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Honkai impact Génesis

Lazos de Sangre y Trueno en el Horizonte Nevado

El viaje de regreso desde el corazón de San Cristal fue lento y tortuoso. El aire gélido seguía cortando la piel, pero la presencia del Honkai se había desvanecido, dejando tras de sí un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el crujir de la nieve bajo sus botas. Zoika, apoyado pesadamente entre Kiana y Kiozu, mantenía la mirada fija en el frente. Su pierna vendada de forma improvisada dejaba un rastro de gotas carmesí, pero su sonrisa, aunque más tenue debido al agotamiento, no se borraba.

— Ya casi llegamos, Zoika. Resiste un poco más —susurró Kiana, cuya expresión de preocupación no se había disipado ni un segundo.

— Estoy bien, hermana... de verdad —respondió Zoika con un hilo de voz—. Solo estoy pensando en qué vamos a cenar. Salvar el mundo da mucha hambre.

Kiozu, al otro lado, soltó un bufido que mezclaba irritación y alivio.

— Tu estómago es lo único más resistente que tu cabeza —comentó el joven de la espada de doble filo, ajustando el agarre sobre el hombro de su hermano—. Pero guarda silencio. Necesitas ahorrar energía.

Al cruzar el último desfiladero que protegía la zona de aterrizaje de su transporte, los tres se detuvieron en seco. No estaban solos. Tres figuras aguardaban frente a la rampa de la nave, recortadas contra el cielo grisáceo del atardecer. La tensión en el ambiente cambió de inmediato; no era la hostilidad del Honkai, sino una presión social y familiar que hizo que incluso Kiana enderezara la espalda instintivamente.

En el centro del grupo de desconocidos se encontraba un joven de cabello blanco como la nieve, cuyas pupilas doradas brillaban con una intensidad fría y autoritaria. Sus brazos estaban cruzados sobre el pecho y su pie golpeaba rítmicamente el suelo congelado, denotando una impaciencia peligrosa. A su izquierda, un chico de cabello negro claro y pupilas azul pálido observaba la escena con una curiosidad juguetona; lo más llamativo en él era una cola de pelaje café con la punta gris que se movía lentamente de un lado a otro. A la derecha, un tercer joven, de piel un poco más oscura y cabello negro azabache, mantenía una postura relajada pero alerta, con unas pupilas rojas tan intensas que parecían brasas encendidas.

El joven de pelo blanco dio un paso al frente en cuanto los vio, fijando su mirada directamente en el herido Zoika.

— ¿Acaso no fui lo suficientemente claro? —Su voz resonó con una autoridad que hizo vibrar el aire—. Zoika, te prohibí terminantemente participar en misiones de este calibre hasta que tu entrenamiento estuviera completo. ¿Qué parte de "misión difícil" no lograste procesar en esa cabecita tuya?

Kiozu, manteniendo su habitual calma estoica, asintió levemente hacia el recién llegado.

— Hola, Zaikan —dijo Kiozu con voz plana—. Supuse que estarías aquí para el informe de daños.

Zaikan suspiró, frotándose el puente de la nariz mientras sus ojos dorados pasaban de Kiozu a Kiana.

— Hola, Kiozu. Me alegra ver que al menos tú conservas el sentido común —respondió Zaikan, antes de volver a fulminar a Zoika con la mirada—. Kiana, esperaba que tú, como la mayor, pusieras límites.

Kiana, aunque era la Herrscher del Final y una de las guerreras más poderosas de la humanidad, pareció encogerse un poco ante el tono de Zaikan. No era miedo, sino la culpa de una hermana que sabía que había cedido ante los ruegos de su hermano menor.

— ¡No fue del todo mi culpa! —exclamó Kiana, agitando una mano en el aire mientras con la otra sostenía a Zoika—. Es decir, sí, yo acepté que viniera, pero... ¡fue Zoika quien se metió de imprevisto entre las armas! Estábamos en medio del despliegue y apareció de la nada. Los sensores no lo detectaron a tiempo porque se mueve como una anguila.

