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Kael Draven Nox ace - Diamnd no Ace

La anomalía en el diamante

La primavera en Tokio solía teñirse del suave rosa de los cerezos en flor, pero en los terrenos de la preparatoria Seido el único color que realmente importaba era el marrón ocre de la tierra batida y el blanco inmaculado de las pelotas de béisbol. El aire vibraba con el eco metálico de los bates conectando lanzamientos a gran velocidad, los gritos guturales de los jugadores en medio de sus ejercicios de carrera y el agudo silbido de los entrenadores marcando el ritmo implacable de una potencia nacional.

Sin embargo, ese compás casi militar se vio sutilmente alterado cuando dos figuras cruzaron las puertas que conectaban el edificio administrativo con los campos de entrenamiento.

Al frente caminaba el director de la academia, un hombre de edad avanzada, porte solemne y traje impecable, que normalmente observaba el club desde la distancia de los palcos institucionales. Pero lo que congeló las miradas de los jugadores más cercanos no fue la presencia de la máxima autoridad académica, sino el muchacho que avanzaba a su lado.

Kael Draven Nox no parecía pertenecer a este mundo. Y, en un sentido puramente literal, no lo hacía.

Habiendo renacido en este universo tras dejar atrás las páginas de una ficción que ya le quedaba pequeña, Kael se movía con la soltura de un depredador que conocía todos los secretos del escenario. Con el paso a su segundo año escolar, había decidido instalarse en Seido, el epicentro del béisbol preparatoriano, como quien elige un tablero de ajedrez particularmente interesante para disipar el aburrimiento.

Su aspecto físico rompía por completo la rígida estética tradicionalista del deporte japonés. Su cabello era de un rubio platino tan brillante que parecía refractar la luz solar en destellos plateados. Su piel, pálida y tersa, contrastaba con una complexión esculpida hasta la perfección: bajo el uniforme escolar rigurosamente modificado a medida se adivinaba una musculatura densa y funcional, un torso de ocho paquetes de acero forjado en el combate cuerpo a cuerpo y una postura biomecánicamente perfecta. En su ceja izquierda, un aro plateado brillaba con discreta rebeldía. Y sobre sus oídos descansaban unos auriculares de diseño exclusivo, de los cuales escapaba apenas un susurro melódico en volumen bajo, una pieza clásica que acompañaba sus pasos tranquilos.

No obstante, lo verdaderamente aterrador residía en su mirada. Unos ojos verdes sobrenaturales, tan intensos y translúcidos que semejaban esmeraldas iluminadas desde el fondo del abismo. Ojos que lo procesaban todo. Cada partícula de polvo suspendida en el aire, la tensión microscópica en los hombros de los bateadores a cincuenta metros de distancia, la rotación exacta de las costuras de una pelota en pleno vuelo. Era la percepción absoluta, una visión infinita que desnudaba la realidad y la reducía a meros vectores y probabilidades matemáticas.

Kael metió las manos en los bolsillos del pantalón oscuro. Su mente, una máquina calculadora de coeficiente intelectual prodigioso y tintes sociópatas, archivaba datos a una velocidad inconcebible. Nadie en esa prestigiosa institución sospechaba que el nuevo estudiante de segundo año era un magnate multimillonario encubierto, ni mucho menos el cerebro invisible que había desmantelado y sobrevivido a una mafia entera sin dejar una sola huella dactilar para la policía. Para el mundo, era simplemente un prodigio. Para él, todo era un juego diseñado para su entretenimiento.

—Te agradezco que mantengas la discreción respecto a los arreglos financieros de tu ingreso, Nox-kun —murmuró el director en voz baja, inclinando ligeramente la cabeza con un respeto que jamás mostraría a ningún otro adolescente—. Tu aporte a la modernización de las instalaciones ha sido… inconmensurable.

—Los negocios son negocios, director —respondió Kael, con un tono aterciopelado, tranquilo, apenas audible por encima de la música de sus audífonos—. Solo asegúrese de que nadie interfiera en mis horarios. El béisbol de Seido es famoso por su disciplina espartana, pero yo me rijo bajo mis propias reglas.

—El entrenador Kataoka es un hombre estricto —advirtió el anciano con cautela—. No tolera la arrogancia sin fundamento.

Kael curvó los labios en una media sonrisa que destilaba una frialdad magnética.

—Entonces nos llevaremos de maravilla. Porque mi arrogancia tiene todos los fundamentos del mundo.

Cuando ambos pisaron la antesala del Campo A, el epicentro del primer equipo, una pelota salió disparada tras un batazo fallido hacia la zona de la malla de contención, golpeando el metal con un estruendo seco. El ruido hizo que varios titulares detuvieran sus rutinas.

—¡Hey, miren hacia la entrada! —exclamó Kuramochi Youichi, apoyando su bate de madera contra el hombro mientras se secaba el sudor de la frente con el antebrazo—. ¿Quién diablos es ese tipo? No tiene pinta de ser un novato de primero. Se ve demasiado confiado.

