Jefe
El Peso de la Verdad
El silencio en la sala de interrogatorios era tan denso que casi se podía tocar. L, con su postura encorvada y el pulgar en el labio, observaba a Light Yagami a través del cristal unidireccional. A su lado, Soichiro Yagami, con el rostro endurecido por la tensión, no podía apartar la mirada de su propio hijo. Matsuda, de pie un poco más atrás, sentía una opresión en el pecho que apenas le permitía respirar. La revelación de que Light era Kira, su propio hijo, había destrozado a Soichiro.
–Papá, tienes que creerme –las palabras de Light, aunque audibles a través del micrófono, parecían vacías para Matsuda. Había visto la evidencia, había sentido la oscuridad que emanaba de él.
Soichiro no respondió, sus ojos fijos en el perfil de su hijo, buscando alguna señal, alguna pista que desmintiera lo que L había presentado. La verdad era un puñal retorciéndose en su corazón.
–Soichiro-san –dijo L, su voz monótona, rompiendo el tenso silencio–. Los resultados de las pruebas no mienten. Las huellas dactilares, los patrones de escritura… todo apunta a Light-kun.
Soichiro cerró los ojos por un instante, su cuerpo temblaba imperceptiblemente. Matsuda dio un paso adelante, queriendo ofrecer consuelo, pero se detuvo. ¿Qué podía decir? ¿Cómo podía consolar a un padre que acababa de descubrir que su hijo era un asesino en masa?
La investigación del Death Note había llevado a la identificación de Kira como Light Yagami. La brillantez de L, combinada con la audaz teoría inicial de Matsuda y el incansable trabajo del equipo, había desvelado la identidad del asesino. Pero la victoria se sentía amarga, teñida de tragedia personal.
En los días que siguieron, Soichiro se sumió en un abismo de dolor. Se negaba a creerlo, a pesar de las irrefutables pruebas. Light, por su parte, mantenía una fachada de inocencia, negando rotundamente su implicación y acusando a L de fabricar pruebas. Esta negación solo profundizaba la agonía de Soichiro.
Matsuda observaba a su jefe con el corazón encogido. Soichiro, el hombre fuerte e inquebrantable que conocía, se estaba desmoronando ante sus ojos. Las ojeras se profundizaron, su postura se encorvó, y la chispa que siempre había en sus ojos se había extinguido, reemplazada por un vacío desolador.
Una tarde, Soichiro se quedó hasta tarde en la oficina, solo, con la mirada perdida en los informes del caso. Matsuda, que había regresado para buscar unos papeles, lo encontró allí.
–Soichiro-san –dijo Matsuda suavemente, sentándose en la silla frente a su escritorio–. Debería ir a casa.
Soichiro no respondió de inmediato. Pasó un momento antes de que levantara la vista, sus ojos rojos e hinchados.
–No puedo, Matsuda –su voz era apenas un susurro–. No puedo ir a casa y pretender que nada ha pasado. No puedo mirar a mi esposa y a Sayu, sabiendo… sabiendo lo que sé.
Matsuda sintió un nudo en la garganta. –Lo entiendo, Soichiro-san. Pero no puede torturarse así.
–¿Y qué quieres que haga, Matsuda? –la voz de Soichiro se quebró–. ¿Que acepte que mi hijo es un monstruo? ¿Que el hijo que crié, al que amé, es el responsable de miles de muertes?
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Soichiro, lágrimas silenciosas y dolorosas que Matsuda nunca pensó que vería. Era la primera vez que Soichiro se permitía ser tan vulnerable frente a él.
Matsuda se levantó y se acercó, posando una mano suavemente sobre el hombro de Soichiro. –Soichiro-san, no está solo. Estamos aquí. Yo estoy aquí.
Soichiro se encogió, apoyando su cabeza entre sus manos. –No sé cómo continuar, Matsuda. Mi mundo se ha derrumbado.
Matsuda se arrodilló junto a él, sintiendo el dolor de Soichiro como si fuera el suyo propio. Quería abrazarlo, quería decirle que todo estaría bien, pero las palabras se le atascaban en la garganta. La verdad era demasiado dura, demasiado cruel.
–Soichiro-san –dijo Matsuda, su voz temblaba ligeramente–. Usted es un hombre honorable. Ha luchado por la justicia toda su vida. No deje que esto lo destruya.
Soichiro levantó la vista, sus ojos un mar de tristeza. –¿Cómo puedo luchar por la justicia cuando mi propia sangre es el mal que combato?
–Porque es lo correcto, Soichiro-san –respondió Matsuda firmemente–. Precisamente por eso. Porque usted sabe la diferencia entre el bien y el mal, y siempre ha elegido el bien. Su hijo… su hijo tomó un camino diferente. Pero eso no lo define a usted.
