Goku dxd
Sipnosis de la historia Tras la caída de los doce universos y la tardía ejecución del traidor Slythor, Son Goku ha dejado de pertenecer al mundo de los mortales. Convertido en una anomalía existencial —un Hakaishin sin contraparte creadora—, el guerrero vaga en un vacío sin tiempo mientras el multiverso es lentamente reconstruido. Ya no viste su dogi naranja; ahora porta la indumentaria ceremonial de la destrucción, su piel es más bronceada, y su cabello, cejas y cola de mono brillan con un vibrante color rosa. Sus ojos, escleróticas blancas con pupilas rosadas desprovistas de iris, arrastran una mirada fija que nunca parpadea. Carga con el peso de la inexistencia de su hogar, y milenios de guerra divina han enterrado su antigua nobleza bajo una actitud soberbia y una sonrisa salvaje. Buscando mero entretenimiento para su aburrimiento cósmico, Goku desciende sobre el universo de High School DxD. Pero la física de un Dios de la Destrucción no tolera la debilidad de ese plano. Su sola presencia pasiva hace que las barreras mágicas globales se auto-combustionen, exponiendo de la noche a la mañana el mundo sobrenatural ante una humanidad sumida en la histeria. Terremotos, apagones y cielos anómalos desgarran el planeta mientras las Tres Facciones y los distintos panteones mitológicos se hunden en un pánico epistemológico: este ser rompe el marco de todo lo que creían saber sobre el cosmos. No es un demonio, un ángel o un dragón; es un depredador extranjero que está fuera de su cadena alimenticia. Para los humanos que lo miran directamete, Goku es solo un hombre extrañamente atractivo, pero su subconsciente entra en un terror primitivo gracias al efecto del valle inquietante. Su voz posee un acento que no pertenece a ningún dialecto conocido, y su sombra no coincide con su cuerpo: es la silueta autónoma de un Ozaru gigante de ojos de sangre que acecha y olfatea por sí misma. Mientras deidades como Zeus o Michael se amurallan en la paranoia y jóvenes demonios como Rias Gremory se paralizan ante el horror instintivo de su Hakai pasivo, una presencia milenaria despierta en los Apalaches. Lilith, la Matriarca original de los demonios, no experimenta miedo; experimenta una epifanía biológica. Despreciando la domesticación y la moralidad humana de la generación moderna de demonios, Lilith ve en la semilla de este monstruo alienígena la oportunidad dorada para engendrar un linaje eugenésico perfecto. Rompiendo su exilio milenario, la Matriarca reestructurará el Inframundo con puño de hierro para dar con el paradero de la deidad, empujando a las mentes más fuertes y pragmáticas —como la Maou Serafall Leviathan— a someterse a la voluntad del Hakaishin para asegurar la supremacía de su estirpe. Goku no busca salvar este mundo, ni destruirlo de plano. En su lugar, el Dios de la Destrucción observará con arrogante diversión cómo las mentiras de ese orden caen, aceptando las intrigas políticas y el cuerpo de las mujeres que demuestren una determinación lo suficientemente implacable como para soportar el peso de su divinidad incompleta. Multiverso: Desconocido Universo: 7 (Cuadrante Norte) Planeta: Tierra Capítulo 1: La gran tragedia Los mares, en antaño cerúleos, se habían tornado en espesos caldos de un rojo oxidado; la sangre de millones de seres marinos teñía las profundidades. Las olas subían y bajaban en un baile errático, formando tsunamis que devoraban acres de tierra con una facilidad monstruosa. En el lecho marino, los volcanes yacían en una actividad perpetua, hirviendo el agua contaminada como si el planeta mismo fuera una caldera a punto de estallar. Las ciudades, una vez cumbres de la civilización, eran ahora amontonamientos de escombros que desafiaban la gravedad para no colapsar del todo. El paisaje estaba marcado por cráteres de una profundidad abismal, desprovisto de las montañas que alguna vez existieron; todas fueron pulverizadas cuando el primer choque de puños divinos resonó por el globo. Lo que restaba eran páramos desérticos que se perdían en un horizonte de ceniza. En los cielos, los truenos rugían con una desesperación casi humana, avisando el daño crítico de la Tierra. Pero ya no quedaba nadie para oírlos. Nadie, excepto él. Suspendido en la atmósfera, el guerrero que alguna vez fue el escudo de este mundo observaba el caos. El mortal se había convertido en el fin; el saiyajin criado en la Tierra, Son Goku, también conocido como Kakaroto, era ahora el Hakaishin de su universo. El dogi naranja era un recuerdo de una vida olvidada. Ahora, su figura estaba envuelta en la indumentaria ceremonial de su cargo, un atuendo que destilaba una autoridad tan antigua como el cosmos mismo. Sobre su pecho descansaba un collarín rígido y circular, de un azul profundo adornado con relieves dorados y patrones geométricos que parecían contener secretos de galaxias olvidadas. De su cintura colgaba una larga faja de seda azul, sujeta por un cinturón de oro que brillaba con una luz fría, contrastando con el caos escarlata del planeta que yacía a sus pies. Sus pantalones, amplios y de un tono oscuro, se recogían en unas botas puntiagudas de estilo oriental, decoradas con finas líneas doradas. En sus muñecas y brazos, los brazaletes de oro macizo no solo eran ornamentos; parecían grilletes que le recordaban su deber eterno de mantener el equilibrio a través del borrado. A diferencia del pasado, donde su ropa volaba libremente con el viento de la batalla, este atuendo permanecía impasible ante todo. No era solo ropa; era una armadura conceptual. El color púrpura y azul de su vestimenta no simbolizaba la paz, sino la majestuosidad de la nada absoluta. Su aspecto también había sufrido un cambio notorio: su piel era un poco más bronceada y su cuerpo, aunque musculoso como siempre, emitía no solo un aire de poder superior, sino también de peligro, miedo y extinción inminente, como si la muerte misma hubiera tomado una forma casi humana que simplemente no debería existir. Su cabello se elevaba desafiando cualquier ley de la gravedad, pero algo era diferente: ya no era dorado como el del Super Saiyajin, ni azul como el del Super Saiyajin Blue; era rosa, como la transformación de un antiguo enemigo. Su ki había abandonado por completo la mortalidad, convirtiéndolo en un dios completo en alma y cuerpo, uno como el que aquel rival alguna vez presumió ser. En su espalda baja, su cola de mono —rasgo característico de su raza— había vuelto a crecer, bañada en el mismo color de su cabello, al igual que sus cejas. Sus ojos carecían de iris; eran escleróticas blancas con pupilas rosas que brillaban con un tono peligroso. Su mirada ya no parpadeaba, se mantenía estática, pero en lo más profundo se vislumbraba un sentimiento que contrastaba con el resto de su ser: un vacío, la pérdida de algo que ya nunca