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kronii blacked

El Espejo de los Eones y la Carne

La penumbra de la sala de cine privada en la mansión de los Miller estaba impregnada del aroma a sándalo y al cuero costoso de los sofás. Ouro Kronii, ahora en el cuarto mes de su segundo embarazo, se encontraba reclinada contra el pecho masivo de Marcus. La pantalla gigante frente a ellos proyectaba imágenes en alta definición de su luna de miel en las Maldivas, un registro privado que Marcus había ordenado grabar a un equipo de profesionales que, bajo contrato de confidencialidad absoluta, capturaron cada momento de su conquista sobre la antigua Guardiana del Tiempo.

—Mírate ahí, Kronii —susurró Marcus, su voz profunda vibrando contra la espalda de ella—. Todavía tenías ese rastro de desafío en los ojos. No sabías lo que te esperaba.

Kronii observó la pantalla. En el video, una versión de ella misma con un bikini blanco inmaculado caminaba por la orilla de una playa privada. Su expresión era de una soberbia gélida, la de alguien que aún creía que su voluntad importaba. En la escena, Marcus aparecía detrás de ella, tomándola por el cuello con una mano y obligándola a arrodillarse en la arena mientras el sol se ponía.

—Recuerdo ese momento —dijo Kronii en el presente, su mano acariciando su vientre que empezaba a curvarse de nuevo—. Recuerdo el calor de la arena y cómo me hiciste entender que mi belleza no era un don, sino una ofrenda para ti.

—No solo una ofrenda —corrigió Marcus en la oscuridad, su mano deslizándose por el camisón de seda de Kronii hasta apretar uno de sus pechos, mucho más lleno y sensible que en el video—. Era una rendición. En esa playa te quité el nombre de diosa y te puse el de esposa. Mi esposa. Mi propiedad.

En la pantalla, la escena cambió a la suite nupcial sobre el agua. El video mostraba a Marcus sentado en un sillón de mimbre, vestido con una túnica de lino abierta, mientras Kronii, desnuda y adornada solo con cadenas de oro que él le había regalado, bailaba para él bajo la luz de la luna. La cámara captaba el contraste violento: la piel de ébano de Marcus, oscura y dominante, y la palidez de Kronii, que parecía brillar como la luna misma.

—Esa noche fue cuando decidí que nunca más volverías a mirar a nadie más que a mí —dijo Marcus. En el presente, él la giró bruscamente en el sofá, obligándola a quedar a horcajadas sobre su regazo.

—Y lo lograste, Marcus —respondió ella, sus ojos azules fijos en los de él—. Ya no sé cómo mirar el mundo si no es a través de tus órdenes.

—Demuéstramelo —ordenó él, desabrochándose el cinturón—. El video está llegando a la parte que más me gusta. Quiero que lo recreemos aquí, ahora, mientras ves cómo te rompí la voluntad por primera vez.

En la pantalla, el Marcus del pasado tomaba a la Kronii del pasado por el cabello y la arrojaba sobre la cama de seda. En el presente, Marcus hizo lo mismo, empujándola contra el respaldo del sofá de cuero. Kronii gimió, una mezcla de sumisión y deseo salvaje recorriéndola. Él levantó el camisón de ella, revelando que no llevaba ropa interior, dejando expuesta su intimidad húmeda y lista, un contraste perfecto con la redondez incipiente de su embarazo.

—Mírate en la pantalla, Kronii —gruñó Marcus, posicionándose entre sus piernas—. Mira cómo llorabas de placer cuando te reclamé como mía.

Marcus entró en ella con una embestida brutal, sin preámbulos, llenándola por completo. Kronii soltó un grito que se fundió con el audio del video, donde su yo del pasado soltaba el mismo alarido de entrega. La sensación era abrumadora: ver su propia degradación y gloria en video mientras sentía el poder real y físico de Marcus reclamándola de nuevo en el presente.

—¡Ahhh! ¡Marcus! —gritó Kronii, sus uñas clavándose en los hombros masivos de su marido—. ¡Es igual... se siente igual que aquella primera vez!

—No es igual —dijo él, aumentando el ritmo de sus embestidas, sus músculos de ébano tensándose como cuerdas de acero—. Ahora eres más mía. Ahora llevas mi sangre por segunda vez. Cada golpe que te doy es para recordarte que el tiempo no existe, solo existe mi voluntad sobre tu cuerpo.

En el video, la cámara hacía un primer plano del rostro de Kronii, con los ojos rodando hacia atrás y la boca abierta en un éxtasis mudo mientras Marcus la poseía con una ferocidad animal. En el presente, Marcus la tomó por la barbilla, obligándola a mantener la vista en la pantalla.

