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Hora de aventura fat

El Trono de la Abundancia Infinita

La luz del sol de la mañana se filtraba por los altos ventanales del Gran Salón del Dulce Reino, pero ya no iluminaba el suelo de mármol pulido. En su lugar, los rayos dorados rebotaban sobre colinas rosadas, valles de fuego contenido y laderas de piel pálida. El salón se había convertido en una habitación de reposo perpetuo, un santuario donde el movimiento era un recuerdo lejano y la quietud era la máxima expresión de la felicidad.

Bonnibel Bubblegum, la soberana que una vez corría de un lado a otro de su laboratorio con precisión quirúrgica, ahora era una masa majestuosa de chicle expandido. Su cuerpo se había desbordado de tal manera que su trono de dulce ya no se veía; ella era el trono. Sus piernas, gruesas como troncos de árboles milenarios, descansaban pesadamente sobre una montaña de cojines reforzados. Sus pies, que antes calzaban botas elegantes, ahora eran pequeñas protuberancias al final de unos tobillos que se fundían con sus pantorrillas en una masa suave y continua.

—Mentita... —llamó Bonnie. Su voz, antes autoritaria, ahora sonaba profunda y algo ahogada por las capas de grasa que rodeaban su cuello, formando una triple papada que descansaba sobre su pecho—. Mentita, el suministro de jarabe de arce está bajando. Necesito más... para la estabilidad del experimento.

El pequeño mayordomo, que también había ganado un peso considerable pero aún conservaba cierta movilidad, entró rodando literalmente en la habitación, empujando un carrito cargado de galones de almíbar.

—Aquí tiene, mi Princesa —dijo Mentita, jadeando—. Los ciudadanos de dulce están trabajando turnos dobles en las cocinas. Dicen que es un honor verla tan... imponente.

Bonnie intentó levantar un brazo para tomar una de las jarras, pero el esfuerzo fue hercúleo. Sus brazos eran tan masivos, cubiertos por capas de grasa temblorosa, que el simple hecho de separarlos del costado de su cuerpo requería una concentración total. Cuando finalmente logró mover la mano, sus dedos, cortos y regordetes como salchichas de azúcar, apenas pudieron rodear el asa.

—Es fascinante —susurró Bonnie, mientras Mentita la ayudaba a beber—. He alcanzado un punto de masa crítica donde la gravedad parece funcionar de forma distinta. No puedo moverme, Mentita. Literalmente, si quisiera salir por esa puerta, tendrían que derribar la pared lateral del castillo.

—Ya hemos empezado los planos para la ampliación, Princesa —respondió el mayordomo con una reverencia que fue más bien una inclinación de cabeza.

A pocos metros de ella, Marceline la Reina Vampiro estaba sumergida en un estado de letargo absoluto. Su transformación era, quizás, la más impactante visualmente. La vampiresa, que durante siglos fue un hilo de sombra y huesos, ahora era una esfera de opulencia. Su barriga era tan vasta que llegaba al suelo incluso cuando intentaba flotar. De hecho, Marceline ya no volaba; solo levitaba a escasos centímetros de los cojines, balanceándose como un globo aerostático demasiado cargado.

Sus mejillas eran ahora dos grandes melones pálidos que casi ocultaban sus ojos cuando sonreía, y sus pechos habían crecido hasta alcanzar el tamaño de sandías maduras, descansando pesadamente sobre la curva superior de su vientre.

—Bonnie... —Marceline soltó una risita que hizo que todo su cuerpo vibrara como una gelatina—. Creo que me he quedado atrapada en el sofá. De nuevo.

—No es el sofá, Marcy —dijo Phoebe, la Princesa Flama, desde el otro lado de la sala—. Es que el sofá ya forma parte de ti.

Phoebe era ahora un espectáculo de energía térmica densa. Su peso era tal que los ingenieros de dulce habían tenido que reforzar el suelo con vigas de acero y piedra volcánica para evitar que se hundiera hacia las mazmorras. Su cara era un círculo perfecto de fuego dorado, con mejillas tan prominentes que sus rasgos faciales parecían pequeños puntos de luz en una nebulosa de calor. Su cintura había desaparecido hace semanas, reemplazada por una circunferencia tan ancha que ocupaba casi un tercio del salón.

