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Island chaos

Tormenta de Hierro y Furia de Sangre

El estruendo de las explosiones sacudía los cimientos mismos de la Isla de la Calavera. Shadow corría a una velocidad que, aunque mermada por la falta de energía de las Chaos Emeralds, seguía siendo sobrehumana. A su lado, Sticks se movía con una agilidad salvaje, saltando sobre raíces retorcidas y esquivando lianas con la familiaridad de quien ha nacido en la maleza. El aire se llenaba de un humo denso y amarillento; no era solo fuego, eran cargas sísmicas diseñadas para cartografiar el subsuelo, pero para los habitantes de aquel lugar, era una profanación.

—¡Están bombardeando el jardín del grandullón! —gritó Sticks, cubriéndose la nariz con un trozo de tela—. ¡Esos tipos tienen menos cerebro que un coco hueco! ¡Van a despertar a los que comen sombras!

Shadow no respondió, pero sus ojos rubíes estaban fijos en el cielo. Los helicópteros Huey volaban en una formación cerrada, arrojando cilindros metálicos que estallaban en la superficie, levantando columnas de tierra y fuego. Para el erizo, la táctica era absurda. Estaban en territorio desconocido, provocando a una fuerza que no comprendían.

—Allí —señaló Shadow, deteniéndose en el borde de un acantilado que daba a un valle abierto.

Abajo, la carnicería estaba por comenzar. Los helicópteros sobrevolaban un claro donde la vegetación había sido calcinada. De repente, una sombra colosal se proyectó sobre la formación de aeronaves. No era una nube. Era una mano, tan vasta que parecía una extensión de la propia montaña, que surgió entre las llamas.

Con un movimiento fluido y devastador, Kong interceptó uno de los helicópteros. El metal crujió como si fuera papel aluminio bajo la presión de sus dedos. El estallido de combustible iluminó el rostro furioso del titán, cuyas facatúas estaban teñidas de naranja por el fuego.

—¡Santo cielo de los bumeranes! —exclamó Sticks, agachándose instintivamente—. ¡Lo ha cazado como si fuera una mosca de fruta!

—Son unos necios —gruñó Shadow, apretando los puños—. Ese poder... no es energía del Rubí Fantasma, ni Chaos Energy. Es vida pura, antigua.

Los helicópteros restantes abrieron fuego. Las ametralladoras M60 escupían plomo de forma incesante, pero las balas apenas parecían molestar la gruesa piel de Kong. El titán rugió, un sonido que no solo se oía, sino que se sentía en el pecho como un golpe físico. Con un salto prodigioso, Kong se lanzó hacia otro grupo de naves.

—Tenemos que movernos —ordenó Shadow—. Si alguno de esos pilotos sobrevive, necesitamos interrogarlo. Necesito saber qué año es, dónde estamos y si tienen tecnología de comunicación que funcione.

—¡O si tienen suministros de papel de aluminio para los sombreros! —añadió Sticks, aunque su mirada era inusualmente aguda—. Shadow, algo se mueve abajo. No es el mono. Es algo... más delgado.

Shadow agudizó sus sentidos. Sticks tenía razón. En la periferia del caos, donde las explosiones habían agrietado el suelo, unas criaturas de extremidades largas y cráneos blancos como el hueso empezaban a asomar. Los Skullcrawlers. El ruido y las vibraciones los estaban atrayendo a la superficie como hormigas a la miel.

—Ignóralos por ahora —dijo Shadow, deslizándose por la pendiente del acantilado—. Nuestro objetivo es el sitio del choque principal.

El erizo se impulsó con sus Air Shoes, dejando una estela de chispas mientras descendía por la ladera casi vertical. Sticks se lanzó tras él, usando su bumerán para anclarse momentáneamente a los árboles y frenar su caída.

Llegaron al valle justo cuando un tercer helicóptero era lanzado contra una ladera, explotando en una bola de fuego. El aire apestaba a queroseno y carne quemada. Kong estaba en el centro de la tormenta, arrancando palmeras para usarlas como jabalinas improvisadas. Era una danza de destrucción primitiva contra tecnología de los años setenta.

Shadow se movió entre los restos humeantes de una de las aeronaves que había caído cerca de un río. Vio a un hombre con uniforme militar intentando salir de la cabina destrozada.

—Tú. Humano —dijo Shadow, apareciendo frente al soldado con una velocidad que hizo que el hombre gritara de terror.

—¡¿Qué... qué eres?! —balbuceó el soldado, cuya placa de identificación decía "Packard". No, este no era Packard, era un subordinado, con los ojos desorbitados por el trauma.

—Soy tu única oportunidad de sobrevivir a este día —respondió Shadow con voz gélida—. Dime quiénes son y por qué están atacando esta isla.

