Husband
El eco de las páginas y el aroma a café recién hecho
La vida después del "sí, acepto" no cambió drásticamente en su rutina, pero sí en su peso emocional. Para Megumi, el anillo de platino en su dedo anular izquierdo era un recordatorio constante de que ya no era una isla. Aunque seguía siendo un hombre de pocas palabras y gestos contenidos, el compromiso con Yuji había suavizado las aristas más afiladas de su carácter. El departamento en Setagaya se sentía más cálido, no solo por la calefacción, sino por la presencia vibrante de Itadori, quien parecía haberse tomado muy en serio su papel de esposo proveedor.
Hacía casi un año que Yuji había ascendido en su trabajo. Ahora tenía más responsabilidades, pero también un sueldo que le permitía insistir, casi a diario, en que Megumi no necesitaba trabajar tanto.
— Gumi, he estado pensando —dijo Yuji una mañana, mientras devoraba un tazón de arroz con huevo crudo—. Ese manuscrito que estás corrigiendo... es el tercero este mes. ¿No crees que deberías tomarte un descanso largo?
Megumi, que estaba sentado frente a él con una edición antigua de cuentos folclóricos, levantó la vista. Sus ojeras eran tenues, pero visibles bajo la luz matutina.
— Es mi trabajo, Yuji. Además, me gusta. Me mantiene ocupado mientras tú estás fuera —respondió con calma, aunque sabía hacia dónde iba la conversación.
— Lo sé, pero... —Yuji dejó los palillos y lo miró con una seriedad inusual—. Quiero que disfrutes más de la casa. O de tus hobbies. He estado ahorrando lo suficiente para que, si quisieras, pudieras dejar de aceptar encargos externos durante un año entero. O dos. O para siempre.
Megumi suspiró, cerrando el libro con un golpe seco pero suave. Sabía que Yuji no lo decía por control, sino por un deseo genuino de protegerlo. Yuji recordaba demasiado bien los años en los que Megumi llevaba el peso del mundo sobre sus hombros, y ahora quería ser él quien sostuviera el cielo.
— No voy a dejar de trabajar por completo, Yuji. Pero... aceptaré menos clientes. Solo los que realmente me interesen —cedió Megumi, sabiendo que eso haría feliz a su esposo.
La sonrisa que recibió a cambio fue suficiente recompensa. Pero los planes de Yuji no se detenían en la estabilidad laboral. Itadori Yuji era un hombre de grandes sueños, y ahora que tenía al amor de su vida a su lado legalmente, su mente volaba hacia el futuro con una velocidad que a veces asustaba a Megumi.
Unas semanas después, Megumi encontró un folleto sobre una mesa auxiliar. Era de una inmobiliaria que promocionaba casas en las afueras de Chiba, con amplios jardines y bibliotecas integradas. Al lado del folleto, había una nota adhesiva con la letra desordenada de Yuji: *"¡Mira esta, Gumi! ¡Tiene espacio para todos tus libros y para que los perros corran!"*.
Megumi dejó el folleto con una pequeña sonrisa. Yuji no solo planeaba una casa; planeaba una vida que Megumi nunca se había atrevido a imaginar para sí mismo. Una vida que incluía raíces profundas.
Esa noche, cuando Yuji llegó a casa, traía consigo una energía eléctrica. Se quitó los zapatos en la entrada y, sin siquiera soltar el maletín, rodeó a Megumi con sus brazos desde atrás mientras este terminaba de preparar la cena.
— ¿Viste el folleto? —preguntó Yuji, apoyando la barbilla en el hombro de su esposo.
— Lo vi. Es una casa muy grande, Yuji. Demasiado para dos personas y dos perros —respondió Megumi, aunque no se apartó del contacto.
Yuji guardó silencio por un momento, aspirando el aroma del champú de Megumi. Sus manos se apretaron un poco más alrededor de su cintura.
— Bueno... quizá no siempre seamos solo dos personas y dos perros —soltó Yuji, con una voz más suave y cargada de una esperanza tímida.
Megumi se tensó ligeramente. La idea de la paternidad era algo que habían mencionado vagamente durante el compromiso, pero ahora, bajo el techo de su hogar compartido, se sentía real, tangible.
