiguos señores dragón y un fuego que no se apaga. Si mi destino es morir solo, me aseguraré de que mi tiempo antes de eso sea... memorable.

—No podéis cambiar lo que ya está escrito —protestó Laenor, aunque su resistencia se debilitaba ante la intensidad de la cercanía de Maegor. Había algo embriagador en la atención absoluta de un hombre tan poderoso, una atracción oscura que lo atraía hacia el abismo.

—Yo escribo mi propia historia con fuego y sangre —replicó Maegor—. Y tú, Laenor, vas a ser el capítulo más interesante de todos. No me importa de dónde vienes. Me importa que estás aquí. Y no permitiré que el tiempo, ni los dioses, ni tus propios miedos te arrebaten de mi lado.

Maegor se inclinó, rozando sus labios con los de Laenor en una caricia que era a la vez una promesa y una amenaza. Laenor cerró los ojos, sintiendo que el pasado y el futuro se desvanecían. Ya no era el esposo de Rhaenyra, ni el hijo de Corlys, ni un fantasma en Essos. Era el cautivo de Maegor el Cruel, y por primera vez en su vida, sentía que estaba en el centro de una tormenta de la que no quería escapar.

—Mañana —dijo Maegor contra su piel— te llevaré a ver a Balerion. Veremos si el Terror Negro te reconoce como uno de los suyos. Y si no es así... bueno, tendré que encontrar otras formas de mantenerte ocupado dentro de estos muros.

Laenor no respondió. Se dejó caer sobre las pieles mientras Maegor lo envolvía en sus brazos, una prisión de carne y hueso que se sentía más segura de lo que cualquier castillo debería ser. Mientras el sueño lo reclamaba, Laenor se preguntó si este era el castigo por fingir su muerte, o si, de alguna manera retorcida, los dioses le estaban dando la oportunidad de ser algo más que una sombra en la historia de otros.

En la oscuridad de la habitación, Maegor permaneció despierto un tiempo más, observando el rostro sereno del joven en sus brazos. El Rey Cruel, el hombre que no amaba a nadie y al que todos temían, sintió una chispa de algo nuevo en su pecho. No era amor, era algo más posesivo, más salvaje. Era el instinto de un dragón que ha encontrado un tesoro único y está dispuesto a quemar el mundo entero antes de dejar que alguien más lo toque.

—Duerme, mi pequeño enigma —murmuró Maegor, besando la frente de Laenor—. El futuro puede esperar. Esta noche, el tiempo es nuestro.

Afuera, el viento aullaba entre las torres de la Fortaleza Roja, pero dentro de los aposentos reales, el fuego de la antigua Valyria ardía con una intensidad renovada, uniendo a dos hombres separados por siglos en un abrazo que cambiaría el curso de la historia, o al menos, la haría mucho más sangrienta.