—Me siento... tan densa —comentó Phoebe, mientras devoraba un bloque de carbón dulce que crujía entre sus dientes—. Siento que si me concentro lo suficiente, podría convertirme en un pequeño agujero negro de pura satisfacción.

—¿Recuerdan cuando nos preocupábamos por las invasiones? —preguntó Marceline, estirando perezosamente una mano hacia una fuente de fresas rojas gigantes que flotaba cerca de ella gracias a un pequeño hechizo—. Ahora, si alguien intentara invadirnos, simplemente... rodaríamos sobre ellos.

—Es una estrategia de defensa pasiva —añadió Bonnie, cerrando los ojos mientras sentía cómo su propia masa se acomodaba contra el suelo—. La inercia es nuestra mejor aliada. Nadie puede movernos. Somos inamovibles. Somos el centro de Ooo.

La vida en el castillo se había reducido a lo esencial: comer, reír y dormir. Las tres se habían vuelto tan grandes que la comunicación ya no era a través de gestos, sino de palabras lentas y suspiros de placer. Cada vez que una de ellas se reía, el eco de la grasa chocando contra el suelo creaba un ritmo rítmico que calmaba a todo el reino.

Unos días después, Finn y Jake volvieron a visitarlas. Esta vez, traían consigo un equipo de construcción de los Guardianes de Chicle.

—¡Princesa! —gritó Finn desde la entrada. No podía pasar de la puerta principal porque el cuerpo de Bonnie, que se extendía desde el trono, bloqueaba el pasillo—. ¡Traemos las vigas de refuerzo! El Doctor Helado dice que el castillo está empezando a inclinarse hacia el sur por el peso.

Bonnie ni siquiera abrió los ojos, solo movió un poco su papada en dirección a la voz.

—Ponlas donde creas conveniente, Finn —dijo ella con voz aterciopelada—. Y dile a los panaderos que el último lote de croissants estaba un poco ligero. Necesito más densidad.

Finn se asomó por el hueco que quedaba entre la pared y la inmensa cadera de la Princesa. Sus ojos se abrieron de par en par. Bonnie era una montaña rosada. Sus brazos eran tan anchos como troncos de Apple, y la piel de sus hombros estaba tan tensa por la grasa que brillaba bajo las luces.

—Jake... —susurró Finn—. No creo que puedan volver a caminar. Nunca.

Jake, que estaba ocupado tratando de trepar por la pierna de Marceline como si fuera una colina, se detuvo para mirar a su hermano.

—¿Y qué tiene de malo, hermano? Míralas. No tienen enemigos, no tienen estrés, y son las personas más suaves del planeta. Yo mismo estoy pensando en ganar unos cuantos kilos de más para ver si puedo ser tan zen como ellas.

Marceline sintió las pequeñas patas de Jake en su muslo, que era tan ancho como una cama matrimonial.

—Hola, perrito —dijo Marceline con voz soñolienta—. Trae algo de comer cuando bajes de ahí. Hay un barril de jugo de grosella en la esquina que no alcanzo... bueno, no alcanzo nada que esté a más de diez centímetros de mi barriga.

—¡Voy en camino, Reina de las Curvas! —exclamó Jake, deslizándose por la ladera de la vampiresa.

Finn se sentó en el suelo, derrotado pero extrañamente tranquilo. El ambiente en el salón era contagioso. El calor que emanaba de la Princesa Flama, la dulzura del aroma de Bonnie y la calma eterna de Marceline creaban una atmósfera donde el tiempo parecía no existir.

—¿De verdad son felices así? —preguntó Finn, mirando a Phoebe.

La Princesa Flama giró su cabeza lentamente. El movimiento le tomó varios segundos debido a la resistencia de su propia papada ardiente.

—Finn... antes, cada vez que me movía, tenía miedo de quemar algo. Tenía miedo de mi propio poder. Ahora, mi poder está contenido en este peso. Soy una caldera de paz. No necesito correr hacia el peligro cuando el peligro ni siquiera puede rodear mi cintura.

