Jujutsu Kaisen

Jujutsu kaisen x Male reader

Prólogo: El Contrato de Cristal La sala del consejo de los "Peces Gordos" olía a incienso viejo y a decisiones tomadas por hombres que ya no tenían alma. Kaito, con apenas diecisiete años, permanecía de pie a la derecha de los ancianos, una posición que subrayaba su estatus: una herramienta, un arma, una propiedad del clan Gojo. Sus ojos, de un azul tan profundo que recordaba a las grietas de un glaciar, estaban fijos en un punto inexistente de la pared. A su lado, Satoru Gojo emanaba una energía eléctrica, una impaciencia que hacía que el aire vibrara. —Hoy se sella el destino de la técnica del Infinito —anunció uno de los ancianos, extendiendo un pergamino que brillaba con energía maldita—. Satoru, firma. Con este contrato, el Delta que hemos criado para ti será tu sombra y tu consorte de por vida. Kaito sintió un ligero temblor en su cola de Leopardo de las Nieves. No era miedo, era una esperanza dolorosa que intentaba sofocar. Había amado a Satoru desde que fueron niños, cuando el peliblanco le prometió que "ellos dos serían los más fuertes". Pero esa promesa se había marchitado cuando Suguru Geto entró en escena. Satoru tomó el pincel. Sus ojos azules tras las gafas oscuras se desviaron por un segundo hacia la puerta, donde Suguru esperaba en el pasillo. Luego, miró a Kaito. No había odio en su mirada, solo una indiferencia que dolía más que cualquier golpe. —No —dijo Satoru, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplica. Con un movimiento fluido y cargado de arrogancia, Satoru tomó el pergamino y, rodeándolo con una chispa de su técnica de "Azul", lo redujo a cenizas en un instante. —No voy a casarme con un arma —declaró Satoru, dándole la espalda al consejo y a Kaito—. Mi vida me pertenece a mí, y mi corazón... bueno, ya tiene dueño. No lo busquen, él no tiene interés en contratos. El silencio que siguió fue sepulcral. Satoru salió de la habitación sin mirar atrás, dejando a Kaito solo frente a la furia de los ancianos. Kaito no se movió. No lloró. Simplemente sintió cómo algo dentro de su pecho hacía crack, igual que un lago congelado que se rompe bajo un peso excesivo. —Sabías que esto pasaría, Kaito —susurró el líder del clan, su voz llena de una crueldad decepcionada—. Por eso preparamos el plan de contingencia. Si el Alfa de los Seis Ojos te rechaza, dejas de ser útil para nosotros. Pero China... China ha estado buscando un Delta puro para estabilizar a su nuevo linaje de Enigmas. Kaito bajó la cabeza, permitiendo que su flequillo oscuro cubriera sus ojos. —Acepto —susurró con voz plana—. Me iré. Solo pido una última voluntad antes de partir. Esa noche, Kaito caminó por los pasillos de la escuela técnica de Jujutsu. Encontró a Shoko, quien bebía un refresco en las escaleras. Se despidió de ella con un abrazo largo, uno que ella no entendió pero que guardó en su memoria como algo fúnebre. Luego, se dirigió a las habitaciones de los de primer año. Encontró a Nanami y Haibara durmiendo. Con un movimiento elegante de sus manos, trazó sellos de energía azulada sobre sus frentes. —Vivan —susurró—. No importa lo que pase en las misiones de septiembre, vivan. Su última parada fue el balcón donde Satoru y Suguru compartían un momento de risas silenciosas. El zorro y el leopardo, dos Alfas que se entendían sin palabras. Kaito se quedó en las sombras, observando cómo Satoru inclinaba la cabeza sobre el hombro de Suguru. —Satoru —llamó Kaito suavemente. Los dos se giraron. Satoru lo miró con fastidio, como si Kaito fuera un recordatorio molesto del compromiso que acababa de romper. —¿Qué quieres, Kaito? Ya te dije que el contrato es historia. —Solo una advertencia —dijo Kaito, y por primera vez, su voz tenía una nota de autoridad Delta que hizo que Suguru enderezara las orejas de zorro—. Septiembre de 2007. Misión en la aldea del oeste. No dejes que Suguru vaya solo. Si lo haces, lo perderás para siempre. —¿De qué hablas? —preguntó Suguru, frunciendo el ceño—. Estás siendo dramático porque Satoru te rechazó. Kaito no respondió. Dio media vuelta y se perdió en la oscuridad del bosque. A la mañana siguiente, su habitación estaba vacía. No dejó notas, solo una cama perfectamente tendida y un rastro de aroma a nieve y soledad. Once años después, ese mismo aroma regresaría a Tokio, pero esta vez, vendría acompañado del olor a sangre y poder de un Enigma que no estaba dispuesto a compartir su trofeo.

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KaitoLian