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El Éxodo de la Voluntad: De Príncipes, Esclavos y Mares Partidos

El resplandor blanco que había devuelto a los héroes a sus respectivos mundos no fue permanente. Apenas habían tenido tiempo de procesar el impacto de la vida de Jesús cuando, con la misma suavidad de un suspiro, el espacio-tiempo se plegó de nuevo. Uno a uno, o grupo por grupo, se encontraron sentados exactamente en las mismas butacas de la sala de cine infinita.

— ¿Otra vez? —gruñó Bakugo, aunque esta vez no intentó activar sus explosiones. Se limitó a cruzarse de brazos, mirando de reojo a los Vengadores—. Espero que esta vez haya más acción que en la anterior. Ese tipo del vino era impresionante, pero me dejó un sabor de boca extraño.

— Fue una lección de humildad, Bakugo —respondió Shoto Todoroki con su habitual tono gélido, aunque sus ojos mostraban una chispa de curiosidad—. Pero tienes razón en algo: el ambiente ha cambiado.

Tony Stark, que ya no intentaba desmantelar su reactor, miraba la pantalla con una ceja levantada.

— Bueno, Cronista, ¿qué sigue en el menú? ¿Otro carpintero que reescribe las leyes de la física? Porque mi departamento de I+D todavía está tratando de entender cómo convertir H2O en Merlot sin pasar por un viñedo.

La voz del Cronista, profunda y resonante, llenó la sala.

— Habéis visto al Alfa y la Omega. Habéis visto el sacrificio final. Pero para entender el destino, primero hay que entender la liberación. Hoy, veréis la historia de un hombre que nació en la esclavitud, creció en la realeza y terminó desafiando al imperio más grande de su tiempo. No con una espada, sino con una vara y una voluntad inquebrantable.

En la pantalla, la negrura fue reemplazada por el tono dorado de la arena del desierto y el azul profundo del río Nilo. Una música orquestal, cargada de una épica ancestral, comenzó a sonar.

— Egipto —susurró Diana Prince, reconociendo las pirámides en construcción—. La cuna de la civilización y, para muchos, una jaula de oro.

La imagen mostró a miles de personas bajo un sol abrasador, arrastrando piedras colosales. Los látigos de los capataces cortaban el aire y la piel de los esclavos hebreos.

— Esto es horrible —dijo Ruby Rose, apretando los puños—. ¿Por qué nadie hace nada? ¿Dónde están los héroes de este mundo?

— En ese entonces, el "héroe" era el que tenía la corona más grande —respondió Billy Butcher, escupiendo al suelo de la sala—. La misma historia de siempre. Los fuertes pisotean a los débiles.

La escena cambió drásticamente. Un bebé en una cesta de mimbre flotaba por el río, evadiendo cocodrilos y juncos, hasta llegar a las manos de la reina de Egipto.

— Moisés —murmuró Steve Rogers—. El príncipe que no sabía quién era.

La pantalla mostró el crecimiento de Moisés junto a Ramsés, el futuro Faraón. Eran hermanos en todo menos en sangre, corriendo en cuadrigas por las calles de Tebas, riendo, derribando estatuas en su juventud desenfrenada.

— Se parecen un poco a nosotros, ¿no crees, Sasuke? —preguntó Naruto, con una sonrisa triste—. Creciendo juntos, compitiendo... sin saber que el destino los separaría.

Sasuke no respondió, pero sus ojos no se apartaron de la pantalla. Veía en Moisés la chispa de alguien que vive en una mentira cómoda, esperando el momento en que la verdad lo golpee como un mazo.

Y la verdad llegó. La pantalla mostró a Moisés descubriendo su origen, viendo el sufrimiento de su verdadero pueblo. El momento culminante ocurrió cuando, en un arrebato de justicia ciega, mató a un capataz egipcio que golpeaba a un anciano.

— Cometió un error —dijo Batman, analizando la escena—. Intentó hacer justicia con sus propias manos, sin un plan, sin control. Eso solo trae el exilio.

Efectivamente, Moisés huyó al desierto. La sala observó en silencio cómo el príncipe de Egipto se convertía en un simple pastor de ovejas en Madián. Pasaron los años. La arrogancia del palacio fue lavada por el viento y la arena.

— Está encontrando su centro —comentó All Might—. A veces, para ser un verdadero líder, primero debes aprender lo que significa no ser nadie.

De repente, la pantalla se iluminó con una luz sobrenatural. En medio del monte Horeb, una zarza ardía, pero no se consumía.

— ¡Eso es imposible! —exclamó Izuku, sacando un cuaderno que apareció de la nada en su regazo—. El fuego necesita combustible. Si la planta no se quema, la reacción química es...

— No es química, chico —lo interrumpió Thor, con una sonrisa de reconocimiento—. Es la presencia de lo Divino. Escucha.

Una voz, que hizo que incluso los cimientos de la sala de cine vibraran, salió de la zarza: "Moisés, Moisés... Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es".

— Dios le está hablando —susurró Hinata, conmovida.

— Le está pidiendo que regrese —observó Superman—. Que se enfrente a su hermano. Que libere a su pueblo. Y él tiene miedo. Me gusta eso. No es un guerrero sin temor; es un hombre común aterrorizado por una tarea imposible.

La escena regresó a Egipto. El reencuentro entre Moisés y Ramsés fue tenso. La majestuosidad del trono contra la humildad de la túnica de pastor.

— "Deja ir a mi pueblo" —la voz de Moisés en la pantalla era firme, pero cargada de tristeza.

— Ramsés no lo hará —dijo Tony Stark—. Tiene un complejo de Dios más grande que el mío en mis peores días. Y eso ya es decir mucho.

