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Goku el nuevo araña arácnido

Latidos entre Rascacielos y el Despertar de la Sangre

La ciudad de Nueva York nunca dormía, pero esa noche parecía vibrar con una frecuencia distinta para Goku. Después de la batalla contra aquel coloso acorazado, el departamento de Gwen en Chelsea se sentía como el refugio más seguro del multiverso. Era un espacio pequeño, lleno de partituras de música, baquetas de batería y el suave aroma a lavanda que siempre acompañaba a la joven rubia.

Goku estaba sentado en el borde de la cama de Gwen, observando sus propias manos. No eran las manos de un simple mortal, pero tampoco se sentían como las del guerrero que podía destruir planetas con un dedo. Sus dedos tenían pequeños vellos microscópicos que le permitían adherirse a cualquier superficie, y bajo su piel, la sangre saiyajin se mezclaba con el veneno radiactivo de la araña, creando una simbiosis de poder que aún no lograba comprender del todo.

—¿En qué piensas, Goku? —preguntó Gwen, saliendo del pequeño baño tras haberse limpiado las heridas superficiales.

Llevaba puesta una camiseta holgada de una banda de rock y unos pantalones cortos. Se veía diferente sin el traje de Spider-Woman; más vulnerable, pero a la vez más real.

—Es extraño, Gwen —respondió él, girándose para verla con esa sinceridad desarmante en sus ojos negros—. Siento que mi cuerpo está cambiando de nuevo. No es como cuando entreno con el Maestro Roshi o con Kaiosama. Es como si una parte de mí quisiera saltar sobre las paredes y la otra quisiera volar hasta el sol.

Gwen se sentó a su lado, sintiendo el calor que el cuerpo de Goku desprendía. Era como estar cerca de una pequeña hoguera humana.

—Es el instinto —explicó ella, poniendo una mano sobre el hombro de él—. Ser una "Araña" no es solo tener fuerza o lanzar redes. Es una conexión con el entorno. Tu sentido arácnido es ahora tu mejor aliado, pero mezclado con tus instintos de lucha... bueno, supongo que te hace el depredador más peligroso de este mundo.

Goku soltó una pequeña risa y se rascó la nuca, un gesto que Gwen encontraba adorable a pesar de que este hombre acababa de atravesar un tanque de guerra con el puño.

—No quiero ser un depredador, Gwen. Solo quiero protegerte. Y proteger a la gente de aquí. Aunque todavía no entiendo por qué mi corazón late tan rápido cuando estás cerca. ¿Será un efecto secundario del veneno?

Gwen sintió que sus mejillas se encendían. La inocencia de Goku era su mayor fortaleza y, a veces, su mayor distracción. Se acercó un poco más, reduciendo el espacio entre ambos hasta que sus rodillas se rozaron.

—No es el veneno, Goku —susurró ella, buscando su mirada—. Se llama afecto. O algo más fuerte. Lo que pasó en el puente... el beso... ¿no sentiste nada diferente?

Goku cerró los ojos por un momento, recordando la sensación de los labios de Gwen contra los suyos.

—Sentí como si toda mi energía se concentrara en un solo punto —confesó—. Fue más intenso que alcanzar el Super Saiyajin. Quería que el tiempo se detuviera.

Gwen no pudo evitar sonreír. Tomó la mano de Goku y la llevó a su propio pecho, justo encima de su corazón, que martilleaba con fuerza.

—Yo me siento igual. En mi mundo, siempre tengo miedo de perder a alguien. Perdí a mi mejor amigo... y desde entonces, puse muros. Pero tú llegaste de otra dimensión, con esa sonrisa tonta y ese apetito voraz, y derribaste todo.

Goku extendió su otra mano y acarició la mejilla de Gwen. Su tacto era sorprendentemente suave para alguien que pasaba el día golpeando acero. La atmósfera en la habitación cambió; el ruido del tráfico exterior se desvaneció, dejando solo el sonido de sus respiraciones acompasadas.