Zoika soltó una risita nerviosa, tratando de ocultar una mueca de dolor.

— ¡Sorpresa! —dijo él, forzando una sonrisa radiante—. Solo quería asegurarme de que el flanco de Kiana estuviera cubierto. ¡Y funcionó! El núcleo fue destruido.

El chico de la cola café y ojos azules soltó una carcajada limpia y sonora, dando un paso adelante para romper el hielo.

— ¡Me encanta este chico! —exclamó con entusiasmo, mientras su cola se agitaba con fuerza—. Tiene ese fuego, esa chispa de imprudencia heroica. Actúa exactamente como tú en tus comienzos, Kiana. Sin miedo al éxito y con una fe ciega en que todo saldrá bien.

Zoika y Kiozu giraron la cabeza al unísono para mirar a Kiana. Ella se sonrojó levemente, recordando sus días como estudiante en la Academia St. Freya, cuando su mayor estrategia era lanzarse de cabeza contra el enemigo y esperar que sus pistolas hicieran el resto.

— No sé de qué hablas... —murmuró Kiana, desviando la mirada—. Yo siempre fui... muy táctica.

— Sí, claro. Y yo soy un gato doméstico —bromeó el chico de ojos azules, extendiendo una mano hacia Zoika—. Mucho gusto, valiente. Mi nombre es Zaiko. Zaiko Raje. Es un verdadero placer conocer a los hermanos de la legendaria Kiana.

Zoika, a pesar de estar apoyado en Kiozu y sentir que la pierna le pulsaba de dolor, se separó un centímetro y realizó una reverencia perfecta, aunque algo temblorosa.

— El placer es mío, Zaiko. Soy Zoika Kaslana. Gracias por... bueno, por no regañarme tanto como Zaikan.

El tercer joven, el de los ojos rojos y piel morena, se había mantenido en silencio hasta ese momento. Se acercó con pasos lentos y seguros, emanando una energía que resultaba familiar para Kiana. Su presencia era eléctrica, cargada de una estática que hacía que los vellos de los brazos se erizaran.

— Mi nombre es Ivón Raiden —dijo con una voz profunda y calmada—. He oído mucho sobre tus hazañas, Zoika. Aunque debo admitir que tu técnica de combate hoy fue... poco ortodoxa.

Kiana abrió mucho los ojos al escuchar el apellido. Dio un paso hacia adelante, escudriñando los rasgos del joven. Había algo en la forma de sus ojos y en la elegancia de su postura que le recordaba a su compañera más querida.

— ¿Raiden? —preguntó Kiana con una mezcla de asombro y esperanza—. ¿Ivón Raiden? ¿Acaso eres... familiar de Raiden Mei?

Ivón asintió con una leve sonrisa que apenas curvó sus labios, una expresión de modestia que recordaba vívidamente a la actual Herrscher del Trueno.

— Así es. Ella es mi tía —respondió Ivón—. Me envió aquí para asegurar que la misión no terminara en un desastre total. Parece que llegué justo a tiempo para ver las consecuencias de la "estrategia Kaslana".

Zaikan soltó un gruñido desde el fondo de su garganta, cruzándose de brazos nuevamente.

— La "estrategia Kaslana" es solo un eufemismo para referirse a la suerte milagrosa —sentenció Zaikan, aunque el brillo de sus ojos dorados se había suavizado un poco—. Zoika, vas a ir directo a la bahía médica. Nada de cenas, nada de celebraciones hasta que ese corte en tu pierna esté cerrado y Ivón confirme que no tienes una infección por energía Honkai.

— ¡Pero Zaikan! —protestó Zoika, inflando los mofles—. ¡Tengo hambre! ¡Kiana prometió que comeríamos pizza de regreso!

Kiana miró a Zaikan y luego a Ivón, sintiéndose atrapada entre su deseo de consentir a su hermano y la lógica aplastante de los recién llegados.

