Volver al resumen

Fedri

Cenizas tras el cristal

La oscuridad de la habitación de Ferran era casi absoluta, rota únicamente por el resplandor amarillento que se colaba desde la ventana de enfrente. El aire en su cuarto se sentía denso, viciado por una respiración errática que no lograba calmarse. Hacía media hora que había despachado a su novia con una frialdad tajante, inventando una migraña repentina que no admitía discusión; la había dejado marcharse en su propio coche, sin un beso de despedida, sordo a sus quejas sobre lo distante e impredecible que se estaba volviendo.

A Ferran no le importaba. Nada de eso le importaba ahora.

Estaba de pie junto al marco de su ventana, oculto tras la penumbra de las cortinas, con la vista clavada en el segundo piso de la casa de los González. La cortina de Pedri era fina, demasiado translúcida para la intimidad que pretendía resguardar. Y allí, proyectadas por la lámpara de la mesilla de noche, las sombras se movían con una cadencia que le quemaba las entrañas.

Ferran apretó los dientes con tanta fuerza que el dolor le subió por la mandíbula.

Podía ver la silueta del hombre corpulento inclinándose sobre una figura mucho más menuda, acorralándola contra la pared junto al ventanal. Y luego, el sonido.

La noche de verano era asfixiante y quieta, sin una sola ráfaga de viento que amortiguara el eco entre las dos casas, separadas apenas por unos metros de césped. Pedri no era silencioso. Jamás lo había sido; era un chico transparente, de emociones a flor de piel, de risas cantarinas que llenaban los jardines por las tardes. Pero los sonidos que escapaban ahora por la rendija de su ventana abierta no tenían nada de infantil. Eran jadeos entrecortados, quejidos agudos que se rompían en súplicas ahogadas, gemidos que raspaban el aire con una intensidad desbordada y húmeda.

Cada grito de Pedri era un latigazo en la nuca de Ferran.

Un impulso salvaje le exigió bajar las escaleras, cruzar el patio, derribar esa puerta de una patada y arrancarle la cabeza al tipo con sus propias manos. Pero sabía que no le abrirían. La cerradura estaba pasada y, si forzaba la entrada, Pedri lo miraría con ese odio ardiente que le había desgarrado el orgullo minutos antes.

Se quedó allí, paralizado. El odio y la rabia mutaron en algo mucho más peligroso, una corriente subterránea y venenosa que se encendió en su vientre. Esos sonidos... Dios, la voz de Pedri quebrándose de placer o de dolor, tan expuesta, tan sumisa a las manos de otro. Había algo enfermizamente adictivo en escucharlo perder el control, en saber que aquel chiquillo tímido que bajaba la mirada cada vez que Ferran se quitaba la camiseta para lavar el coche estaba ahora entregándose con una desesperación descarada.

Ferran retrocedió un paso, alejándose del cristal, y se sentó en el borde de su cama deshecha. Tenía la respiración entrecortada. Cerró los ojos con fuerza, apretó los puños sobre sus muslos y se mordió el labio inferior hasta sacarse sangre. La mezcla de repulsión, celos enfermizos y un deseo retorcido y prohibido le nubló el juicio. Pedri era suyo. Siempre había sido su sombra, su devoto seguidor, el niño de ojos brillantes que existía en su órbita. No de un desconocido. No de un bastardo cualquiera que venía a ensuciarlo en su propia cama.

Con las manos temblando por una furia fría y calculadora, Ferran estiró el brazo hacia la mesita y tomó su teléfono móvil. La pantalla iluminó sus facciones endurecidas mientras buscaba un contacto específico.

«Fernando González».

Pulsó la llamada sin dudarlo un segundo.

Tardaron cuatro tonos en contestar. La voz del padre de Pedri sonó ronca, cargada de sueño y extrañeza al otro lado de la línea. Ferran tragó saliva, modulando su tono con una precisión quirúrgica, fingiendo una voz rota por la preocupación cívica y el pánico contenido.

—Fernando... perdón por la hora —susurró, con un temblor falso en la voz—. Soy Ferran. Sé que me pediste que cuidara de Pedri mientras estabais fuera... y no puedo quedarme callado. Tienes que volver. Ya mismo.

—¿Qué? ¿Ferran? ¿Qué pasa con Pedri? ¿Está bien? ¿Se ha hecho daño? —La voz del hombre se espabiló de golpe, alarmada.

—No... no es eso —continuó Ferran, bajando aún más la voz mientras los gemidos distantes de Pedri volvían a colarse por el cristal—. Hay un tipo aquí. Un hombre de casi treinta años. Entró a la casa, están... Fernando, Pedri no está bien. El tipo está borracho, se han encerrado en la habitación. Escuché ruidos, fui a tocar y Pedri me gritó que no me metiera. Está fuera de control. Tengo miedo de lo que ese hombre le esté haciendo.

