Volver al resumen

kronii blacked

El Brillo de las Cadenas de Oro

La opulencia del salón de baile del Hotel Ritz-Carlton no era nada comparada con la presencia de Ouro Kronii. Vestida con un traje de seda azul noche que se ceñía a sus curvas como una segunda piel, la antigua Guardiana del Tiempo caminaba con una elegancia gélida. Sin embargo, no caminaba sola. La mano de Marcus, pesada y posesiva, descansaba firmemente en la parte baja de su espalda, guiando cada uno de sus pasos.

Marcus lucía impecable en un esmoquin hecho a medida que resaltaba la inmensidad de sus hombros y la profundidad de su piel oscura. A su lado, Kronii parecía una muñeca de porcelana fina, una joya que él exhibía con el orgullo de un conquistador. El embarazo de tres meses apenas comenzaba a notarse con una sutil curvatura en su vientre, un detalle que Marcus se encargaba de enfatizar cada vez que alguien se acercaba a saludarlos.

—Mantén la espalda recta, Kronii —susurró Marcus al oído de ella, su aliento cálido provocándole un escalofrío—. No quiero que mi mujer parezca cansada frente a estos buitres. Sonríe y quédate a mi lado.

—Lo sé, Marcus —respondió ella en voz baja, manteniendo esa mirada altiva que tanto la caracterizaba, aunque sus ojos brillaban con una sumisión que solo él conocía—. El mundo siempre espera que yo sea perfecta.

Un grupo de empresarios se acercó a ellos. Eran hombres de negocios que manejaban fortunas, pero todos parecían empequeñecer ante la estatura y el aura de autoridad de Marcus.

—Marcus, una noche increíble —dijo uno de los hombres, extendiendo la mano—. Y veo que has traído a tu... encantadora esposa.

Marcus no soltó la cintura de Kronii al estrechar la mano del hombre. Al contrario, la atrajo más hacia él, marcando territorio.

—Mi esposa es el centro de esta velada —dijo Marcus con esa voz profunda que resonaba en el pecho de Kronii—. Pero está aquí para acompañarme, no para charlar de negocios. Kronii, ve a buscarme otra copa de agua con gas. Y no te demores.

El silencio cayó por un segundo entre el grupo. Era una orden directa, casi degradante para una mujer de la estatura de Kronii, una figura que en internet era adorada como una deidad. Los empresarios intercambiaron miradas incómodas, pero Kronii simplemente asintió con una sonrisa gélida y satisfecha.

—Como digas, querido —respondió ella, dándose la vuelta con una gracia hipnótica.

Mientras caminaba hacia la barra, Kronii sentía las miradas de envidia y juicio de las otras mujeres de la alta sociedad. Sabía lo que pensaban: que era una mujer trofeo, que había cambiado su libertad por los diamantes que colgaban de su cuello. Y a ella le encantaba. Le fascinaba que Marcus la tratara como su propiedad más valiosa en público, eliminando cualquier rastro de esa angustia existencial que solía atormentarla. Bajo el mando de Marcus, ella no tenía que preocuparse por el flujo del tiempo; solo tenía que ser suya.

Cuando regresó, Marcus estaba hablando con un inversor extranjero. Sin interrumpir la conversación, ella le extendió la copa. Él la tomó sin mirarla, pero su mano libre bajó rápidamente para darle un apretón firme en el glúteo, un gesto tan audaz y posesivo que hizo que Kronii soltara un pequeño jadeo contenido.

—Buen trabajo, chica —dijo Marcus finalmente, despidiendo al inversor con un gesto de la mano—. Vamos a casa. Ya me he cansado de fingir que me importa lo que esta gente dice. Además, tienes ese brillo en los ojos que me dice que necesitas recordar quién manda aquí.

El trayecto en la limusina fue silencioso, cargado de una tensión sexual que hacía que el aire se sintiera denso. Marcus mantenía su mano sobre el muslo de Kronii, apretando la tela del vestido, sus dedos rozando peligrosamente la parte interna de su pierna. Kronii miraba por la ventana, su respiración acelerándose con cada kilómetro.

Al llegar al ático, Marcus ni siquiera esperó a que ella se quitara las joyas. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, la empujó contra la suave madera del recibidor.

—¿Te gustó cómo te miraban hoy? —preguntó él, su rostro a centímetros del de ella, su piel de ébano contrastando violentamente con la palidez del rostro de Kronii.

—Me gusta que sepan que no pueden tocarme —respondió ella, su arrogancia habitual mezclándose con un deseo ardiente—. Que sepan que solo tú tienes ese privilegio.

—Exacto —gruñó Marcus—. Eres mi mujer. Llevas mi hijo. Y cada vez que abres esa boca para presumir de tu perfección, solo me dan ganas de recordarte que esa perfección me pertenece a mí.

Sin más palabras, Marcus la tomó por el cuello del vestido y tiró hacia abajo. La seda fina cedió con un rasguido seco, dejando al descubierto sus hombros y la parte superior de sus generosos pechos, contenidos por un encaje negro. Kronii soltó una risa nerviosa y excitada.

—Marcus, este vestido costó diez mil dólares...

