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Gate Pokémon

Fuego del Cielo y Orgullo de Hierro

El mapa táctico en la sala de mando de la base de Alnus parecía una pintura abstracta salpicada de puntos de colores. El general Hazama observaba con una mezcla de fascinación y absoluto pavor cómo los informes llegaban cada diez minutos. No eran solo las praderas; los informes de avistamientos se extendían como una mancha de aceite. En los picos más altos de las montañas, donde antes solo anidaban los dragones de fuego, ahora se divisaban siluetas de criaturas que parecían vivir en el hielo eterno. En los lagos profundos, sombras del tamaño de submarinos se movían bajo la superficie, y en las cuevas más oscuras, los mineros imperiales habían huido despavoridos ante el brillo de ojos que disparaban rayos de confusión.

—Señor, el ecosistema de este mundo está siendo reescrito en tiempo real —informó una analista, ajustándose las gafas—. No es una invasión militar, es una sustitución biológica. Estas criaturas, los Pokémon, no están compitiendo por el territorio, simplemente lo están ocupando porque pueden. Su adaptabilidad es... aterradora.

Itami Youji, sentado en una esquina con una taza de café frío, escuchaba en silencio. A su lado, Shino y Rory observaban una pantalla que mostraba imágenes de satélite.

—Los caballeros del Imperio no se lo están tomando bien —comentó Itami, señalando una zona al noreste—. Creen que son monstruos mágicos que pueden ser domados o cazados para obtener prestigio. No entienden que no son animales normales.

—Son tontos —sentenció Rory, balanceando sus piernas—. He visto a esos pequeños seres de planta curar heridas que a nuestros sacerdotes les tomaría horas cerrar. Pero también he visto lo que sucede cuando alguien intenta lastimarlos. La tierra misma se levanta para defenderlos.

Mientras tanto, a unos cincuenta kilómetros de la base, cerca de un puesto de avanzada imperial que aún se negaba a reconocer la autoridad de la JSDF, el aire se había vuelto irrespirable. El cielo, normalmente despejado en esa época del año, estaba cubierto por un manto de nubes anaranjadas y ceniza volcánica.

El conde Formal había enviado a una de sus unidades de élite, la Orden de los Caballeros de la Llama Broncínea, para "limpiar" un valle que, según los informes de sus exploradores, había sido ocupado por "lagartos alados de gran valor". Para los caballeros, un dragón era una bestia de carga o un trofeo. Ver a una docena de criaturas bipedales, con piel de color naranja brillante y una llama eterna ardiendo en la punta de sus colas, solo despertó su codicia.

—¡Formen filas! —gritó el capitán de la orden, un hombre cuya armadura brillaba bajo el sol mortecino—. ¡Son pequeños comparados con los dragones imperiales! ¡Cualquier hombre que capture a uno vivo será recompensado con tierras y oro! ¡Lanceros, al frente!

Frente a ellos, en una elevación rocosa, una manada de Charizard observaba el despliegue con una calma inquietante. No emitían rugidos de advertencia. No volaban en círculos. Simplemente estaban allí, con sus ojos azules fijos en los hombres de hierro que se acercaban con redes y lanzas de punta de diamante.

El líder de la manada, un ejemplar notablemente más grande y con cicatrices en el hocico, dio un paso adelante. Sus fosas nasales soltaron dos pequeñas columnas de humo negro.

—¡Fuego! —ordenó el capitán imperial.

Las ballestas pesadas dispararon virotes diseñados para atravesar escamas de dragón. Los proyectiles silbaron en el aire, pero antes de que pudieran tocar a las criaturas, un Charizard a la izquierda del líder abrió la boca. No fue una llamarada lo que salió, sino una ráfaga de aire caliente tan intensa que desvió los proyectiles como si fueran plumas.

—¡Carguen! —el capitán, ignorando la señal de advertencia, espoleó a su caballo—. ¡Por la gloria del Imperio!

El estruendo de los cascos de los caballos golpeando la tierra resonó en el valle. Los caballeros bajaron sus lanzas, apuntando al pecho de las criaturas. Estaban a escasos veinte metros cuando el Charizard líder finalmente reaccionó.

No hubo un grito de guerra. Solo un rugido profundo que pareció hacer vibrar los cimientos de las montañas circundantes. El Pokémon alzó el vuelo con un batir de alas que levantó una tormenta de arena, y en un instante, el cielo se llenó de fuego.