regresaría. Su cuerpo estaba cubierto por un aura que titilaba entre el rosa y el púrpura. Su brazo derecho se alzó y, desde su mano, esa misma energía se precipitó hacia la atmósfera. Entonces, un sonido sordo, como el de un vidrio rompiéndose, resonó por el vacío del espacio. Frente a los ojos del Dios Saiyajin, una barrera de energía divina se materializó, cubriendo por completo la totalidad del planeta. Esa barrera no estaba allí por protección: el planeta ya había muerto hacía milenios cuando aquel exdestructor corrupto atacó a los doce universos. El maldito bastardo había tenido la osadía de negarle la inexistencia al mundo que vio crecer al mortal más fuerte, forzándolo a permanecer en un estado de destrucción perpetua como si de un trofeo bizarro se tratase. Los ojos de Goku se tornaron aún más fríos y su aura se volvió errática. El vacío de sus ojos cambió a un odio silencioso pero profundo y visceral, dirigido únicamente al culpable de toda esta tragedia. —Juro que te mataré, maldito bastardo —fueron las únicas palabras del Saiyajin antes de que la barrera se fragmentara en miles de pedazos y desapareciera. El planeta no explotó ni se desvaneció de la existencia por la energía de la destrucción; en su lugar, todo el caos pareció calmarse. Los volcanes se apagaron, los truenos cesaron y los terremotos dejaron de sacudir la tierra. El mundo había pasado de una autodestrucción perpetua a un estado de muerte silenciosa. Frente a la mirada del Hakaishin, el planeta se dividió lentamente en miles de fragmentos, unos más grandes que otros, como una construcción mal hecha desarmándose por sí sola. Lo que antes fue un hogar ahora era solo un grupo de asteroides sin forma. El Hakaishin bajó el brazo; sus puños se apretaron con una fuerza divina y su aura distorsionó el vacío cósmico a su alrededor. El odio de sus ojos no disminuyó. Movió la cabeza ligeramente para mirar por encima de su hombro. A lo lejos, en otra zona del universo, el espacio y el tiempo dejaban de tener sentido y se doblegaban ante la autoridad de una pelea entre seres divinos: un Hakaishin y el exdestructor corrupto, el causante de toda esta tragedia que rompió el equilibrio del multiverso. Goku lo sabía: ese maldito desaparecería para siempre. En un pestañeo, el Hakaishin se desvaneció del lugar. Un instante después, todo ese sistema solar muerto se extinguió, producto no de un ataque, sino de la pura onda de choque de su velocidad, infinitamente mayor a la de la luz. Momentos antes, en otra región del universo, dos seres de extinción se miraban fijamente. Uno de ellos era Jiren. Sobre su pecho ancho y macizo descansaba un collarín rígido de color rojo carmesí, cuyo borde dorado brillaba con una luz opaca, casi como sangre seca bajo un sol agonizante. Los patrones geométricos grabados en el metal parecían latir al ritmo de su respiración controlada, conteniendo a duras penas la energía de destrucción que amenaba con desbordarse ante la presencia de su enemigo. De su cintura colgaba una faja de seda azul profundo, sujeta por un cinturón de oro macizo que contrastaba violentamente con la piel grisácea y fría de su torso desnudo. Los pantalones, amplios y de un tono oscuro casi azabache, se recogían en sus botas de estilo oriental, cuyos detalles dorados eran lo único que permitía distinguir sus pies entre las sombras del vacío cósmico. En sus antebrazos, los brazaletes dorados ya no eran simples adornos de un campeón; eran los sellos de un verdugo. La luz de las estrellas muertas se reflejaba en el metal pulido, devolviendo una imagen distorsionada del rival que tenía enfrente. A diferencia del aura errática de Goku, la presencia de Jiren era un calor seco y sofocante. El ki que lo envolvía era de un morado abrasador con bordes de un violeta denso; una llama que no bailaba, sino que pesaba sobre la realidad, como si la sola gravedad de su poder estuviera aplastando los átomos a su alrededor. Sus ojos, completamente negros y desprovistos de su antigua calma, no parpadeaban; en ellos ya no quedaba rastro de misericordia, solo una rabia divina. Frente a Jiren se encontraba un ser antropomórfico con apariencia de serpiente. Medía casi dos metros de alto. Sus escamas eran negras como la boca de la noche; sus ojos, de un color rojo intenso con pupilas rasgadas de forma vertical. En lugar de uñas, poseía garras tan afiladas como espadas; en vez de cola, se sostenía sobre dos piernas. Su vestimenta era la indumentaria de un Hakaishin, pero ya no portaba el collarín y sus brazaletes habían perdido el brillo dorado, convertidos ahora en un cobre opaco. —Así que seguían vivos, eh —dijo el ser serpentino antes de que Jiren pudiera hablar—. Puedo sentir la presencia del otro en ese planeta. Ja, el mono sigue aferrándose al pasado. —La voz de la serpiente poseía un claro tono de burla que ni siquiera intentaba disimular—. Qué patético —sentenció sin mostrar una pizca de compasión o arrepentimiento. —Tu arrogancia es lo único más grande que tu pecado, Slythor —la voz de Jiren resonó no a través del aire, sino directamente en la esencia del vacío—. Hablas de aferrarse al pasado, pero es tu miedo a quedar en el olvido, mezclado con tu propia soberbia, lo que te llevó a esta podredumbre. La serpiente soltó una carcajada sibilante. Sus ojos rojos brillaron con una luz maligna mientras extendía sus garras, desprendiendo briznas de un Hakai rancio, más oscuro que el convencional; una energía de destrucción que ya no buscaba el equilibrio, sino el caos puro. —¿Miedo, dices? —Extendió sus garras hacia los lados y el simple movimiento distorsionó el espacio circundante—. Mira este universo, yo hice esto. Yo creé este paraíso de agonía. Fui yo quien liberó a la existencia de la carga de la esperanza. Fui yo quien mató a los anteriores doce Dioses de la Destrucción, incluyendo a ese maldito de Beerus —siseó Slythor con arrogancia. Jiren no respondió inmediatamente. Sus manos se cerraron en puños que empezaban a agrietar el espacio-tiempo solo con la presión de su agarre. —Qué curioso que lo menciones —los ojos de Jiren brillaron con un tono púrpura por un momento—, porque recuerdo muy bien que nunca peleaste contra ellos, mucho menos contra Beerus. En su lugar, asesinaste a los Kaio-shin de cada universo, aprovechándote de la vida conectada que compartían con los Hakaishin. Tu cobardía se acaba aquí, Slythor... porque tu existencia también terminará hoy. Slythor siseó con desagrado: —¿Y eso qué? Eso es eficiencia, algo de lo que tú y el resto de la jerarquía deberían aprender. Ninguno continuó la conversación; ninguno quería hacerlo. El vacío a su alrededor comenzó a distorsionarse; las leyes de la física habían dejado de existir en su presencia. Entonces ambos desaparecieron, moviéndose a velocidades imposibles de cuantificar. El puño de Jiren se