Jaula de sombras
Jaula de seda y colmillos de cristal
La luz del sol se filtraba a través de las pesadas cortinas de terciopelo esmeralda, hiriendo los ojos de Adrián. No era el despertar al que estaba acostumbrado. En su apartamento de mala muerte, el despertador era el rugido de los camiones de basura o el grito de algún vecino borracho; en las misiones con Alaric, era el instinto de supervivencia el que lo ponía en pie antes del alba. Aquí, el silencio era tan denso que resultaba opresivo.
Se incorporó en la cama de dos plazas, sintiendo la suavidad ridícula de las sábanas de mil hilos. Suspiró, pasando una mano por su cabello castaño rojizo, cuyas mechas azules parecían un grito de rebeldía en medio de tanta opulencia. Se sentía como un virus dentro de un sistema operativo perfecto.
Al pie de la cama, sobre un diván de cuero, reposaba un conjunto de ropa. No eran los trajes rígidos de Alexander, sino algo más acorde a su edad pero insultantemente caro: jeans de diseñador con el desgaste justo, una camiseta de algodón egipcio negra y una chaqueta de cuero que probablemente costaba más que el orfanato donde creció.
—Qué detallistas —murmuró con sarcasmo.
Se levantó y, antes de vestirse, inspeccionó la habitación con la precisión quirúrgica que Alaric le había enseñado. Encontró tres cámaras ocultas: una en el detector de humo, otra en la moldura del techo y una tercera, casi invisible, en el marco del espejo. Sonrió para sus adentros. Los Vercetti eran aficionados. Si él quisiera, podría cegar todo el sistema de seguridad de la mansión en menos de diez minutos usando solo su teléfono, pero por ahora, dejaría que miraran. Que creyeran que tenían el control.
Tras vestirse y ocultar su comunicador en el doble fondo de su bota, bajó las escaleras. El comedor principal era una oda al exceso. Una mesa de roble macizo capaz de albergar a veinte personas estaba servida solo para ellos.
—Buenos días, Adrián —dijo Thiago, levantando la vista de una tableta. Lucía un suéter de cachemira gris que resaltaba sus ojos verdes—. Espero que hayas descansado. El chef preparó huevos Benedict y tostadas con aguacate. Recuerdo que en tu ficha del orfanato mencionaban que preferías lo salado sobre lo dulce.
Adrián se sentó, pero no tocó la comida. Observó a Thiago con una ceja levantada.
—¿Ficha del orfanato? ¿También saben a qué edad dejé de mojar la cama o prefieren saltarse a la parte donde me abandonaron en una caja de cartón?
—No te abandonamos en una caja, Adrián —intervino Alexander, entrando en la habitación con la autoridad de un monarca. Se sentó en la cabecera, desplegando una servilleta de lino—. Fue una situación compleja. Pero estás aquí ahora. Eso es lo único que importa.
—Lo que importa son los veinte millones —corrigió Adrián, tomando un sorbo de café negro. Estaba amargo, exactamente como a él le gustaba. Un escalofrío le recorrió la espalda al darse cuenta de que incluso ese pequeño detalle había sido calculado—. En cuanto pase el tiempo pactado, desapareceré y podrán volver a jugar a la familia perfecta sin el "error administrativo".
—¡Qué humor tan ácido! —exclamó Mateo, entrando casi saltando y dejándose caer en la silla junto a Adrián. Sus ojos azules brillaban con una energía eléctrica—. Me encanta. Alexander es tan aburrido que a veces olvido que tiene pulso. Sebastián, en cambio, solo sabe gruñir.
Sebastián entró justo en ese momento, asintiendo apenas hacia Adrián con una mirada cargada de una protección que se sentía más como una amenaza. Se sentó frente a él, sus hombros anchos bloqueando cualquier salida fácil hacia la puerta.
—No saldrás hoy sin escolta —dijo Sebastián, su voz era un trueno bajo—. Hay gente que podría intentar usarte para llegar a nosotros.
—No necesito niñeras, Sebastián —respondió Adrián, clavando su mirada verde en los ojos ámbar del mayor—. He sobrevivido en calles donde ustedes no durarían ni diez minutos sin su seguridad privada.
—Eso era antes —replicó Alexander con frialdad—. Ahora eres un Vercetti Volkov. Tu valor ha subido, y con ello, el riesgo. Por tu seguridad, los perímetros de la mansión están cerrados para ti hasta que te asignemos un equipo.
—¿Seguridad o cautiverio? —preguntó Adrián con una sonrisa ladeada—. Porque suena mucho a lo segundo.
—Es amor, hermanito —susurró una voz suave detrás de él.
Adrián no necesitó girarse para saber quién era. Ethan se deslizó hacia la mesa y se sentó al otro lado de Adrián. El parecido físico era tan impactante que por un segundo el comedor pareció distorsionarse. Ethan vestía de blanco impecable, una antítesis cromática de Adrián.
