Harry Potter: Herencia Oculta
El rastro de la corona: La caída de los ídolos de barro
El aire de los Pirineos, donde se alzaba una de las fortalezas ocultas de Jinwoo Sung, era puro y cortante, un bálsamo necesario tras la atmósfera viciada de traiciones que Harry había respirado en Hogwarts. Desde el balcón de obsidiana, Harry observaba cómo las nubes se arremolinaban bajo sus pies, imitando el movimiento de las sombras que ahora obedecían a su voluntad sin necesidad de conjuros.
A su espalda, la puerta se deslizó sin ruido. No necesitaba girarse para saber quién era; el calor seco y reconfortante que emanaba del hombre anunciaba a Choi Jong-in antes de que este diera un paso.
—Has estado callado desde que regresamos de Londres —dijo Jong-in, colocándose a su lado. Sus gafas reflejaban el sol poniente, dándole un aire de intelectual peligroso—. ¿Arrepentimientos? ¿O simplemente estás procesando el vacío que deja una mentira de trece años?
Harry exhaló un suspiro que se convirtió en una voluta de vapor plateado.
—No es arrepentimiento —respondió Harry—. Es... extrañeza. Durante años, mi mayor deseo era que los Weasley me adoptaran legalmente. Ver a Molly llorar no porque me perdía, sino porque perdía mi oro... fue como ver un boggart transformarse en la realidad más cruda.
Jong-in puso una mano pesada y cálida sobre el hombro de su hijo.
—El fuego purifica, Harry. A veces tiene que quemar los cimientos de lo que creíamos sagrado para que podamos construir sobre roca sólida. Tu padre Jinwoo está en la sala del trono. Ha llegado un emisario de los duendes.
Harry asintió y ambos se dirigieron hacia el corazón de la fortaleza. El interior era una maravilla de arquitectura coreana moderna fusionada con geometría imposible. No había antorchas; las paredes mismas emitían una suave luminiscencia azulada.
Al entrar en la sala, Harry vio a Jinwoo Sung sentado en un trono que parecía tallado en la noche misma. Frente a él, el duende Ragnok lucía una armadura de gala y sostenía un cofre de plata grabado con runas de alta seguridad.
—Mis señores —saludó Ragnok con una inclinación que Harry nunca había visto dirigir a un mago británico—. El embargo ha sido completado. La casa conocida como "La Madriguera" ha sido desmantelada. Hemos recuperado objetos de la familia Potter que estaban ocultos en el ático de los Weasley, incluyendo el diario de investigación de Lily Evans sobre pociones de sangre.
Harry sintió una punzada de rabia.
—¿Incluso sus diarios? —preguntó Harry, acercándose al cofre—. ¿Dumbledore les permitió robar hasta los recuerdos de mi madre?
—Dumbledore se los entregó como "pago por servicios de custodia" —explicó Jinwoo, su voz resonando con una vibración que hacía vibrar el suelo—. Pero hay algo más importante, Harry. Ragnok ha descubierto el rastro de un contrato matrimonial que Albus intentó validar hace apenas una semana.
Ragnok sacó un pergamino amarillento que vibraba con una magia rancia y manipulada.
—Un enlace entre Harry James Potter y Ginevra Molly Weasley —leyó el duende con asco—. Firmado por Albus Dumbledore como guardián mágico y Molly Weasley como representante de la novia. Estaba programado para activarse automáticamente el día de su decimoséptimo cumpleaños, transfiriendo el resto de los títulos Potter a la línea Weasley en caso de su... "desafortunado fallecimiento" en la guerra.
Harry apretó los puños. Una pequeña grieta apareció en el suelo de piedra bajo sus pies, y sombras finas como agujas empezaron a brotar de ella.
—Querían mi sangre, mi dinero y, finalmente, mi linaje —siseó Harry—. No eran una familia. Eran parásitos.