Lo que siguió fue una demostración de poder que dejó a los usuarios de Dones y a los ninjas boquiabiertos. Las diez plagas de Egipto se sucedieron en una secuencia cinematográfica aterradora: el Nilo convirtiéndose en sangre, las langostas oscureciendo el sol, la oscuridad absoluta que se podía sentir en la propia sala.

— Esto es manipulación climática y biológica a una escala global —susurró Weiss Schnee, abrazándose a sí misma—. Es aterrador.

— No es solo poder —dijo Steve Rogers—, es un juicio.

Cuando llegó la última plaga, la muerte de los primogénitos, el silencio en el cine fue absoluto. Vieron a Ramsés llorando sobre el cuerpo de su hijo, y a Moisés, con el corazón roto, guiando a miles de personas hacia la libertad en plena noche.

— Ganó —dijo Ruby—. Pero a qué precio.

— La libertad nunca es gratis, niña —respondió Butcher con voz ronca.

Pero la historia no terminó ahí. La pantalla mostró al ejército egipcio, con sus carros y lanzas, persiguiendo a los fugitivos hasta las orillas del Mar Rojo. Los hebreos estaban atrapados: el agua frente a ellos, la muerte detrás.

— Están acorralados —dijo Kakashi—. A menos que tengan un jutsu de transporte masivo, están acabados.

— Mira a Moisés —señaló Midoriya.

Moisés no vaciló. Levantó su vara sobre las aguas. El viento comenzó a soplar con una fuerza huracanada. La música subió de intensidad, un coro triunfal que erizaba la piel. El mar comenzó a dividirse, formando dos murallas de agua cristalina que se elevaban hacia el cielo, revelando un camino de tierra seca.

— ¡Increíble! —gritó Naruto, poniéndose de pie—. ¡Eso supera cualquier estilo de agua que haya visto!

— No es su poder —corrigió Batman, observando la expresión de Moisés—. Él es solo el canal. Es la fe lo que sostiene esas paredes.

Los héroes observaron con el aliento contenido cómo el pueblo cruzaba, y cómo, cuando el ejército de Ramsés intentó seguirlos, las aguas colapsaron, devolviendo al mar su dominio y sellando el destino del imperio.

La escena final mostró a Moisés en la otra orilla, mirando hacia el horizonte. Ya no era un príncipe, ya no era un fugitivo. Era el libertador.

La pantalla se desvaneció a negro y las luces de la sala se encendieron gradualmente.

— Moisés fue un hombre que renunció a un trono terrenal para servir a una causa mayor —dijo la voz del Cronista—. Como muchos de vosotros, se sintió indigno. Como muchos de vosotros, dudó de su propia voz. Pero al final, entendió que el verdadero poder no reside en el mando, sino en la obediencia a la justicia.

— Es curioso —dijo Tony Stark, rompiendo el silencio—. Nosotros usamos tecnología, magia o mutaciones para cambiar el mundo. Este tipo solo necesitó un palo de madera y una fe que mueve montañas... o mares.

— Él no peleó contra los soldados —observó Izuku, escribiendo frenéticamente—. Él peleó contra el sistema de opresión. Su arma no era la violencia, sino la verdad de que nadie debe ser esclavo.

— Me recuerda a la voluntad de fuego —dijo Naruto, con una mano en el corazón—. No importa cuán oscuro sea el camino, siempre hay una forma de abrirse paso si crees en los que están detrás de ti.

— Pero también hubo dolor —añadió Sasuke—. Perdió a su familia, a su hermano. El camino del líder es solitario.

— Lo es —asintió All Might, mirando a sus jóvenes estudiantes—. Pero Moisés no caminaba solo. Llevaba a todo su pueblo consigo. Ese es el peso que un héroe debe aprender a cargar.

— ¿Y ahora qué? —preguntó Bakugo, aunque su tono era menos agresivo—. ¿Ya terminamos con las lecciones de historia antigua?

— La historia de la humanidad es larga, joven Bakugo —respondió el Cronista—. Y los hilos de la redención y la justicia se entrelazan en muchas vidas. Habéis visto al Salvador, habéis visto al Libertador. Pero el mundo también necesita guerreros que comprendan la diferencia entre la venganza y la retribución.

— ¿Guerreros? —preguntó Wonder Woman, interesada—. ¿A quién veremos después?

— Veréis a un hombre que lo perdió todo y, en su dolor, encontró la fuerza para desafiar a los gigantes —dijo la voz, mientras la pantalla comenzaba a mostrar destellos de una honda y una piedra—. Veréis al Rey Pastor. Pero por ahora, descansad. Reflexionad sobre lo que significa ser libre. Porque la libertad sin propósito es solo otra forma de esclavitud.

La sala se llenó de un murmullo de conversaciones. Los Vengadores discutían con la Liga de la Justicia sobre la ética de la intervención divina, mientras los estudiantes de la UA rodeaban a Midoriya para ver sus notas. Naruto intentaba explicarle a Ruby cómo funcionaba el chakra, aunque ella estaba más interesada en saber si la vara de Moisés podía transformarse en un arma de fuego.

En un rincón, Billy Butcher miraba la pantalla apagada, fumando un cigarrillo que, milagrosamente, esta vez sí se encendió.

— Un príncipe que se vuelve contra su propia sangre por los pobres diablos que trabajan en el barro —masculló para sí mismo—. Quizás no todos los que tienen poder son unos completos bastardos.

La paz en la sala era palpable, una tregua sagrada entre mundos que, hasta hace poco, eran extraños entre sí. Pero todos sabían que esto era solo el comienzo. El Cronista tenía mucho más que mostrar, y el multiverso nunca volvería a ser el mismo después de haber presenciado la voluntad de aquellos que, sin capas ni armaduras, cambiaron el curso de la eternidad.

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