—El amor y el control suelen confundirse en esta familia —continuó Ethan, fijando sus ojos en los de Adrián—. Pero no te preocupes. Yo te ayudaré a navegar por estas aguas. Sé exactamente lo que estás pensando en este momento.
—No tienes ni la menor idea de lo que pienso, Ethan —siseó Adrián, sintiendo por primera vez una punzada de incomodidad.
—Piensas en la salida de emergencia que viste en el pasillo norte —dijo Ethan con una sonrisa angelical—. Piensas que el sensor de presión en el jardín es del modelo 2022 y que podrías saltarlo. Y piensas que Alexander es un arrogante. En lo último tienes razón.
El silencio que siguió fue sepulcral. Alexander apretó los cubiertos, pero no dijo nada. Thiago mantuvo su sonrisa educada, aunque sus ojos escaneaban la reacción de Adrián como si fuera un experimento de laboratorio.
Después del desayuno, Adrián decidió poner a prueba la "jaula". Caminó por los pasillos, ignorando a Lucas, quien lo seguía a una distancia prudencial, tarareando una melodía infantil que resultaba profundamente perturbadora.
—¿Sabes, Adrián? —dijo Lucas, apareciendo de repente a su lado, invadiendo su espacio personal—. Tu habitación solía ser un cuarto de juegos. Alexander mandó quitar todo lo que pudiera recordarte que no estuviste aquí. Es muy detallista con las mentiras.
—No me interesa el pasado, Lucas —dijo Adrián, acelerando el paso hacia la puerta principal.
Al llegar al vestíbulo, dos guardias de seguridad se interpusieron en su camino. No sacaron armas, simplemente cruzaron los brazos, sus cuerpos formando un muro de carne y músculo.
—Quiero salir a caminar —ordenó Adrián.
—Lo lamento, señor. El señor Alexander dio órdenes estrictas —respondió uno de ellos.
Adrián soltó una carcajada seca.
—Alexander no es mi dueño. Quítense.
—Adrián, no lo hagas más difícil —la voz de Thiago resonó desde la escalera—. Si quieres aire fresco, podemos ir al solárium o a las canchas de tenis. Pero la ciudad es peligrosa hoy.
Adrián se dio la vuelta, enfrentando a Thiago.
—¿Peligrosa para quién? ¿Para mí o para su reputación? Me vendieron este trato como una forma de "conocernos", pero esto es un secuestro con catering de lujo.
—Es protección —insistió Thiago, acercándose con paso felino—. Entiende que te hemos recuperado. No vamos a dejar que te pase nada. Eres la pieza que faltaba.
—No soy una pieza —escupió Adrián—. Y si creen que pueden retenerme aquí por la fuerza, no conocen a la persona que tienen delante.
Adrián se dio la vuelta y se dirigió a la biblioteca, cerrando la puerta con un golpe seco. Necesitaba espacio, pero sobre todo, necesitaba informar a Alaric. Se sentó en un rincón oculto por las estanterías de libros antiguos y activó su comunicador.
—Tío, la situación es más sofocante de lo previsto —susurró Adrián—. No es solo dinero o culpa. Hay algo más. Me vigilan como si fuera un activo biológico de alto valor. Ethan... Ethan es un problema. Parece tener un entrenamiento de observación que no encaja con un civil.
—Ten cuidado, Adrián —la voz de Alaric sonó con una distorsión metálica—. Los Vercetti Volkov son conocidos en el submundo por su obsesión con la pureza de su linaje. Para ellos, no eres un hermano, eres una propiedad. Si Ethan es tan perceptivo como dices, mantén tus barreras altas. No dejes que entre en tu cabeza.
—Nadie entra en mi cabeza si yo no quiero —respondió Adrián, cortando la comunicación al sentir una presencia.
—¿Hablando solo? —preguntó Ethan, asomándose por encima de un estante.
Adrián guardó el dispositivo con un movimiento fluido de prestidigitador.
—Pensando en voz alta. Es un hábito de cuando vives solo y no tienes a cinco hermanos psicópatas respirándote en la nuca.
Ethan entró en el círculo de luz de la biblioteca. Se movía sin hacer ruido, como un espectro. Se sentó en el brazo del sillón frente a Adrián, observándolo con una curiosidad casi científica.
—No nos odias tanto como dices —observó Ethan—. Odias el hecho de que te sientas cómodo aquí. Odias que la cama sea suave y que la comida sea buena. Pero lo que más odias es que Alexander tenga razón: eres uno de nosotros. Tienes esa misma oscuridad en los ojos, ese vacío que intentas llenar con arrogancia.
—No proyectes tus traumas en mí, Ethan —replicó Adrián con frialdad—. Yo sé quién soy. Soy el chico que sobrevivió mientras ustedes vivían entre algodones.
—¿Sobreviviste? —Ethan se inclinó hacia delante—. No, Adrián. Tú no solo sobreviviste. Tú prosperaste. Tienes cicatrices de cuchillo que han sido tratadas por cirujanos de élite, no por médicos de urgencias de barrios bajos. Tus manos no son las de un camarero; tus callosidades son de entrenamiento de combate y manejo de armas cortas.