— Tal vez la pizza pueda esperar una hora —dijo Kiana, tratando de sonar autoritaria—. Ivón tiene razón, la seguridad es lo primero.

Kiozu asintió, comenzando a arrastrar a Zoika hacia la rampa de la nave.

— Vamos, "veterano". No hagas que Zaikan pierda más la paciencia, o terminará por prohibirte incluso las misiones de patrulla en el jardín.

Mientras subían, Zaiko Raje se colocó al lado de Zoika, dándole una palmada amistosa en el hombro no herido.

— No te preocupes, yo te llevaré algo de contrabando a la enfermería si el médico se pone estricto —le susurró al oído con un guiño—. Los que somos de espíritu libre debemos apoyarnos.

Zoika recuperó su sonrisa habitual, esa que iluminaba incluso los rincones más oscuros de San Cristal.

— Sabía que nos llevaríamos bien, Zaiko —respondió el joven Kaslana—. Pero que sea pizza de pepperoni.

Zaikan e Ivón se quedaron un momento atrás, observando cómo el grupo entraba en la nave. Zaikan soltó un suspiro largo, dejando que el vapor de su aliento se mezclara con el aire frío.

— Son un dolor de cabeza —comentó Zaikan, aunque ya no había enojo en su voz, sino una profunda preocupación fraternal.

— Lo son —coincidió Ivón, mirando hacia el horizonte donde el sol terminaba de ocultarse—. Pero son Kaslanas, Zaikan. La imprudencia es el precio que pagan por tener el corazón más grande de este mundo. Y mientras sigan sonriendo así después de una batalla... creo que hay esperanza para todos nosotros.

Dentro de la nave, el calor de los motores y las luces brillantes marcaron el fin de la decimoquinta misión. Zoika fue recostado en una camilla, y mientras Kiana le quitaba con cuidado la bufanda llena de nieve, el joven miró a su alrededor. Estaba su hermana, estaba su serio hermano Kiozu, y ahora había nuevos aliados, nuevos rostros que, a pesar de las reprimendas, se sentían como parte de algo más grande.

— Oye, Kiozu —llamó Zoika mientras Ivón preparaba un escáner médico—. ¿Qué te pareció mi última maniobra? La del salto sobre el Paladín.

Kiozu terminó de limpiar su espada de doble filo y la guardó en su funda con un clic metálico perfecto. Se acercó a la camilla y miró a su hermano a los ojos. Por un breve instante, la seriedad de Kiozu se rompió y una pequeña, casi imperceptible sonrisa apareció en su rostro.

— Fue una estupidez innecesaria —dijo Kiozu—. Pero... fue impresionante. No vuelvas a hacerlo.

Zoika cerró los ojos, sintiendo cómo el cansancio finalmente le ganaba la partida. Pero incluso en su semi-inconsciencia, su rostro mantenía esa expresión de felicidad. San Cristal había sido frío, las bestias habían sido feroces y el dolor era real, pero al final del día, todos estaban volviendo a casa juntos. Y para Zoika Kaslana, eso era lo único que realmente importaba.

Kiana se sentó al borde de la camilla, tomando la mano de su hermano menor. Miró a Ivón, quien ya estaba trabajando con una precisión que le recordaba tanto a Mei que le traía lágrimas de nostalgia a los ojos.

— Gracias por estar aquí, Ivón —dijo Kiana en voz baja.

— Es nuestro deber, Kiana —respondió el joven Raiden sin levantar la vista—. Mi tía siempre dice que los Kaslana y los Raiden están unidos por algo más que la historia. Estamos aquí para cuidarnos las espaldas.

La nave despegó, dejando atrás las ruinas heladas de San Cristal. En el interior, entre bromas de Zaiko, regaños de Zaikan y el silencio protector de Kiozu e Ivón, Zoika Kaslana finalmente se quedó dormido, soñando con la próxima misión y con la próxima sonrisa que regalaría al mundo. Porque mientras hubiera un Kaslana de pie, la luz nunca se apagaría del todo.