Volver al resumen

fanfic 4 B.W

El eco de los algoritmos invisibles

Benjamin Winchester se despertó exactamente a las 5:45 a.m., sin necesidad de alarma. Su cerebro, procesando el ritmo circadiano con una precisión de milisegundos, ya había trazado el plan del día antes de que sus ojos se abrieran por completo. Mientras se duchaba, su mente no descansaba; estaba repasando mentalmente un tratado de química orgánica que había ojeado en la biblioteca el día anterior, al mismo tiempo que componía una sonata en su cabeza y calculaba la trayectoria exacta de las gotas de agua que golpeaban el azulejo.

Al salir, se miró en el espejo empañado. A sus dieciséis años, la genética de sus padres, John y Diana, le había otorgado la estructura ósea de un modelo —la mandíbula fuerte y los ojos intensos que recordaban a un joven Jensen Ackles—, pero su lenguaje corporal seguía siendo el de un chico que preferiría ser invisible. Se pasó la mano por el cabello castaño, corto y algo desordenado al estilo *Soldier Boy*, y suspiró.

— Un día a la vez, Ben —se susurró a sí mismo, su voz resonando con una modulación perfecta que él mismo controlaba para sonar menos intimidante.

Caminó hacia la cocina de su pequeño apartamento. La soledad era un ruido blanco que su hipermente llenaba con datos. Sus padres habían muerto en un accidente que la policía calificó de "fortuito", pero Ben, tras analizar las fotos de la escena del crimen con su memoria perfecta, sabía que los ángulos de impacto de los vehículos no coincidían con un simple error conductor. Había una intención. Una firma.

Mientras desayunaba, sus ojos se fijaron en un recorte de periódico sobre la mesa.

**[Wilson Fisk]** **Fuerza de Levantamiento:** Clase 5 (aprox. 1,200 kg) **Velocidad:** Humano Atlético (8.5 m/s) **Inteligencia:** Genio **Inteligencia para Combate:** Maestro

— Demasiado fuerte para ahora —murmuró Ben, masticando una tostada—. Pero la inteligencia es relativa cuando puedes procesar variables que él ni siquiera imagina.

Al llegar a la escuela East Highland, el asalto sensorial comenzó de nuevo. El olor a perfume barato, el sudor de los adolescentes, el zumbido de las luces fluorescentes que vibraban a 60 hercios. Ben caminaba por los pasillos con los hombros hundidos, evitando el contacto visual. Su sinestesia le permitía "ver" las emociones como estelas de colores: el rojo agresivo de los atletas, el gris ansioso de los que se escondían en los baños.

De repente, una estela de color azul suave y vainilla cruzó su campo de visión. Cassie Howard.

Estaba de pie junto a su hermana Lexi, quien parecía estar dándole un sermón sobre algo sin importancia. Ben se detuvo a unos metros, fingiendo buscar algo en su mochila mientras sus ojos escaneaban involuntariamente a la hermana menor.

**[Lexi Howard]** **Fuerza de Levantamiento:** Humano — Inferior al Promedio (48 kg) **Velocidad:** Humano Promedio (5.9 m/s) **Inteligencia:** Dotada **Inteligencia para Combate:** Sin Noción

Cassie levantó la vista y sus ojos se iluminaron al ver a Ben. Él sintió ese tirón en el pecho, una reacción fisiológica que su cerebro catalogaba como "atracción romántica", pero que su corazón sentía como un colapso gravitacional.

— ¡Ben! —exclamó ella, acercándose—. Pensé que no vendrías hoy. Te vi salir ayer del callejón de la calle 4 y... bueno, parecías tener prisa.

Ben se tensó. Su análisis instantáneo le recordó que ella vivía cerca de esa zona.

— Solo... acortando camino —dijo Ben, forzando una sonrisa tímida—. Me gusta caminar. Ayuda a despejar la cabeza. Aunque a veces mi cabeza no quiere despejarse.