dirigió con una fuerza incalculable contra el abdomen de Slythor. La serpiente logró cubrirse con sus antebrazos justo antes de que el impacto la mandara a volar hacia otra galaxia, mientras el espacio donde se encontraban se fragmentaba como un vidrio roto. Pero antes de que el tejido cósmico colapsara, de las grietas emergió un brillo plateado y el espacio se reparó en menos de una millonésima de segundo. Era el poder de los ángeles, que aunque no estuvieran presentes físicamente, intervenían para que el universo no colapsara en medio de la contienda. Jiren no perdió el tiempo. Salió disparado tras Slythor, cruzando cientos de galaxias en menos de un parpadeo y dejándolas en un estado de inexistencia; no por voluntad, sino como mera consecuencia de su velocidad. Jiren apareció detrás de Slythor y le conectó un golpe de martillo que lo mandó a estrellarse contra la estrella central de un sistema solar. La serpiente, adolorida, utilizó su ki para detenerse en seco; su poder comenzó a consumir ese mismo sol al tiempo que este se tornaba de un color putrefacto e inenarrable. El traidor se impulsó contra Jiren, lanzando un golpe que fue respondido por el guerrero con un impacto que hizo retumbar las leyes de la realidad. Slythor siseó y dio media vuelta, lanzando una patada que el guerrero del Universo 11 esquivó simplemente arqueando su espalda hacia atrás. La presión del aire redujo a polvo cósmico miles de planetas situados a años luz de distancia en la dirección de la patada. Jiren alzó una mano y disparó una ráfaga de Hakai que Slythor logró evitar teletransportándose; la energía borró incluso el vacío del espacio, dejando un fondo blanco que desaparecía aún más rápido de lo que surgía gracias a la restauración de los ángeles. Slythor apareció a espaldas de Jiren, cargando una esfera de su propio Hakai oscuro. —¡Desaparece, maldito perro de Ze...! La serpiente no fue capaz de terminar la frase. A su derecha, Goku apareció de la nada, conectándole un puñetazo en el rostro cuya onda sónica reverberó en cada rincón del universo. —El único que desaparecerá serás tú, serpiente —sentenció el Saiyajin, con sus ojos brillando en un tono púrpura y su cola enrollándose firmemente alrededor de su cintura mientras que Slythor chocaba contra la corteza de un asteroide cercano. Jiren volteó un momento para mirarlo. No dijo nada; solo asintió con la cabeza. El tiempo, para un Dios de la Destrucción, era un concepto sumamente maleable. Podía estirarse hasta abarcar eones o comprimirse en el parpadeo de una estrella moribunda. Goku había dejado de contarlo hacía mucho. Quizás habían pasado décadas desde que se convirtió en un Hakaishin para poder enfrentar a Slythor; quizás siglos, o quizás apenas unos años en algún otro lugar del multiverso. No importaba. Lo que importaba era el ahora. Y el ahora era un espacio que no pertenecía a ningún universo conocido: una especie de vacío sin tiempo bautizado por el Gran Sacerdote como “El Umbral”, un plano existencial que conectaba todas las realidades sin formar parte de ninguna. Desde allí, Goku podía verlas. Miles de dimensiones flotaban ante él como pompas de jabón en un océano infinito. Algunas brillaban con colores cálidos y apacibles; otras eran manchas oscuras y retorcidas, testamentos silenciosos del paso de Slythor. El Hakaishin observaba todo sin pestañear mientras su cola se mecía perezosamente a sus espaldas. A su alrededor, el vacío no era negro, sino de un blanco lechoso y espeso, como la niebla más densa que hubiera existido jamás. En esa penumbra, las dimensiones aparecían y desaparecían, algunas tan frágiles que un solo pensamiento suyo podría hacerlas añicos. —Zeno-sama y Daishinkan todavía están reparando los doce universos —se recordó Goku a sí mismo—. Dijeron que podría llevar siglos, quizás milenios. Y mientras tanto... —Mientras tanto, los Hakaishin estaremos de vacaciones —terminó por sentenciar el saiyajin. No era una metáfora; Daishinkan había sido muy claro. Sin Kaio-shin, sin un equilibrio que proteger y sin universos enteros que mantener en orden, los Dioses de la Destrucción eran innecesarios por el momento. Podían hacer lo que quisieran: ir a donde quisieran y destruir lo que quisieran, siempre y cuando no interfirieran con las reparaciones. Jiren había sido el primero en marcharse, seguido por el resto de los nuevos Hakaishin surgidos en esta guerra. Todos ellos habían puesto su mirada en los mundos que Slythor infectó con sus peores experimentos: los llamados "mundos de cultivo" y "mundos sistema". Su propósito era simple: cazar a los "protagonistas" de esas realidades, seres absurdos cuya suerte antinatural y poder regalado representaban una burla para el equilibrio cósmico. Goku los entendía perfectamente; él mismo había visto esos mundos. Había observado a esos "hijos de la suerte", parásitos a los que el saiyajin despreciaba. Veía cómo esos mortales se movían por sus tierras como si el cosmos les debiera algo: mujeres que caían rendidas a sus pies sin motivo aparente, enemigos que se volvían estúpidos en su presencia y poderes que se acumulaban sin el menor esfuerzo, como regalos de un dios cruel que se burlaba del resto de los mortales. «Slythor», pensó Goku, y su mandíbula se tensó. «Incluso muerto, sigues encontrando formas de dar asco». Su mirada recorrió las dimensiones. Mundos de magia, mundos de ciencia ficción, mundos donde los humanos vivían sin saber que lo sobrenatural los observaba desde las sombras, mundos donde los dioses caminaban entre los mortales y mundos donde no había deidades en absoluto. Y entonces lo vio. Un universo burbuja, de tamaño mediano, con una firma energética que mezclaba lo sagrado y lo profano de una manera que pocos mundos hacían. Ángeles, demonios, ángeles caídos, dragones y dioses de distintas mitologías coexistían en un delicado equilibrio, ocultos tras barreras mágicas que separaban lo sobrenatural de la humanidad. —DxD —pronunció Goku, leyendo el nombre en el tejido de la realidad—. Qué nombre tan singular. Se acercó más. Con un solo paso, su conciencia atravesó la barrera exterior de esa dimensión, permitiéndole ver su interior con mayor claridad. Vio planetas, estrellas y galaxias; contempló un mundo azul y verde, muy parecido al que él había perdido, con sus ciudades, océanos y montañas. Sin embargo, vio algo que no le gustó. No era una infección tan grave como la de los mundos de cultivo, pero estaba allí: una mancha sutil en el tejido de esa realidad, como una grieta en una taza que aún puede contener líquido pero que jamás volverá a ser perfecta. Slythor había puesto sus garras en este lugar también, aunque de forma más superficial. —Qué asco —murmuró Goku. Su mirada se afiló. Comenzó a escudriñar el planeta, buscando el origen de la anomalía, y no tardó mucho en encontrarlo. Un