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El eco de la ambrosía y la sangre

El aire en la isla de Eea siempre había olido a flores silvestres, a tierra mojada y a la magia antigua que emanaba de Circe. Pero para Aglea, la ninfa de cabellos de lino y ojos del color de la espuma del mar, el aire se había vuelto pesado, cargado con el aroma metálico de un destino que no había elegido. Su vientre, ahora una curva prominente y firme, era un recordatorio constante de la audacia de un dios y de su propia impotencia ante el capricho del Olimpo.

Hermes no era un visitante ocasional; se había convertido en una sombra dorada que acechaba sus días. El dios mensajero, con sus sandalias aladas que apenas rozaban el suelo, la miraba con una mezcla de adoración posesiva y triunfo. Él no veía el miedo en los ojos de Aglea, o quizás decidía ignorarlo, prefiriendo creer que el fruto que crecía en ella era un puente que los uniría para siempre.

Aglea se encontraba sentada cerca de un manantial, intentando encontrar consuelo en el murmullo del agua. Sus manos acariciaban la tela fina de su túnica, sintiendo las patadas vigorosas que venían desde su interior. No eran movimientos suaves; era una fuerza divina, una energía que amenazaba con desgarrarla desde dentro.

—Parece que hoy está especialmente inquieto —dijo una voz melodiosa a sus espaldas.

Aglea no necesitó girarse para saber quién era. El perfume a ozono y a viajes lejanos siempre precedía a Hermes. El dios se arrodilló a su lado, extendiendo una mano para tocar el vientre de la ninfa. Ella se tensó, un escalofrío recorriéndole la columna, pero no se apartó. Sabía que era inútil.

—Es un hijo de los dioses, Hermes —respondió Aglea con voz apagada—. No conoce la paz, solo el deseo de nacer y conquistar.

Hermes soltó una risa ligera, un sonido que en otras circunstancias habría sido encantador, pero que ahora le resultaba hiriente.

—Tendrá mi velocidad y tu gracia, Aglea. Será el más brillante de los semidioses. Deberías estar orgullosa. He puesto en ti lo mejor de mi esencia.

—Tú pusiste en mí lo que quisiste sin preguntar si yo deseaba ser el recipiente de tu orgullo —replicó ella, clavando sus ojos claros en los del dios—. No me amas a mí, Hermes. Amas la idea de dejar tu marca en lo que pertenece a Circe.

El rostro del dios se endureció por un breve segundo, una chispa de irritación cruzando sus ojos astutos, pero la máscara de encanto regresó de inmediato. Se acercó más, obligándola a sentir su calor divino.

—Te he dado un honor que muchas reinas suplicarían —susurró él, rozando su mejilla con los dedos—. Y cuando nazca, entenderás que todo esto ha sido por un bien mayor.

Aglea cerró los ojos, deseando que el viento se lo llevara lejos, de vuelta al Olimpo o a los confines del mundo donde entregaba sus mensajes. Pero Hermes se quedó allí, vigilando su "tesoro", mientras el sol comenzaba a descender sobre el horizonte de Eea.

Las semanas pasaron como un sueño febril. El embarazo de una ninfa bajo la influencia de un dios no seguía las leyes de los mortales. El tiempo parecía comprimirse. Una noche, cuando la luna estaba en su punto más alto y las bestias de Circe aullaban en los bosques, el dolor finalmente reclamó a Aglea.

No fue un dolor ordinario. Era como si un rayo se hubiera quedado atrapado en sus entrañas, buscando una salida. Aglea se aferró a los bordes de su lecho de seda en la villa de Circe, mientras el sudor empapaba su frente.

Circe estaba allí, sus manos expertas moviéndose con precisión, sus ojos llenos de una compasión amarga. Ella conocía bien la crueldad de los dioses; la vivía cada día en su exilio.

—Respira, Aglea —ordenó la hechicera, colocando paños fríos sobre su frente—. El linaje de Hermes es impaciente. No te dará tregua hasta que vea la luz.

—No puedo... —gimió la ninfa, arqueando la espalda—. Siento que me rompo.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Hermes entró, su presencia iluminando la estancia con un fulgor dorado que resultaba casi cegador en la penumbra. Se acercó al pie de la cama, observando la escena con una fascinación que bordeaba lo maníaco.

—¡Fuera de aquí, mensajero! —espetó Circe, sin mirarlo—. Este no es lugar para tus juegos. La magia del parto es antigua y no responde a tus alas.

