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Observaciones Silenciosas

El pasillo que Fauna y Indra recorrían era de un blanco impoluto, bañado por una luz suave y constante que no proyectaba sombras. A cada lado, puertas discretas se fundían con las paredes, sugiriendo espacios que albergaban secretos o funciones específicas. El silencio solo se rompía por el sutil zumbido de alguna maquinaria lejana y el suave eco de sus pasos. Fauna caminaba con una gracia etérea, sus movimientos fluidos como el viento entre las hojas. Indra, a su lado, aunque imponente, se movía con una ligereza sorprendente para su tamaño, observando cada detalle con sus ojos rojos.

Mientras avanzaban, la mente de Indra no dejaba de analizar. Había estudiado la Tierra, sí, pero su observación directa le revelaba matices que los datos no podían capturar. Y había algo que lo inquietaba, algo que había notado desde el momento en que el portal se había cerrado tras él.

No había visto a ningún hombre.

En la cámara del Council, todas eran mujeres. Y en el breve vistazo que había podido echar a través de las ventanas de la instalación, a las figuras que se movían en la distancia, todas parecían ser femeninas. Su fisiología simuriana, aunque adaptable, tenía una clara distinción de género, y la ausencia de una contraparte masculina en este nuevo entorno era, cuanto menos, curiosa.

Mantuvo su rostro inexpresivo, una máscara de diplomacia y seriedad. No era el momento de hacer preguntas que pudieran parecer intrusivas o, peor aún, que pudieran revelar una debilidad o un prejuicio. Su objetivo principal era el asilo para su gente, y cualquier información debía ser obtenida con la máxima cautela.

Fauna se detuvo frente a una puerta doble que se abrió silenciosamente al detectar su presencia.

–Aquí estarás cómodo, Indra –dijo Fauna, su voz suave como el murmullo de un arroyo. –Es un espacio diseñado para tu tamaño y tus necesidades básicas. Hay un sintetizador de alimentos que puede replicar cualquier sustancia orgánica, y un sistema de purificación de aire adaptable.

Indra entró en la estancia, que era sorprendentemente espaciosa y minimalista. Una cama enorme ocupaba una pared, y una pantalla de visualización flotaba en el centro de la sala, proyectando imágenes de un jardín exuberante.

–Agradezco su hospitalidad, Fauna –respondió Indra, girándose para mirarla. –Es más de lo que esperaba.

–Consideramos que es importante que te sientas cómodo, Indra –dijo Fauna, con una leve sonrisa. –Queremos que esta negociación sea lo más fructífera posible.

Indra asintió, su mirada fija en la de ella. Era el momento. Tenía que preguntar, pero de una manera que no levantara sospechas. Una forma que lo presentara como un observador inocente, no como alguien que ya había llegado a una conclusión.

–Fauna, si me permites una pregunta que podría parecer trivial –comenzó Indra, su tono cuidadosamente modulado, un matiz de curiosidad en su voz profunda. –Mientras venía hacia aquí, y también en la cámara de Council, he notado… una peculiaridad en la composición de la población.

Fauna ladeó ligeramente la cabeza, sus ojos verdes observándolo con atención.

–¿Peculiaridad? –preguntó, su voz teñida de una suave interrogación.

–Sí –continuó Indra, fingiendo una ligera vacilación, como si estuviera formulando la pregunta con cuidado. –He observado que… todas las entidades que he encontrado hasta ahora, incluyéndote a ti y a las integrantes del Council, son de género femenino.

Fauna parpadeó, una pequeña risa escapando de sus labios, un sonido como el de campanillas de viento.

–Ah, entiendo tu observación, Indra –dijo ella, su sonrisa se amplió, pero había una pizca de melancolía en sus ojos verdes. –Es cierto. En este sector, y de hecho, en gran parte del mundo humano tal como lo conocemos, la población masculina es… prácticamente inexistente.

Indra mantuvo su rostro imperturbable, pero su mente simuriana procesaba la información con una velocidad asombrosa. "Prácticamente inexistente". La confirmación.

–¿Inexistente? –preguntó Indra, su voz teñida de una sorpresa bien simulada. –Eso es… inusual para las especies que hemos estudiado. ¿Ha habido algún tipo de evento catastrófico que haya afectado específicamente a la población masculina?

Fauna suspiró, y su aura de naturaleza pareció entristecerse ligeramente, como si las flores a su alrededor se marchitaran un poco.

–Sí, Indra, en cierto modo –respondió, su voz ahora más grave. –Hace mucho tiempo, hubo un evento, un tipo de… desequilibrio. Es difícil de explicar en términos sencillos, pero digamos que la energía vital que sustenta la existencia masculina en este planeta fue… disminuida. No fue una enfermedad, ni una guerra. Fue algo más fundamental, un cambio en la esencia misma de la vida.