humano. Un adolescente de cabello castaño desordenado, rostro común y un cuerpo que no destacaba en nada. En apariencia, era un mortal más de los millones que poblaban la Tierra, pero Goku podía ver más allá de la superficie: percibía el poder que llevaba dentro. No era un poder impresionante; comparado con un Hakaishin, era apenas una chispa frente a una supernova. Pero no era su intensidad lo que molestaba a Goku, sino su naturaleza. Ese poder se asemejaba a su Kaio-ken, pero... se incrementaba cuando el chico tocaba a las mujeres. El saiyajin observó con más atención. Vio cómo el adolescente interactuaba con varias féminas a su alrededor y cómo cada contacto —accidental o no— desencadenaba un pequeño aumento en su energía. Vio cómo las mujeres, lejos de rechazarlo, se sentían atraídas hacia él por fuerzas que escapaban a su control. Vio cómo sus enemigos, a pesar de ser considerablemente más fuertes en ese momento, cometían errores absurdos que permitían al chico salir victorioso. —¿En serio? —Goku inclinó la cabeza; su expresión pasó del desprecio a una especie de incredulidad divertida—. ¿Ese es tu truco? ¿Tocar tetas para volverte más fuerte? Se echó a reír, pero no fue una risa alegre. Fue un sonido seco y corto que resonó en el espacio blanco como una piedra lanzada contra un espejo. —De verdad eras despreciable, Slythor. El nombre del traidor flotó en el vacío como una maldición. Goku negó con la cabeza mientras su cola rosa azotaba el aire con irritación. Observó más de cerca. Vio a las Tres Facciones y al resto de los seres sobrenaturales —ángeles, ángeles caídos, demonios, dioses, yokais, vampiros, la Khaos Brigade y la Facción de los Héroes— moviéndose en las sombras, creyéndose los dueños del mundo y la cima de la cadena alimenticia. Vio las barreras mágicas que protegían su secreto, tan frágiles como telarañas ante su presencia. Y miró al chico de cabello castaño otra vez. Issei, lo llamaban. Un mortal cualquiera con un poder prestado y una suerte que desafiaba toda lógica. —Quizás —murmuró Goku, y esta vez en sus labios asomó una sonrisa— pueda divertirme un rato. El depredador divino ya había tomado una decisión. Ese mundo sería su fuente de entretenimiento. No buscaría salvarlo, pero tampoco destruirlo; solo quería ver de primera mano qué pasaría cuando las mentiras de ese orden cayeran y todos esos mortales tuvieran que enfrentarse a múltiples verdades al mismo tiempo. Sin más ceremonias, Goku dio un paso al frente. El espacio blanco del Umbral se distorsionó a su alrededor y su cuerpo comenzó a disolverse en partículas rosas que se arremolinaron como pétalos de cerezo en una tormenta. —Bueno, mundo DxD —dijo, mientras su conciencia y su cuerpo atravesaban la barrera dimensional—. Veamos si tus mortales son capaces de adaptarse a su nueva realidad. El saiyajin finalmente dejó que una sonrisa se formara en sus labios, pero no se parecía en nada a las de antaño. Esta era una sonrisa salvaje, cruel: la mueca de un depredador que encuentra una presa con la cual jugar. El cruce duró menos de un pestañeo. Sin embargo, el impacto de la llegada del Hakaishin no fue inmediato. No hubo explosiones, ni grietas en el firmamento, ni portales a otros mundos; fue como si Goku, simplemente, comenzara a existir en ese lugar. Osaka, Japón. 5:30 a. m., hora local. El saiyajin apareció en la azotea de un rascacielos. Sus botas no tocaban el concreto; flotaba ligeramente sobre él con los brazos cruzados sobre el pecho. Su cola se mecía con suavidad contra el viento, su sonrisa salvaje se mantenía intacta y sus ojos rosas brillaban con diversión burlona. Detrás de él, su sombra no proyectaba la silueta de un hombre, sino el reflejo de un monstruo, una bestia gigante que este mundo jamás había visto pero que él conocía muy bien: un Ozaru, uno que incluso en su estado de sombra mantenía unos ojos completamente rojos y brillantes. La sombra movía la cabeza de un lado a otro, olfateaba y se desplazaba por el rascacielos por sí sola, pero Goku no se inmutó; ni siquiera le dedicó una mirada, pues sus ojos ya estaban fijos en un solo punto. No contemplaba el paisaje ni las calles por donde transitaban los humanos que volvían a sus hogares o se dirigían a sus trabajos; eso no le interesaba. Su mirada estaba clavada en las barreras mágicas que ocultaban el mundo sobrenatural. Y entonces... la realidad cambió. De repente, la tierra empezó a temblar. Los cielos se cubrieron de densas nubes de tormenta y relámpagos. Cayeron nevadas en regiones cálidas, los terremotos despertaron a cada habitante del planeta y los mares se agitaron con una furia inaudita. La electricidad y los dispositivos electrónicos alrededor del globo dejaron de funcionar por unos microsegundos. La gravedad falló por un instante, haciendo que los contenedores de basura y las pequeñas rocas flotasen en el aire. Pero lo más aterrador ocurrió en el firmamento: tras el caos climático, los cielos empezaron a distorsionarse, cambiando constantemente de color. Las barreras mágicas, antes invisibles e intangibles, comenzaron a estirarse, a retorcerse y, finalmente, a autocombustionarse. Las defensas que habían ocultado lo sobrenatural durante milenios habían caído. El saiyajin siguió sonriendo. Tokio, 5:31 a. m., hora local. En Tokio, Yuki Tanaka, una ama de casa recién casada, veía un programa matutino en la televisión cuando la imagen se cortó y el suelo bajo sus pies comenzó a sacudirse. Pensó que se trataba de un terremoto común y salió corriendo a la calle sin mirar al cielo, hasta que escuchó los gritos. Al levantar la vista, su cuerpo se paralizó de terror; perdió el color del rostro y sus ojos se abrieron como platos. El cielo parecía estar sufriendo... o tal vez rompiéndose. Entonces apareció: sobre el distrito de Chiyoda flotaba una imponente estructura de mármol blanco y oro, con puertas enormes y figuras aladas que no eran aves; no se movían, solo observaban. Yuki no recordaba haber tropezado, pero para cuando se dio cuenta, ya estaba tirada en el suelo; sus piernas no respondían. Y no era la única: la gente gritaba, se desmayaba, se paralizaba o corría llena de pánico. Algunos vociferaban incoherencias asegurando que era el fin del mundo, mientras otros huían en un silencio sepulcral. Ciudad del Vaticano, 10:31 p. m., hora local. En el Vaticano, la multitud vio cómo el cielo sobre la plaza de San Pedro se desquebrajaba para mostrar las puertas del Paraíso abiertas de par en par sobre sus cabezas. Muchas personas cayeron de rodillas llorando de alegría, mientras que otras corrían en dirección contraria llenas de pánico. Un sacerdote intentó calmar a la multitud, pero nadie lo escuchó. Kioto, 5:31 a. m., hora local. En Kioto, los yokais salieron a las calles no por decisión propia, sino porque los sellos que los ocultaban