—Ya no —dijo Jinwoo, poniéndose de pie. Su presencia llenó la habitación, haciendo que incluso las sombras de las esquinas se cuadraran en señal de respeto—. He enviado a Beru a vigilar a la chica, Ginny. Ella no parece ser consciente de la magnitud del plan de su madre, pero su núcleo mágico ha sido alimentado con pociones de lealtad desde los diez años. La corrupción llega hasta la médula.
—¿Qué haremos con Dumbledore? —preguntó Harry, mirando a sus dos padres—. El Ministerio está en caos, pero él todavía tiene la Orden del Fénix. Todavía tiene seguidores que creen que es un santo.
Choi Jong-in sonrió, una expresión que recordaba a un incendio forestal contenido tras una presa.
—Dejaremos que su propia luz lo ciegue —dijo Jong-in—. Harry, mañana es el primer día de lo que habría sido tu tercer año. No irás a Hogwarts como un estudiante, pero irás como el ejecutor de la deuda. La Confederación Internacional de Magos ha aceptado nuestra queja. Mañana, una delegación de cazadores de rango S y magos coreanos desembarcará en el Ministerio de Magia Británico.
—Quiero estar allí —dijo Harry con firmeza.
—Estarás —confirmó Jinwoo—. Pero antes, necesitas despertar algo que Dumbledore selló con especial miedo. Tu sombra personal.
Jinwoo caminó hacia Harry y puso una mano sobre su pecho, justo encima del corazón.
—En el mundo de los magos, llaman a esto "magia oscura" —susurró Jinwoo—. Pero para nosotros, es simplemente el derecho a reclamar lo que es nuestro. Harry, ordena a la sombra que se levante. No del suelo, sino de tu alma.
Harry cerró los ojos. Buscó en ese rincón oscuro donde siempre había guardado su soledad, su dolor por los Dursley y su rabia por las mentiras. Encontró una masa de energía fría pero vibrante que latía al ritmo de su corazón.
—Surge —susurró Harry.
El suelo del salón explotó en una ráfaga de energía violeta. De la sombra de Harry emergió una figura imponente, un guerrero alado con una armadura que parecía hecha de plumas de cuervo metálicas y un casco que ocultaba su rostro, dejando ver solo dos ojos encendidos en un fuego fatuo.
—Su nombre es Kael —dijo Jinwoo con orgullo—. Es una sombra antigua que se vinculó a tu linaje cuando naciste, pero los bloqueos de Dumbledore la mantuvieron dormida, consumiendo tu propia magia para mantenerse en estasis. Por eso siempre estabas cansado, Harry. Por eso tus hechizos eran erráticos. Estabas alimentando una prisión.
Harry extendió la mano y el guerrero de sombra inclinó la cabeza, apoyando su frente contra la palma del joven. Harry sintió una oleada de fuerza, una conexión que le devolvía años de energía robada.
—Mañana —dijo Harry, y su voz ahora tenía el mismo eco de autoridad que la de Jinwoo—, el Ministerio aprenderá que las sombras no olvidan.
A la mañana siguiente, el Atrio del Ministerio de Magia en Londres estaba más concurrido de lo habitual. Cornelius Fudge caminaba de un lado a otro, ajustándose su sombrero de hongo con dedos temblorosos. A su lado, Dolores Umbridge lucía una expresión de indignación que parecía grabada en su rostro de sapo.
—¡Es un ultraje! —chillaba Umbridge—. ¡Magos extranjeros exigiendo acceso a nuestros archivos privados! ¡Dumbledore dice que esto es una invasión!
—Dumbledore ya no tiene voz en este asunto, Dolores —dijo una voz gélida que cortó el aire.
Las chimeneas del Atrio estallaron en llamas verdes y doradas. De ellas salieron Harry, Jinwoo y Choi Jong-in, seguidos por una escolta de diez cazadores coreanos de élite, cuyas armaduras modernas y auras de poder hacían que los aurores británicos parecieran niños jugando con palitos.
Harry vestía una túnica de seda negra con bordados en hilo de oro que representaban un fénix y un dragón entrelazados. A su lado, Lyra Black caminaba con la cabeza alta, portando el estandarte recuperado de la Casa Black.