— Te entiendo perfectamente —respondió Cassie, colocándose un mechón de pelo tras la oreja. Ben notó que su ritmo cardíaco aumentaba ligeramente—. A veces siento que hay demasiado ruido aquí dentro.

— Si alguna vez necesitas un filtro —dijo Ben, su carisma sobrehumano filtrándose sin querer en su tono de voz—, puedo prestarte un poco de mi silencio.

Cassie se sonrojó, un cambio cromático que Ben registró con una resolución de 4K en su mente. Antes de que pudiera decir algo más, una sombra masiva se proyectó sobre ellos. Nate Jacobs se interpuso entre ambos, su mera presencia irradiando una hostilidad que Ben podía oler como ozono antes de una tormenta.

— ¿Quién es el nuevo, Cass? —preguntó Nate, su voz era un barítono cargado de una falsa amabilidad que ocultaba una rabia volcánica.

— Es Benjamin. Se mudó hace poco —dijo Cassie, su voz volviéndose pequeña, casi sumisa.

Ben miró a Nate. Sus ojos escanearon los puntos de presión en el cuello del atleta, la tensión en sus deltoides y la forma en que cerraba el puño derecho.

**[Nate Jacobs]** **Fuerza de Levantamiento:** Humano Superior al Promedio (130 kg) **Velocidad:** Humano Atlético (8.2 m/s) **Inteligencia:** Brillante **Inteligencia para Combate:** Aprendido

— Winchester —dijo Ben, manteniendo la mirada, algo que su yo introvertido gritaba que no hiciera, pero su instinto de supervivencia le obligaba a marcar territorio—. Un placer, supongo.

Nate entrecerró los ojos. Su cerebro, aunque brillante, no podía competir con la hipermente de Ben, que ya había simulado 47 escenarios diferentes de una pelea física en ese mismo pasillo. En 42 de ellos, Ben terminaba con Nate en el suelo, pero en todos ellos, Ben terminaba expulsado o bajo el radar de la policía. No era el momento.

— Tienes ojos de alguien que piensa demasiado, Winchester —soltó Nate con desprecio—. Ten cuidado de no tropezar con tus propios pensamientos.

Nate se llevó a Cassie del brazo, y Ben observó cómo ella le lanzaba una mirada de disculpa antes de desaparecer tras la esquina. Ben apretó las correas de su mochila. La rabia era una emoción nueva y punzante, una que su control muscular perfecto mantenía a raya para que sus manos no temblaran.

La mañana transcurrió en un borrón de datos. En clase de matemáticas, Ben resolvió el examen de una hora en cuatro minutos, pasando el resto del tiempo escribiendo en código binario una lista de posibles sospechosos relacionados con la muerte de sus padres. Sus oídos, sin embargo, estaban sintonizados a una frecuencia diferente. Escuchó un susurro a tres salones de distancia.

— El Gordo dice que el cargamento llega a los muelles a medianoche. Si alguien se entromete, Fisk quiere sus cabezas en una bandeja.

Ben detuvo su lápiz. "El Gordo". Probablemente un subordinado de Wilson Fisk. La mafia de Nueva York estaba extendiendo sus tentáculos hacia los suburbios, y East Highland era el terreno de juego perfecto.

Al mediodía, Ben se encontraba en la cafetería, solo, cuando una chica se sentó frente a él sin pedir permiso. Era Maddy Perez. Su presencia era como un incendio forestal de confianza y narcisismo.

**[Maddy Perez]** **Fuerza de Levantamiento:** Humano Promedio (50 kg) **Velocidad:** Humano Promedio (6.0 m/s) **Inteligencia:** Aprendida **Inteligencia para Combate:** Callejeros

— Eres el chico que puso nervioso a Nate —dijo ella, clavando sus ojos en él—. Me gustas. Tienes esa vibra de "podría matarte o recitarte poesía", y honestamente, ambas cosas me excitan.

Ben parpadeó, su timidez regresando como un mazo.