Indra asintió lentamente, sus ojos rojos fijos en ella, procesando cada palabra. La explicación era vaga, sí, pero la implicación era clara. Una extinción de facto.

–Comprendo –dijo Indra, su voz bajando un tono, un matiz de tristeza bien practicada inundando sus palabras. –Eso es… verdaderamente lamentable. La pérdida de una parte tan fundamental de una especie es una tragedia. Me entristece escuchar eso.

Fauna le dedicó una mirada de agradecimiento, sus ojos verdes suavizándose.

–Gracias por tu comprensión, Indra –dijo. –Es una realidad con la que hemos aprendido a vivir, pero no sin un profundo sentimiento de pérdida.

–Y… ¿cómo se reproduce la especie sin la población masculina? –preguntó Indra, su curiosidad ahora era genuina, aunque vestida de preocupación.

Fauna sonrió de nuevo, una sonrisa melancólica.

–Hemos desarrollado medios para la reproducción asistida, clonación y otras tecnologías genéticas –explicó. –La vida encuentra un camino, como siempre lo hace. Pero es un proceso controlado, no natural. La diversidad genética se ha visto afectada, por supuesto.

Indra asintió, su mirada pensativa. La información era valiosa. Muy valiosa.

–Ya veo –dijo Indra, y esta vez, el matiz de tristeza en su voz era más profundo, más creíble. –En mi cultura, la dualidad de géneros es fundamental para nuestra sociedad y nuestra reproducción. La idea de una existencia sin esa dualidad… es difícil de asimilar.

Fauna se acercó un paso, extendiendo una mano que no llegó a tocarlo, pero su aura lo envolvió con una suave empatía.

–Lo sé, Indra. Es una de las muchas peculiaridades de la Tierra que los simurianos tendrían que entender –dijo. –Pero ahora, te dejaré descansar. Si necesitas algo, el panel de control en la pared te conectará con nosotros.

–Gracias, Fauna –dijo Indra, inclinando la cabeza.

Fauna le dio una última sonrisa y abandonó la habitación, las puertas dobles cerrándose silenciosamente tras ella.

Indra permaneció de pie por un momento, el silencio de la habitación llenando el espacio. Su expresión, antes teñida de "tristeza", se endureció lentamente, volviéndose calculadora.

"Inexistente". La palabra resonaba en su mente. Era una oportunidad que ni siquiera se había atrevido a soñar.

Su raza, los simurianos, eran conocidos por su robustez, su adaptabilidad, su fuerza. Y, por supuesto, por su clara distinción sexual. Los machos simurianos eran guerreros, constructores, pensadores. La columna vertebral de su sociedad, junto con las hembras.

Si la población masculina de la Tierra era "prácticamente inexistente", eso significaba un vacío. Un vacío que podría ser llenado.

Indra caminó hacia la pantalla flotante y la activó con un gesto. Imágenes de Simuria, en su estado actual, desolado y moribundo, llenaron la pantalla. Luego, cambió a imágenes de su gente, los simurianos. Machos altos y poderosos, hembras elegantes y resilientes. Familias. Niños.

Su plan original era simplemente pedir asilo, un lugar para que su gente viviera. Pero ahora, una nueva estrategia se estaba formando en su mente. Una estrategia audaz, arriesgada, pero con el potencial de asegurar no solo el asilo, sino una integración profunda y duradera.

La Tierra necesitaba hombres. Y él tenía dos millones de ellos, o al menos una proporción significativa de ellos, que buscaban un hogar.

La propuesta tenía que ser cuidadosamente elaborada. No podía sonar como una imposición, sino como una oferta, una solución mutuamente beneficiosa. Tenía que presentarse como un acto de generosidad, de ayuda.

Se sentó en el borde de la cama, la pantalla proyectando las imágenes de su gente en la oscuridad. Sus ojos rojos brillaban con una nueva determinación.

Cuando las negociaciones continuaran, no solo pediría asilo. Propondría una alianza. Una alianza que podría repoblar la Tierra, no solo con simurianos, sino con la esencia de lo que la Tierra había perdido.

Sabía que sería un camino difícil. El Council era poderoso, y sus miembros eran sabias y cautelosas. Pero Indra era un líder, un estratega. Y la supervivencia de su raza dependía de su éxito.

La tristeza fingida que había mostrado a Fauna no era una mentira total. Había tristeza por la pérdida de cualquier especie. Pero la tristeza se mezclaba ahora con una esperanza calculada.

El heraldo simuriano había llegado. Y con él, la posibilidad de un futuro que nadie en la Tierra había imaginado. El juego había cambiado. Y Indra estaba listo para jugar.