Idea 1
El lamento de los lirios marchitos
La humillación no era un evento, era un estado constante, una neblina espesa que se filtraba en los poros hasta que uno olvidaba el olor de su propia piel. Ron Weasley estaba de pie, inmóvil como una estatua de sal, mientras dos brujas de servicio —mujeres de mirada vacía que apenas se atrevían a respirar— ajustaban las capas de seda blanca y encaje que lo envolvían.
No era una túnica de gala. Era, en cada fibra y costura, un vestido de novia.
Rabastan había llevado su sadismo a un nuevo nivel estético. El atuendo era de un blanco tan puro que resultaba insultante, diseñado para resaltar la palidez enfermiza de Ron y el rojo fuego de su cabello, que ahora le caía sobre la frente, descuidado y sin brillo. Los bordes de las mangas estaban rematados con hilos de plata que, al contacto con la piel, emitían un calor punzante, un recordatorio mágico de que no era más que un animal enjaulado en sedas preciosas.
—Está demasiado flojo de la cintura —siseó una de las mujeres, tirando de los cordones del corsé oculto bajo la tela—. El señor Lestrange quiere que se note su fragilidad. Que todos vean lo que ha quedado del "héroe".
Ron soltó un jadeo ahogado cuando el aire abandonó sus pulmones. Sus manos temblaban. Se miró al espejo y sintió un asco tan profundo que tuvo que cerrar los ojos. No era solo la ropa; era el simbolismo. Al vestirlo así, Rabastan estaba borrando su identidad, su género, su historia. Lo estaba convirtiendo en una "esposa" en el sentido más arcaico y brutal de la palabra: un objeto ritual, un recipiente para la descendencia y un trofeo para exhibir en la vitrina del nuevo orden mundial.
La puerta se abrió con un estrépito. Percy entró llevando un recipiente con agua perfumada y toallas de lino. Su rostro era una máscara de eficiencia servil, pero al levantar la vista y ver a Ron, sus ojos se abrieron con un horror que casi rompe su fachada.
—Fuera —ordenó Percy a las mujeres, su voz teñida de una autoridad que no debería tener un simple criado—. El señor Lestrange me ha ordenado terminar los preparativos finales. Necesita privacidad para sus... oraciones.
Las brujas dudaron, pero la intensidad gélida en la mirada de Percy —la misma mirada que solía usar para citar el decreto ministerial número cincuenta y siete— las hizo retroceder y salir de la habitación.
En cuanto la puerta se cerró, Percy dejó caer la bandeja. El sonido del metal contra el suelo fue como un disparo en el silencio de la alcoba.
—Ron... oh, por Merlín, Ron —susurró Percy, acercándose con pasos rápidos. Sus manos se extendieron hacia los hombros de su hermano, pero se detuvieron a milímetros, como si temiera que el simple contacto pudiera romperlo—. Ese bastardo... ese maldito bastardo.
Ron abrió los ojos. Estaban vidriosos, inyectados en sangre por la falta de sueño y el llanto contenido.
—Mírame, Percy —dijo con una risa amarga que terminó en un sollozo—. Soy una broma. Soy el juguete preferido de los mortífagos. ¿Crees que Harry me reconocería? ¿Crees que mamá dejaría de gritar si me viera así?
—No digas eso —Percy le tomó el rostro con ambas manos, obligándolo a sostenerle la mirada—. Eres Ronald Bilius Weasley. Eres un Gryffindor. Esta ropa... esto es solo trapo y magia barata. No cambia quién eres.
—Lo cambia todo —Ron se zafó del agarre, el peso del vestido dificultando sus movimientos—. Esta noche es la "ceremonia de unión". Rabastan no va a esperar al viernes, Percy. Me lo dijo. Quiere... quiere reclamar su propiedad delante de los invitados de honor. Quiere que todos escuchen.
Percy sintió que el mundo se inclinaba. La bilis subió por su garganta. Había pasado semanas planeando el rescate para el viernes, calculando las patrullas, estudiando los trasladores, pero el tiempo se les había escurrido entre los dedos como arena ensangrentada. La rabia, una furia fría y negra que nunca supo que poseía, comenzó a hervir en sus venas.
—No dejaré que te toque —dijo Percy, y su voz no tembló. Era la voz de un hombre que ya había cruzado el punto de no retorno—. Ron, escúchame bien. He escondido una dosis de esencia de díctamo y un sedante fuerte en el vino que servirán en la mesa principal. Si logro que Rabastan beba lo suficiente antes de que suban aquí...
—No funcionará —lo interrumpió Ron, agarrando el brazo de su hermano con desesperación—. Él es paranoico. Hace que los criados prueben todo primero. Si lo intentas y fallas, te matará delante de mí. Y si mueres, yo ya no tendré nada por lo que luchar.
—Entonces usaré el cuchillo —replicó Percy, señalando la daga oculta en su manga—. Lo mataré en el pasillo. Lo mataré en medio del salón si es necesario.
