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Hermanas y algo mas hyuga y uchiha

Entre Sombras de Lavanda y Obsidiana

La mansión Hyuga siempre había sido un lugar de silencios sepulcrales y protocolos rígidos, pero esa mañana el aire se sentía más pesado que de costumbre. La noticia de la masacre del clan Uchiha se había extendido por Konoha como un incendio incontrolable. Hinata, con apenas unos años de vida pero un corazón que ya cargaba con el peso de la empatía, no podía dejar de temblar. No pensaba en la política, ni en el poder, ni en el Sharingan; pensaba en la niña de ojos azabache que solía ver en las tediosas reuniones de clanes.

Sin pedir permiso, Hinata escapó de la vigilancia de sus guardianes y corrió hacia el hospital de la aldea. Allí, en una habitación fría y estéril, encontró a Sasuki. La última Uchiha estaba sentada en la cama, con la mirada perdida en un vacío que ningún niño debería conocer.

—Sasuki-chan... —susurró Hinata, acercándose con pasos vacilantes.

La pelinegra no reaccionó de inmediato. Su mundo se había desmoronado en una sola noche de sangre. Cuando finalmente giró la cabeza, Hinata vio una soledad tan profunda que le dolió el pecho.

—Vete, Hinata —dijo Sasuki con voz ronca—. Ya no queda nada de mi clan. No tienes por qué estar aquí.

—No me voy a ir —respondió Hinata con una determinación que sorprendió incluso a ella misma. Se sentó al borde de la cama y tomó la mano fría de la otra niña—. Ven a vivir conmigo. Hablaré con mi padre. Podemos ser... podemos ser hermanas. Yo cuidaré de ti, y tú de mí. No estarás sola nunca más.

Sasuki la miró, buscando una mentira en sus ojos perla, pero solo encontró una sinceridad abrasadora. Por primera vez desde la tragedia, una lágrima rodó por la mejilla de la Uchiha.

La petición de Hinata causó un revuelo sin precedentes en el consejo del clan Hyuga. Hiashi Hyuga, un hombre de hierro, vio una oportunidad estratégica, pero también impuso condiciones crueles.

—Si la última Uchiha desea refugiarse bajo nuestro techo, no será como una igual —sentenció Hiashi ante una Hinata temblorosa—. Se convertirá en tu sirvienta personal. Deberá lealtad absoluta al nombre Hyuga y a ti, como futura heredera. Solo bajo esa máscara de servidumbre la aldea permitirá que dos de los linajes más poderosos convivan bajo el mismo techo.

Sasuki aceptó sin dudarlo. Prefería ser una sirvienta al lado de Hinata que una huérfana en un mundo que solo la miraba con lástima o sospecha.

Los primeros días fueron un torbellino de aprendizaje forzado. Sasuki, acostumbrada a ser la prodigio de su propio clan, ahora debía aprender a caminar tres pasos detrás de Hinata, a servir el té con una precisión milimétrica y a mantener la cabeza baja ante los ancianos Hyuga.

—Lo siento tanto, Sasuki-chan —susurraba Hinata cada noche en la privacidad de su habitación, mientras Sasuki le cepillaba el largo cabello—. No debería ser así.

—Está bien, Hinata-sama —respondía Sasuki con una sonrisa triste, usando el honorífico que el protocolo exigía—. Frente a ellos soy tu sombra. Pero cuando cerramos esta puerta... tú sabes quiénes somos.

Las semanas se convirtieron en meses. Sasuki perfeccionó el arte de la invisibilidad. Se volvió tan eficiente que los miembros del clan apenas notaban su presencia, viéndola solo como una herramienta de Hinata. En la Academia Ninja, la dinámica era la misma. Sasuki Uchiha era, indiscutiblemente, la mejor kunoichi de su generación, pero siempre regresaba al lado de Hinata para cargar sus pertenencias o escoltarla en silencio.

Los años pasaron y la relación entre ambas se transformó en algo que las palabras "hermanas" o "sirvienta" no podían abarcar. Durante los entrenamientos secretos en los bosques, Sasuki ayudaba a Hinata a fortalecer su Puño Suave, mientras Hinata curaba las heridas de Sasuki con ungüentos y caricias que duraban más de lo necesario.

Para la aldea, eran la señora y su escolta. Para los ninjas de su generación, como Naruto o Sakura, era un arreglo extraño pero funcional. Nadie sospechaba que, bajo la superficie de la servidumbre, latía un deseo que quemaba más que el Amaterasu.

