La espada de miquella en baldur’s gate 3
Pétalos de Sangre en el Camino del Guerrero
El sol de Faerûn era demasiado brillante, demasiado limpio. Malenia caminaba con una gracia que desafiaba el peso de su armadura, cada paso resonando con un eco metálico que silenciaba el bosque a su alrededor. A su lado, el grupo de extraños que la había acogido se movía con una mezcla de cautela y fascinación. No era para menos; la figura de la Semidiosa, con su casco alado y su brazo de oro, era una visión que parecía arrancada de los mitos más oscuros y gloriosos de un plano olvidado.
—Entonces... —comenzó Karlach, rompiendo el silencio con su habitual falta de sutileza—, dices que nunca has conocido la derrota. Eso es una frase muy potente, preciosa. Yo he estado en el Averno, he servido a Zariel, y te digo que hasta los más grandes muerden el polvo alguna vez.
Malenia no se detuvo, ni siquiera giró la cabeza. Su mirada estaba fija en el horizonte, donde el humo de las hogueras de los goblins empezaba a manchar el cielo.
—Muchos lo han intentado —respondió Malenia, su voz como el roce de la seda sobre una tumba—. Un general que movía las estrellas, caballeros de linaje divino, y sinnúmero de guerreros que buscaban la gloria. Todos ellos alimentan ahora las raíces del Árbol de Miquella. La derrota es una elección que no me he permitido tomar.
—Vaya, qué humilde —murmuró Astarion, caminando unos pasos por detrás, observando con ojos críticos la capa desgarrada de la guerrera—. Aunque debo admitir que esa confianza es... refrescante. En un mundo lleno de monstruos con tentáculos en la cabeza, una mujer que simplemente decide no perder es casi reconfortante.
—No es una decisión —corrigió Malenia, deteniéndose en seco.
El grupo se detuvo con ella. En el aire, el olor a carne asada y orina de goblin se hacía más fuerte. Habían llegado a las inmediaciones del puesto de avanzada que custodiaba el puente hacia el campamento principal. Dos goblins, sentados sobre unas cajas de suministros robadas, se mofaban de un prisionero humano mientras afilaban sus dagas oxidadas.
—Escuchad —susurró Wyll, bajando el tono y preparando su estoque—. Si entramos de frente, nos rodearán en segundos. Hay arqueros en las torres de vigilancia. Necesitamos un plan. Gale, podrías usar una ilusión para...
—No habrá necesidad de trucos —interrumpió Malenia.
Antes de que Wyll pudiera protestar, la Espada de Miquella dio un paso adelante. No corrió, simplemente fluyó. Fue un movimiento tan rápido que el ojo humano apenas pudo registrar la transición entre el reposo y el ataque. El metal de su prótesis emitió un silbido agudo mientras desenvainaba la hoja curva de su espada.
Los goblins ni siquiera tuvieron tiempo de gritar. El primer tajo fue un arco de luz plateada que separó la cabeza del primer guardia de sus hombros. Antes de que el cuerpo cayera, Malenia ya había girado sobre su eje, su capa roja describiendo una parábola perfecta en el aire. La punta de su espada atravesó el pecho del segundo goblin, quien murió con una expresión de absoluta confusión en el rostro.
—¡Por los nueve infiernos! —exclamó Karlach, con los ojos como platos—. ¡Eso ha sido... increíble!
—¡Alerta! ¡Intrusos! —gritó un arquero desde una de las torres de madera.
Una lluvia de flechas descendió sobre ellos. Malenia no se inmutó. Con una serie de movimientos precisos, casi rítmicos, desvió los proyectiles con su hoja. Cada impacto contra el acero de su espada producía una chispa, como si estuviera bailando bajo una tormenta de fuego.
—Quedaos atrás si vuestra voluntad flaquea —ordenó Malenia sin mirar atrás—. Yo abriré el camino.
—¿Quedarnos atrás? ¡Ni hablar! —gritó Karlach, encendiendo su motor infernal y lanzándose a la carga con un rugido—. ¡Esto es lo más divertido que me ha pasado en toda la semana!
El combate estalló en un caos de gritos, magia y acero. Gale, desde una posición segura, comenzó a tejer hilos de energía arcana, lanzando proyectiles mágicos que impactaban en los arqueros de las torres. Shadowheart invocó la bendición de Shar, envolviendo al grupo en una protección sombría, mientras Wyll invocaba llamas oscuras para repeler a un grupo de huargos que salían de las cuevas cercanas.
Sin embargo, todos los ojos volvían inevitablemente a Malenia. Ella no luchaba como un mortal. No había esfuerzo en sus movimientos, solo una eficiencia aterradora. Se movía entre los enemigos como un viento escarlata, dejando tras de sí una estela de cortes profundos. Cuando un enorme ogro emergió de las ruinas, blandiendo un tronco de árbol como si fuera un garrote, Malenia no retrocedió.
El ogro rugió, descargando un golpe capaz de aplastar a un caballo de guerra. Malenia saltó, elevándose en el aire con una ligereza sobrenatural. En el punto más alto de su salto, su espada brilló con una intensidad febril.
—Danza de las Aves Marinas —susurró, aunque el fragor de la batalla ahogó sus palabras.
Lo que siguió fue una sinfonía de muerte. Malenia se convirtió en un torbellino de cortes circulares, una esfera de acero que descendió sobre el ogro. En un segundo, la criatura recibió decenas de impactos. El aire alrededor de ellos pareció espesarse, volviéndose pesado y cargado de un polen dorado y rojizo que hacía que los goblins cercanos comenzaran a toser violentamente.
El ogro cayó de rodillas, su piel abriéndose en mil heridas que no sangraban de forma normal; de ellas brotaba una sustancia viscosa y oscura que parecía consumir la carne viva. Malenia aterrizó con suavidad, envainando su espada a medias mientras el gigante se desplomaba, muerto antes de tocar el suelo.
—Eso... eso no ha sido magia normal —dijo Gale, acercándose al cadáver del ogro con una mezcla de curiosidad científica y horror—. Mira la herida. Se está... ¿pudriendo? Pero a una velocidad imposible.
Malenia se dio la vuelta. Su casco seguía impasible, pero el aura que emanaba de ella era ahora mucho más pesada.
—Os lo advertí —dijo ella, y su voz tenía un eco de cansancio milenario—. La Putrefacción Roja no es una herramienta. Es una maldición que devora todo lo que toca. No toquéis los restos. La tierra aquí ya pertenece a la Diosa de la Putrefacción.
Shadowheart se acercó, su rostro pálido.
—Siento una oscuridad en ti que incluso a mi señora Shar le resultaría ajena —murmuró la clériga—. No es solo muerte. Es... estancamiento. Una vida que se niega a morir, que prefiere pudrirse antes que dejar de existir.
—Es el ciclo de mi mundo —respondió Malenia—. En las Tierras Intermedias, la muerte está rota. Aquí, vuestro ciclo parece intacto, pero este parásito que lleváis en la cabeza... es otra forma de estancamiento. Una transformación impuesta.
—Hablando de parásitos —intervino Astarion, limpiando su daga en la ropa de un goblin muerto—, parece que hemos atraído la atención de alguien importante.
Desde el otro lado del puente, una figura se aproximaba. No era un goblin, sino una drow vestida con una armadura de placas decorada con runas de luz violácea. Su presencia emanaba un poder frío y calculador. Detrás de ella, una docena de guerreros goblins y un par de adeptos del culto de la Absoluta se mantenían en formación.
—Soy Minthara, Elegida de la Absoluta —declaró la drow, su voz resonando con una autoridad gélida—. Habéis causado un gran alboroto en mis tierras. Pero tú... —sus ojos se fijaron en Malenia—, tú no eres de este mundo. Siento una chispa de divinidad en ti, aunque está manchada por algo asqueroso.
Malenia dio un paso al frente, cruzando el puente hacia la drow. El grupo de Baldur’s Gate se preparó para el enfrentamiento, pero Malenia levantó una mano, deteniéndolos.
—Tu "Absoluta" es un eco débil comparado con los Dioses Exteriores que he conocido —dijo Malenia, su voz elevándose con una fuerza que hizo que los goblins de Minthara retrocedieran por instinto—. Hablas de elegir, pero eres una esclava de una voluntad que no comprendes.
Minthara soltó una carcajada seca, desenvainando su maza, que comenzó a brillar con una energía eléctrica.
—La Absoluta nos da propósito. Nos da el poder de reclamar este mundo podrido. Si no te unes a nosotros, serás simplemente otro obstáculo que aplastar bajo su voluntad.
—He visto mundos arder por menos —replicó Malenia—. Si buscas guerra, drow, la has encontrado. Pero debes saber que mi espada no conoce la piedad, y mi maldición no conoce fronteras.
Minthara hizo una señal a sus arqueros.
—¡Matadlos a todos! ¡Dejad a la mujer de oro para mí! ¡La Absoluta querrá estudiar su cadáver!
La batalla que siguió fue de una intensidad que el grupo de aventureros nunca había experimentado. Minthara no era una enemiga común; su magia de clériga y su destreza en el combate cuerpo a cuerpo la hacían una rival formidable. Sin embargo, Malenia se movía en una escala diferente.
Mientras Karlach y Wyll se encargaban de los refuerzos, Malenia y Minthara chocaron en el centro del puente. El sonido del acero contra la maza encantada era como el trueno en una tormenta. Minthara lanzaba hechizos de retención y ráfagas de energía psíquica, intentando doblegar la voluntad de la Semidiosa. Pero el parásito en la mente de Malenia, ese pequeño ser que intentaba controlarla, estaba siendo consumido por la propia Putrefacción Roja de su huésped.
—¿Cómo puedes resistir la voz de la Absoluta? —gritó Minthara, frustrada, mientras bloqueaba un tajo descendente de Malenia que casi la obliga a hincar la rodilla—. ¡Todos se arrodillan ante ella!
—Yo solo me arrodillo ante Miquella —respondió Malenia.
Con un movimiento brusco, Malenia pateó el escudo de Minthara, desequilibrándola. En ese instante, la Semidiosa extendió su mano izquierda, la de carne y hueso, y una neblina escarlata comenzó a emanar de sus poros.
—Conoce la desesperación de Caelid —susurró.
Una pequeña explosión de esporas rojas envolvió a Minthara. La drow gritó, pero no fue un grito de dolor físico común. Era el grito de alguien que siente cómo su propia esencia está siendo reescrita. Su piel empezó a mostrar patrones de venas violáceas y rojizas, y su respiración se volvió errática.
—¡Suficiente! —rugió una voz en la mente de todos los presentes.
Una presencia abrumadora, una voluntad colectiva que pesaba como una montaña, intentó aplastar la conciencia de Malenia. Era la Absoluta, interviniendo directamente para proteger a su Elegida. El parásito en el cerebro de Malenia vibró con una intensidad dolorosa, intentando forzarla a detenerse.
Malenia se llevó una mano al casco, tambaleándose por un momento. La visión de la batalla se volvió borrosa, sustituida por la imagen de un cerebro gigante flotando en un mar de oscuridad.
—¿Crees que puedes controlarme, criatura de las profundidades? —rugió Malenia mentalmente—. ