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Hora de ser bebé

Quebranto y Sumisión Absoluta

El tiempo en la mansión Baxter se había convertido en una masa informe de humillación y dependencia. Para Danny, los días ya no se medían por el sol o la luna, sino por los cambios de pañal, las tomas de biberón y el peso constante de las cadenas en sus muñecas. Dash había perfeccionado su papel de "cuidador" con una devoción aterradora, transformando la vida del chico que una vez fue un héroe en una parodia infantil y degradante.

Sin embargo, el espíritu de Danny, aunque magullado, no se había extinguido por completo. Una tarde, en un arranque de desesperación nacida de la claustrofobia de su cautiverio, Danny había intentado morder la mano de Dash mientras este intentaba forzarlo a beber una leche espesa y dulce. El resultado fue inmediato y catastrófico. Dash no gritó; simplemente lo miró con una decepción gélida que heló la sangre de Danny.

—Parece que mi pequeño necesita un recordatorio muy largo de quién manda aquí —había susurrado Dash antes de arrastrarlo, una vez más, hacia el abismo del armario.

Esa vez no fueron horas. Ni siquiera días. Fue un mes entero de oscuridad absoluta, interrumpido solo por las breves y brutales intervenciones de Dash para asegurar que Danny no muriera, pero que deseara estarlo.

El castigo fue una sinfonía de agonía sensorial. Dash no solo reactivó los vibradores en su ano y su pene al máximo nivel, sino que añadió una nueva capa de tormento: pinzas metálicas conectadas a una batería de bajo voltaje en sus pezones. Cada pocos minutos, una descarga eléctrica recorría el pecho de Danny, haciendo que sus músculos se tensaran en espasmos involuntarios, mientras los dispositivos inferiores continuaban su zumbido ensordecedor, llevándolo al borde de un orgasmo que nunca se le permitía alcanzar, manteniéndolo en un estado de sobreestimulación perpetua.

El hambre se convirtió en un dolor sordo en su estómago, una garra que lo consumía por dentro mientras Dash solo le administraba el agua justa para mantener sus órganos funcionando. La privación sensorial, el ruido blanco del motor de los juguetes y el dolor eléctrico fragmentaron la psique de Danny. En la oscuridad, Danny dejó de ser Danny Fenton. Dejó de ser el chico mitad fantasma. Se convirtió en un manojo de nervios expuestos, una criatura que solo conocía el miedo y la necesidad de que el ruido cesara.

Finalmente, tras treinta días que parecieron una eternidad de tortura ininterrumpida, la puerta del armario se abrió con un chirrido que hirió los oídos de Danny.

La luz de la habitación era cegadora. Danny, desnudo, cubierto de sudor y con los ojos enrojecidos, se encogió en el suelo, temblando violentamente. El zumbido de los dispositivos se detuvo de golpe, dejando un vacío en sus oídos que le provocó náuseas.

Dash entró en el armario, su figura imponente bloqueando la salida. Se puso de cuclillas frente al chico quebrantado y le quitó la mordaza con un movimiento casi gentil, aunque sus ojos brillaban con la satisfacción de un conquistador.

—Mírate, Danny —dijo Dash, su voz resonando en el pequeño espacio—. Estás hecho un desastre. ¿Valió la pena? ¿Valió la pena desobedecer a papá?

Danny intentó hablar, pero su garganta estaba tan seca que solo emitió un graznido lastimero. Sus manos, liberadas de las ataduras del armario pero aún débiles, buscaron instintivamente algo a lo que aferrarse. El trauma del mes de aislamiento había dejado una marca profunda: el terror a ser abandonado nuevamente en la oscuridad superaba cualquier rastro de orgullo o vergüenza.

—P-por... favor... —logró articular Danny, las lágrimas surcando la suciedad de su rostro—. No más... no más armario... seré bueno... lo prometo...

Dash sonrió, una expresión de triunfo absoluto. Extendió una mano y acarició el cabello sudoroso de Danny, tirando ligeramente hacia atrás para obligarlo a mirarlo.

—No sé si te creo, pequeño. Los bebés desobedientes necesitan ser castigados hasta que aprendan que su única función es complacer.

El pánico se disparó en el pecho de Danny. Al ver que Dash hacía un gesto hacia el interruptor de los dispositivos que aún colgaban de su cuerpo, la mente de Danny, fracturada y desesperada por evitar el regreso del dolor, reaccionó de la única manera que pensó que detendría al monstruo frente a él.

Con un movimiento torpe y desesperado, Danny se arrastró sobre sus rodillas hacia Dash. Sus manos temblorosas se aferraron a los muslos del atleta, y su mirada, llena de una súplica animal, se fijó en la entrepierna de Dash.

—Haré... lo que quieras... —sollozó Danny, su voz quebrada por la humillación—. Por favor, Dash... no enciendas eso... te daré lo que quieras...

Dash arqueó una ceja, sorprendido y excitado por la iniciativa del chico.

—¿Ah, sí? ¿Y qué crees que podrías ofrecerme tú, en este estado?