—Y entonces los sellos de la casa se cerrarán y ninguno de los dos saldrá vivo —Ron se acercó a él, su rostro a centímetros del de su hermano—. Percy, tienes que ser inteligente. Eres el listo de la familia, el que siempre seguía las reglas. Usa eso. No te conviertas en un asesino suicida por mi culpa.
—¡Es que no puedo quedarme mirando! —estalló Percy en un susurro violento, sus ojos humedeciéndose—. ¡Te veo con ese vestido, te veo con esas marcas en el cuello y siento que me estoy muriendo por dentro! Cada vez que él te pone la mano encima, es como si me arrancaran la piel. Fui un cobarde, Ron. Los abandoné a todos por un puesto en el Ministerio, por el orden, por las leyes... ¡Malditas sean las leyes!
Ron abrazó a su hermano. Fue un abrazo torpe, limitado por la estructura rígida del vestido de novia, pero fue lo más humano que había ocurrido en esa habitación en meses. Percy sollozó contra el hombro de Ron, su fachada de sirviente impasible desmoronándose por completo.
—No eres un cobarde —susurró Ron—. Estás aquí. Viniste a buscarme. Eso es más de lo que merezco.
Se separaron cuando escucharon pasos pesados y rítmicos aproximándose por el pasillo. Era el andar de un conquistador, el paso de alguien que se sabe dueño de cada piedra y cada alma en ese lugar.
—Es él —dijo Ron, su voz volviéndose plana, despojada de emoción. El mecanismo de defensa se activó instintivamente—. Vete, Percy. Ponte en la esquina. No lo mires a los ojos. Por favor, no hagas nada que te delate.
Percy se tragó sus lágrimas y su orgullo. Se colocó en las sombras, junto a la puerta, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas, adoptando de nuevo la postura del sumiso "Weatherby".
Rabastan Lestrange entró en la habitación. Vestía túnicas de un negro profundo, con bordados de dragones en hilo de sangre. Su rostro, marcado por los años en Azkaban pero rejuvenecido por la crueldad del poder, se iluminó con una sonrisa depredadora al ver a Ron.
—Exquisito —ronroneó Rabastan, caminando alrededor de Ron como un lobo evaluando a una presa—. El blanco te sienta de maravilla, Ronald. Te da ese aire de pureza que tanto nos esforzaremos en destruir esta noche.
Se detuvo frente a él y le levantó la barbilla con un dedo enguantado. Ron mantuvo la mirada perdida, enfocada en un punto invisible en la pared.
—Mírame cuando te hablo, mascota —ordenó Rabastan, apretando la mandíbula de Ron hasta que este se vio obligado a enfocarlo—. Hoy es un gran día. Tus antiguos amigos, los que aún no han sido cazados, sabrán que el corazón de los Weasley late ahora bajo el ritmo de los Lestrange.
—Solo soy un prisionero, Rabastan —dijo Ron con voz monótona—. No importa lo que me pongas encima.
—Oh, importa —Rabastan deslizó su mano por el costado del vestido, disfrutando de la forma en que Ron se tensaba bajo la tela—. Importa porque cada vez que te mires, recordarás que eres mío. Que tu cuerpo, tu nombre y tu futuro me pertenecen por derecho de conquista.
El mortífago se giró hacia la sombra donde estaba Percy.
—Tú, criado. Trae el cáliz de plata que está en el altar de abajo. Es hora de que mi prometida beba el vino ritual.
Percy no se movió por un segundo. Sus nudillos estaban tan apretados que la piel parecía a punto de rasgarse. El deseo de saltar sobre el cuello de Rabastan era casi insoportable, una vibración física que recorría todo su cuerpo.
—¿Estás sordo, idiota? —ladró Rabastan—. ¡Muévete!
—Sí, señor —respondió Percy, su voz saliendo como un graznido seco.
Salió de la habitación con el corazón martilleando en sus oídos. Mientras bajaba las escaleras de mármol, su mente trabajaba a una velocidad frenética. El viernes estaba demasiado lejos. El traslador no serviría si Ron estaba demasiado herido o si su espíritu terminaba de quebrarse esa noche.
"Tengo que hacerlo hoy", pensó Percy, sus ojos fijos en el gran salón donde los invitados empezaban a congregarse. "Tengo que matarlo hoy, aunque sea lo último que haga".
Mientras tanto, en la alcoba, Rabastan había acortado la distancia con Ron. Lo empujó suavemente hacia la cama con dosel, cuyas cortinas de terciopelo negro parecían las fauces de una tumba abierta.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Ronald? —preguntó Rabastan, desabrochándose lentamente los guantes—. No es tu sangre, aunque sea pura. Es tu voluntad. Es tan divertida de aplastar. Ver cómo ese fuego de Gryffindor se convierte en ceniza... es mejor que cualquier maldición Cruciatus.
Ron se sentó en el borde de la cama, el vestido extendiéndose a su alrededor como una mancha de nieve en la oscuridad.