—Ministro Fudge —dijo Harry, deteniéndose a pocos metros del hombre—. He venido por los registros originales de mi custodia y por la fe de vida de Sirius Black.
—¡Sr. Potter! —balbuceó Fudge—. Sirius Black es un asesino convicto...
—Sirius Black nunca tuvo un juicio —intervino Lyra, dando un paso adelante—. Y como heredera regente de la Casa Black, exijo la presentación inmediata del prisionero bajo la custodia de la Confederación Internacional. Si se niega, se considerará una violación del Tratado de Viena Mágico.
En ese momento, las puertas de los ascensores se abrieron y Albus Dumbledore salió, seguido por Kingsley Shacklebolt y una furiosa Molly Weasley.
—¡Harry! —gritó Molly, intentando abrirse paso entre los guardias coreanos—. ¡Hijo, detén esta locura! ¡Mira lo que le has hecho a mi familia! ¡Ron no puede ni comer de la angustia!
Harry la miró con una indiferencia que fue más dolorosa que un hechizo.
—Ron no puede comer porque ya no tiene mi oro para pagar sus banquetes, Sra. Weasley —respondió Harry—. Guarde sus lágrimas. No funcionan con alguien que ya conoce el precio de cada una de ellas.
—Harry —dijo Dumbledore, su voz imbuida de un poder que intentaba subyugar la voluntad de los presentes—, esto ha ido demasiado lejos. Estás destruyendo el equilibrio de nuestra sociedad. Por favor, hablemos en privado. Como tu mentor...
—Usted nunca fue mi mentor, Albus —lo cortó Harry—. Fue mi carcelero. Y hoy, el mundo verá el contenido de su caja fuerte privada en Gringotts, la que los duendes han abierto bajo orden judicial.
Dumbledore palideció notablemente.
—No tienes derecho...
—Tengo todo el derecho —dijo Harry, señalando hacia la gran fuente del Atrio—. Porque cada galeón que hay allí tiene el rastro mágico de la sangre Potter.
Jinwoo Sung dio un paso al frente y el aire se volvió denso. Los aurores que intentaron levantar sus varitas sintieron que sus brazos pesaban toneladas.
—Mi hijo ha sido muy paciente —dijo Jinwoo, y sus ojos brillaron con un azul eléctrico que hizo que las luces del Ministerio parpadearan—. Pero mi paciencia es limitada. Entreguen a Sirius Black y los registros, o este edificio se convertirá en el mausoleo de su gobierno.
Fudge, viendo que los aurores no podían ni moverse bajo la presión mágica de Jinwoo, cedió.
—¡Tráiganlo! —gritó el Ministro—. ¡Traigan a Black de Azkaban!
Pasaron treinta minutos de una tensión insoportable. Finalmente, dos guardias trajeron a una figura esquelética, encadenada con grilletes de supresión mágica. Sirius Black apenas podía mantener la cabeza erguida, pero cuando sus ojos grises se encontraron con los de Harry, una chispa de reconocimiento brilló en ellos.
—¿James? —susurró con voz ronca.
Harry se acercó rápidamente. Con un gesto de su mano, las sombras de Kael surgieron y cortaron las cadenas de hierro mágico como si fueran papel.
—No, Sirius. Soy Harry —dijo el joven, sosteniendo al hombre antes de que cayera—. Y he venido a llevarte a casa. A casa de verdad.
Lyra se arrodilló al lado de su padre, rompiendo en llanto por primera vez. Jinwoo y Jong-in observaban la escena con una seriedad solemne. Habían cumplido la primera parte de su promesa.
—¡Esto es ilegal! —gritó Umbridge, recuperando el habla—. ¡No pueden llevarse a un prisionero sin el perdón del Ministro!
Choi Jong-in se giró hacia ella. Un pequeño chasquido de sus dedos hizo que la túnica rosa de la mujer empezara a humear.
—El perdón del Ministro no es necesario cuando el tribunal internacional ha declarado que el encarcelamiento fue un crimen de lesa humanidad —dijo Jong-in—. Y si vuelve a abrir la boca, Sra. Umbridge, le mostraré por qué me llaman el Soldado Definitivo.