simplemente dejaron de existir. Una zorra de siete colas observó a una niña humana que la miraba fijamente; la pequeña todavía llevaba su pijama y el cabello alborotado. La yokai, sin saber si sonreírle a la niña o huir, hizo ambas cosas a la vez. El Cairo, 11:31 p. m., hora local. En El Cairo, las pirámides brillaron con una luz que no se veía desde la época de los faraones. De su interior emergieron sombras dotadas de ojos brillantes. Los arqueólogos que se encontraban cerca huyeron despavoridos; algunos no llegaron lejos, pues sus corazones simplemente se detuvieron por el impacto del susto. Atenas, 11:31 p. m., hora local. En Atenas, el Partenón se iluminó como si los olímpicos hubieran regresado, aunque en realidad nunca se habían ido. El Monte Olimpo se volvió visible desde cualquier punto de la ciudad y sus puertas de bronce relucían bajo el cielo anómalo. Noruega, 10:31 p. m., hora local. En Noruega, los fiordos se llenaron de barcos fantasmas —navíos vikingos tripulados por guerreros muertos hacía siglos— que navegaban hacia las costas como si el Ragnarök hubiera comenzado. Nueva York, 4:31 p. m., hora local. En Nueva York, la ciudad que nunca dormía había perdido el control por completo. Grupos de ciudadanos predicaban el fin de los tiempos, otros gritaban que era una conspiración del gobierno y muchos simplemente rompían escaparates para saquear las tiendas. La capacidad de actuar de la policía se había visto completamente desbordada. En Rusia, el gobierno declaró la ley marcial a las 11:55 p. m., hora local. En China, se tomó la misma medida a las 4:57 a. m. En Washington, el presidente de los Estados Unidos apareció en la televisión internacional en una transmisión de emergencia a las 4:45 p. m., pronunciando un discurso que nadie escuchó; las redes sociales habían colapsado por el exceso de usuarios y las cadenas televisivas no sabían qué mostrar. Brecha Dimensional Ophis y el Gran Rojo se detuvieron. La nueva batalla que estaba a punto de comenzar —la rutina eterna entre el Dragón Infinito y el Dragón de los Sueños— se congeló antes del primer impacto. La Brecha Dimensional tembló, y no fue por ellos, sino por algo más. Ophis inclinó la cabeza. Sus ojos negros, normalmente vacíos de toda emoción, parpadearon con algo que podría interpretarse como confusión. —Algo entró —dijo, no como una confirmación, sino declarando lo evidente. El Gran Rojo no respondió; rugió en silencio, provocando una vibración que recorrió toda la Brecha. No era un rugido de desafío, sino de pura incredulidad. En su prisión dimensional, la Bestia del Apocalipsis —Trihexa, el 666— abrió un ojo. No era una criatura particularmente inteligente, pero incluso ella podía sentirlo: algo parecido a su propia naturaleza, pero externo y diferente. Los sellos mágicos brillaron con más fuerza y la Bestia volvió a caer en su letargo, pero por un instante, un solo segundo, había estado despierta. Y había sentido miedo. Dimensión de Bolsillo — Base de la Khaos Brigade La base de la Khaos Brigade no era un lugar fijo. Por razones obvias, las facciones que la componían preferían mantener sus reuniones en espacios dimensionales inestables, difíciles de rastrear incluso para los magos más hábiles. Era una precaución lógica cuando se conspiraba contra el orden establecido de los tres mundos. Esa precaución, sin embargo, resultó inútil. El espacio dimensional tembló. No fue un temblor físico; no había suelo que se moviera ni paredes que se agrietaran. Fue un quiebre en el tejido mismo de la realidad, como si alguien hubiera agarrado los bordes de la dimensión y los hubiera sacudido con fuerza. Los miembros de la Khaos Brigade que se encontraban en la base —una mezcla de demonios renegados, magos exiliados y criaturas mitológicas— se miraron entre sí con desconcierto. —¿Qué ha sido eso? —preguntó un mago de mediana edad cuyo rostro estaba cubierto de cicatrices rúnicas. Nadie respondió, porque nadie tenía la menor idea. Entonces, los círculos mágicos que los ocultaban del resto del mundo simplemente desaparecieron, dejando su ubicación completamente expuesta, mientras que los círculos de comunicación empezaron a brillar todos a la vez. Decenas de ellos. Eran mensajes urgentes de todas las células de la organización, desde las más pequeñas hasta las más importantes: todas habían perdido su escondite. El caos había comenzado. Equipo Vali — Bucarest, Rumania. 11:31 p. m., hora local. Vali Lucifer se encontraba entrenando, intentando alcanzar un nuevo nivel de poder que fuese más allá del Juggernaut Drive. Sin embargo, aquel temblor sobrenatural lo sacó abruptamente de su concentración. —Vali —la voz de Albion resonó en su mente, impregnada de un sentimiento que más tarde el albino identificaría como miedo—. Algo está pasando. Vali, quien conocía tan bien a Albion como este a él, no respondió con palabras. En su lugar, se teletransportó a través de un círculo mágico hacia donde se encontraba su equipo, en la sala común de su nueva base temporal: una mansión abandonada en las afueras de Bucarest. Bikou, el descendiente de Sun Wukong, estaba de pie sujetando su bastón mágico con fuerza; su habitual expresión burlona había desaparecido por completo, dando paso a una mueca cautelosa mezclada con incredulidad, mientras el sudor frío se deslizaba por sus mejillas. Arthur Pendragon, el descendiente del Rey Arturo, permanecía junto a la ventana con su hermana Le Fay Pendragon a su lado. Su mano temblorosa sujetaba con fuerza la empuñadura de Collbrande, la espada sagrada más poderosa jamás forjada. Le Fay se encontraba en blanco, incapaz de creer lo que sus ojos le mostraban. A través del cristal, se veía cómo en el cielo las barreras mágicas se autocombustionaban mientras el firmamento se deformaba en múltiples formas y colores, dejando la existencia de lo sobrenatural a la vista de todos. —¿Qué está pasando? —fue lo único que preguntó el albino. —No... no lo sabemos —respondió Arthur. Su habitual actitud estoica se veía completamente superada por la situación, haciendo que su voz sonase entrecortada por el temor—. Pero mira eso —agregó, señalando el exterior. Vali se acercó a la ventana y lo que vio hizo que incluso el descendiente de Lucifer se quedase estático por la impresión. El cielo sobre Bucarest era un espectáculo que ningún humano había contemplado jamás. Capas de la realidad sobrenatural se superponían al firmamento como cristales rotos. Podía ver a seres sobrenaturales volando en formación sobre los Cárpatos. Podía ver un castillo flotante que no era visible para el mundo humano hacía una hora. Podía ver cómo pequeños trozos de tierra flotaban en el aire para después volver a caer, como si la gravedad se hubiese apagado por unos momentos. —Las barreras... están desapareciendo —dijo una atemorizada Kuroka. La Nekoshou estaba