—No puedes romper lo que ya está muerto —dijo Ron, intentando que su voz no temblara.
—No estás muerto —rio Rabastan, sentándose a su lado y pasando un brazo por sus hombros, atrayéndolo hacia sí con una fuerza posesiva—. Estás muy vivo. Y esta noche, cuando te obligue a darme un heredero, cuando sientas el peso de mi linaje en tu vientre, entenderás que la muerte habría sido un regalo que no estoy dispuesto a darte.
Ron cerró los ojos con fuerza. En su mente, trató de invocar la imagen de la Madriguera, del olor a pan recién horneado de su madre, de las risas de Fred y George, del vuelo de Harry tras la snitch. Pero las imágenes se desvanecían, reemplazadas por el frío de la seda y el olor a magia oscura que emanaba de Rabastan.
—Por favor... —susurró Ron, una última y débil súplica que odió en cuanto salió de sus labios.
—Las esposas no piden por favor, Ronald. Las esposas obedecen —Rabastan se inclinó y le mordió el lóbulo de la oreja, un gesto que pretendía ser afectuoso pero que era puramente territorial—. Prepárate. En una hora, bajaremos. Quiero que todos vean las lágrimas en tus ojos. Son el mejor adorno para ese vestido.
Rabastan salió de la habitación para recibir a sus invitados, dejando a Ron solo en la penumbra.
Minutos después, Percy regresó. No traía el cáliz. Sus manos estaban vacías, pero sus ojos brillaban con una resolución maníaca. Cerró la puerta con llave y lanzó un hechizo de silenciamiento con una varita que Ron no reconoció.
—Ron, mírame —dijo Percy, arrodillándose frente a él—. No hay tiempo para el plan del viernes. He robado esto de la bodega privada de Bellatrix.
Sacó un pequeño frasco con un líquido que burbujeaba con una luz violácea y malsana.
—Es veneno de quimera destilado —susurró Percy—. No lo matará de inmediato, pero lo paralizará. Causará un dolor tan intenso que no podrá concentrarse en lanzar un solo hechizo. En el momento en que te lleve al altar, cuando todos estén mirando, se lo daré.
—Percy, si haces eso, los guardias te despedazarán antes de que puedas llegar a la puerta —dijo Ron, agarrando las manos de su hermano—. No puedo dejar que te suicides por mí.
—Ya estoy muerto, Ron —replicó Percy con una sonrisa triste—. Morí el día que me negué a creerles cuando dijeron que Voldemort había vuelto. Morí cada día que pasé en ese despacho mientras tú pasabas hambre en el bosque. Esto no es un sacrificio. Es una redención.
—No —Ron se puso de pie, el vestido crujiendo a su alrededor—. Si vamos a hacer esto, lo haremos a mi manera. Él espera que yo sea la víctima. Espera que llore.
Ron se acercó al tocador y tomó un pesado frasco de perfume de cristal tallado. Lo vació en el suelo y rompió el cuello de la botella contra el borde de la mesa, creando un arma improvisada de bordes dentados y letales.
—Tú consigue que beba eso —dijo Ron, escondiendo el cristal roto entre los pliegues de su falda de novia—. Yo me encargaré de que no vuelva a levantarse. Si voy a estar vestido así, si voy a ser su "esposa", entonces seré la última cosa que vea antes de irse al infierno.
Percy miró a su hermano menor y, por primera vez en años, vio no al niño que necesitaba protección, sino al hombre que había luchado contra legiones de horrores.
—Eres un Weasley, Ron —dijo Percy, con un orgullo que le desgarraba el pecho—. El mejor de todos nosotros.
—Solo sácame de aquí, Percy —suplicó Ron, su voz quebrándose por un momento—. Solo quiero volver a ver el sol sin sentir que le pertenezco a alguien.
Abajo, los tambores empezaron a sonar. Era el llamado a la ceremonia. El sonido retumbaba en las paredes de la mansión como el latido de un corazón podrido.
Ron se alisó el vestido blanco. Se limpió las lágrimas y compuso su rostro en una máscara de fría sumisión. Percy se colocó detrás de él, asumiendo de nuevo su papel de sombra invisible.
Caminaron hacia la puerta. Al otro lado, los esperaba un pasillo lleno de enemigos, un salón lleno de monstruos y un hombre que creía haber ganado.
Pero mientras Ron bajaba las escaleras, sintiendo el roce de la seda contra sus piernas y el peso del cristal roto en su mano, supo que la noche no terminaría con una unión. Terminaría con sangre. Y por primera vez desde que fue capturado, Ron Weasley no tuvo miedo. Porque a su lado, oculto por las sombras y la burocracia, caminaba su hermano.
Y los Weasley, cuando estaban juntos, siempre encontraban la forma de prenderle fuego a la oscuridad.
—Que empiece la fiesta —susurró Ron para sí mismo, mientras las puertas del gran salón se abrían de par en par, revelando un mar de máscaras de plata y risas crueles que pronto se convertirían en gritos.