—¡A cubierto! —gritó un soldado, pero era demasiado tarde.

Los Charizard no atacaron de forma individual. Se movieron con una coordinación táctica que dejó en evidencia siglos de doctrina militar imperial. Cuatro de ellos volaron bajo, lanzando "Giro Fuego" para crear un muro de llamas infranqueable detrás de los caballeros, atrapándolos en un círculo de calor extremo. Los demás se elevaron y, al unísono, desataron una ráfaga de "Lanzallamas" que convirtió el campo de batalla en un horno.

Las armaduras de bronce, orgullo del Imperio, comenzaron a calentarse hasta el punto de la incandescencia. Los caballos, presas del pánico, derribaron a sus jinetes. No era una batalla; era una lección de humildad impartida por la naturaleza misma.

Desde un helicóptero de reconocimiento de la JSDF que patrullaba la zona, el sargento Kuribata observaba la escena con horror y asombro a través de su cámara térmica.

—Base, aquí Halcón 1 —dijo por la radio, con la voz temblorosa—. Estamos presenciando un enfrentamiento entre la caballería imperial y... y los lagartos de fuego. Señor, es una masacre. El Imperio está usando tácticas de asedio contra criaturas que pueden fundir el acero con un suspiro.

—¿Hay supervivientes, Kuribata? —la voz de Itami sonó a través del comunicador, cargada de preocupación.

—Están huyendo, o intentándolo. Los Charizard no parecen querer matarlos a todos, simplemente están destruyendo sus armas. He visto a uno de ellos arrebatarle una lanza a un caballero y derretirla en el aire antes de soltarla. Es como si se estuvieran burlando de ellos.

En el valle, el capitán de la orden cayó de su montura, con el rostro ennegrecido por el hollín. Su espada, un tesoro familiar, yacía a pocos metros, doblada por el calor. El Charizard líder aterrizó pesadamente frente a él. El suelo crujió bajo sus garras. El hombre, temblando, buscó una daga en su cinturón, pero el Pokémon simplemente puso una de sus garras sobre el arma, presionándola contra la tierra.

El Charizard se acercó al rostro del capitán. El calor que emanaba de su cuerpo era como estar frente a una forja abierta. La criatura no lo mordió. En su lugar, soltó un bufido de desdén y, con un movimiento rápido de su cola, golpeó el casco del capitán, enviándolo a volar a varios metros de distancia.

Luego, el líder de la manada miró hacia el cielo, directamente al helicóptero japonés. Emitió un rugido de victoria y, uno a uno, los Charizard despegaron, perdiéndose entre las nubes anaranjadas, dejando atrás a un ejército de hombres en ropa interior y armaduras inservibles, sollozando en el suelo.

—Eso... eso ha sido increíble —murmuró Shino desde la sala de mando, viendo la transmisión en vivo—. El Imperio siempre se ha jactado de su control sobre los dragones, pero estos seres... no pueden ser controlados. Tienen su propia jerarquía, su propia inteligencia.

—Y lo más importante —añadió Itami, frotándose la sien—, es que no son solo los de fuego. Los informes de la costa dicen que la flota imperial que intentaba investigar las islas del sur ha sido dispersada por un solo Blastoise que decidió que sus barcos eran juguetes interesantes para hundir.

El general Hazama se levantó y caminó hacia el gran ventanal de la base que daba al valle de Alnus. Abajo, en el campamento de refugiados, la situación era muy distinta. Los niños, que antes temían a cualquier criatura que volara, ahora jugaban a perseguir a un grupo de Butterfree que esparcían polvos brillantes sobre las flores. Un grupo de soldados de la JSDF compartía sus raciones con un par de Meowth que habían aparecido de la nada, ronroneando y buscando objetos brillantes entre el equipo militar.

—Es un contraste extraño, ¿verdad? —dijo Hazama—. Para aquellos que vienen con armas, estos Pokémon son demonios imbatibles. Para aquellos que vienen con curiosidad o necesidad, son... compañeros.

—El problema, General —intervino Itami—, es que el gobierno de Tokio va a querer capturarlos. Los científicos ya están pidiendo especímenes para estudiar sus capacidades energéticas. Dicen que un solo Pikachu podría alimentar un hospital pequeño durante una semana.