acurrucada en una esquina de la sala tapándose la cara con las manos, con sus colas de gata negra enroscadas alrededor de su cintura y las orejas caídas, mostrando un comportamiento completamente ajeno a ella—. Todas ellas. Las de las tres facciones, las de los yokai, las de los dioses... todo. El mundo humano puede ver lo sobrenatural. —El temor de la mujer era evidente; sus instintos, afilados por sus años como criminal de rango SS, le avisaban de un peligro invisible que venía de todas partes. Kuroka no sabía de qué se trataba, pero intuía que estaba directamente relacionado con esta situación. Fenrir, el lobo divino de la mitología nórdica, descansaba al lado de Kuroka; agachaba la cabeza y gruñía mirando hacia todos lados. Pero su gruñido no sonaba a amenaza; sonaba a inquietud, como el lamento de un perro que oye un trueno lejano y no sabe de dónde viene. Facción de los Héroes — Cuartel General Móvil El campamento de la Facción de los Héroes, que normalmente era un despluegue de eficiencia militar con tiendas de campaña reforzadas con magia, puestos de vigilancia atendidos por humanos armados con Sacred Gears artificiales y un perímetro defensivo implacable, estaba ahora sumido en el caos más absoluto. Los soldados corrían de un lado a otro, gritando órdenes que nadie obedecía. Los puestos de vigilancia habían sido abandonados y el perímetro defensivo apenas se mantenía en pie. —¡Georg! —llamó Cao Cao, con una voz que cortó el bullicio como un cuchillo. Georg, el portador de la Dimensión Perdida, apareció a su lado en cuestión de segundos. Su rostro, normalmente sereno y compuesto, estaba pálido como la cera. —Las barreras han caído —dijo sin preámbulos—. Todas. No solo las de las tres facciones; las nuestras también. La base móvil es completamente visible desde el exterior. Cao Cao asintió lentamente, incapaz de ocultar por completo una expresión de genuina sorpresa en sus facciones. —¿La causa? —preguntó, esforzándose por mantener el tono de control absoluto en su voz. —Desconocida —sentenció Georg—. No hay registro de ningún ataque. No hay firma mágica. No hay nada. Es como si las barreras simplemente hubieran dejado de tener sentido de un momento a otro. Cao Cao guardó silencio durante un instante. Sus ojos, del color del acero viejo, recorrieron el campamento mientras evaluaba la crítica situación. —Reúne al resto —ordenó finalmente—. Leonardo, Siegfried, Jeanne, Heracles. Todos. Ahora. Georg asintió y se desvaneció en el acto. Momentos después, el núcleo de la Facción de los Héroes se encontraba reunido en la tienda de mando. Leonardo, el portador del Aniquilador de Monstruos, parecía sumamente nervioso, jugueteando con el dobladillo de su camisa. Siegfried, el espadachín de las Espadas Demoníacas, permanecía de pie con los brazos cruzados y un semblante severo. Jeanne, la portadora de la Espada de la Victoria, sostenía su hoja sagrada con ambas manos, como si temiera que alguien intentara arrebatársela. Por su parte, Heracles, el gigante musculoso, simplemente ocupaba espacio con los puños cerrados y una mueca de total confusión en un rostro poco dado a las sutilezas intelectuales. —El mundo ha cambiado —declaró Cao Cao, yendo directo al grano—. Las barreras que separaban lo humano de lo sobrenatural han caído. Los humanos ahora pueden vernos. El equilibrio que las tres facciones y el resto de los panteones mantuvieron durante siglos se ha roto. —¿Cómo ha podido pasar algo así? —preguntó Siegfried, con su habitual tono directo y desprovisto de florituras. —No lo sabemos. —¿Cómo que no lo sabemos? —intervino Jeanne—. ¡Un fenómeno de esta magnitud no puede ocurrir sin la intervención de un gran número de magos de alto nivel! —Y sin embargo, ha pasado —respondió Cao Cao tajantemente—. No hay firma mágica. No hay rastro de poder. No hay nada. Las barreras cayeron como si nunca hubieran existido. —Eso es teóricamente imposible —añadió Georg, negando con la cabeza—. Esas barreras estaban ancladas al tejido mismo de la realidad. Para destruirlas de esta manera haría falta un poder capaz de reescribir las leyes fundamentales del universo. Un silencio denso y espeso se apoderó de la tienda. —¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Leonardo con un hilo de voz. Cao Cao esbozó una sonrisa fina y afilada. Era la sonrisa de un hombre que acaba de vislumbrar una oportunidad dorada en medio del desastre. —Ahora, actuamos. Las tres facciones estarán demasiado ocupadas intentando contener el pánico masivo. Los dioses perderán el tiempo buscando entender qué ha sucedido. Y los dragones... bueno, los dragones harán lo que hacen siempre. Mientras tanto, nosotros tenemos una ventana de oportunidad perfecta. —¿Para qué? —inquirió Siegfried. —Para reclamar lo que es nuestro por derecho —sentenció Cao Cao—. Un mundo donde los humanos no tengan que esconderse de las sombras. Un mundo donde los monstruos dejen de dictar las reglas. Un mundo donde la humanidad demostrará, por fin, su superioridad. Su respuesta reflejaba su arraigada ideología supremacista, cegándolo ante el peligro invisible e inconmensurable que acechaba detrás de aquella anomalía. El Inframundo — Territorio de los Demonios En el palacio de los Gremory, la servidumbre había dejado de trabajar. Las doncellas demoníacas, acostumbradas a servir en un silencio sepulcral durante siglos, se agrupaban en los pasillos para susurrar entre ellas con evidente nerviosismo. Nadie daba órdenes; nadie tenía la cabeza en su sitio en esos momentos como para coordinar los deberes de la mansión. En uno de los balcones de la propiedad, Sirzechs Lucifer permanecía de pie frente a una pequeña mesa. Su postura, normalmente relajada, se mostraba ahora rígida, adoptando la tensión de un guerrero que ignora por completo la naturaleza de su enemigo. Tenía la mirada fija en el cielo del Inframundo, el cual, de un momento a otro, parecía entrelazarse y formar parte del plano humano. —¿Sentiste algo? —preguntó Serafall Leviathan. La portadora del título Leviathan había aparecido en el lugar a través de un círculo mágico. Vestía sus ropas oficiales de Maou, una indumentaria que reservaba estrictamente para situaciones de extrema gravedad. Sirzechs no respondió de inmediato. Sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre la superficie de la mesa. —No —confesó finalmente—. No he sentido absolutamente nada. Y eso es precisamente lo que más me preocupa. Serafall frunció el ceño. Cuando las barreras mágicas colapsaron hacía apenas quince minutos, ella tampoco había sido capaz de percibir ninguna firma de energía concreta. Aquello les impedía determinar si los responsables eran la Brigada del Caos, Ophis o la Facción de los Héroes. Era como si las defensas globales hubieran sido desactivadas por una fuerza completamente ajena a su comprensión. —Sé