A unos metros, Miyuki Kazuya se quitó la máscara de receptor, dejando ver una expresión de curiosidad analítica. Ajustó sus gafas deportivas y clavó la vista en el recién llegado. Como receptor, Miyuki vivía de leer el lenguaje corporal de la gente, pero al observar a Kael sintió un escalofrío inexplicable descender por su espina dorsal. No había aberturas en la guardia del rubio. Su centro de gravedad era perfecto, el balance de sus caderas denotaba un dominio sobrehumano del peso corporal y sus ojos… esos ojos verdes parecían estar diseccionando el campo entero con una sola mirada periférica.

—No es un primer año —murmuró Miyuki con una sonrisa torcida—. Camina como si fuera dueño del terreno.

—¡¿Eh?! ¡¿Quién es ese rubio creído?! —bramó Sawamura Eijun desde el montículo de calentamiento, agitando los brazos con su dramatismo habitual—. ¡¿Acaso viene a modelar ropa o a jugar al béisbol?! ¡Este es el sagrado terreno de Seido!

Furuya Satoru, envuelto en su aura silenciosa, simplemente parpadeó, sintiendo por puro instinto que la atmósfera alrededor del campo se había vuelto repentinamente más pesada.

El director carraspeó al llegar frente al dugout principal, donde Kataoka Tesshin permanecía de pie con los brazos cruzados y sus características gafas oscuras, semejante a una fortaleza inexpugnable. A su lado, la entrenadora asistente Takashima Rei ajustó sus lentes, observando con detenimiento el expediente que sostenía en una carpeta y luego al joven de cabello platino.

—Entrenador Kataoka —saludó el director con solemnidad—. Lamento interrumpir el entrenamiento matutino. Vengo a presentar personalmente a una incorporación tardía pero excepcional. Es un estudiante transferido que cursará el segundo año con nosotros a partir de este ciclo. Kael Draven Nox.

El silencio se apoderó de los alrededores del banquillo. Kataoka no se movió ni un milímetro. La sombra de su visera ocultaba sus ojos, pero su mandíbula se tensó levemente al inspeccionar al recién llegado. El aura de Kael no era la de un deportista común; olía a peligro, a un refinamiento letal, como una hoja de katana guardada en una funda de seda importada.

—¿Un transferido? —la voz de Kataoka resonó grave, profunda, haciendo eco contra el concreto—. El año escolar apenas comienza, pero las posiciones en este equipo no se regalan por recomendaciones administrativas, director. Quien viste este uniforme debe derramar sangre y sudor en esta tierra. Y ese chico ni siquiera se ha quitado los auriculares en mi presencia.

Kael ladeó la cabeza con lentitud. Con un gesto suave y desinteresado, llevó una mano a sus audífonos y los deslizó hasta dejarlos reposar alrededor de su cuello. El aro de su ceja captó un destello de luz cuando levantó la vista para mirar directamente a los lentes oscuros del temible entrenador.

—La música ayuda a filtrar el ruido innecesario, entrenador —dijo Kael con voz serena, carente de cualquier atisbo de sumisión o nerviosismo—. Y en cuanto a derramar sangre… le aseguro que he visto y causado suficiente como para no impresionarme por un poco de arcilla. Pero estoy aquí por el béisbol. Dicen que este es el mejor programa de Tokio. Quería comprobar si los rumores eran ciertos o solo una exageración provinciana.

Un murmullo de indignación recorrió a los jugadores que se habían acercado a escuchar.

—¡Maldito bastardo engreído! —gruñó Kuramochi, apretando los dientes—. ¿Provinciana dice? ¡Le voy a barrer los tobillos hasta que aprenda a respetar!

—Tranquilo, Kuramochi —intervino Miyuki, aunque su propia sonrisa se había enfriado ligeramente—. Es interesante. Hacía tiempo que no veía a alguien hablarle así al jefe y salir ileso en los primeros diez segundos.

Takashima Rei dio un paso al frente, con un brillo calculador en su mirada.

—Sus antecedentes académicos son extraordinarios, entrenador —explicó ella con voz pausada—. Y sus registros físicos… bueno, desafían cualquier estándar que tengamos archivado. Sin embargo, no hay un historial deportivo registrado en ligas juveniles oficiales de Japón.

—Eso es porque no juego en ligas de niños —respondió Kael, paseando sus ojos verdes por el diamante con absoluta displicencia—. Las reglas rígidas suelen limitar la creatividad. Pero domino el bate, el guante y la lomita. Cualquier posición que requiera aplastar al rival me sirve.

Kataoka dio un paso hacia él, recortando la distancia. El técnico de Seido era una figura imponente, un muro de disciplina que hacía temblar a los adolescentes más duros del país. Sin embargo, frente a él, Kael ni siquiera parpadeó. De hecho, el espacio entre ambos parecía distorsionarse levemente; la presencia del rubio proyectaba una presión invisible, un vacío absoluto que no permitía que la autoridad ajena lo rozara. El poder que yacía latente en su interior, esa percepción espacial perfecta y control límite de todo lo que tocaba, le otorgaba la calma de un dios entre mortales.

—Las palabras sobran en este campo —sentenció Kataoka con frialdad—. Si quieres formar parte de Seido, tendrás que demostrarlo de inmediato. No me importan tus calificaciones ni el dinero que tus protectores hayan donado a la escuela. Aquí solo habla el juego.

