kronii blacked
El Trono de Marfil y la Marca del Ébano
La luz de los candelabros de cristal en el restaurante "L'Éternité" parecía orbitar alrededor de Ouro Kronii. Ella, que una vez se creyó el centro del universo por derecho divino, ahora aceptaba que su gravedad personal había sido capturada por una fuerza mucho más masiva. Sentada a la mesa imperial, Kronii lucía un vestido de seda blanca que contrastaba violentamente con la piel oscura de la mano de Marcus, que descansaba pesadamente sobre su nuca, justo por encima del borde del vestido.
El embarazo de cinco meses ya no era una sugerencia; era una realidad física que Marcus se encargaba de exhibir. El vestido tenía cortes estratégicos que acentuaban la redondez de su vientre y la turgencia de sus pechos, que parecían luchar por escapar del corsé de seda.
—Comé, Kronii —ordenó Marcus, su voz profunda cortando el murmullo de los otros comensales de la alta sociedad—. Necesitas estar fuerte. Mi hijo no va a alimentarse de tus aires de grandeza, sino de lo que yo decido que pongas en ese cuerpo.
Kronii tomó un pequeño bocado de tartar de trufa bajo la mirada vigilante de su esposo. A su alrededor, la élite de la ciudad fingía no mirar, pero ella sentía sus ojos. Sabía que murmuraban sobre cómo la "perfecta" Ouro Kronii, la mujer que solía mirar a todos por encima del hombro en sus transmisiones, ahora bajaba la cabeza ante cada palabra de aquel hombre afroamericano que la trataba con una mezcla de adoración pagana y autoritarismo doméstico.
—¿Te molesta que nos miren, querido? —preguntó ella con una sonrisa lánguida, su ego asomando un momento—. Sabes que no pueden evitarlo. Soy la visión de la perfección, incluso cuando estoy... ocupada con tus exigencias.
Marcus soltó una carcajada ronca que atrajo la atención de las mesas cercanas. Sin previo aviso, deslizó su mano desde la nuca de Kronii hacia abajo, apretando uno de sus pechos con una firmeza que la hizo soltar un jadeo audible.
—Eres perfección porque yo te permito serlo —dijo Marcus, ignorando las miradas de desaprobación de una pareja de ancianos aristócratas en la mesa contigua—. Eres un monumento a mi éxito. Y si quiero recordarte quién manda en medio de este lugar tan elegante, lo haré. ¿Verdad, pequeña?
—Sí, Marcus —respondió ella, sus ojos azules brillando con una mezcla de humillación pública y una excitación que le humedecía los muslos—. Siempre tienes razón.
—Eso espero. Porque esta noche tenemos invitados en casa —continuó él, bebiendo un sorbo de un vino que costaba más que el equipo de transmisión que Kronii ya casi no usaba—. Silas y su socio quieren ver cómo progresa "mi inversión". Y tú les vas a dar un espectáculo que no olvidarán, aunque sepan que si intentan grabarlo, sus carreras terminarán antes de que salgan de mi ático.
El trayecto de regreso fue una tortura de anticipación. En la parte trasera de la limusina blindada, Marcus no perdió el tiempo. Obligó a Kronii a arrodillarse en el estrecho espacio entre los asientos, ignorando la incomodidad de su vientre.
—Ábreme los pantalones —ordenó él, su voz cargada de una autoridad que no admitía réplica.
—Marcus, el chófer... —susurró ella, aunque sus manos ya estaban trabajando en el cinturón de cuero.
—El chófer sabe para quién trabaja —sentenció él, tomando a Kronii por el cabello azul oscuro y obligándola a mirar hacia arriba—. Y a él no le importa lo que le haga a mi mujer. Ahora, haz tu trabajo.
Kronii obedeció, sus labios rodeando la imponente virilidad de Marcus mientras el coche se deslizaba por las calles iluminadas por el neón. La sensación de ser degradada a una función tan básica mientras vestía joyas de un millón de dólares era el único remedio que funcionaba contra su antigua angustia existencial. Con Marcus, el tiempo no era una carga; era simplemente el espacio entre sus deseos.
Al llegar al ático, el ambiente cambió. Silas y un hombre más joven, un inversor llamado Julian, esperaban en el salón de fumadores, separados de la suite principal por el gran panel de cristal espía. Marcus entró con Kronii, quien caminaba con cierta dificultad, su cuerpo ya encendido por lo ocurrido en el coche.
—Pónganse cómodos, caballeros —dijo Marcus a través del sistema de intercomunicación, su voz resonando en la otra habitación—. Van a presenciar algo que el dinero no puede comprar, pero que mi poder sí puede reclamar.
Marcus llevó a Kronii hacia la cama de dosel, donde las luces de estudio ya estaban posicionadas. Él mismo encendió la cámara principal, un modelo de cine que capturaba cada poro, cada gota de sudor.
—A la cámara, Kronii —dijo él, despojándose de su camisa y revelando su torso de ébano, una masa de músculos esculpidos por la disciplina y la ambición—. Diles a esos hombres qué eres.
Kronii se desvistió lentamente, dejando que el vestido de seda cayera como una cáscara inútil. Se quedó desnuda, su piel blanca resplandeciendo bajo los focos, su vientre prominente y sus pechos pesados, con las venas ligeramente marcadas por el embarazo. Se arrodilló sobre la seda negra de la cama, mirando directamente al lente.
—Soy la propiedad de Marcus Miller —dijo con voz clara, aunque temblorosa—. Soy el recipiente de su legado y el juguete de su placer. Lo que ven es lo que él ha construido sobre las cenizas de mi orgullo.