que no es necesario que te lo diga, pero esto es catastrófico —comentó Serafall. Su voz, habitualmente alegre, sonaba plana y sombría—. Todas las barreras han desaparecido —continuó ella con amargura—. Las nuestras, las de los ángeles, las de los caídos. Incluso los bloqueos menores. Kioto está expuesta. El Olimpo está expuesto. Y el Inframundo... también lo está. —Serafall guardó silencio un instante y tragó saliva antes de añadir—: Si las barreras que nos separaban del mundo humano se han esfumado, las que contienen al Trihexa, el 666, podrían estar comprometidas. La expresión de Sirzechs se tornó aún más severa ante la mención de la Bestia del Apocalipsis. —¿Cuánto tiempo te tomará organizar una cumbre? —preguntó Sirzechs. Él confiaba plenamente en Serafall para estas gestiones, ya que ostentaba el cargo de Maou encargada de los Asuntos Exteriores, liderando la diplomacia con los demás panteones mitológicos. —Normalmente me tomaría una semana, o un mes como máximo; pero dada la urgencia de la situación, lo más probable es que nos estemos reuniendo con el resto de las deidades en unas pocas horas —respondió la demonio con total sinceridad. —Bien. Me encargaré de hablar con nuestros contactos en los gobiernos humanos para evaluar cómo manejaremos el pánico general. Tú, mientras tanto, comunícate con Falbium y Ajuka. Sirzechs asintió sin dudarlo, confiando plenamente en su colega. —Oye, Serafall —llamó Sirzechs a su amiga antes de que esta se retirase—, ¿crees que ella se presente en la cumbre? Serafall se detuvo un momento y miró a Sirzechs con una mezcla de emociones encontradas. —No lo sé, Sirzechs. Ya sabes cómo es ella; desde hace milenios no sale de los Apalaches. —La Maou tragó saliva—. Pero viendo la magnitud de esto, es muy probable que sí asista. Sirzechs frunció el ceño con cautela. —Prepárate por si acaso, Serafall —culminó el pelirrojo, mientras la pelinegra desaparecía del lugar mediante un círculo mágico. Grigori — Territorio de los Ángeles Caídos Azazel se encontraba en su laboratorio personal cuando todo ocurrió. Estaba concentrado soldando los componentes de un prototipo: un dispositivo diseñado para estabilizar Sacred Gears artificiales, un proyecto en el que llevaba décadas trabajando y que requería su máxima atención. De pronto, un violento terremoto sacudió la estructura. Era un fenómeno teóricamente imposible considerando la ubicación dimensional de Grigori, y el impacto obligó al líder de los caídos a soltar sus herramientas. —Pero ¿qué demonios...? —excluyó Azazel en un estado de absoluta confusión. En cuanto el temblor cesó, se dirigió a la consola central de su laboratorio para analizar el origen de semejante anomalía. Lo que descubrió en las pantallas lo dejó helado. Las barreras mágicas que su propia facción había ayudado a erigir hacía siglos estaban desapareciendo. No se estaban rompiendo bajo presión; se estaban desvaneciendo, como si una fuerza superior las estuviera borrando meticulosamente de la existencia. —Imposible... —murmuró para sí mismo. Tecleó frenéticamente en los comandos, intentando rastrear los registros de energía. Los sensores arrojaban un vacío absoluto. No había firmas de poder mágico ni residuos de un ataque a gran escala. Las barreras ya no estaban allí, evidenciando que el causante de este cataclismo poseía una naturaleza jamás vista en ese mundo. —Vali —dijo Azazel, suavizando la voz con un matiz de genuina preocupación—. Dondequiera que estés... será mejor que no intentes enfrentarte a lo que sea que haya provocado esto. Monte Olimpo — Territorio de los Dioses Griegos Zeus estaba furioso. Aquello era un estado común en el soberano de los olímpicos, pero en esta ocasión su ira albergaba un matiz muy distinto. No era el enojo del gobernante que ve su trono codiciado por un rival; era el terror y la rabia del anciano que descubre, de golpe, que las reglas del universo han cambiado sin su consentimiento. —¡¿Cómo que las barreras han caído?! —tronó su voz, haciendo que las imponentes columnas de mármol del salón del trono vibraran con peligro. Hermes, el dios mensajero, permanecía arrodillado ante él. Su rostro, habitualmente jovial y rebosante de astucia, se mostraba pálido como el de un cadáver. —No lo sabemos, padre Zeus. Simplemente... dejaron de existir. Los mortales pueden vernos claramente. El Olimpo es completamente visible desde Atenas, y las puertas del Inframundo de Hades también han quedado expuestas a los ojos humanos. Hades, quien se encontraba presente en la estancia, se mantuvo en silencio. Sus ojos permanecían fijos en un punto muerto del suelo. No lucía alterado; lucía distante, como si procesara algo imperceptible para el resto. —¡¿Y bien?! —Zeus se giró bruscamente hacia él—. ¡¿No tienes nada que decir, hermano?! Hades levantó la mirada con una lentitud solemne. —No han sido los titanes —sentenció con voz gélida—. Tampoco los gigantes. No tenemos la menor idea de quién es el responsable. Zeus apretó los puños con fuerza. Los rayos crepitaron con violencia alrededor de sus dedos, pero no los liberó. No tenía un objetivo real al cual castigar. —Quiero respuestas inmediatas —ordenó el rey de los dioses—. Infórmales a todos que aceptaremos asistir a la reunión masiva de esa demonio —bramó, refiriéndose a Serafall. Hermes asintió sumisamente y desapareció en un destello de velocidad divina. Hades, por su parte, se puso de pie en silencio y caminó con paso firme hacia la salida del salón. —¡¿A dónde vas?! —le reclamó Zeus. —A mi reino —respondió Hades sin molestarse en detenerse—. Quiero comprobar si los muertos también han notado esta perturbación. Zeus no replicó. Pero, por primera vez en varios milenios, un frío auténtico recorrió la espalda del inmortal rey del Olimpo. Kuoh — Academia y Territorio de Rias Gremory El infierno se había desatado en la Tierra. Rias Gremory observaba el firmamento desde el gran ventanal del Club de Investigación de lo Oculto. No se había movido un solo centímetro en los últimos diez minutos; se sentía completamente paralizada. Afuera, el cielo de la ciudad de Kuoh se había convertido en un mosaico sacado de una pesadilla. Jirones de la realidad sobrenatural se superponían al cielo humano como las capas de una cebolla cósmica que alguien hubiese comenzado a pelar de forma tosca y descuidada. Podía distinguir siluetas aladas sobrevolando los distintos distritos de la ciudad. Asimismo, fragmentos de tierra, rocas y escombros flotaban de la nada en el aire para luego desplomarse de golpe, como si las leyes de la gravedad se hubieran desactivado temporalmente. En un rincón de la habitación, su familiar chillaba presa de la histeria. Sin embargo, Rias era incapaz de procesar el ruido. —Buchou —la voz de Akeno interrumpió el silencio desde la entrada—. Traigo malas noticias. Todas las barreras