Hilo de la Batalla Final
El eco de un futuro en sus ojos
El silencio que siguió a la derrota de Ryomen Sukuna no fue de paz inmediata, sino de una incredulidad sorda. Shinjuku, o lo que quedaba de ella, era un cementerio de hormigón pulverizado y sombras disipadas. Cuando el cuerpo de Megumi Fushiguro finalmente fue liberado de la influencia del Rey de las Maldiciones y Satoru Gojo, tambaleante pero vivo, se mantuvo en pie entre los escombros, el mundo pareció contener el aliento antes de estallar en un grito colectivo de alivio.
Satoru no celebró. No hubo poses arrogantes ni risas estrepitosas. Simplemente cayó de rodillas, con los Seis Ojos apagándose por el agotamiento extremo, y dejó que la oscuridad del cansancio lo reclamara.
Semanas después, la Academia de Hechicería de Tokio respiraba un aire distinto. El hospital de la institución, generalmente un lugar de paso rápido para los heridos, se había convertido en el cuartel general de una tensa espera. Megumi había despertado hacía días, confundido y cargando con un luto interno que solo el tiempo podría mitigar, pero vivo. Sin embargo, la habitación 402 permanecía en un silencio sepulcral, custodiada por el aroma a desinfectante y el sonido rítmico de los monitores.
Shoko Ieiri entró en la habitación como lo había hecho cada mañana desde el fin de la batalla. Llevaba su bata blanca impecable, pero las ojeras bajo sus ojos castaños eran más profundas que de costumbre. No era solo por el trabajo acumulado curando a los supervivientes; era el peso del secreto que latía en su interior, un secreto que crecía al mismo ritmo que su ansiedad.
Se acercó a la cama donde Satoru descansaba. El hombre más fuerte del mundo se veía extrañamente humano bajo las sábanas blancas. Sin su venda, con el cabello blanco desordenado sobre la almohada, parecía un joven que simplemente se había quedado dormido tras una larga noche de fiesta, y no el guerrero que había redefinido los límites de la existencia.
Shoko se sentó en la silla junto a él y encendió un cigarrillo por pura inercia, antes de recordar dónde estaba y apagarlo de inmediato con un suspiro de frustración.
—Ya es suficiente, Satoru —susurró ella, su voz quebrándose ligeramente—. Despierta de una vez. No puedes dejarme planeando esto sola.
Como si sus palabras hubieran sido el detonante final, los párpados de Gojo temblaron. Lentamente, esos ojos azules que contenían el infinito se abrieron, parpadeando con pesadez. Le tomó unos segundos enfocar la figura de Shoko, y cuando lo hizo, una chispa de su antigua chispa volvió a encenderse.
—¿Shoko? —Su voz era un hilo áspero, apenas un roce—. ¿He muerto y el cielo es una oficina de la academia? Qué decepción...
Shoko soltó una carcajada seca, una mezcla de alivio y rabia contenida.
—Sigues siendo un idiota, incluso después de casi ser borrado de la existencia.
Satoru intentó incorporarse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios. Sus reservas de energía maldita estaban en niveles mínimos, algo inaudito para él. Shoko se levantó rápidamente para ayudarlo, colocando almohadas detrás de su espalda con una suavidad que rara vez mostraba.
—Megumi... ¿está bien? —preguntó él, con la mirada fija en sus manos vendadas.
—Está vivo. Está con Itadori y Nobara ahora mismo. Todos están bien, Satoru. Ganaste.
Él exhaló un suspiro largo, cerrando los ojos por un momento. La tensión que había mantenido sus hombros rígidos durante meses pareció disolverse.
—Ya veo. Entonces, supongo que el mundo sigue girando.
Hubo un silencio prolongado. Shoko sabía que este era el momento. El aire en la habitación se sentía denso, cargado de las palabras que no se dijeron aquella noche antes de la batalla, de la promesa silenciosa que se hicieron entre sábanas revueltas y el miedo al fin.
—Satoru —dijo ella, llamando su atención. Él la miró, notando algo diferente en su expresión. No era la indiferencia habitual, era algo feroz y vulnerable a la vez—. Esa noche... antes de que te fueras a Shinjuku.
Gojo suavizó su mirada. El recuerdo de su encuentro, de la piel de Shoko contra la suya y la forma en que se aferraron el uno al otro como si fueran los últimos seres sobre la tierra, era lo que lo había mantenido cuerdo en los momentos más oscuros de la pelea contra Sukuna.
—Lo recuerdo cada segundo, Shoko —respondió él en voz baja—. Fue lo único real en medio de todo ese caos.
—Bueno, parece que fue más real de lo que ambos planeamos.
Shoko se acercó más a la cama. Sin decir una palabra más, tomó la mano derecha de Satoru. Él la miró con curiosidad, dejando que ella guiara sus dedos largos y delgados. Shoko llevó la mano de él hacia su propio vientre, presionándola firmemente contra la tela de su bata.
Al principio, Satoru frunció el ceño, confundido por el gesto. Pero entonces, algo sucedió. Gojo, incluso con su energía al mínimo, poseía los Seis Ojos. Podía sentir el flujo de la vida, la chispa de la energía maldita en sus formas más primordiales. Y allí, bajo la palma de su mano, sintió un pulso. No era el de Shoko. Era un latido diminuto, una presencia nueva, un núcleo de energía que vibraba con una frecuencia que le resultó aterradoramente familiar. Una mezcla perfecta de la calma de Shoko y el infinito de él mismo.
Los ojos de Satoru se abrieron de par en par. El azul de sus iris pareció brillar con una intensidad sobrenatural, reflejando una galaxia de emociones: asombro, terror, y finalmente, una alegría tan pura que le dolió el pecho.
—Shoko... —Su voz tembló, algo que nadie había escuchado jamás—. ¿Esto es...?
—Es tuyo, Satoru —dijo ella, y las lágrimas que había estado conteniendo durante semanas finalmente rodaron por sus mejillas—. Es nuestro.
Gojo no pudo evitarlo. Se inclinó hacia adelante, ignorando el dolor de sus heridas, y apoyó la frente contra el hombro de Shoko mientras su mano seguía fija en su vientre, como si temiera que, si la soltaba, esa nueva vida desaparecería como un espejismo.
—Voy a ser... —empezó a decir, pero se interrumpió por un sollozo ahogado—. Voy a ser padre.
—Vas a ser un padre desastroso —logró bromear Shoko, aunque su voz estaba cargada de emoción—. Pero vas a estar aquí para verlo. Me lo prometiste.
Satoru levantó la cabeza y la miró con una devoción que la dejó sin aliento. En ese momento, no era el Hechicero Más Fuerte, ni el líder del clan Gojo, ni el salvador de la humanidad. Era solo un hombre que acababa de encontrar una razón para que el mañana fuera algo más que una carga.
—Te amo, Shoko —dijo él, acortando la distancia entre ambos—. No te imaginas cuánto.
Se besaron con una ternura que contrastaba con la desesperación de su último encuentro. Fue un beso que sabía a victoria, a alivio y a un nuevo comienzo. Un pacto sellado no con sangre, sino con la promesa de una familia que ninguno de los dos pensó que llegaría a tener en un mundo tan cruel.
Sin embargo, el momento de intimidad absoluta fue interrumpido de la forma más ruidosa posible.
—¡SENSEI! ¡TRAJE LOS DULCES QUE ME PEDISTE Y...!
La puerta de la habitación se abrió de golpe. Nobara Kugisaki entró como un torbellino, seguida de cerca por Yuji Itadori y un Megumi Fushiguro que intentaba, sin éxito, mantener el orden. Los tres se detuvieron en seco al ver la escena: Gojo sentado en la cama, con la mano firmemente puesta sobre el vientre de una Shoko que claramente acababa de estar llorando, y ambos con una expresión que gritaba de todo menos "relación profesional".
Nobara dejó caer la bolsa de dulces al suelo. Sus ojos se abrieron como platos y su dedo índice apuntó a la pareja con una precisión letal.
—¡LO SABÍA! —gritó Nobara, su voz resonando en todo el pasillo del hospital—. ¡SABÍA QUE HABÍA ALGO ENTRE USTEDES! ¡PERO ESTO...! ¡ESTO ES OTRO NIVEL!
—¿Gojo-sensei? —Yuji ladeó la cabeza, procesando la información a la velocidad de la luz—. Espera... la mano... el vientre... Shoko-san... ¡¿VA A HABER UN MINI-GOJO?!
Megumi, por su parte, se llevó una mano a la cara, aunque una pequeña y rara sonrisa de alivio cruzó sus labios.
—Vaya... felicidades, supongo —murmuró Megumi, aunque su tono era de "ya me lo esperaba".
En cuestión de segundos, la habitación se llenó de gente. Panda, Inumaki y Maki aparecieron por el pasillo, atraídos por los gritos de Nobara. Incluso el director Gakuganji se asomó por la puerta con una expresión de desconcierto absoluto.
—¡Expliquen esto ahora mismo! —exigió Maki, cruzándose de brazos pero con un brillo de alegría en sus ojos—. ¿Desde cuándo? ¿Cómo?
Satoru, recuperando su habitual confianza juguetona, rodeó la cintura de Shoko con un brazo y la atrajo hacia él, mientras con la otra mano hacía el signo de paz hacia sus alumnos.
—¡Bueno, ya saben cómo soy! —exclamó Gojo con una sonrisa radiante, la más auténtica que Shoko le había visto en años—. ¡Incluso en la paz, soy el mejor creando sorpresas! ¡Preparen los regalos, porque este niño va a ser el más mimado de toda la historia de la hechicería!
Shoko rodó los ojos, pero no se apartó. De hecho, se apoyó más en él, disfrutando del calor de su cuerpo y del caos que siempre lo rodeaba.
—Va a ser un dolor de cabeza —murmuró ella, mirando a los chicos que ya estaban discutiendo sobre quién sería el padrino—. Igual que su padre.
—Pero será nuestro dolor de cabeza —respondió Satoru, besando su sien.
Nobara ya estaba planeando el guardarropa del bebé, Yuji estaba emocionado pensando en enseñarle a pelear, y Panda se ofrecía como niñera oficial. El ruido era ensordecedor, las preguntas llovían y el hospital de la academia nunca había estado tan lleno de vida y risas.
Shoko miró por la ventana. El cielo de Shinjuku ahora sí era azul, un azul limpio y despejado que se reflejaba en los ojos del hombre a su lado. El pasado, con sus sombras y sus amigos perdidos, siempre estaría allí, pero por primera vez, el futuro no era una incertidumbre aterradora. Era una promesa.
—Gracias por volver, Satoru —susurró ella entre el bullicio.
—Gracias por esperarme, Shoko —respondió él, apretando su mano sobre la de ella, justo donde el latido del futuro seguía marcando el ritmo de su nueva vida.
El mundo de la hechicería seguía siendo peligroso, y las cicatrices de la guerra tardarían en sanar, pero en esa pequeña habitación de hospital, rodeados de sus alumnos y del eco de una risa que desafiaba al destino, Satoru Gojo y Shoko Ieiri finalmente habían encontrado su propio infinito. Un infinito que no los separaba del mundo, sino que los unía para siempre.