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La camada del pecado y el apetito del conejo

La mansión de los Arlert, que antes le parecía a Hazami un lugar aburrido y lleno de alfombras caras, se había convertido en su jaula de seda. Habían pasado apenas tres semanas desde la boda, y la joven Ackerman se encontraba apoyada contra el marco de la ventana, observando el jardín con una expresión que oscilaba entre el horror y la resignación.

Sus orejas de leopardo, usualmente erguidas y alerta, colgaban un poco hacia los lados. Se sentía pesada. No era una pesadez de cansancio común, sino algo más profundo, algo que venía desde sus entrañas. Se llevó una mano al vientre, que aún estaba plano a la vista de los demás, pero que para su instinto de metamorfo se sentía extrañamente… ocupado.

—No puede ser —susurró, sintiendo un escalofrío—. Es físicamente imposible. Solo fue una noche. Bueno, una noche y tres días de "encierro" obligatorio.

—No fue solo una noche, querida Hazami —dijo una voz suave y peligrosamente melodiosa detrás de ella.

Hazami dio un respingo, soltando un pequeño siseo defensivo. Armin estaba allí, apoyado en la puerta con un libro en la mano y esa sonrisa angelical que ahora ella sabía que era la máscara de un demonio lujurioso. Sus orejas de conejo se movieron con curiosidad.

—¡Deja de aparecerte así, conejo de pacotilla! —exclamó Hazami, tratando de recuperar su compostura de guerrera—. Y no me llames "querida". Todavía estoy redactando mentalmente los términos de nuestro divorcio.

Armin cerró el libro y se acercó a ella con pasos lentos y seguros. A pesar de ser más bajo que los hombres a los que Hazami estaba acostumbrada a intimidar, su presencia llenaba la habitación.

—Dudo que un juez apruebe un divorcio en tu estado —dijo Armin, deteniéndose a solo unos centímetros de ella. Sus ojos azules brillaron con una intensidad posesiva—. Huelo los cambios en tu sangre, Hazami. Tu aroma a leopardo se ha mezclado con algo más dulce.

Hazami palideció. Los metamorfos tenían un olfato muy agudo para la fertilidad.

—Es solo… indigestión —mintió ella, aunque su voz tembló—. Comí demasiada carne de caza ayer.

—No es indigestión —Armin extendió la mano y acarició el vientre de Hazami con una delicadeza que la hizo vibrar—. Estás preñada. Y por la forma en que late tu útero, no es solo un cachorro. Los de mi especie no hacemos las cosas a medias.

Hazami soltó un bufido de frustración, apartando la mano de Armin, aunque su cola se enredó inconscientemente en el tobillo del rubio.

—¡Maldita sea tu estirpe, Armin! ¡Soy un depredador! ¡Se supone que debo tener una cría, quizás dos después de un largo periodo de gestación! ¡No una camada de… de conejitos! —Se tapó la cara con las manos—. Levi me va a matar. Va a decir que arruiné el linaje Ackerman con orejas largas y esponjosas.

—A Levi le encantarán sus sobrinos —rio Armin, atrapándola por la cintura y pegándola a su cuerpo—. Además, piénsalo: serán leopardos con la resistencia y la inteligencia de un conejo. Serán imparables.

—Serán una pesadilla —gruñó ella, aunque no se alejó del calor que él desprendía—. Y todo es tu culpa. Si no hubieras sido tan… tan animal esa noche…

—¿Tan animal? —Armin le mordisqueó el lóbulo de la oreja, haciendo que Hazami soltara un gemido involuntario—. Recuerdo que tú eras la que me clavaba las garras en la espalda pidiendo que no me detuviera.

—¡Eso fue un error táctico! —protestó ella, sintiendo cómo su cuerpo empezaba a traicionarla de nuevo—. Estaba bajo el efecto de… de la adrenalina.

Armin no respondió con palabras. En su lugar, bajó una mano hacia el trasero de Hazami y le dio un apretón firme, levantándola ligeramente para que sintiera su creciente erección contra su muslo.

—La adrenalina ya pasó, Hazami. Pero mis instintos me dicen que, ahora que estás encinta, necesitas protección… y mucha atención.

—Armin, no… —dijo ella, aunque sus manos ya estaban desabrochando los botones de la camisa de él—. Acabamos de desayunar. Los sirvientes están afuera.

—Que escuchen —susurró Armin, empujándola hacia la gran mesa de roble del estudio—. Quiero que todos en esta mansión sepan que el leopardo ha sido reclamado por el conejo.

Hazami intentó protestar, pero Armin la besó con una voracidad que le anuló el juicio. La subió a la mesa, apartando papeles y tinteros con un movimiento brusco. La seda de su vestido se rasgó cuando él tiró de ella, dejando sus pechos blancos y firmes al descubierto bajo la luz del sol que entraba por la ventana.

—¡Ah…! Armin… —gimió Hazami cuando sintió la lengua de él rodeando uno de sus pezones, succionando con fuerza—. ¡Eres un pervertido! ¡Estamos en el estudio!

—Soy tu esposo —dijo él entre besos, bajando sus pantalones y liberando su virilidad, que ya palpitaba con urgencia—. Y tú estás llena de mis hijos. Eso me da derechos, ¿no crees?