—Gwen... —dijo Goku, su voz volviéndose más profunda—. No sé cuánto tiempo estaré en este mundo, pero mientras esté aquí, no dejaré que nada te pase. Te lo prometo por mi orgullo y por mi vida.

Gwen se sintió abrumada por la intensidad de sus palabras. Se inclinó hacia adelante y volvió a besarlo, pero esta vez no fue el beso breve y casto del puente. Fue un beso cargado de necesidad, de meses de soledad acumulada y del alivio de haber encontrado a alguien que realmente podía entender la carga de ser un héroe.

Goku respondió al beso con un instinto nuevo. Sus manos, guiadas por el sentido arácnido que detectaba cada vibración de la piel de Gwen, bajaron hacia su cintura. La fuerza de Goku era inmensa, pero con ella, era tan delicado como si estuviera sosteniendo un ala de mariposa.

—Goku... —jadeó Gwen contra sus labios—, ¿estás seguro de esto? No quiero que te sientas obligado porque...

—Shh —la interrumpió él, recorriendo con sus labios la línea de su mandíbula—. Nunca he estado más seguro de algo. Mi cuerpo me dice que este es el lugar donde debo estar. Contigo.

Gwen lo empujó suavemente hacia atrás hasta que él quedó recostado en la cama, y ella se posicionó sobre él. La luz de la luna que entraba por la ventana bañaba sus cuerpos, resaltando la musculatura definida de Goku y la silueta ágil de Gwen.

—A veces olvido que eres un alienígena —dijo ella con una chispa de picardía en los ojos mientras se quitaba la camiseta—. Pero tus reacciones son muy humanas.

Goku tragó saliva, sintiendo que su temperatura corporal subía a niveles que harían arder a un hombre común. La belleza de Gwen era algo que ninguna técnica de artes marciales le había preparado para enfrentar.

—Es porque tú me haces sentir humano, Gwen —respondió él, ayudándola a despojarse de sus prendas con una torpeza que pronto se convirtió en una danza de caricias.

Cuando sus pieles finalmente se encontraron sin barreras, una chispa eléctrica —literal y figurada— saltó entre ellos. La energía de Goku, ese ki dorado que siempre llevaba dentro, parecía filtrarse por sus poros, envolviendo a Gwen en un aura de calidez y seguridad. Ella, a su vez, lo guiaba con sus manos, enseñándole los ritmos de un tipo de combate que no buscaba la derrota del otro, sino la unión total.

—¡Ah...! —Gwen arqueó la espalda cuando las manos de Goku exploraron sus curvas con una curiosidad reverente—. Goku, eres... eres tan fuerte...

—Lo siento, ¿te lastimo? —preguntó él, deteniéndose de inmediato con preocupación.

—No, no te detengas —respondió ella, entrelazando sus dedos con los de él y presionándolos contra las sábanas—. Se siente... increíble. Es como si pudiera sentir tu energía dentro de mí.

El acto de amor entre ellos no fue solo físico. Para Goku, fue un descubrimiento espiritual. Cada movimiento, cada gemido de Gwen, le enseñaba más sobre la vida mortal que todas las lecciones de Zeno-sama. La fuerza arácnida los mantenía unidos, casi pegados el uno al otro, permitiéndoles posiciones y una cercanía que desafiaba la gravedad.

Goku se movía con una potencia rítmica, tratando de contener la inmensa fuerza que amenazaba con desbordarse. Gwen, por su parte, se aferraba a él como si fuera su único ancla en un multiverso caótico. Sus sentidos arácnidos estaban en sintonía, permitiéndoles anticipar el deseo del otro antes de que se pronunciara.

En el clímax de su unión, una pequeña onda de choque de energía pura emanó de Goku, haciendo que las luces de la habitación parpadearan y que Gwen viera estrellas que no pertenecían a ese cielo. Se desplomaron el uno sobre el otro, sudorosos y exhaustos, con el corazón latiendo al unísono.

Pasaron varios minutos en silencio, disfrutando del calor residual. Goku acariciaba la espalda de Gwen mientras ella descansaba la cabeza en su pecho, escuchando el potente y rítmico latido del corazón saiyajin.

—Eso fue... definitivamente mejor que el curry —susurró Gwen con una sonrisa satisfecha.

Goku soltó una carcajada genuina, besando la coronilla de su cabeza.

—Tenías razón, Gwen. Hay cosas en este mundo que no se pueden aprender entrenando solo.

—¿Y ahora qué, Goku? —preguntó ella, levantando la vista para mirarlo—. Mañana habrá más criminales, más portales interdimensionales y probablemente más problemas con Industrias Oscorp.

Goku la estrechó más fuerte contra sí, su mirada fija en el techo pero su mente enfocada en la mujer que amaba.

—Mañana los enfrentaremos juntos —dijo con convicción—. Pero ahora, solo déjame quedarme así un rato más. Siento que por fin he encontrado mi equilibrio.

Gwen cerró los ojos, sintiéndose más completa de lo que se había sentido en años. Sabía que tener a un dios-araña de su lado era una ventaja táctica increíble, pero tener a Son Goku en su cama y en su vida era el verdadero milagro.

Sin embargo, en las sombras de la ciudad, un monitor parpadeaba en un laboratorio secreto. Las lecturas de energía de la habitación de Gwen habían sido detectadas. Una figura en las sombras observaba la grabación de la explosión de energía dorada.

—Así que el espécimen no es humano —dijo una voz gélida—. Excelente. La sangre de un dios mezclada con el ADN de la araña... será la clave para mi próximo proyecto.

Goku sintió un leve cosquilleo en la nuca, su sentido arácnido advirtiéndole de un peligro lejano. Pero al mirar a Gwen, que empezaba a quedarse dormida en sus brazos, decidió ignorarlo por el momento. El guerrero más fuerte del universo había encontrado algo por lo que valía la pena luchar más que por cualquier torneo: la paz de un hogar compartido.

Al amanecer, el sol de Nueva York empezó a teñir de naranja los rascacielos. Goku se levantó con cuidado de no despertar a Gwen y se acercó a la ventana. Se puso sus pantalones de combate y observó la ciudad que ahora era su responsabilidad.

—Zeno-sama —murmuró para sí mismo, mirando al cielo—, gracias por enviarme aquí. Creo que por fin entiendo lo que significa ser un mortal. Significa tener algo que perder... y la fuerza para no permitir que eso pase.

Gwen se removió en la cama y abrió un ojo, estirándose como un felino.

—¿Goku? ¿Ya estás pensando en el desayuno?

Goku se giró con su característica sonrisa de oreja a oreja.

—¡Sí! ¡Muero de hambre! Pero esta vez, yo cocinaré. Aunque no sé si estos sartenes aguanten mi fuerza.

Gwen rió y se levantó, envolviéndose en una sábana.

—Ni se te ocurra, romperías la cocina. Vamos, te llevaré a ese lugar de curry que te prometí. Pero después... —Gwen se acercó y le puso un dedo en el pecho—, tenemos que patrullar. He oído rumores de que algo grande se está moviendo en los muelles.

—¡Entendido! —exclamó Goku, haciendo un saludo militar cómico—. ¡El equipo Araña-Z está listo para la acción!

Gwen rodó los ojos, pero su sonrisa la delataba. El destino los había unido de la forma más extraña posible, pero mientras balanceaban sus vidas entre el amor y el deber, sabían que no había nada en ninguna dimensión que pudiera separarlos.

Mientras salían por la ventana, balanceándose entre los edificios con una coordinación perfecta, la ciudad de Nueva York no sabía que ahora contaba con el protector más poderoso que jamás hubiera cruzado el umbral de la realidad. Goku lanzaba sus redes con la gracia de un maestro, mientras Gwen lo seguía con la agilidad de una bailarina, sus risas perdiéndose en el viento de la mañana.

La aventura apenas comenzaba, y para Son Goku, cada día en este nuevo mundo era una oportunidad de descubrir que, a veces, los hilos del destino son más fuertes que cualquier cadena de acero. Y que el amor, al igual que una telaraña bien tejida, puede sostener incluso el peso de un universo entero.