Llegó el salto temporal. Tras años de misiones, de crecimiento y de peligros compartidos, ambas habían alcanzado la madurez. Hinata se había convertido en una mujer de una belleza serena y una fuerza interna inquebrantable; Sasuki era una guerrera letal, cuya frialdad externa solo se derretía ante la presencia de su ama.

Una noche, después de una misión particularmente agotadora bajo la lluvia, ambas se retiraron a los baños privados del complejo Hyuga. El vapor llenaba la estancia, creando una atmósfera de ensueño y privacidad absoluta.

Sasuki estaba arrodillada junto a la tina, preparando el agua para Hinata, cuando sintió una mano suave sobre su hombro.

—Sasuki... detente —dijo Hinata. Su voz no era la de una ama dando una orden, sino la de una mujer que ya no podía callar.

Sasuki se puso de pie y se giró. Sus ojos negros se encontraron con los orbes lavanda de Hinata. El silencio entre ellas siempre había sido cómodo, pero ahora estaba cargado de una electricidad nueva, de una tensión que hacía que el aire fuera difícil de respirar.

—Hinata-sama, el agua está lista...

—No me llames así. No aquí —interrumpió Hinata, dando un paso hacia adelante, acortando la distancia—. Llevamos años fingiendo para los demás. Fingiendo que soy tu superior, fingiendo que solo somos hermanas juradas. Pero mi corazón... mi corazón no sabe cómo ser tu hermana, Sasuki.

Sasuki sintió que el mundo se detenía. —Si cruzas esta línea, Hinata, no habrá vuelta atrás. Soy tu sombra, soy tu espada...

—Sé lo que eres —dijo Hinata, y por primera vez, fue ella quien tomó la iniciativa. Rodeó el cuello de Sasuki con sus brazos, atrayéndola hacia sí—. Eres la persona a la que amo. Eres mi hogar.

Sasuki soltó un suspiro que pareció liberar años de represión y rodeó la cintura de Hinata con fuerza, hundiéndose en el abrazo. Fue un contacto hambriento, desesperado. Cuando sus labios finalmente se encontraron, el beso supo a alivio, a años de palabras no dichas y a una pasión que había crecido en la oscuridad de los pasillos del clan.

El beso se profundizó, volviéndose más urgente. Sus cuerpos, envueltos en el calor del vapor, se buscaron con una necesidad casi dolorosa. Las manos de Sasuki, callosas por el manejo de la espada, temblaron al deslizarse por la espalda de Hinata, sintiendo la suavidad de su piel bajo la tela delgada de la bata.

—Te deseo tanto —susurró Sasuki contra los labios de Hinata—. He pasado cada noche de estos años imaginando este momento, odiándome por querer tocarte de esta manera.

Hinata respondió guiando las manos de Sasuki hacia su pecho, dejando que sus dedos exploraran las curvas de su cuerpo. El contacto envió chispas a través de sus nervios. Se acariciaron con una mezcla de reverencia y lujuria, descubriendo los secretos que sus ropas habían ocultado durante tanto tiempo. Cada caricia era una confesión, cada gemido ahogado era una promesa.

—No te odies —dijo Hinata, con la respiración entrecortada mientras Sasuki besaba su cuello—. Lo que sentimos no es pecado, es lo único real que tenemos en este clan lleno de mentiras.

Aquella noche, en el corazón del territorio Hyuga, la jerarquía se disolvió por completo. No había ama ni sirvienta, solo dos almas que se habían encontrado en la tragedia y se habían salvado mutuamente a través del amor.

En los años venideros, la dinámica externa no cambió. Sasuki seguía caminando tres pasos detrás de Hinata, protegiéndola de cualquier amenaza con una ferocidad que intimidaba a los propios líderes de la aldea. Seguía sirviendo el té y manteniendo la compostura de la sirvienta perfecta.

Sin embargo, cuando las luces de la mansión se apagaban y el mundo exterior desaparecía, ellas se encontraban en su propio universo. Un universo donde Sasuki era la reina del corazón de Hinata y donde Hinata era el único norte de Sasuki. Se cuidaban, se amaban y se entregaban la una a la otra con la certeza de que, sin importar cuántos años pasaran o cuántas batallas tuvieran que librar, su vínculo era inquebrantable.

El clan Hyuga creía tener a la última Uchiha bajo su control, pero la realidad era que Sasuki Uchiha no servía a un clan; servía al amor de su vida, y Hinata Hyuga no gobernaba a una sirvienta, sino que compartía su vida con su igual, su amante y su eterna compañera.