Indecente
Efectos Secundarios de la Moral Comprometida
El despertador de Miko Iino era una sinfonía de precisión y disciplina. Sonaba a las 6:00 AM en punto, ni un segundo antes ni un segundo después, con un pitido agudo y persistente diseñado para erradicar cualquier vestigio de somnolencia. Durante años, Miko había respondido a esa llamada al deber con la eficiencia de un soldado. Se levantaba, apagaba la alarma y comenzaba su meticulosa rutina matutina.
Pero esa mañana, algo se rompió.
El pitido la taladró, pero su cuerpo se negó a obedecer. Se sentía pesado, extrañamente lánguido. Sus párpados, normalmente tan dispuestos a abrirse al nuevo día, parecían pegados con un pegamento invisible. En lugar de la claridad mental habitual, su mente era un torbellino confuso de sensaciones y recuerdos fragmentados. El tacto de unas manos en su rostro. El murmullo de una voz grave cerca de su oído. El calor abrumador de unos labios sobre los suyos.
*¡El incidente!*
Se incorporó de golpe en la cama, con el corazón martilleándole en el pecho. Su respiración era agitada. Miró el reloj. 6:07 AM. Siete minutos. Había perdido siete minutos. Era un récord desastroso, una mancha en su historial de puntualidad impecable.
—Inaceptable —murmuró para sí misma, aunque la palabra carecía de su convicción habitual.
Se levantó y se dirigió al baño, moviéndose con una urgencia forzada. Pero al mirarse en el espejo, se detuvo. La persona que le devolvía la mirada era ella, Miko Iino, pero a la vez no lo era. Su cabello estaba más revuelto de lo normal, sí, pero era algo más. Había un rubor residual en sus mejillas que no se debía al sueño, y sus labios… sus labios parecían diferentes. Ligeramente más llenos, quizás. O tal vez era solo su imaginación, una alucinación provocada por la memoria sensorial que se negaba a desaparecer.
Instintivamente, se llevó las yemas de los dedos a los labios. Estaban sensibles. El recuerdo del beso de Ishigami la golpeó con la fuerza de una ola, vívido y arrollador. El titubeo inicial, la suavidad, la forma en que él había profundizado el beso cuando ella cedió, la rendición total de su propio cuerpo…
Un escalofrío la recorrió. Se apartó del espejo como si la hubiera quemado.
—¡Esto es ridículo! —se reprendió en voz alta, salpicándose la cara con agua fría—. Fue una anomalía. Una desviación momentánea de la conducta apropiada, inducida por la fatiga y… y sus tácticas de manipulación psicológica.
Sí, eso era. Ishigami la había desarmado con halagos, explotando una debilidad conocida. Había sido un ataque estratégico, y ella, la auditora del Consejo Estudiantil, había caído en la trampa como una novata. El calor que se extendió por su pecho al pensar en sus palabras —*«Tu sentido de la justicia es tan fuerte, tan puro… lo admiro más de lo que crees»*— era simplemente una reacción fisiológica a la sorpresa. No significaba nada.
Y el beso… el beso había sido el resultado inevitable de esa brecha en sus defensas. Una simple reacción en cadena. Lógica pura.
Pero mientras se vestía, poniéndose el impoluto uniforme de Shuchi'in, su cuerpo parecía tener una opinión diferente. Cada roce de la tela contra su piel le recordaba el peso de los brazos de Ishigami alrededor de su cintura, la caricia de sus dedos en su cabello. Cuando se puso el brazalete amarillo del Comité de Moral Pública en el brazo, este pareció más pesado que nunca, un símbolo irónico de una autoridad que sentía que había perdido sobre sí misma.
*«Podemos… podemos hacer… eso»*. Sus propias palabras resonaban en su cabeza. Había establecido reglas, condiciones. Había tomado el control de la situación, o eso se había dicho a sí misma. Pero ahora, en la fría luz de la mañana, se preguntaba si esas reglas no eran tanto una jaula para él como una excusa para ella. Una excusa para volver a experimentar… *eso*.