El silencio volvió a caer entre ellos, pero esta vez era un silencio diferente, uno que permitía que las emociones fluyeran. Soichiro se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
–Gracias, Matsuda –dijo, su voz más clara ahora–. Gracias por estar aquí.
Matsuda asintió, su corazón latiendo con fuerza. Había una conexión innegable entre ellos, una conexión que trascendía la relación jefe-subordinado, una conexión forjada en la adversidad y el respeto mutuo. El amor incomprendido de Matsuda se había transformado en un apoyo incondicional, un pilar en la tormenta que Soichiro estaba viviendo.
Al día siguiente, Soichiro, aunque todavía devastado, parecía haber recuperado una parte de su determinación. Había aceptado la verdad, por dolorosa que fuera, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para detener a Kira, incluso si eso significaba enfrentarse a su propio hijo.
L había ideado un plan audaz: usar el Death Note para confirmar la identidad de Kira y, al mismo tiempo, intentar detenerlo. El plan implicaba que Soichiro, con la ayuda de Matsuda y los demás miembros del equipo de investigación, se infiltrara en la base de operaciones de Kira, que se sospechaba que estaba en una organización criminal.
–Es peligroso, Soichiro-san –dijo Matsuda, la preocupación evidente en su voz–. Demasiado peligroso.
Soichiro lo miró con una expresión que mezclaba resolución y dolor. –Es la única manera, Matsuda. Si hay una posibilidad de detener a Kira, tengo que tomarla.
El plan de L era arriesgado. Implicaba que Soichiro se hiciera pasar por un traficante de drogas para infiltrarse en la organización de Kira y recuperar el Death Note. Para hacerlo, Soichiro tendría que hacer un trato con un Shinigami, un dios de la muerte, para obtener los Ojos de Shinigami, que le permitirían ver los nombres y las esperanzas de vida de las personas. El precio de estos ojos era la mitad de la vida restante de Soichiro.
Matsuda se opuso vehementemente. –¡No puede hacer eso, Soichiro-san! ¡Es su vida!
–Es mi deber, Matsuda –respondió Soichiro con firmeza–. Es el deber de un padre, y de un policía.
L, con su lógica fría, explicó que era la única forma de tener una ventaja contra Kira. Soichiro, con el corazón pesado, aceptó.
El ritual para obtener los Ojos de Shinigami fue un momento sombrío. Matsuda observó cómo Soichiro, con una expresión de dolor y determinación, hacía el trato con el ser sobrenatural. El brillo rojizo en los ojos de Soichiro después del ritual fue un recordatorio escalofriante del sacrificio que había hecho.
–Ahora veo los nombres, Matsuda –dijo Soichiro, su voz teñida de una tristeza profunda–. Veo sus nombres, sus vidas…
Matsuda no pudo evitar sentir un escalofrío. Saber la duración de la vida de una persona era un poder terrible, un poder que Kira había usado para desatar el caos.
La misión de infiltración fue tensa y peligrosa. Soichiro, con los Ojos de Shinigami, logró infiltrarse en la organización criminal y recuperar el Death Note. Matsuda y el resto del equipo lo seguían de cerca, listos para intervenir si algo salía mal.
Dentro del Death Note, Soichiro encontró el nombre de Light Yagami. La confirmación final, la prueba irrefutable, estaba allí, escrita con la propia mano de su hijo. El dolor en su rostro era insoportable.
En un momento crucial de la operación, Soichiro se encontró cara a cara con Light, quien había sido descubierto como Kira. Light, con una expresión fría y calculadora, intentó manipular a su padre, negando su culpabilidad y tratando de convencerlo de que L era el verdadero enemigo.
–Papá, no puedes creerte estas mentiras –dijo Light, sus ojos brillando con una intensidad antinatural–. L te está usando.
Soichiro, con el Death Note en la mano, lo miró con una mezcla de amor y horror. La verdad era innegable, pero la imagen de su hijo, el niño que había amado y criado, seguía allí.
–Light –dijo Soichiro, su voz temblaba–. ¿Por qué? ¿Por qué has hecho esto?
Light sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. –Estoy limpiando el mundo, papá. Estoy creando un mundo mejor.
La respuesta de Light fue un golpe devastador para Soichiro. En ese momento, se dio cuenta de que su hijo estaba más allá de la redención, que se había perdido en la oscuridad de su propia justicia retorcida. La esperanza que había albergado, por pequeña que fuera, se desvaneció por completo.
En medio de la confrontación, se produjo un tiroteo. Soichiro, en un intento desesperado por proteger el Death Note y a sus compañeros, recibió un disparo. Cayó al suelo, el Death Note escapándose de sus manos.
Matsuda, que había estado observando la escena con horror, corrió hacia él. –¡Soichiro-san! ¡Soichiro-san!