— Yo... solo trato de pasar desapercibido, Maddy.

— Cariño, con esa cara y esa forma de mirar, nunca vas a pasar desapercibido —ella se inclinó hacia adelante—. Nate es un perro rabioso. Si vas a morderle, asegúrate de no soltarle el cuello.

— No busco peleas —mintió Ben, mientras su mente analizaba el rastro de pólvora y metal que provenía de la chaqueta de Maddy. Ella no portaba un arma, pero había estado cerca de alguien que sí—. Solo busco respuestas.

— En este pueblo, las respuestas suelen venir con una dosis de fentanilo o una paliza —dijo ella, levantándose—. Nos vemos, Winchester.

Ben se quedó solo, pero no por mucho tiempo. Su absorción sensorial detectó un patrón de pasos erráticos acercándose. Rue Bennett se dejó caer en la silla de al lado, rascándose el brazo con nerviosismo.

— Oye... Ben, ¿verdad? —preguntó ella, sus pupilas estaban dilatadas, un signo claro de consumo reciente.

— Hola, Rue. Estás a 110 pulsaciones por minuto. Tu hígado está procesando algo pesado. Deberías ir a la enfermería.

Rue soltó una risa seca y amarga.

— Eres como una enciclopedia humana, ¿eh? Escucha, he oído que eres bueno encontrando cosas. O sabiendo cosas.

— Depende de qué cosas —respondió Ben, bajando la voz.

— Hay un tipo. Se hace llamar Fezco, es mi amigo. Pero hay otros... tipos nuevos. Tipos que no usan zapatillas de deporte, sino trajes de tres mil dólares. Están asustando a la gente adecuada.

Ben asintió. El rompecabezas empezaba a encajar.

— Se mueven por los muelles, Rue. Dile a tu amigo que se mantenga alejado de la zona norte esta noche.

— ¿Cómo lo sabes?

— Lo leí en el aire —dijo Ben, levantándose—. Cuídate, Rue. De verdad.

Al salir de la escuela, Ben no fue a casa. Sus instintos sobrehumanos le decían que estaba siendo seguido. Utilizando su análisis de causa y efecto, trazó una ruta que lo llevaría a través de una zona de construcción abandonada. Caminó con paso tranquilo, su destreza permitiéndole moverse sin hacer ruido sobre la grava.

Se detuvo en el centro de un almacén a medio construir.

— Puedes salir ya —dijo Ben, su voz proyectándose con una autoridad gélida—. Tu ritmo respiratorio es demasiado alto para alguien que intenta ser un fantasma. Estás a mi derecha, detrás de la viga de acero.

Un hombre salió de las sombras. Llevaba una máscara de tela negra y un traje táctico. No era un matón común. Sus movimientos eran fluidos, entrenados.

**[Asesino de la Mano]** **Fuerza de Levantamiento:** Humano Atlético (180 kg) **Velocidad:** Humano Máximo (11.5 m/s) **Inteligencia:** Aprendido **Inteligencia para Combate:** Maestro

— Benjamin Winchester —dijo el hombre, sacando un par de *tantos* (cuchillos japoneses)—. El Sr. Fisk tiene curiosidad por saber cómo un niño huérfano sabe tanto sobre sus operaciones.

Ben sintió una descarga de adrenalina. Su mente se aceleró, el mundo se volvió lento. Podía ver las partículas de sudor en la frente del asesino, la tensión en sus dedos.

— Dile a tu jefe que si quiere saber algo, que venga él mismo —respondió Ben.

El asesino cargó. Fue un movimiento rápido, casi invisible para un ojo humano normal, pero para Ben, era como ver una película en cámara lenta. Se hizo a un lado con una elegancia milimétrica, sintiendo el aire del cuchillo pasar junto a su mejilla. Utilizando su hipercompetencia, Ben bloqueó el brazo del atacante y, con un giro de muñeca que aprovechaba la propia inercia del hombre, lo lanzó contra una pared de hormigón.