La idea la horrorizó y la electrizó a partes iguales.
Durante el trayecto a la academia, el mundo parecía conspirar en su contra. Veía parejas por todas partes. Un chico y una chica compartiendo unos auriculares en el tren. Otros caminando de la mano por la calle. Antes, esas exhibiciones le habrían provocado una mueca de desaprobación y una nota mental para reforzar la sección 3.B del código de conducta estudiantil. Hoy, sin embargo, sentía una punzada extraña, una mezcla de envidia y una curiosidad casi científica. ¿Cómo se sentiría caminar así con Ishigami? ¿Sentir el calor de su mano en la suya, sin el pretexto de un bolígrafo caído?
*«¡Absurdo! ¡Impensable! ¡Contrario al Artículo 1 de nuestro acuerdo: nada en público!»*, gritó su mente legalista.
*«Pero nadie está mirando ahora mismo…»*, susurró una nueva voz traicionera en su interior.
Miko sacudió la cabeza con fuerza, como para desalojar físicamente esos pensamientos indecentes. Tenía que concentrarse. Era un día de escuela normal. Tenía deberes, responsabilidades. El incidente de ayer estaba contenido, archivado bajo estrictas regulaciones. Todo volvería a la normalidad.
Estaba equivocada. Terriblemente equivocada.
La primera prueba llegó en el pasillo principal. Lo vio antes de que él la viera a ella. Ishigami estaba apoyado contra la pared, absorto en su consola, su característico flequillo negro ocultando parcialmente su rostro. Por un instante, el corazón de Miko dio un vuelco. La imagen era tan familiar, tan… *Ishigami*. Pero ahora, su mente superpuso nuevas capas de información a esa imagen: la sensación de ese mismo cabello rozando su frente, la forma en que sus ojos oscuros la habían mirado justo antes de besarla.
Sintió un impulso abrumador, casi físico, de acercarse, de decir algo, de tocar su hombro. Su mano derecha se crispó a su costado.
Justo en ese momento, él levantó la vista y sus miradas se encontraron. Una fracción de segundo de pánico cruzó los ojos de Ishigami, seguida de una cautela inmediata. Recordaba las reglas.
—Buenos días, Iino —dijo, su voz neutra, manteniendo la distancia de seguridad que ella siempre había impuesto.
La normalidad de su saludo fue como un jarro de agua fría. Por supuesto que actuaría así. Eran sus reglas. Pero aun así, una parte irracional de ella se sintió… decepcionada.
—Buenos días, Ishigami-kun —respondió ella, su voz más rígida y formal de lo que pretendía.
Sin decir una palabra más, pasó de largo a toda prisa, casi corriendo, dejando a un Ishigami ligeramente desconcertado a sus espaldas.
*«Bien hecho, Miko»*, se felicitó con sarcasmo. *«Actúa como una lunática. Eso seguro que no levanta sospechas»*.
El verdadero calvario, sin embargo, comenzó en la sala del Consejo Estudiantil esa tarde.
La habitación era un microcosmos de normalidad caótica. La presidenta del consejo, Chika Fujiwara, estaba intentando construir una torre con gomas de borrar, que se derrumbaba cada pocos segundos con un ruido sordo. El presidente, Miyuki Shirogane, tenía la cara hundida entre las manos, rodeado de montañas de papeleo, con sus habituales ojeras pareciendo más profundas que nunca. Y en la esquina, en su puesto habitual, estaba Ishigami, tecleando en su portátil.
Miko se sentó en su propio escritorio, al otro lado de la mesa, y sacó sus informes del Comité de Moral Pública. El plan era simple: sumergirse en el trabajo, ignorar todo lo demás y sobrevivir al día.
El plan fracasó en menos de cinco minutos.
Ishigami suspiró, un sonido bajo y cansado. Y la mente de Miko se transportó instantáneamente a la noche anterior, a otro suspiro, uno tembloroso y entrecortado que había escapado de sus propios labios.
Se aclaró la garganta y se concentró con todas sus fuerzas en una propuesta para instalar más cámaras de vigilancia en el pasillo oeste. *«Infracción del Artículo 5, sección C: Merodear con intención sospechosa…»*.