de ocultamiento global han colapsado. No se limita a esta ciudad; el mundo entero está sumido en el caos. Rias no articuló palabra, limitándose a voltear para mirarla con fijeza. —¿Qué es lo que haremos, Buchou? —preguntó Akeno, aguardando una directriz clara, pues se sentía desorientada ante la magnitud del desastre. Rias cerró los ojos con fuerza. Quería pronunciar frases reconfortantes como "mantengan la calma" o "esperemos las instrucciones de mi hermano". No obstante, las palabras se atascaron en su garganta. Porque muy en el fondo, en un rincón de su ser que rara vez se permitía explorar, sabía perfectamente que no existían protocolos ni planes de contingencia para un escenario como este. Algo fundamental en la existencia misma había sido alterado, y ella no tenía la más mínima idea de cómo lidiar con las consecuencias. —Akeno —habló finalmente—. Reúne a todos los miembros: Kiba, Koneko, Issei, Asia, Gasper y Xenovia. Absolutamente a todos, lo más rápido posible. —¿Y después de eso? Rias abrió los ojos, revelando una mirada ensombrecida. —Después... solo nos queda esperar las órdenes de arriba —concluyó, refiriéndose a los Maou del Inframundo. Mientras tanto, en la entrada principal de la Academia Kuoh, Issei Hyoudou se encontraba acompañado por Irina, Asia, Xenovia y Koneko. Esta última había manifestado sus rasgos de Nekomata de forma involuntaria. Sus manos presionaban su cabeza con fuerza, intentando ocultar sus orejas felinas; sus refinados instintos biológicos se habían visto completamente abrumados por una alarmante sensación de peligro que nublaba su juicio. Xenovia e Irina se posicionaron rápidamente alrededor de Koneko, formando una barrera humana para evitar que cualquier transeúnte notara su verdadera naturaleza. Por fortuna, las pocas personas que transitaban por la calle en ese instante tenían los ojos clavados en las anomalías del cielo, ignorando por completo la escena. —Issei-san, debemos retirarnos antes de que algo peor le ocurra a Koneko-chan —pidió Asia. A pesar de encontrarse profundamente aterrada por el panorama, la joven exmonja priorizó el bienestar de su amiga, instando al castaño a reaccionar para dirigirse de inmediato al club. Issei Hyoudou, el actual portador del Dragón Emperador Rojo, permanecía en un estado catatónico, incapaz de asimilar los acontecimientos. El llamado de Asia finalmente logró traerlo de vuelta a la realidad. Sin embargo, antes de que pudiera dar un solo paso, dos círculos mágicos se manifestaron de forma simultánea: uno bajo sus pies y otro flotando a la altura de sus oídos. De este último emergió la voz de Akeno: —No se muevan. Los teletransportaré directamente a la sala del club. Al escuchar la instrucción, el grupo permaneció inmóvil. Aun así, mientras la secuencia de traslado se activaba, sus ojos se fijaron de forma inevitable en el caótico firmamento, permitiendo que un pavor primitivo e instintivo invadiera sus cuerpos. ¿Qué clase de entidad poseía la fuerza necesaria para doblegar el orden mundial de esa manera? Ese fue el último pensamiento que cruzó sus mentes antes de que el destello carmesí del círculo mágico los cubriera por completo, desvaneciéndolos del lugar. El Cielo — Territorio de los Ángeles Michael se encontraba presidiendo una sesión de alta prioridad con sus hermanos arcángeles cuando aconteció el suceso. De repente, un estremecimiento imperceptible sacudió su cuerpo espiritual, seguido de la perturbadora certeza de que la gran barrera sagrada que velaba y ocultaba el Paraíso terrenal se había disipado. La sensación no guardaba similitud con la de un asedio o un ataque directo contra las defensas. Más bien, se sintió como si una autoridad absoluta las hubiera borrado de la creación, sin dejar el más mínimo rastro de su estructura original. —Hermano... ¿qué está ocurriendo? —preguntó Gabriel, la arcángel más hermosa del Cielo, con un tono cargado de consternación. Ella, quien poseía la capacidad mística de percibir la pureza y las fluctuaciones emocionales de las almas vivientes, sentía en ese momento una opresión abrumadora. Era como si una presencia colosal hubiera tomado el planeta entero entre sus manos, provocando que la psique colectiva de la humanidad estallara en una amalgama caótica de pánico y desesperación. Michael omitió una respuesta inmediata. Concentró toda su percepción divina en examinar los remanentes de las barreras caídas. No halló rastros de magia ni firmas de energía convencional que explicaran el colapso. Sin embargo, por una fracción de segundo —un instante efímero que desafió su entendimiento—, sus ojos espirituales divisaron una sombra titánica desplazándose por el mundo. Sintió un escalofrío que jamás creyó experimentar. Aquella presencia no se percibía como un ser vivo, sino como la absoluta ausencia de las cosas: una silueta monstruosa de proporciones colosales que parecía caminar en una dimensión paralela sin que nadie la notara. Incapaz de tolerar el horror metafísico que emanaba de aquella entidad, Michael cortó abruptamente el enlace y retiró su percepción. —Activen todas las defensas celestiales e informen a los coros de ángeles —ordenó firmemente a sus hermanos, con una rigidez inquebrantable—. Estamos en estado de emergencia absoluta. Las barreras históricas habían dejado de existir, el equilibrio entre lo mundano y lo místico se había quebrado por completo y una fuerza desconocida caminaba libremente por la Tierra. El líder del Cielo sabía perfectamente que no podían perder un solo segundo. Mientras tanto, en el mundo humano, muy lejos de donde Goku se encontraba, en los Estados Unidos, específicamente en los Montes Apalaches... En el corazón del bosque de la cordillera, donde las personas vivían bajo reglas extrañas, sucesos inexplicables y criaturas que la ciencia moderna no podía descifrar, una mujer —no, una demonio— miraba con cierta curiosidad el cielo. Sentía cómo las barreras que ocultaban el mundo sobrenatural desaparecían sin dejar rastro, pero en su mirada no había preocupación o miedo; solo una inquietante curiosidad. —Vaya, quién lo diría. Por fin, después de millones de años, sucede algo interesante —habló la mujer con un tono extrañamente seductor y amenazante a la vez. A lo lejos, de vuelta en Osaka, Goku no pronunció palabra, pero desvió su mirada hacia la dirección en donde se encontraba Estados Unidos; para ser más precisos, hacia los Montes Apalaches. Desde ahí, el Hakaishin podía sentir que la barrera que separaba tanto el mundo sobrenatural como el humano era de hecho bastante débil. Esto parecía deberse a una presencia femenina bastante fuerte para los estándares de ese mundo, la cual desprendía una sensación de malicia y antigüedad abrumadora. Y entonces, el Dios Saiyajin sonrió. —Parece que mi estancia aquí será más entretenida de lo que pensé.