Danny no esperó a que Dash cambiara de opinión. Con el corazón latiendo desbocado contra sus costillas, comenzó a desabrochar con dedos torpes el pantalón de chándal de Dash. Sus ojos estaban nublados por las lágrimas, pero su objetivo era claro: la sumisión total como moneda de cambio por el alivio.

Cuando el miembro de Dash quedó expuesto, Danny no dudó. Se inclinó hacia adelante, cerrando los ojos para bloquear la realidad de lo que estaba haciendo, y comenzó a lamer y succionar con una desesperación frenética. No había técnica, solo el deseo ferviente de complacer, de ser el "buen bebé" que Dash quería, con tal de que las descargas eléctricas y el zumbido no volvieran a su cuerpo.

Dash soltó un gruñido de placer, hundiendo sus dedos en el cabello de Danny y empujando su cabeza hacia abajo, forzando la profundidad del acto.

—Eso es... —jadeó Dash, su voz cargada de una lujuria posesiva—. Así es como debe comportarse mi pequeño. Usando esa boquita para lo único que sirve además de beber su biberón.

Danny continuó, ignorando el sabor amargo y la náusea que subía por su garganta. En su mente, cada movimiento era una súplica de perdón, un sacrificio de su última pizca de humanidad en el altar de la obsesión de Dash. Sentía la mano de Dash presionando su nuca con fuerza, recordándole que no tenía escapatoria, que su cuerpo y su voluntad ya no le pertenecían.

Después de lo que parecieron minutos de una intensidad asfixiante, Dash se tensó y soltó un gemido ronco, descargándose en la boca de Danny. El chico, temblando, no se atrevió a apartarse hasta que Dash le dio una palmada suave en la mejilla, indicándole que terminara.

Danny tragó, sintiendo que algo dentro de él se rompía definitivamente. Se quedó allí, de rodillas, con la mirada perdida en el suelo del armario, mientras Dash se recomponía con una calma aterradora.

—Vaya, Danny... —dijo Dash, levantándolo por las axilas como si fuera un niño pequeño—. Parece que el armario realmente funciona. Nunca habías sido tan... cooperativo.

Dash lo sacó del armario y lo llevó hacia el baño de la habitación. Allí, con una minuciosidad que rozaba lo obsesivo, comenzó a lavar el cuerpo de Danny. Retiró los dispositivos y las pinzas de los pezones con cuidado, pero Danny ni siquiera se inmutó cuando el agua tibia tocó su piel irritada. Estaba en estado de shock, su mente flotando en algún lugar lejos de esa habitación.

—Ahora, vamos a ponerte algo cómodo —dijo Dash mientras lo secaba con una toalla suave—. Has sido un chico muy especial hoy. Te has ganado una noche fuera del armario.

Dash lo llevó de vuelta a la cama y, con movimientos expertos, le colocó un pañal nuevo, ajustando las cintas adhesivas con un sonido seco que ahora provocaba un escalofrío de obediencia en Danny. Luego, le puso un mameluco de felpa amarilla con dibujos de patitos.

—Mira qué lindo te ves —susurró Dash, sentándolo en su regazo mientras le ofrecía un biberón lleno de leche tibia—. Bebe todo, pequeño. Necesitas recuperar fuerzas para mañana.

Danny tomó el biberón con ambas manos, succionando mecánicamente. Sus ojos, antes brillantes y llenos de vida, ahora eran dos pozos oscuros de sumisión. Ya no intentaba luchar contra las cadenas cuando Dash lo aseguró de nuevo a los postes de la cama. Ya no protestaba por la humillación del pañal.

Dash se acostó a su lado, apagando la luz principal y dejando solo el suave resplandor de la lámpara nocturna.

—Mañana jugaremos a algo nuevo —murmuró Dash contra el oído de Danny, rodeándolo con sus brazos—. Me ha gustado mucho lo que hiciste en el armario. Creo que vamos a incorporar eso a tu rutina diaria de "bebé". ¿Te gustaría eso, Danny?

Danny, con el biberón aún en la boca, asintió levemente. Sabía que cualquier atisbo de resistencia significaría el regreso a la oscuridad, a los cables y al hambre.

—Buen chico —dijo Dash, cerrando los ojos con una sonrisa satisfecha—. Duerme ahora. Papá te tiene a salvo. Nadie te va a encontrar nunca, y nadie te va a cuidar como yo. Eres mi propiedad absoluta, Danny. Mi pequeño y perfecto juguete.

En el silencio de la habitación, solo se escuchaba el sonido de la succión del biberón y la respiración pesada de Dash. Danny miró hacia la oscuridad del techo, preguntándose si en algún lugar, fuera de esas cuatro paredes, alguien recordaba al chico que solía ser. Pero ese pensamiento se desvaneció rápidamente, reemplazado por la calidez sedante de la leche y el peso opresivo del brazo de Dash sobre su pecho.

El héroe de Amity Park había muerto en aquel armario. Lo que quedaba era una cáscara vacía, un bebé roto que solo vivía para evitar el dolor y buscar la aprobación del monstruo que lo llamaba suyo. Y mientras el sueño lo reclamaba, Danny supo que la próxima vez que Dash le pidiera algo, no importaba cuán degradante fuera, él lo haría con una sonrisa, porque el miedo a la oscuridad era ahora el único motor de su existencia.

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