—¿Ves eso? —preguntó él, su voz entrecortada por el esfuerzo—. Esa es la cara de una mujer que ha encontrado su lugar. Una mujer que sabe que nació para ser abierta y llenada por un hombre que es superior a ella en todo sentido.

—¡Sí! —balbuceó Kronii, sus caderas moviéndose frenéticamente para encontrar el fondo de la virilidad de ébano de él—. ¡Soy tuya! ¡Mírame, Marcus! ¡No soy nada sin ti!

El ritmo en el sofá se volvió errático y violento. El cuero crujía bajo el peso de ambos, y el sonido de la carne chocando contra la carne llenaba la sala de cine, compitiendo con los gemidos que emanaban de los altavoces envolventes. Era una sinfonía de dominación. Marcus la trataba con un machismo descarado, dándole azotes rítmicos en las nalgas que dejaban marcas rojas instantáneas sobre su piel blanca, marcas que en el video también aparecían mientras la Kronii del pasado suplicaba por más.

—¡Dime quién es tu dueño, Kronii! —rugió Marcus, levantándola del sofá sin dejar de penetrarla, demostrando una fuerza sobrehumana que la hacía sentir minúscula.

—¡Tú! ¡Solo tú, Marcus Miller! —gritaba ella, sus piernas envueltas con fuerza alrededor de la cintura de él—. ¡Hazme lo que quieras! ¡Usa mi cuerpo como te plazca!

En la pantalla, la escena de la luna de miel llegaba a su clímax. El Marcus del video se vaciaba dentro de ella con un rugido de triunfo, marcando el inicio de su dinastía. En el presente, Marcus apretó a Kronii contra la pared de la sala de cine, sus ojos fijos en la imagen proyectada.

—Esto es por el segundo heredero —dijo él, su voz volviéndose un gruñido profundo—. Esto es para que nunca olvides que, aunque fuiste una guardiana del tiempo, ahora eres solo la guardiana de mi placer.

Con un impulso final y devastador que hizo que Kronii viera estrellas, Marcus se liberó dentro de ella. La descarga fue masiva, un torrente de calor que ella sintió inundar su ser, conectando el pasado del video con el presente de su vientre. Ella colapsó contra su pecho, temblando violentamente, mientras en la pantalla la imagen se desvanecía a negro con el logo de la familia Miller.

Minutos después, Marcus la dejó caer suavemente en el sofá, aunque su mirada seguía siendo la de un conquistador que inspecciona su territorio. Él se vistió con la misma frialdad autoritaria de siempre, mientras Kronii permanecía desnuda, recuperando el aliento.

—Ese video es un buen recordatorio —dijo Marcus, ajustándose el reloj de oro—. Pero la realidad es mucho mejor. Mañana vendrá el decorador para la habitación del nuevo bebé. Quiero que estés allí, pero no quiero que hables. Yo tomaré las decisiones. Tú solo asegúrate de estar presentable.

—Como desees, Marcus —respondió ella, su voz recuperando ese tono seco pero ahora impregnado de una dulzura sumisa—. Me gusta cuando decides por mí. Me ahorra la fatiga de pensar en cosas que no sean complacerte.

Marcus se acercó a ella una última vez antes de salir de la sala, acariciando su mejilla con una mano que aún conservaba el calor del acto.

—Eres una buena mujer, Kronii. Has aprendido que el tiempo no se controla, se entrega a quien sabe qué hacer con él.

—Lo aprendí de la mejor manera —dijo ella, mirando hacia la pantalla ahora vacía—. A tus pies.

Él salió de la sala, cerrando la puerta con ese clic sonoro que para Kronii siempre significaba seguridad. Ella se quedó sola en la penumbra, acariciando su vientre y sintiendo el rastro de la unión de Marcus en sus muslos. Se sentía completa. El pasado de gloria cósmica no era más que un sueño borroso comparado con la realidad de ser la posesión de un hombre que la dominaba con cada palabra y cada gesto.

—El tiempo se detuvo —susurró para sí misma, cerrando los ojos con una sonrisa de paz absoluta—. Se detuvo el día que me pusiste estas cadenas de oro.

En la oscuridad de la mansión, el único sonido era el tic-tac rítmico de los relojes de colección de Marcus, un recordatorio constante de que, en esa casa, el tiempo no pertenecía a una guardiana, sino al hombre de ébano que había logrado encadenar a la eternidad misma en su cama.