—Somos... la expedición de Monarch... —el hombre tosía sangre—. Solo queríamos... los sensores... el mapa... ¡Esa cosa salió de la nada!

—Nada sale de la nada si prestas atención —intervino Sticks, asomándose por encima del hombro de Shadow y pinchando al soldado con una rama—. ¿Dónde están vuestras radios? ¿Tienen contacto con la base? ¿Saben algo de un chacal con complejo de dios o de piedras brillantes?

El soldado solo pudo señalar hacia el norte, hacia donde el resto de la flota intentaba reagruparse antes de ser aniquilada por Kong.

—¡Cuidado! —gritó Sticks, lanzando su bumerán.

El arma de madera voló con una trayectoria curva, impactando en el cráneo de un Skullcrawler pequeño que intentaba saltar sobre la espalda de Shadow desde los restos del helicóptero. La criatura chilló, un sonido agudo y metálico, antes de retroceder.

Shadow no perdió el tiempo. Agarró al soldado por el chaleco y lo sacó de los restos justo antes de que el tanque de combustible explotara.

—Quédate aquí si quieres vivir —le dijo Shadow, dejándolo caer tras una roca—. Sticks, encárgate de los pequeños. Yo voy a intentar frenar a ese gigante antes de que no quede nadie a quien preguntar.

—¡¿Frenarlo?! —Sticks recuperó su bumerán en el aire—. ¡Es como intentar frenar un desprendimiento de rocas con un palillo de dientes!

—Soy la Forma de Vida Suprema —sentenció Shadow, y por primera vez en semanas, una chispa de energía roja bailó en sus guantes—. No necesito las esmeraldas para recordarle a este mundo quién soy.

Shadow se lanzó hacia el centro del campo de batalla. Kong acababa de derribar el último helicóptero de la vanguardia y se golpeaba el pecho, proclamando su victoria sobre los intrusos metálicos. El erizo se detuvo a pocos metros de los pies del titán, que eran como columnas de granito.

—¡Eh, tú! —gritó Shadow, su voz amplificada por un pequeño estallido de energía—. ¡Ya has tenido suficiente!

Kong bajó la mirada. Sus ojos, profundos y llenos de una inteligencia ancestral, se fijaron en la pequeña mancha negra y roja en el suelo. Para el titán, Shadow era apenas un insecto, pero un insecto que irradiaba una hostilidad que no había sentido antes.

El titán exhaló un bufido que casi derriba a Shadow, y luego, con una lentitud amenazante, cerró el puño.

—Chaos... —Shadow cruzó los brazos, acumulando cada onza de energía que había logrado recuperar de forma natural durante las semanas de aislamiento—. ¡SPEAR!

No fue una sola lanza, sino una ráfaga de proyectiles de luz roja que impactaron directamente en la mano de Kong. El titán soltó un gruñido de sorpresa y dolor, retrocediendo un paso. El ataque no le había causado un daño grave, pero le había escocido lo suficiente como para reconocer que este pequeño ser no era como los otros.

Kong rugió de nuevo, esta vez con una furia dirigida. Levantó ambos puños para aplastar a Shadow, pero el erizo usó su "Teleport" en el último microsegundo, reapareciendo sobre el hombro del simio.

—Eres fuerte —murmuró Shadow, corriendo por el pelaje espeso de Kong mientras esquivaba los manotazos frenéticos del gigante—. Pero eres predecible.

Shadow golpeó un punto nervioso en el cuello de Kong con una patada cargada de energía cinética. El titán se tambaleó, sacudiendo la cabeza con violencia. Mientras tanto, en los límites del claro, Sticks estaba en su propio elemento.

—¡Toma esto, lagarto de cara de hueso! —gritaba la tejón, saltando sobre la cabeza de un Skullcrawler y usando sus garras para cegarlo—. ¡Y esto por las ondas de radio!

Sticks era un torbellino de instinto. No peleaba con técnica, sino con una ferocidad que desconcertaba a los depredadores de la isla. Los Skullcrawlers, acostumbrados a presas que huían, no sabían cómo reaccionar ante una criatura tan pequeña que los atacaba con tal nivel de locura y precisión.

Sin embargo, la situación se estaba volviendo insostenible. Más Skullcrawlers emergían de las grietas creadas por las bombas sísmicas, y Kong estaba perdiendo la paciencia con el erizo que correteaba por su cuerpo.

—¡Shadow! —gritó Sticks, señalando hacia el horizonte—. ¡Vienen más! ¡Y no son de los que vuelan!