—Eso esperaba —replicó Kael, encogiéndose de hombros con elegancia—. Odio el papeleo.

En ese preciso instante, una fatalidad del destino o un simple error de novato ocurrió en la jaula de bateo contigua. Uno de los bateadores suplentes conectó un lanzamiento fuera de tiempo con la punta del bate. La pelota salió disparada a una velocidad aterradora, un proyectil descontrolado en una trayectoria baja y recta que volaba directo hacia la cabeza del director, quien se encontraba de espaldas charlando con un asistente, completamente ajeno al peligro inminente.

—¡Cuidado! —gritó Isashiki Jun desde el jardín central con la fuerza de un trueno.

—¡Al suelo! —chilló Sawamura, abriendo los ojos desmesuradamente.

Miyuki tensó los músculos para reaccionar, pero la distancia era demasiada. Nadie llegaría a tiempo. Era un impacto directo garantizado a más de ciento treinta kilómetros por hora.

Kael no se inmutó.

Para su cerebro superdotado y sus ojos esmeralda imbuidos con el poder de percibir el infinito, el mundo pareció detenerse en seco. Vio las costuras rojas de la pelota girando a doscientas revoluciones por segundo. Vio la densidad del aire desplazándose alrededor de la esfera. Calculó la parábola, la velocidad terminal y el ángulo de impacto en una milésima de segundo.

Sin sacar la mano izquierda de su bolsillo y sin girar completamente el torso, Kael levantó el brazo derecho.

El movimiento no fue rápido; fue imperceptible. Una economía de movimiento absoluta propia de un maestro marcial y un prodigio atlético irrepetible.

Un chasquido seco, sordo y contundente resonó en el aire.

El silencio que siguió fue absoluto, sepulcral.

Kael sostenía la pelota de béisbol en el aire, a escasos centímetros de la oreja del director. Pero no la había atrapado con un guante, ni siquiera con la palma abierta amortiguando el golpe.

La tenía sujeta con solo dos dedos: el índice y el pulgar, firmemente prensada en la costura, como si acabara de recoger una manzana madura de un árbol. No había retroceso en su muñeca, no había temblor en sus músculos y el impacto no había dejado la más mínima marca en su piel pálida. Parecía como si la pelota, al aproximarse a su espacio vital, hubiera colisionado contra una barrera invisible que absorbió toda su energía cinética antes de ser reclamada por sus dedos.

El director parpadeó, sintiendo apenas la ráfaga de viento generada por el proyectil frenado en seco, y miró a su lado con el rostro pálido por la conmoción.

Kael bajó la mano lentamente, haciendo girar la pelota sobre la yema de su dedo índice con una destreza circense que rayaba en lo absurdo, mientras sus ojos verdes se clavaban en Kataoka con una calma escalofriante.

—Pelota de cuatro costuras —dijo Kael con suavidad, analizando el peso del cuero—. Ciento treinta y cuatro kilómetros por hora. Una trayectoria bastante descuidada para un equipo que aspira a ganar el Koshien.

En el campo, los jugadores se quedaron de piedra. Sawamura tenía la boca tan abierta que parecía que se le caería la mandíbula al suelo. Kuramochi dejó caer el bate sobre la hierba con un golpe sordo. Miyuki sintió un sudor frío recorrer su frente; atrapar una línea descontrolada a esa velocidad con dos dedos desarmados no era talento, no era suerte: era una monstruosidad física que desafiaba todas las leyes conocidas de la medicina y el deporte.

—¿Qué… demonios fue eso? —susurró Miyuki, con los ojos muy abiertos detrás de sus gafas—. Ni siquiera miró hacia la jaula hasta que ya la tenía en la mano.

Kataoka mantuvo la mirada fija en el joven rubio. Bajo sus lentes oscuros, el veterano entrenador supo en ese instante que no estaba tratando con un simple estudiante problemático. Aquel muchacho era un fenómeno, una fuerza de la naturaleza indomable que acababa de cruzar las puertas de Seido para cambiar el destino del equipo, para bien o para la destrucción de quien intentara frenarlo.

—Ve al vestuario —ordenó Kataoka, cuya voz, aunque firme, cargaba ahora un matiz de expectación electrizante—. Takashima te entregará un uniforme de práctica. Si crees que puedes hablar con tanta ligereza sobre el Koshien, vas a pararte en la caja de bateo contra nuestros mejores lanzadores ahora mismo.

Kael arrojó la pelota hacia arriba con desdén y la atrapó de nuevo en el aire, guardándola en el bolsillo de su chaqueta antes de recolocarse el auricular sobre la oreja izquierda. El ritmo tenue de su música volvió a ser su única compañía en medio de las miradas de asombro y tensión que lo rodeaban.

—Será un placer, entrenador —dijo Kael, pasando por el lado de Kataoka con pasos desgarbados y seguros, impregnando el ambiente con una presencia abrumadora que eclipsaba el brillo del sol de primavera—. Pero dígale a sus lanzadores que calienten bien el brazo. Sería una lástima que su orgullo se rompa tan temprano en el año escolar.

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