Armin separó las piernas de Hazami con brusquedad. Ella, a pesar de su fuerza, se sentía extrañamente débil y necesitada ante él. El embarazo parecía haber multiplicado su sensibilidad. Cuando Armin entró en ella sin preámbulos, Hazami arqueó la espalda y soltó un grito que resonó en toda la habitación.

—¡AAAHHH! ¡Maldición, Armin! ¡Tan… tan profundo! —Las garras de Hazami salieron y rayaron la madera de la mesa—. ¡Me vas a… ah, ah, ah!

—Dilo, Hazami —le ordenó él, moviéndose con estocadas rápidas y potentes que hacían que la mesa crujiera—. Di cuánto te gusta que este conejo te use.

—¡Me encanta! ¡Ah, sí! ¡Más fuerte, Armin! ¡Rómpeme! —Hazami perdió toda la compostura. Sus ojos violetas se pusieron en blanco mientras su cola se agitaba frenéticamente—. ¡Lléname otra vez! ¡No me importa si nacen diez, solo… no pares!

El ritmo de Armin era inhumano. Sus orejas rubias estaban pegadas a su cabeza por el esfuerzo, y su mirada era la de un cazador que finalmente ha acorralado a su presa más valiosa. Cada vez que su pelvis chocaba contra la de Hazami, un sonido húmedo y obsceno llenaba el aire.

—¡Oh, Dios! ¡Ahí, ahí mismo! —gritaba Hazami, con el sudor empapando su piel blanca—. ¡Armin, me voy a correr! ¡Me voy a… ahhh!

El primer orgasmo la sacudió con tanta violencia que sus músculos se tensaron hasta el límite. Armin no se detuvo; aprovechó las contracciones de ella para empujar aún más al fondo, buscando el cuello de su útero, queriendo marcar cada rincón de su interior.

—¡No te detengas, maldito seas! —suplicó ella, echando la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello—. ¡Usa este cuerpo como quieras! ¡Ah, ah, ah!

—Eso es, mi gatita —gruñó Armin, su voz volviéndose animal—. Recibe todo lo que tengo para ti.

Armin aumentó la velocidad hasta que sus movimientos fueron un borrón. Hazami solo podía emitir gemidos entrecortados y gritos de puro placer. Sentía cómo el semen de las sesiones anteriores, que aún parecía habitar en ella, se mezclaba con el nuevo flujo, convirtiéndola en un nido húmedo y fértil.

—¡VOY A…! ¡ARMIN, AHORA! —chilló ella.

Armin soltó un rugido y se hundió en ella una última vez, descargando una cantidad impresionante de fluido caliente. Hazami sintió la calidez inundándola, expandiéndose en su vientre, y por un momento, juró que podía sentir a sus futuras crías celebrando la llegada de más sustento.

Ambos quedaron jadeando sobre la mesa, con el pecho subiendo y bajando al unísono. Hazami tenía la mirada perdida en el techo, con las piernas aún temblando y abiertas de par en par.

—Te odio —susurró ella, aunque su mano acariciaba el cabello rubio de Armin.

—Me amas —corrigió él, dándole un beso suave en la nariz—. Y amas lo que te hago.

Hazami suspiró, sintiendo cómo el líquido caliente empezaba a escurrir por sus muslos hacia la alfombra persa.

—¿Cuántos crees que sean? —preguntó ella en voz baja, refiriéndose al embarazo.

Armin sonrió de lado, una expresión que Hazami empezaba a encontrar peligrosamente atractiva.

—Los conejos solemos tener camadas de seis a ocho. Pero como tú eres un leopardo, quizás el espacio sea mayor. Yo apostaría por una docena.

Hazami cerró los ojos y se dejó caer hacia atrás, golpeando su cabeza suavemente contra la mesa.

—Una docena de mini-conejos con instintos de asesinos Ackerman… —murmuró—. El mundo no está preparado para esto. Y yo definitivamente no estoy preparada para el hambre que voy a tener.

—No te preocupes por eso —dijo Armin, volviendo a posicionarse entre sus piernas, a pesar de que acababan de terminar—. Yo me encargaré de alimentarte… y de mantenerte satisfecha. Después de todo, la gestación en los metamorfos aumenta el apetito sexual, ¿no lo sabías?

Hazami abrió los ojos de par en par.

—¿Qué? ¿Me estás diciendo que voy a estar así de caliente durante meses?

—Exactamente —Armin le guiñó un ojo—. Así que olvida el divorcio, Hazami. Vas a estar demasiado ocupada gimiendo mi nombre como para firmar cualquier papel.

Hazami intentó indignarse, pero cuando sintió que Armin volvía a endurecerse dentro de ella, lo único que pudo hacer fue rodearle el cuello con los brazos y tirar de él hacia abajo.

—Cállate y sigue, conejo —ordenó ella con una sonrisa feroz—. Si voy a tener una camada, al menos asegúrate de que valga la pena el escándalo.

La mansión Arlert volvió a llenarse de los sonidos de la naturaleza en su estado más puro y lujurioso, mientras Hazami Ackerman, la mujer que juró nunca casarse con una "presa", descubría que no había nada más adictivo que ser devorada, una y otra vez, por el conejo que ahora era su dueño y señor.