Un juramento ahogado resonó desde el otro lado, seguido del movimiento apresurado de sábanas y la voz histérica de María, la madre de Pedri, preguntando qué ocurría.

—¡Maldita sea! ¡Salimos para allá ahora mismo! —gritó el padre.

—Por favor, Fernando... —añadió Ferran con frialdad implacable—, no le digas a Pedri que fui yo quien te avisó. Se puso muy violento conmigo cuando intenté sacarlo. Me odiaría si sabe que os llamé. Solo... venid rápido.

Colgó.

Ferran dejó caer el teléfono sobre el colchón. Sabía perfectamente que a esa hora de la madrugada no había vuelos disponibles desde la costa. Tendrían que esperar al primer vuelo chárter de las seis de la mañana o conseguir un enlace de urgencia. Tardarían horas. Horas en las que ese infierno continuaría, pero la trampa ya estaba cerrada.

Se recostó en la cama, con la ropa puesta, escuchando cómo la noche se consumía lentamente entre los lamentos de la casa vecina, hasta que el silencio finalmente cayó, denso y fúnebre, poco antes del amanecer.

***

Ferran despertó sobresaltado por el crujido metálico de un motor familiar.

No se había dado cuenta de en qué momento el cansancio le había cerrado los ojos. Le dolía la cabeza horriblemente, una punzada sorda y constante tras las sienes provocada por la rabia acumulada, la falta de sueño y la tensión muscular. Se incorporó con pesadez, sintiendo la boca seca y amarga.

Abajo, en la calle, el sonido de unos neumáticos frenando de golpe sobre el asfalto confirmó sus sospechas.

Eran ellos.

Ferran se puso de pie de inmediato y caminó hacia la ventana, sin encender ninguna luz. A través de las tablillas de la persiana entreabierta, observó la escena con una calma gélida.

El todoterreno de los González estaba mal aparcado a mitad de la entrada, con las ruedas sobre el césped. La puerta del conductor se abrió de golpe y Fernando bajó con el rostro desencajado, la camisa arrugada del viaje y los ojos desorbitados por el terror y la furia. Del asiento del copiloto descendió María, con el cabello revuelto y las manos temblorosas aferradas a su bolso. Ni siquiera se molestaron en cerrar las puertas del coche.

Subieron los escalones del porche corriendo. Fernando sacó las llaves con torpeza, forcejeó con la cerradura que estaba cerrada con pestillo y, tras un par de intentos desesperados, logró empujar la puerta principal hacia adentro con un estruendo brutal.

Ferran no se movió de su posición. Desde su ángulo, podía ver perfectamente hacia el interior a través del ventanal del salón de los González y, momentos después, el drama se trasladó al piso de arriba cuando los pasos furiosos de los padres hicieron crujir las escaleras.

Un segundo después, un grito desgarrador atravesó las paredes de la casa vecina.

Fue María. Un chillido agudo, visceral, como el de un animal herido de muerte, que resonó en todo el vecindario.

—¡¿Qué es esto?! ¡Dios mío! ¡¿Qué es esto?!

Ferran entrecerró los ojos, pegándose más al cristal.

En la habitación contigua, la puerta había sido abierta de par en par. A través del marco de la ventana de Pedri, la escena se reveló con una crudeza desgarradora. El hombre de la noche anterior estaba tirado sobre la cama, aún aturdido por el sueño y el alcohol, completamente desnudo de cintura para arriba. A su lado, envuelto torpemente en una sábana revuelta, estaba Pedri.

El padre no perdió ni medio segundo. Con un bramido de furia ciega, Fernando se abalanzó sobre el invasor. Lo agarró por el cuello, arrastrándolo fuera del colchón y estampándolo contra el suelo antes de que el sujeto pudiera siquiera comprender qué sucedía.

—¡Hijo de puta! ¡Fuera de mi casa! ¡Fuera de aquí antes de que te mate! —rugía el padre, propinándole una patada en las costillas mientras el tipo, desorientado y sangrando por el labio que Ferran ya le había abierto anoche, intentaba cubrirse y gatear hacia sus pantalones.

—¡Papá, no! ¡Por favor, para! —la voz de Pedri se escuchó débil, rota, quebrada por un llanto desesperado.

El chico intentó levantarse de la cama para intervenir, y fue en ese preciso instante cuando la sábana se le deslizó por los hombros, exponiéndolo a la luz de la mañana.

A Ferran se le cortó la respiración.

Entrar con Telegram

Confirma el acceso en el bot.