—Es mi hijo el que lucha por salir —dijo Hermes, su voz vibrando con poder—. Tengo derecho a ver el momento en que mi sangre reclame su lugar en el mundo.

Aglea soltó un grito desgarrador. Sentía que su esencia misma se estaba dividiendo. La habitación comenzó a temblar; los objetos en las estanterías de Circe tintineaban y el aire se llenó de electricidad estática.

—¡Aglea, mírame! —gritó Hermes, acercándose y tomando su mano con una fuerza innecesaria—. ¡Dale vida! ¡Hazlo por la gloria que te he prometido!

—¡Vete al Hades! —logró articular Aglea entre dientes, sus ojos inyectados en sangre—. ¡Ojalá nunca hubieras puesto tus ojos en mí!

El dios retrocedió un paso, sorprendido por el veneno en su voz, pero no se marchó. El clímax del dolor llegó como una ola gigante que rompe contra los acantilados. Aglea sintió un desgarro final, una explosión de luz blanca, y luego, el silencio más absoluto.

Un llanto agudo y vigoroso rompió la quietud del cuarto.

Circe sostuvo al recién nacido, envolviéndolo rápidamente en una tela de lino fino. Era un niño robusto, de piel dorada y unos ojos que, incluso siendo un recién nacido, brillaban con una inteligencia inquietante.

Aglea se desplomó contra las almohadas, exhausta, sintiéndose vacía no solo físicamente, sino en su alma. Hermes se acercó de inmediato, ignorando a la madre exhausta para contemplar al niño.

—Míralo... —susurró el dios, y por primera vez, su voz contenía algo parecido a la reverencia—. Es perfecto. Tiene mi marca.

Circe entregó el niño a Aglea con reticencia. La ninfa miró a la pequeña criatura que buscaba su calor. Era hermoso, innegablemente, pero en sus rasgos veía el rostro del hombre que la había forzado a este destino.

—¿Cómo lo llamarás? —preguntó Circe, observando a Hermes con desdén.

Hermes se adelantó, acariciando la cabeza del bebé.

—Se llamará Autólico —declaró el dios—. Pues será astuto como el lobo y nadie podrá atraparlo, tal como su padre.

Aglea abrazó al niño contra su pecho, no por amor al dios, sino por un instinto primario de protección hacia el ser que ahora dependía de ella.

—Él no será tu juguete, Hermes —dijo ella con voz débil pero firme—. Lo criaré aquí, en Eea, lejos de tus intrigas y de los salones del Olimpo.

Hermes soltó una carcajada suave, una que erizó la piel de Aglea.

—Puedes intentarlo, mi dulce ninfa. Pero la sangre divina siempre busca su camino. Él me buscará, tarde o temprano. Y tú... tú siempre serás la mujer que llevó mi tesoro.

El dios se inclinó y besó la frente de Aglea. Fue un beso frío, una marca de propiedad que ella sintió como una quemadura. Con un destello de luz y el batir imperceptible de unas alas invisibles, Hermes desapareció de la habitación, dejando tras de sí solo el olor a tormenta y el eco de su arrogancia.

Aglea se quedó sola con Circe y el niño. La hechicera se sentó al borde de la cama y puso una mano reconfortante sobre el hombro de su ninfa.

—Se ha ido —dijo Circe en voz baja.

—Pero volverá —respondió Aglea, mirando al pequeño Autólico, que ya empezaba a agitar sus manos con una coordinación impropia de un humano—. Nunca me dejará ir, ¿verdad?

Circe guardó silencio durante un largo rato, mirando hacia la ventana donde el alba empezaba a teñir el cielo de rosa.

—Los dioses no olvidan lo que consideran suyo, Aglea. Pero este niño tiene algo más que la sangre de Hermes. Tiene tu resistencia. Y en esta isla, aprenderá que incluso los hijos de los dioses pueden elegir su propio camino, si son lo suficientemente astutos.

Aglea cerró los ojos, permitiéndose llorar por primera vez desde que todo empezó. Lloró por su libertad perdida, por el dolor del parto y por el futuro incierto que le esperaba a su hijo. Pero mientras acunaba a Autólico, sintió una chispa de algo nuevo: una determinación feroz. Si Hermes quería un hijo que fuera un ladrón y un embaucador, ella se encargaría de que, al menos, el niño supiera que el corazón de una madre no era algo que pudiera robarse ni comprarse con promesas de gloria olímpica.

El sol terminó de salir sobre Eea, iluminando una nueva vida y las cicatrices de una batalla silenciosa que apenas comenzaba.

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