Ishigami se estiró, arqueando la espalda y levantando los brazos por encima de la cabeza. La tela de su uniforme se tensó sobre sus hombros y su espalda. Miko recordó la sensación de esos mismos hombros bajo sus manos, la fuerza contenida en ellos. Su pluma se detuvo a mitad de una palabra. Sintió que la cara le ardía.
*«¡Concéntrate! ¡El vandalismo en los casilleros ha aumentado un 12%! ¡Esto es importante!»*.
—¡Ah, estoy aburrida! —declaró Fujiwara de repente, barriendo su fallida torre de gomas—. ¡Presidente! ¡Propongo una actividad para fomentar el espíritu de equipo!
Shirogane levantó la cabeza. La esperanza de una distracción luchaba contra el agotamiento en su rostro.
—¿Qué clase de actividad, Fujiwara?
—¡El Juego de la Confianza de Parejas! —anunció con una sonrisa radiante—. ¡Funciona así! Nos dividimos en parejas. ¡Presidente y yo, y luego Iino-chan e Ishigami-kun! —Miko sintió un sudor frío recorrerle la espalda—. Una persona se venda los ojos y la otra tiene que guiarla por la habitación solo con instrucciones verbales. ¡Y para el nivel avanzado, tienen que ir cogidos de la mano! ¡Fomenta la comunicación y el contacto físico no amenazante!
El cerebro de Miko Iino entró en cortocircuito. La imagen de su mano en la de Ishigami, en público, delante del presidente y de la detective del amor residente, Fujiwara, era el equivalente a un apocalipsis nuclear. Su acuerdo, sus reglas, su frágil compostura… todo se haría añicos.
—¡ABSOLUTAMENTE NO! —gritó, poniéndose de pie de un salto. Su silla chirrió hacia atrás con violencia.
El silencio cayó sobre la sala. Fujiwara la miró con los ojos muy abiertos, sorprendida. Shirogane levantó una ceja, intrigado por su reacción desproporcionada. Incluso Ishigami la miraba desde su esquina, una expresión de cautelosa sorpresa en su rostro.
Miko se dio cuenta de su exabrupto. Se ajustó las gafas imaginarias, un gesto nervioso que usaba para recomponerse.
—Quiero decir… —dijo, intentando modular su voz a un tono razonable y autoritario—. Es una pérdida de tiempo completamente ineficiente. Tenemos una cantidad significativa de trabajo que completar. Además, el contacto físico no solicitado, incluso en el contexto de un juego, puede ser problemático y violar las directrices de espacio personal. Sugiero que archivemos esta propuesta indefinidamente.
Se sentó, con el corazón desbocado. Fujiwara hizo un puchero.
—Pero Iino-chan, ¡sois novios! ¡Se supone que os gusta cogeros de la mano!
—Nuestra… relación personal —replicó Miko, la palabra "relación" sintiéndose extraña en su boca— no tiene por qué interferir con nuestras responsabilidades profesionales en este consejo. Ahora, si me disculpan, el informe sobre la longitud reglamentaria de las faldas no se va a escribir solo.
Se agachó sobre sus papeles, fingiendo una concentración intensa. Podía sentir las miradas sobre ella. La mirada confusa de Fujiwara, la analítica de Shirogane, y la de Ishigami… esa no podía descifrarla.
A partir de ese momento, la tarde se convirtió en una tortura exquisita. Miko se volvió hiperconsciente de cada movimiento de Ishigami. El sonido de sus dedos sobre el teclado era una cuenta atrás. El modo en que se pasaba una mano por el pelo para apartarse el flequillo la hacía recordar cómo se sentía ese mismo pelo entre sus dedos. Una vez, sus miradas se cruzaron por encima de la mesa durante una fracción de segundo, y Miko sintió una descarga eléctrica tan potente que casi dejó caer la pluma.