—No lo permitiré —dijo Rory, su voz adquiriendo un tono oscuro que hizo que los soldados cercanos se estremecieran—. Estos seres están vinculados a la esencia misma de la vida. Si intentan enjaularlos como animales de laboratorio, la reacción no vendrá solo de ellos. El mundo mismo se volverá contra ustedes.

Itami asintió. Recordó la mirada del Tyranitar en el primer día. No era la mirada de una bestia, sino la de un guardián.

—Tenemos que establecer una zona de exclusión —propuso Itami—. No podemos dejar que el Imperio siga provocando a las especies más peligrosas, y no podemos dejar que nuestros propios civiles traten esto como un safari. Necesitamos... bueno, necesitamos aprender sus reglas.

—¿Y cuáles son esas reglas, Itami-san? —preguntó Shino.

Itami sacó un pequeño dispositivo que le habían enviado desde Japón esa misma mañana por un canal privado. Era un prototipo basado en los datos visuales de la Tercera Puerta. Una esfera roja y blanca, fabricada con materiales experimentales, pero que aún no funcionaba.

—En su mundo, la regla es el respeto —respondió Itami—. Se supone que humanos y Pokémon caminan juntos. Aquí, el Imperio solo sabe dominar y nosotros solo sabemos categorizar. Si no encontramos un punto medio, el Charizard que vimos hoy será solo el principio.

De repente, una alarma comenzó a sonar en toda la base. No era la alarma de ataque convencional. Era el sensor de energía psíquica, un dispositivo instalado recientemente para detectar anomalías mágicas.

—¡Señor! ¡Algo está ocurriendo en el centro de la ciudad de Italica! —gritó un operador—. Las lecturas psíquicas están fuera de escala. ¡Es como si la realidad se estuviera doblando!

Las pantallas mostraron una imagen borrosa de la plaza central de Italica. La población estaba de rodillas, pero no por miedo, sino por una presión invisible que los obligaba a bajar la cabeza. En el centro de la plaza, flotando a pocos metros del suelo, se encontraba una figura delgada, de color blanco y violeta, con una cola larga y ojos que brillaban con una luz gélida.

Mewtwo observaba la arquitectura romana de la ciudad con una expresión de absoluto juicio. A su alrededor, los guardias de la princesa Piña Co Lada intentaban avanzar, pero sus espadas se deshacían en polvo antes de acercarse.

—¿Qué es eso? —susurró el General Hazama.

—Es el fin de la diplomacia tradicional —dijo Itami, poniéndose el casco—. Ese no es un animal, y ciertamente no es un "monstruo". Es algo que está muy por encima de todos nosotros.

Itami corrió hacia las pistas de aterrizaje. Sabía que si no llegaba a Italica pronto, la princesa Piña podría cometer el error de intentar dar órdenes a un ser que podía borrar ciudades con un pensamiento.

—¡Rory, Shino, conmigo! —gritó mientras saltaba al jeep—. ¡Vamos a tener que ser los traductores de una conversación que nadie está preparado para tener!

Mientras el vehículo salía a toda velocidad de la base, Itami miró hacia el portal. La luz prismática ya no era una grieta, sino una presencia constante, un sol nuevo que iluminaba un mundo donde los dragones de cuero ya no eran los reyes del cielo. La era de los Pokémon había llegado a las Tierras Especiales, y el Imperio, con sus lanzas y sus sueños de conquista, estaba a punto de descubrir que el mundo era mucho más grande, más colorido y mucho más peligroso de lo que jamás habían imaginado.

—Pika-pi —susurró el pequeño Pikachu que se había colado en el asiento trasero del jeep, saltando al hombro de Itami.

—Sí, amigo —asintió Itami, acelerando—. Espero que tengas razón y que todo esto termine con un apretón de manos y no con un Hiperrayo.

El horizonte ardía con el resplandor de mil fuegos, pero por primera vez en meses, no era el fuego de la guerra, sino el de una vida nueva que reclamaba su lugar bajo el sol de Alnus. El juego de la Puerta había cambiado para siempre. Ahora, la pregunta no era quién conquistaría a quién, sino quién sería capaz de evolucionar para sobrevivir en este nuevo y salvaje mundo.