— ¿Estás hablando de... un hijo, Yuji? —preguntó Megumi, apagando el fuego de la estufa y girándose en sus brazos.
— He estado investigando sobre los procesos de adopción —admitió Yuji, rascándose la mejilla con timidez—. Sé que somos jóvenes, y que apenas estamos empezando como casados, pero... me imagino a un pequeño con tu inteligencia y mi energía corriendo por ese jardín en Chiba. Sería increíble, ¿no crees?
Megumi miró a los ojos dorados de su esposo. Vio la honestidad, el amor desbordante y esa imprudencia encantadora que siempre lo definía. Yuji no solo quería un hijo; quería construir un legado de felicidad para compensar toda la oscuridad que ambos habían conocido en el pasado.
— Es un plan a largo plazo, supongo —dijo Megumi, suavizando su expresión—. No es algo que decidamos entre el plato principal y el postre.
— ¡Claro que no! —exclamó Yuji, riendo y levantándolo en vilo por un momento—. Pero quería que lo supieras. Quiero todo contigo, Megumi. La casa, los niños, envejecer hasta que no nos queden dientes. Todo.
Megumi ocultó su rostro en el cuello de Yuji para que no viera lo mucho que le afectaban esas palabras.
— Eres un idiota sentimental —susurró.
— Tu idiota sentimental —corrigió Yuji con un beso en la frente.
A medida que pasaban los meses, Megumi comenzó a cumplir, a su manera silenciosa, con los deseos de Yuji. Dejó de aceptar proyectos de consultoría que requerían viajes largos o noches en vela. Empezó a pasar más tiempo en casa, no solo limpiando o cocinando, sino realmente habitando el espacio. Compró plantas para el balcón porque Yuji dijo una vez que "la casa necesitaba más vida", y se esforzó por aprender recetas nuevas que sabía que a Yuji le encantarían después de un largo día en la oficina.
Sin embargo, los celos de Megumi seguían siendo su punto débil.
Una tarde, Megumi decidió ir a buscar a Yuji al trabajo para darle una sorpresa. Llevaba consigo una bufanda que Yuji había olvidado esa mañana. Al llegar al vestíbulo del edificio de oficinas, vio a Yuji cerca de la salida, hablando con una mujer joven que sostenía unos documentos.
Yuji estaba riendo, esa risa ruidosa y contagiosa que Megumi amaba, pero que odiaba ver dirigida a otros. La mujer le devolvía la sonrisa, acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja. Yuji, en su habitual falta de límites personales, le dio una palmadita amistosa en el hombro mientras decía algo que la hizo reír aún más.
Megumi se detuvo en seco. Sintió esa presión familiar en el pecho, ese frío que le recorría la espalda. "Es solo Yuji siendo Yuji", se dijo a sí mismo, pero sus pies se movieron antes de que pudiera procesarlo.
— Yuji —llamó Megumi, con una voz que cortó el aire como un cuchillo de hielo.
Yuji se giró al instante y su rostro se iluminó de una manera que ninguna otra persona podía provocar.
— ¡Gumi! ¿Qué haces aquí? —corrió hacia él, ignorando por completo a su colega—. ¡Chicos, miren, es mi esposo! —anunció a los que pasaban por allí, sin una pizca de vergüenza.
La mujer se acercó, sonriendo con amabilidad.
— Mucho gusto, Fushiguro-san. Itadori-kun nos habla de usted todo el tiempo. De hecho, nos estaba pidiendo consejos sobre qué tipo de árboles frutales crecen mejor en Chiba. Dice que quiere plantar un ciruelo para usted.
Megumi sintió que la sangre le subía a las mejillas. La frialdad se evaporó instantáneamente, reemplazada por una mezcla de alivio y una profunda vergüenza.
— Ah... entiendo —logró decir Megumi, evitando la mirada de la mujer—. Olvidaste tu bufanda, Yuji. Hace frío fuera.
Yuji aceptó la bufanda con entusiasmo, envolviéndosela en el cuello mientras seguía parloteando sobre el proyecto de la casa. Megumi se dejó guiar hacia la salida, sintiendo la mano de Yuji entrelazada con la suya.
— Sabes que solo te pregunto a ellos porque saben de jardinería, ¿verdad? —susurró Yuji cuando estuvieron lo suficientemente lejos—. No tienes que poner esa cara de "voy a invocar a mis perros para que los muerdan".