Marcus se situó detrás de ella. El contraste era absoluto: la oscuridad de su piel contra la palidez de ella, la fuerza bruta contra la vulnerabilidad de la gestación. Él la tomó por las caderas, sus manos grandes cubriendo casi por completo sus nalgas, y la empujó hacia adelante hasta que quedó a cuatro patas.
—Miren bien —gruñó Marcus hacia el cristal espía—. Miren cómo la Guardiana del Tiempo se dobla para mí.
Sin más preámbulos, Marcus la penetró con una fuerza que hizo que Kronii gritara, un sonido que fue capturado en alta fidelidad por los micrófonos ambientales. No hubo delicadeza. Marcus comenzó una serie de embestidas pesadas y rítmicas, su cuerpo chocando contra el de ella con un sonido húmedo y carnal.
—¡Ah! ¡Marcus! —gritaba Kronii, sus pechos oscilando violentamente con cada golpe—. ¡Más... más fuerte! ¡Enséñales!
—Eso es lo que hago, perra —respondió él, su sudor goteando sobre la espalda de ella—. Les enseño que no importa cuánta fama tengas, al final del día, solo eres una mujer que necesita ser marcada por un hombre de verdad.
La primera ronda fue una exhibición de poder crudo. Marcus la giró, la puso de lado, la levantó en vilo contra el poste de la cama, siempre asegurándose de que la cámara y los espectadores invisibles tuvieran el mejor ángulo. Kronii llegó al orgasmo tres veces, sus gritos volviéndose roncos, su cuerpo convulsionando bajo el dominio de Marcus. Cuando él finalmente se liberó, lo hizo sobre su espalda, dejando su marca caliente sobre la piel pálida mientras ella jadeaba, agotada.
Pero Marcus no había terminado.
—¿Crees que eso es todo? —dijo él, levantándola de la cama por el brazo y llevándola hacia el cristal espía, donde Silas y Julian observaban en un silencio sepulcral—. Míralos, Kronii. Están sudando. Desearían ser yo, pero nunca lo serán. Limpiate. Vamos por la segunda ronda.
Kronii, con las piernas temblando, apenas tuvo tiempo de recuperarse antes de que Marcus la sentara sobre una silla de terciopelo frente al espejo. Él se posicionó detrás de ella una vez más, su virilidad recuperando su estado imponente en cuestión de minutos.
—Esta vez, quiero que te toques mientras yo te tomo —ordenó él—. Quiero que la cámara vea cómo te das placer mientras yo te lleno. Muéstrales lo que mi hijo está sintiendo ahí dentro.
Kronii obedeció, sus dedos moviéndose con desesperación entre sus piernas mientras Marcus entraba de nuevo en ella desde atrás, con un ángulo que le permitía ver todo en el espejo. Esta ronda fue más lenta, más tortuosa. Marcus se burlaba de ella, de sus antiguos fans, de la idea de que alguien pudiera verla como algo más que su mujer de alquiler.
—¿Qué dirían tus seguidores si vieran esta colección privada, Kronii? —preguntaba él, mordiendo su hombro—. Si vieran a su diosa gimiendo como una cualquiera bajo un hombre que ni siquiera sabe sus nombres.
—No me importa... —logró decir ella, su mente perdida en la neblina del placer y la sumisión—. No son nada... solo tú eres real, Marcus. Solo tú tienes el control.
La segunda ronda terminó con Kronii en un estado de semi-inconsciencia extática, su cuerpo cubierto de sudor y fluidos. Pero Marcus, impulsado por una vitalidad que parecía inagotable, la llevó de vuelta a la cama para una tercera y última sesión.
—Esta es para el registro histórico —dijo él, ajustando la cámara para un primer plano—. Quiero que este sea el video que veamos cuando nuestro hijo nazca. Para que recuerdes cómo fue concebido y bajo qué términos vives en esta casa.
La tomó con una ferocidad renovada, sus manos dejando marcas rojas en sus muslos y caderas. Kronii ya no podía articular palabras, solo sonidos guturales de entrega absoluta. Marcus la dominó hasta que sus propios músculos empezaron a arder, hasta que sintió que había extraído hasta la última gota de voluntad de la mujer debajo de él.
Cuando el clímax final llegó, fue explosivo. Marcus rugió, su voz llenando la habitación y probablemente el salón donde los invitados escuchaban, mientras vaciaba todo su ser dentro de ella por última vez esa noche. Kronii se desplomó contra las almohadas, su respiración era un silbido errático, sus ojos azules fijos en la nada, finalmente libre de cualquier pensamiento que no fuera su pertenencia a Marcus.
Él se levantó, caminó hacia la cámara y la apagó con un clic satisfactorio. Se puso su bata de seda, sin mirar a la mujer deshecha en la cama.
—Silas, Julian —dijo por el intercomunicador—, espero que hayan tomado notas. La cena está servida en el comedor secundario. Mi esposa se quedará aquí; ya ha tenido suficiente "atención" por hoy.
Marcus regresó al lado de la cama y observó a Kronii. Ella estiró una mano débil, rozando la tela de su bata.
—¿Estás... satisfecha, mi pequeña guardiana? —preguntó él con una sonrisa burlona.
—Soy tuya, Marcus —susurró ella, cerrando los ojos—. El tiempo puede detenerse ahora mismo... ya no lo necesito para nada más.
Él asintió, le dio una última palmada posesiva en la mejilla y salió de la habitación, dejándola en la penumbra de su propia gloria caída, rodeada por el lujo que era tanto su corona como sus cadenas.