Dumbledore observaba cómo Sirius era ayudado por los cazadores coreanos. Sabía que había perdido. No solo había perdido a Harry; había perdido el control sobre la narrativa de la guerra.
—¿Qué harás ahora, Harry? —preguntó Dumbledore, pareciendo de repente un anciano muy pequeño en medio del majestuoso Atrio—. ¿Te irás a Corea y nos dejarás a merced de Voldemort?
Harry se detuvo antes de entrar en la chimenea de regreso. Se giró hacia el director, y por un momento, la imagen de Jinwoo Sung pareció superponerse a la suya.
—Voldemort es un problema que usted creó, Albus. Su incapacidad para lidiar con sus propios errores no es mi responsabilidad. Sin embargo —Harry sonrió, una sonrisa que prometía tormentas—, si Tom decide aparecer, descubrirá que este mundo ya no le pertenece a los magos que se esconden tras varitas. Le pertenece a los que caminan con las sombras.
—Y en cuanto a usted —continuó Harry, mirando a Fudge y a la multitud de empleados del Ministerio que observaban desde los balcones—, consideren esto su única advertencia. La Casa Sung-Choi y la Casa Black están oficialmente fuera de su jurisdicción. Si intentan interferir con nosotros, con mis padres o con mis aliados, no enviaré abogados. Enviaré un ejército que no conoce el miedo ni el cansancio.
Con un movimiento fluido, Harry arrojó polvos flú de color violeta al suelo.
—¡Fuerte de las Sombras! —exclamó.
Las llamas los envolvieron, y en un parpadeo, el Atrio quedó vacío, dejando tras de sí un silencio roto solo por los sollozos de Molly Weasley y el sonido del pergamino de Dumbledore cayendo al suelo.
De vuelta en la fortaleza, Sirius fue llevado inmediatamente a la enfermería de alta tecnología, donde los sanadores de Jong-in empezaron a revertir los años de daño causados por los Dementores. Harry se quedó en el pasillo, observando a través de un ventanal cómo Lyra hablaba con su padre.
—Lo logramos —dijo una voz a su lado. Era Jinwoo.
—Es solo el principio, ¿verdad? —preguntó Harry.
Jinwoo asintió, mirando hacia el horizonte.
—Dumbledore no se rendirá fácilmente. Intentará usar a los otros Weasley, a los que todavía están en la escuela, para llegar a ti. Y Voldemort... él sentirá el cambio en el equilibrio del poder. Vendrá a buscarte, creyendo que eres el mismo niño débil que sobrevivió por suerte.
Harry miró sus propias manos. Una neblina negra empezaba a danzar entre sus dedos, respondiendo a su voluntad. Ya no sentía el rastro de la cicatriz; el fuego de Jong-in lo había limpiado de cualquier rastro del alma de Tom Riddle.
—Que venga —dijo Harry con una calma que hizo que las sombras de la habitación se agitaran con anticipación—. Tengo mucho que enseñarle sobre lo que significa realmente "vivir".
Esa noche, mientras el mundo mágico británico se sumía en el caos de las revelaciones y los despidos masivos en el Ministerio, Harry Sung-Choi durmió por primera vez en paz. Sabía quién era. Sabía de dónde venía. Y lo más importante, sabía que no estaba solo.
A miles de kilómetros de allí, en una mansión medio en ruinas, una criatura pequeña y deforme sentada en un trono de madera sintió un escalofrío que no pudo explicar. Lord Voldemort, todavía recuperando su forma física, sintió que el vínculo que lo unía al niño se había roto, reemplazado por algo mucho más oscuro y vasto. Algo que no era magia, sino autoridad pura.
El tercer año no había hecho más que empezar, y las reglas del juego habían sido quemadas hasta los cimientos. Harry Potter había muerto para que el Monarca del Fuego y la Sombra pudiera nacer. Y el mundo, aunque todavía no lo sabía, estaba a punto de arrodillarse.