Bonnie asintió, aunque el movimiento fue casi imperceptible.

—La ciencia nos dice que la energía se conserva, Finn. Yo he decidido conservar toda mi energía en forma de... reserva estratégica. Mira a mi pueblo. No hay hambre, no hay guerra. Todos están siguiendo mi ejemplo. El Dulce Reino es ahora el Reino del Reposo.

—Pero... ¿y si el Rey Helado ataca? —insistió Finn.

—El Rey Helado estuvo aquí ayer —dijo Marceline, soltando una carcajada que sacudió sus pechos como dos enormes globos de agua—. Intentó secuestrar a Bonnie, pero no pudo ni siquiera rodear su brazo con sus dos manos. Se rindió a los cinco minutos y se quedó a comer tarta de queso. Ahora mismo debe estar durmiendo en la cocina, probablemente ha ganado diez kilos solo con el olor.

Finn miró hacia la cocina y, efectivamente, escuchó los ronquidos profundos de Simon, mezclados con el sonido de las batidoras industriales que no dejaban de funcionar.

—Supongo que la paz tiene una forma diferente a la que imaginaba —admitió Finn, quitándose la mochila y usándola como almohada contra la suave pantorrilla de Bonnie.

—Tiene forma de dona, Finn —dijo Bonnie—. Una dona muy, muy grande.

Pasaron las horas y el banquete continuó. Los sirvientes de dulce traían bandejas de comida que parecían pequeñas ante la escala de las princesas. Bonnie devoraba pasteles de un solo bocado; Marceline absorbía el color de hectáreas de remolachas en segundos; Phoebe consumía carbón mineral por toneladas.

La transformación física era absoluta. Bonnie ya no tenía cuello, solo una transición suave de su cara redonda a sus hombros masivos. Sus brazos eran tan pesados que descansaban permanentemente sobre los reposabrazos ensanchados de su trono, incapaces de levantarse más allá de unos pocos centímetros. Su barriga se extendía hacia adelante como una península de chicle, cubriendo sus muslos y llegando casi hasta sus rodillas, que estaban enterradas bajo capas de suavidad.

Marceline, por su parte, se había convertido en la definición de la opulencia vampírica. Sus mejillas de melón le daban un aspecto infantil y eterno, mientras que su cuerpo era una serie de curvas concéntricas que parecían no tener fin. Cada vez que intentaba hablar, su pecho de sandía subía y bajaba, creando ondas que recorrían toda su figura.

Phoebe era un sol terrestre. Su calor era ahora constante y nutritivo, no destructivo. Sus extremidades eran tan gruesas que apenas podía distinguir dónde terminaba el brazo y dónde empezaba la mano, pero no le importaba. El placer de la saciedad era superior a cualquier deseo de agilidad.

—Chicas —dijo Bonnie, con los ojos casi cerrados por el sueño postprandial—, creo que hemos alcanzado la perfección biológica.

—Sí... —susurró Marceline, sintiendo cómo su inmenso cuerpo se hundía un poco más en los cojines—. Sin peleas... sin misiones... solo esto.

—Solo comida... y nosotras —añadió Phoebe, emitiendo un pequeño eructo de fuego que iluminó la sala con un brillo naranja—. Somos las reinas de la montaña... y la montaña somos nosotras.

El sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de Ooo de colores que recordaban a la mermelada y al caramelo. En el gran salón, las tres princesas más poderosas del mundo descansaban, unidas por su inmovilidad y su felicidad compartida. Ya no eran figuras de acción o de política; eran monumentos vivos a la indulgencia, seres tan vastos y satisfechos que el mundo entero parecía girar a su alrededor, atraído por la gravedad de su alegría y el peso de su nueva y gloriosa existencia.

Finn, medio dormido contra la pierna de Bonnie, pensó que quizás el mundo no necesitaba héroes que corrieran, sino princesas que supieran cómo disfrutar de la paz, un bocado a la vez. Y mientras el silencio de la satisfacción caía sobre el castillo, las tres amigas se sumergieron en un sueño profundo, sabiendo que mañana habría más comida, más risas y, sobre todo, más de ellas mismas para disfrutar.