Desde la espesura del bosque, un Skullcrawler mucho más grande que los demás, casi de la mitad del tamaño de Kong, emergió atraído por el caos. Kong, al ver a su enemigo ancestral, olvidó momentáneamente a Shadow. El titán se irguió, olvidando el dolor en su hombro, y lanzó un rugido de desafío que eclipsó cualquier explosión previa.

Shadow se dejó caer desde el hombro de Kong, aterrizando con gracia junto a Sticks.

—Esto se ha complicado —dijo Shadow, observando cómo el gran Skullcrawler y Kong se preparaban para chocar.

—¿Complicado? —Sticks se limpió la sangre de una de sus mejillas—. ¡Esto es un martes cualquiera en mi pueblo! Pero esos humanos de las máquinas voladoras se están escapando hacia el bosque. Si queremos respuestas, hay que seguirlos.

Shadow miró hacia el norte. Un grupo de supervivientes, liderados por un hombre alto y una mujer con una cámara, se adentraban en la selva, tratando de alejarse del duelo de titanes.

—Tienes razón. Deja que los monstruos se maten entre ellos —decidió Shadow—. Necesitamos transporte y tecnología.

—Y comida que no sepa a barro —añadió Sticks.

Justo cuando se disponían a seguir a los humanos, un destello púrpura cruzó el cielo, desapareciendo tan rápido como había aparecido. Shadow se detuvo en seco, su corazón latiendo con fuerza.

—¿Viste eso? —preguntó Shadow.

—¿El brillo de "nos van a abducir"? Sí, lo vi —respondió Sticks, perdiendo su tono bromista—. Era como la luz de la nave de Eggman.

—Infinite —susurró Shadow con odio—. Está aquí. O al menos, su rastro lo está.

El erizo no esperó más. Si el chacal estaba en esta isla, las reglas del juego habían cambiado. Ya no se trataba de sobrevivir a Kong o a los peligros naturales; se trataba de recuperar las Chaos Emeralds antes de que Infinite pudiera usarlas para corromper este mundo como lo había hecho con el suyo.

—¡Eh, espérame, erizo sombrío! —gritó Sticks, corriendo tras él—. ¡No me dejes sola con los fantasmas del pantano!

Mientras se alejaban del valle, el sonido de la batalla entre Kong y el gran Skullcrawler resonaba a sus espaldas, una sinfonía de huesos rotos y rugidos desgarradores. La Isla de la Calavera había recibido a muchos visitantes a lo largo de los siglos, pero nunca a nadie como Shadow el Erizo y Sticks la Tejón.

Cerca de allí, entre los restos de un helicóptero que aún ardía, un pequeño dispositivo de comunicación emitió un pitido. Una voz distorsionada por la estática surgió del altavoz:

—... aquí base... ¿alguien me recibe?... detectamos una firma de energía desconocida en el sector 4... no coincide con la fauna local... repito, no coincide...

Shadow, a lo lejos, se detuvo un segundo al sentir una vibración en el aire. Miró hacia el centro de la isla, donde la montaña más alta se alzaba como un colmillo de piedra. Allí, en la cima, el espacio parecía distorsionarse, creando breves fracturas de realidad roja y negra.

—El Rubí Fantasma —dijo Shadow para sí mismo—. Se está alimentando de la energía vital de este lugar.

—¿Qué dices? —preguntó Sticks, alcanzándolo.

—Digo que este lugar es más peligroso de lo que pensábamos —respondió Shadow, retomando la marcha con renovada determinación—. Y que Kong es el menor de nuestros problemas. Si Infinite logra sincronizar el Rubí con la energía de esta isla, no quedará nada que salvar.

A medida que se adentraban en el territorio de la tribu Iwi, siguiendo el rastro de los supervivientes de Monarch, Shadow sabía que su tiempo se agotaba. La isla era un organismo vivo, y algo extraño la estaba infectando desde dentro. El choque entre la ciencia humana, la furia titánica y el poder distorsionador de otro mundo acababa de comenzar.

Shadow miró sus manos. El poder estaba volviendo, lentamente, pero volvía.

—Prepárate, Infinite —murmuró—. Esta vez, no habrá luz que te salve.

Sticks, a su lado, afilaba su bumerán contra una piedra mientras caminaba, con los ojos fijos en las sombras de los árboles.

—¿Sabes, Shadow? —dijo ella de repente—. Ese mono gigante tenía ojos tristes. Como los tuyos cuando crees que no te miro.

Shadow guardó silencio, ignorando el comentario, pero por un breve instante, miró hacia atrás, hacia donde el rugido de Kong seguía dominando el viento. En un mundo de monstruos y sombras, quizás no eran tan diferentes después de todo. Pero Shadow no estaba allí para ser un rey; estaba allí para ser un ejecutor. Y la ejecución estaba a punto de comenzar.