Soichiro yacía en el suelo, la sangre extendiéndose por su camisa. Sus ojos, ahora sin el brillo rojizo de los Ojos de Shinigami, miraron a Matsuda.
–Matsuda… –su voz era débil–. Cuida… cuida a mi familia.
Matsuda sintió un nudo en la garganta, las lágrimas empañando su visión. –¡No hable, Soichiro-san! ¡Va a estar bien!
Soichiro sonrió, una sonrisa triste pero llena de paz. –Light… no es Kira. Lo vi. No tenía el nombre de Light…
Matsuda se dio cuenta de lo que Soichiro estaba haciendo. En sus últimos momentos, su padre había elegido creer en la inocencia de su hijo, una última muestra de amor incondicional. Había mentido para proteger la imagen de su hijo ante el mundo, para darle una última oportunidad de redención, aunque fuera en la mente de los demás.
L, que había presenciado la escena, entendió el sacrificio de Soichiro. La mentira de Soichiro, aunque noble, complicaba la investigación, pero L respetaba la decisión de un padre moribundo.
Soichiro exhaló su último aliento en los brazos de Matsuda, su mirada fija en el techo, un atisbo de paz en su rostro. Matsuda apretó su cuerpo contra el de Soichiro, sollozando sin control. El hombre que había sido su mentor, su amigo, la persona por la que sentía un amor tan profundo, se había ido.
La muerte de Soichiro fue un golpe devastador para el equipo de investigación. Para Matsuda, fue una pérdida inconmensurable. Se sentía vacío, como si una parte de él se hubiera ido con Soichiro. El amor incomprendido que había albergado en su corazón ahora se sentía como un peso, un recordatorio constante de lo que había perdido.
El funeral de Soichiro fue un evento sombrío. Matsuda observó a la familia de Soichiro, a su esposa y a sus hijas, destrozadas por el dolor. Light, con una expresión de tristeza contenida, parecía estar de luto por su padre, una actuación magistral que engañó a todos, excepto a L y a Matsuda.
Después del funeral, Matsuda se quedó solo en la tumba de Soichiro. La lluvia caía suavemente, como si el cielo también llorara.
–Soichiro-san –susurró Matsuda, su voz ronca–. Lo siento. Lo siento por no haber podido protegerlo. Lo siento por no haber podido decirle lo que sentía.
Matsuda se arrodilló ante la tumba, las lágrimas mezclándose con la lluvia en su rostro. El amor incomprendido que había guardado en secreto ahora se derramaba en un torrente de dolor y arrepentimiento. Se dio cuenta de que, a pesar de todo, Soichiro había sido el centro de su mundo, el faro que lo guiaba.
La muerte de Soichiro dejó un vacío inmenso en el corazón de Matsuda. Pero también encendió una nueva determinación. Continuaría la lucha contra Kira, no solo por la justicia, sino también por Soichiro, para honrar su memoria y el sacrificio que había hecho.
Los días se convirtieron en semanas. La investigación de Kira continuó, con L ahora al frente y Matsuda como su mano derecha, impulsado por el recuerdo de Soichiro. La presencia de Light en el equipo de investigación, bajo la estrecha vigilancia de L, era una tortura constante para Matsuda. Sabía la verdad, pero no podía revelarla sin traicionar la última voluntad de Soichiro.
Una tarde, L llamó a Matsuda a su oficina.
–Matsuda-san –dijo L, con su tono habitual–. He estado observando a Light-kun. Hay algo que no encaja.
Matsuda lo miró, su corazón latiendo con fuerza. –¿Qué quiere decir, L?
–La forma en que reaccionó a la muerte de su padre –continuó L–. Era… demasiado controlada. Demasiado perfecta. Y la mentira final de Soichiro-san… me hace dudar.
Matsuda sintió un escalofrío. L, con su mente brillante, estaba reconstruyendo el rompecabezas.
–Soichiro-san… él quería proteger a Light –dijo Matsuda, su voz apenas un susurro.
L asintió. –Lo sé. Pero el sacrificio de Soichiro-san no será en vano. Usaremos su mentira para nuestra ventaja.
La lucha contra Kira se convirtió en un juego de ajedrez complejo, con L y Light moviendo sus piezas con una astucia diabólica. Matsuda, aunque a menudo se sentía abrumado por la complejidad del caso, se mantuvo firme, impulsado por el recuerdo de Soichiro.
El amor incomprendido de Matsuda por Soichiro se había transformado en una fuerza motriz, un legado silencioso que lo impulsaba a seguir adelante. Soichiro había muerto intentando proteger a su hijo, y Matsuda, a su manera, también lo haría, al asegurarse de que la justicia prevaleciera y de que el sacrificio de Soichiro no fuera en vano. El peso de la verdad era pesado, pero Matsuda estaba decidido a llevarlo, por Soichiro, por la justicia, y por el amor que había guardado en su corazón.