—Cállate —la interrumpió él, sellando sus labios con un beso que sabía a whisky y poder—. Yo lo pagué, yo puedo destruirlo.

La condujo a la habitación principal, donde la luz de la luna entraba por los ventanales, bañando la cama de gran tamaño. Marcus se despojó de su chaqueta y su camisa con una rapidez eficiente, revelando su torso macizo y oscuro, una montaña de músculos que siempre hacía que Kronii se sintiera deliciosamente pequeña.

—A la cama. Ahora —ordenó.

Kronii obedeció, gateando sobre las sábanas de seda, dejando que los restos de su vestido cayeran al suelo. Se quedó solo en ropa interior, su piel blanca brillando como la luna. Marcus se situó sobre ella, atrapándola entre sus brazos. Sus manos, grandes y ásperas, comenzaron a recorrer su cuerpo con una autoridad que no admitía réplica.

—Mira cómo estás —dijo Marcus, su voz vibrando en la habitación—. Tu cuerpo está cambiando para mí. Estás más llena, más suave.

Él bajó la cabeza y rodeó uno de sus pezones con la boca, succionando con una fuerza que hizo que Kronii arqueara la espalda, sus manos enterrándose en el cabello corto de Marcus. El contraste visual era embriagador: el rostro oscuro de él contra la blancura nívea de sus pechos.

—¡Ah... Marcus! —exclamó ella, su tono seco desapareciendo por completo, reemplazado por una urgencia desesperada.

Marcus no tenía prisa. Disfrutaba de la agonía del placer de ella. Bajó sus manos hasta los muslos de Kronii, abriéndolos con una fuerza dominante. Se deshizo de sus propios pantalones, revelando su virilidad imponente, oscura y palpitante.

—Dime qué es lo que quieres, Kronii —susurró él, rozando la entrada de ella con su punta, pero sin entrar todavía—. Dime quién es el que te da órdenes.

—Tú... eres tú, Marcus —gimió ella, sus ojos azules nublados, las lágrimas de excitación asomando en las comisuras—. Por favor, entra ya. Lléname.

Él no se hizo esperar más. Con un impulso potente y posesivo, se hundió en ella hasta el fondo. Kronii soltó un grito que se ahogó en la almohada mientras su cuerpo se ajustaba a la magnitud de él. La sensación de ser reclamada, de ser poseída por un hombre que no veía en ella a una guardiana del tiempo, sino a su mujer, la llevó al borde del abismo.

Marcus comenzó a moverse con un ritmo brutal y constante. Cada embestida hacía que la cama crujiera y que los pechos de Kronii saltaran violentamente. Él la tomó por las muñecas, inmovilizándolas por encima de su cabeza con una sola mano, mientras con la otra le apretaba la mandíbula, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Mírame mientras te hago mía —gruñó él, el sudor brillando en su frente—. Olvida tus relojes y tus juegos. Aquí solo importa mi ritmo.

—¡Sí! —gritó Kronii, su ego desmoronándose ante la superioridad física de su esposo—. ¡Soy tuya! ¡Haz lo que quieras conmigo!

El encuentro se volvió más intenso, más salvaje. Marcus la giró, poniéndola a cuatro patas, y la tomó desde atrás con una ferocidad que le recordaba a Kronii que, a pesar de toda su riqueza y estatus, Marcus era un hombre de instintos primarios. Sus manos grandes dejaron marcas rojas en las caderas pálidas de ella mientras él se hundía una y otra vez, buscando el fondo de su ser.

—Vas a ser la madre de mi hijo —decía él entre jadeos pesados—, y vas a vivir para servir a esta familia. ¿Entendido?

—Sí, mi señor... sí, Marcus —respondía ella, el lenguaje de la sumisión fluyendo naturalmente de sus labios.

El clímax llegó como una explosión. Kronii sintió que el tiempo se detenía de verdad, pero no por sus poderes, sino por la intensidad de las contracciones que recorrieron su cuerpo cuando Marcus, con un rugido animal, se liberó dentro de ella, reclamándola una vez más a un nivel biológico y espiritual.

Él se dejó caer sobre ella por un momento, su peso masivo aplastándola contra el colchón, una sensación que a Kronii le encantaba. Luego, se apartó y se sentó en el borde de la cama, recuperando su compostura con una rapidez asombrosa.

—Límpiate y ve a dormir —dijo Marcus, sin mirar atrás, volviendo a ese tono de mando frío que tanto la excitaba—. Mañana tenemos que ir a la revisión médica. No quiero que el bebé tenga ningún problema por tus descuidos.

Kronii, aún temblando y con la piel encendida por el roce, se incorporó lentamente. Se acercó a él y le besó el hombro, una pequeña muestra de afecto en medio de esa relación de poder.

—Estaré lista, Marcus —susurró ella—. Siempre estoy lista para ti.

Él se giró y le dio una palmada firme en la mejilla, no con crueldad, sino con esa condescendencia machista que ella había aprendido a adorar.

—Buena chica. Ahora, haz lo que te dije.

Kronii caminó hacia el baño, mirando su reflejo en el espejo. Su cabello azul estaba desordenado, sus labios hinchados y su cuerpo marcado por las manos de Marcus.