— No puse esa cara —mintió Megumi, mirando hacia otro lado.
— Sí la pusiste. Pero me gusta. Significa que todavía me quieres lo suficiente como para ser posesivo.
— Te quiero lo suficiente como para soportar tus tonterías, que es mucho más —replicó Megumi, aunque apretó la mano de Yuji con fuerza.
Esa noche, mientras Yuji dormía profundamente, Megumi se quedó despierto un rato más, observando el folleto de la casa en Chiba que ahora descansaba en su mesita de noche. Se levantó con cuidado de no despertar a su esposo y fue hacia su pequeño estudio.
Encendió la computadora y buscó información sobre los trámites de adopción en Japón para parejas del mismo sexo. Sabía que no sería fácil; sabía que habría obstáculos legales y sociales. Pero mientras miraba el anillo en su dedo y escuchaba la respiración acompasada de Yuji desde la habitación de al lado, sintió que podía enfrentarse a cualquier cosa.
Si Yuji quería un ciruelo en Chiba, Megumi aprendería todo lo necesario sobre botánica para que ese árbol diera los mejores frutos. Si Yuji quería un hijo, Megumi sería el padre más dedicado y protector que el mundo hubiera visto.
No lo hacía solo por satisfacer a Yuji. Lo hacía porque Yuji le había dado permiso para soñar con un futuro que no fuera una zona de guerra.
Unos meses después, la mudanza a Chiba se hizo realidad. La casa era tal como Yuji la había descrito: amplia, con suelos de madera que crujían ligeramente y grandes ventanales que dejaban entrar la luz del atardecer. La biblioteca de Megumi ocupaba una habitación entera, con estanterías que llegaban hasta el techo.
Una tarde de primavera, Yuji estaba en el jardín, cavando un hoyo para el prometido ciruelo. Megumi lo observaba desde el porche, con una taza de té en las manos.
— ¡Gumi, ven a ayudarme! —gritó Yuji, secándose el sudor de la frente con el antebrazo—. ¡Este árbol es el comienzo de nuestra nueva etapa!
Megumi dejó la taza y bajó al jardín. Se arrodilló en la tierra junto a su esposo, ensuciándose las manos sin importarle. Entre los dos, colocaron el joven árbol en su lugar y comenzaron a cubrir las raíces.
— He estado pensando —dijo Megumi, sin mirar a Yuji—. Sobre lo que dijiste de la adopción.
Yuji se detuvo, con la pala en el aire. Sus ojos se abrieron de par en par.
— ¿Y?
— He empezado a leer sobre el proceso. Y he hablado con un abogado especializado —confesó Megumi, finalmente mirando a Yuji—. Si realmente quieres esto... yo también lo quiero. Quiero que esta casa se llene de ruido.
Yuji no dijo nada por un segundo. Simplemente soltó la pala y se abalanzó sobre Megumi, derribándolo sobre la hierba recién cortada.
— ¡Vas a ser el mejor papá del mundo, Gumi! —exclamó Yuji, llenándole la cara de besos mientras Megumi intentaba, sin éxito, apartarlo mientras se reía.
— ¡Yuji, suéltame! ¡Estoy lleno de tierra!
— ¡No me importa! ¡Somos esposos con un árbol y un plan! —gritó Yuji al cielo, radiante de felicidad.
Megumi dejó de resistirse y abrazó a su esposo, hundiendo los dedos en su cabello rosado. El camino por delante sería largo y probablemente complicado. Habría más momentos de celos absurdos, más días de trabajo agotador y muchos desafíos que enfrentar como pareja. Pero mientras estuvieran juntos, bajo la luz de la luna o el sol de Chiba, Megumi sabía que cada pequeño sacrificio, cada plan cumplido y cada promesa de papel y tinta valdrían la pena.
Porque al final del día, no se trataba solo de cumplir las expectativas del otro. Se trataba de construir, centímetro a centímetro, el hogar que ambos merecían después de haber sobrevivido a la tormenta.
— La luna estará hermosa esta noche, Yuji —susurró Megumi, recordando las palabras del anillo.
Yuji sonrió, pegando su frente a la de Megumi.
— Y mañana también, Gumi. Y todas las noches que vengan después.