Adrián sintió un latigazo de adrenalina. Ethan era más peligroso de lo que Alexander o Thiago podrían llegar a ser. Estaba viendo a través de su máscara.
—Eres muy observador —dijo Adrián, bajando la voz hasta que fue poco más que un gruñido—. Tal vez demasiado para tu propio bien.
—No me asustas —sonrió Ethan, y por un momento, su expresión fue idéntica a la de Adrián cuando estaba a punto de matar—. Me fascinas. Eres mi espejo, pero uno que fue forjado en un fuego diferente. Alexander quiere un hermano sumiso; Sebastián quiere un protegido; Thiago quiere un aliado. Yo... yo solo quiero ver qué pasa cuando el lobo que trajeron a casa decida morder la mano que le da de comer.
Adrián se levantó, quedando a pocos centímetros de su gemelo.
—Entonces siéntate y mira —susurró—. Porque voy a reducir este lugar a cenizas antes de dejar que me pongan una correa.
Salió de la biblioteca con el corazón latiendo con fuerza. Sabía que el juego había subido de nivel. Los Vercetti no eran solo una familia rica y disfuncional; eran una fortaleza emocional que intentaba asimilarlo. Pero ellos no sabían que Adrián no era una víctima, sino un depredador que ya estaba cartografiando sus puntos débiles.
Al caer la tarde, Alexander lo llamó a su oficina. El despacho era el corazón del poder de la mansión. Alexander estaba sentado tras un escritorio de mármol negro, revisando unos documentos.
—He decidido que mañana asistirás a una gala con nosotros —dijo Alexander, sin levantar la vista—. Es hora de presentar oficialmente al último Vercetti Volkov a la sociedad.
—No voy a ir a ninguna fiesta para que me exhiban como un trofeo —respondió Adrián, cruzándose de brazos.
—No es una petición, Adrián —Alexander levantó los ojos, y su mirada gris era tan fría como el acero—. Es parte del trato. Veinte millones por cinco meses de tu vida. Y en esos cinco meses, harás lo que se te ordene para mantener la imagen de la familia.
—¿Y si me niego?
Alexander se recostó en su silla, entrelazando sus dedos largos y pálidos.
—Si te niegas, el restaurante donde trabajabas podría tener un desafortunado incendio. O tal vez algunos de tus conocidos del orfanato tengan problemas legales que no puedan solucionar. No me obligues a ser el villano, Adrián. Solo quiero que ocupes el lugar que te corresponde.
Adrián apretó los dientes. La amenaza era clara, pero también era un error. Alexander acababa de darle una razón legítima para odiarlo, y el odio era un combustible mucho más potente que el resentimiento.
—Iré —dijo Adrián con una voz que destilaba veneno—. Pero no esperes que sonría para las fotos.
—Con que estés allí es suficiente —concluyó Alexander, volviendo a sus papeles.
Adrián salió del despacho y se encontró con Sebastián en el pasillo. El hermano mayor lo observó con una mezcla de lástima y severidad.
—Es por tu bien, pequeño —dijo Sebastián, poniendo una mano pesada sobre su hombro.
Adrián se zafó del agarre con un movimiento brusco.
—No me llames así. No eres mi hermano, eres un carcelero.
Se retiró a su habitación, cerrando la puerta con llave. Se dejó caer en la cama y sacó su teléfono personal, uno que los Vercetti no habían detectado. Abrió una aplicación de mensajería encriptada y envió un mensaje a su segundo al mando en la organización Novak Valken.
*“Mañana, Gala de la Fundación Vercetti. Necesito un equipo de extracción en posición, pero solo para vigilancia. Quiero que identifiquen a cada contacto de Alexander. Si quieren presentarme al mundo, que así sea. Pero el mundo va a conocer al Vercetti equivocado”.*
Se quedó mirando el techo, procesando la información del día. Sus hermanos creían que lo estaban reconstruyendo, que estaban llenando el vacío de dieciocho años con lujos y protección obsesiva. No entendían que Adrián ya estaba completo. Alaric lo había forjado en la disciplina, el dolor y el poder.
La mansión Vercetti era una jaula de seda, sí. Pero las jaulas tienen puertas, y Adrián ya estaba fabricando la llave. Mientras cerraba los ojos, la imagen de Ethan sonriendo en la biblioteca volvió a su mente. Ethan sabía algo, o al menos sospechaba. Tendría que ser su prioridad. En un mundo de lobos, el gemelo que puede leer tu mente es el único que realmente puede hacerte sangrar.
—Cinco meses —susurró Adrián para sí mismo en la oscuridad—. Cinco meses para destruir este legado desde adentro.
Fuera, el viento soplaba contra los ventanales reforzados de la mansión, un recordatorio de que, aunque estuviera rodeado de muros y guardias, el mundo exterior seguía esperando a su verdadero rey. Y Adrián Vercetti Volkov no tenía intención de hacerle esperar demasiado.