El asesino se recuperó rápido, lanzando una serie de estocadas precisas. Ben esquivaba, su cuerpo moviéndose en una danza perfecta de control muscular. No atacaba todavía; estaba aprendiendo. Cada movimiento del asesino era almacenado en su memoria perfecta, cada técnica de combate asimilada instantáneamente.

— Eres rápido —gruñó el hombre—. Pero no eres un guerrero.

— Soy un estudiante rápido —replicó Ben con sarcasmo.

En ese momento, Ben decidió terminarlo. Predijo el siguiente tajo descendente, atrapó el brazo del asesino y aplicó una presión exacta en el nervio cubital. El cuchillo cayó al suelo. Antes de que el hombre pudiera reaccionar, Ben le propinó un golpe de palma en el plexo solar, seguido de un barrido de piernas que lo dejó sin aire en el suelo.

Ben recogió uno de los cuchillos, observando la marca del dragón en la hoja.

— Vuelve con Fisk —dijo Ben, su voz ahora cargada de una amenaza real—. Dile que East Highland no es Hell's Kitchen. Y que yo no soy alguien a quien pueda asustar.

El asesino, herido en su orgullo y en su cuerpo, lanzó una bomba de humo y desapareció entre los escombros. Ben se quedó solo, respirando con calma. Sus manos no temblaban, pero su mente estaba en llamas. Había disfrutado de la pelea. La descarga de dopamina era adictiva, una forma de silenciar el ruido constante de su intelecto a través de la acción pura.

Regresó a su apartamento cuando el sol ya se ocultaba. Se sentó en el suelo, rodeado de libros y diagramas. Su mirada se posó en una foto de sus padres.

— Estoy cerca, papá —susurró—. Lo siento en los huesos.

Esa noche, Ben no pudo dormir. Su sinestesia estaba fuera de control; podía "oler" el miedo de la ciudad, un rastro metálico que se extendía desde los barrios ricos hasta los callejones más oscuros. Se asomó a la ventana y vio a Cassie Howard caminando hacia la casa de una amiga. Ella se detuvo un momento y miró hacia arriba, hacia su edificio, como si pudiera sentir su mirada.

Ben se apartó de la ventana. Sabía que acercarse a ella era peligroso. Ella era la luz en un mundo que él estaba empezando a ver como una red de sombras y estadísticas. Pero su corazón, esa parte de él que no seguía las leyes de la lógica del NZT, no le importaba el riesgo.

Abrió su cuaderno y comenzó a dibujar. No era un mapa, ni una ecuación. Era el rostro de Cassie, capturado con una perfección fotográfica que solo él podía lograr. Mientras dibujaba, su mente procesaba la información sobre el asesino de la Mano. Eran fanáticos. Eran peligrosos. Y estaban aquí por algo más que drogas.

— Muse —escribió Ben en la esquina de la página—. El artista de la sangre.

Había oído rumores sobre un asesino que convertía sus crímenes en obras de arte. Su hipermente conectó los puntos: la llegada de Fisk, la Mano, y un artista psicópata. East Highland estaba a punto de convertirse en un lienzo, y Ben era el único que tenía los colores necesarios para pintar el final de la historia.

Se acostó finalmente a las 3:00 a.m., permitiendo que su cerebro entrara en un estado de hibernación activa. Mañana tendría que enfrentarse a Nate Jacobs de nuevo, a las dudas de Cassie y a un mundo que intentaba devorarlo.

Pero Benjamin Winchester no era una presa. Era la variable que iba a romper la ecuación.

— Inteligencia para combate: Dotado —se recordó a sí mismo antes de cerrar los ojos—. Pero pronto... pronto seré mucho más.

En la oscuridad del cuarto, sus ojos brillaron con una intensidad analítica. El juego de la supervivencia en Euphoria acababa de subir de nivel, y Ben estaba listo para ganar, sin importar el costo de su propia humanidad.