La adicción. La palabra que había usado el prompt en su mente volvió. Era una adicción. Ayer había probado una droga increíblemente potente llamada "afecto físico", y ahora sufría un síndrome de abstinencia agudo y debilitante. Su cuerpo, su mente, todo su ser anhelaba otra dosis. Y la fuente de esa droga estaba sentada a solo unos metros de distancia, dolorosamente fuera de su alcance.
La impaciencia comenzó a corroerla desde dentro. Miraba el reloj de la pared cada treinta segundos. Las manecillas parecían moverse a través de melaza. 4:30 PM. 4:31 PM. 4:31 y diez segundos.
*«¿Por qué no se van todos ya?»*, pensó, una idea tan egoísta y contraria a su naturaleza que la sorprendió a sí misma.
Su desesperación empezó a manifestarse de formas extrañas.
—Presidente —dijo de repente, con un tono falsamente servicial—. Se le ve muy cansado. Quizás debería irse a casa a descansar. Un líder eficaz necesita estar en plena forma.
Shirogane la miró, parpadeando.
—Aprecio tu preocupación, Iino, pero este presupuesto no se va a cuadrar solo.
—¡Yo puedo ayudarle con eso! —se ofreció, una mentira flagrante. Odiaba los presupuestos casi tanto como Ishigami odiaba el esfuerzo innecesario.
—Fujiwara-senpai —intentó de nuevo, volviéndose hacia la secretaria—. ¿No mencionó que tenía que ayudar a su hermana pequeña con un proyecto de ciencias? La familia es muy importante. No debería descuidarla por el trabajo del consejo.
Fujiwara la miró con la cabeza ladeada.
—Moeha no tiene ningún proyecto de ciencias hoy. ¡Pero gracias por preocuparte, Iino-chan! ¡Eres tan considerada!
Miko apretó los puños bajo la mesa. Su plan de evacuación forzosa estaba fracasando miserablemente. Solo quedaba una opción: acelerar el trabajo de forma sobrehumana. Se convirtió en un torbellino de eficiencia, revisando documentos a una velocidad vertiginosa, sellando papeles con una fuerza que amenazaba con romper la mesa, y ofreciendo soluciones rápidas y a menudo dictatoriales a cualquier problema que surgiera.
—La propuesta del club de jardinería es denegada por uso indebido de fertilizantes. Siguiente. La solicitud del club de cine para proyectar películas para mayores de 18 es una afrenta a la moral pública. Denegada. Siguiente.
Shirogane y Fujiwara la observaban con una mezcla de asombro y miedo. Ishigami, desde su rincón, había dejado de teclear y simplemente la miraba, una pequeña y casi imperceptible sonrisa formándose en sus labios. Él lo entendía. Entendía exactamente lo que estaba haciendo. Y esa comprensión, en lugar de avergonzarla, solo alimentó su desesperación.
Finalmente, a las 5:47 PM, Shirogane se rindió.
—De acuerdo, de acuerdo, es suficiente por hoy —dijo, masajeándose las sienes—. Mi cerebro ya no puede más. Iino, has hecho el trabajo de una semana en tres horas. Da miedo.
—¡Sí! ¡Vámonos a casa! —exclamó Fujiwara, estirándose—. ¡Tengo que ver el último episodio de mi drama!
Miko sintió una oleada de triunfo tan intensa que casi se mareó. Lo había conseguido.
Recogieron sus cosas. Fujiwara salió de la habitación con su habitual torbellino de energía. Shirogane se detuvo en la puerta.
—Vosotros dos, cerrad bien cuando terminéis. Y… tened una buena noche.
Les dedicó una última mirada, larga y pensativa, antes de cerrar la puerta tras de sí.
El silencio.
Era el mismo silencio de la noche anterior. Pesado, cargado de expectación. El zumbido del aire acondicionado. Las sombras alargándose en el suelo. El escenario estaba listo. Las condiciones se cumplían.
Pero Miko estaba paralizada.
Ahora que tenía lo que había anhelado durante toda la tarde, el pánico y la timidez volvieron a apoderarse de ella. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Simplemente caminar hacia él? ¿Qué debía decir? Su cerebro, que había estado funcionando a toda máquina, ahora estaba completamente en blanco.
Ishigami rompió el silencio. Se levantó de su silla y empezó a guardar su portátil en la mochila, con movimientos lentos y deliberados. No la miraba.
—Has estado actuando muy raro todo el día, Iino —dijo en voz baja, sin levantar la vista.
Su voz, tranquila y sin juicios, fue la chispa que necesitaba. La impaciencia, la frustración y el anhelo de todo el día se fusionaron en una única y abrumadora oleada de determinación.
*«Él no va a dar el primer paso»*, se dio cuenta. *«Está respetando mis reglas. Está esperando mi señal»*.
Respiró hondo, un suspiro tembloroso que sonó demasiado fuerte en la habitación silenciosa. Se puso de pie. Sus piernas se sentían como si estuvieran hechas de plomo. Con la rigidez de un autómata, rodeó la mesa del consejo, cada paso un acto de voluntad monumental.
Se detuvo justo delante de él. Ishigami finalmente levantó la vista. Sus ojos oscuros se encontraron con los de ella, y en ellos vio sorpresa, curiosidad y una infinita paciencia.
Miko abrió la boca para hablar, pero las palabras románticas o seductoras que uno podría esperar en una situación así no existían en su vocabulario. En su lugar, recurrió a lo único que conocía: la lógica y el procedimiento.
—Ishigami-kun —dijo, su voz sorprendentemente firme—. El horario de actividades del Consejo Estudiantil ha concluido oficialmente. Como puede observar, nos encontramos en un espacio privado, sin la presencia de terceros.
Hizo una pausa, como un abogado presentando sus argumentos finales.
—Por lo tanto —continuó, y un leve temblor traicionó su fachada de compostura—, las condiciones estipuladas en nuestro acuerdo verbal de ayer han sido cumplidas. El protocolo de afecto privado puede ser iniciado.
Ishigami la miró fijamente durante un largo segundo. El silencio se estiró. Miko sintió que el pánico volvía a subir. ¿Se estaba burlando de ella? ¿Había sonado tan ridícula como se sentía?
Pero entonces, lentamente, las comisuras de los labios de Ishigami se curvaron hacia arriba en una sonrisa. No era una sonrisa burlona. Era una sonrisa genuina, llena de una diversión y un cariño tan evidentes que a Miko le robaron el aliento.
—Entendido, auditora Iino —respondió él, su voz teñida de una cálida diversión—. Procedimiento autorizado.
Esa fue toda la señal que Miko necesitó. La última presa de su autocontrol se rompió.
Cerró la distancia que los separaba en un solo paso decidido. Agarró las solapas de su uniforme con ambas manos, arrugando la tela en sus puños. Se puso de puntillas, tirando de él hacia abajo con una fuerza sorprendente, y estampó sus labios contra los de él.
Fue un beso completamente diferente al de la noche anterior. No hubo ternura, ni vacilación. Fue un beso torpe, demandante, casi furioso. Fue el beso de alguien que había estado muriendo de sed y finalmente había encontrado agua. Fue la manifestación física de toda su frustración, su anhelo y su impaciencia acumulados durante el día. Fue desordenado, desesperado e indecente.
Y fue, para Miko Iino, lo más honesto que había hecho en toda su vida.
Por un instante, Ishigami se quedó rígido de sorpresa. Pero solo por un instante. Luego, sus brazos la rodearon, uno en su espalda y el otro en su nuca, atrayéndola aún más cerca. Respondió a su beso con la misma intensidad, tomando el control, transformando su caos en un ritmo compartido.
En la penumbra de la sala del Consejo Estudiantil, rodeados de los símbolos de la ley y el orden, Miko Iino descubrió una verdad aterradora y emocionante. Su estricto código moral no se había roto. Simplemente, había sido enmendado para incluir un nuevo artículo, uno que solo se aplicaba cuando estaba a solas con Yu Ishigami. Y por primera vez, no le importaba en absoluto ser indecente. De hecho, estaba empezando a pensar que podría ser su nueva regla favorita.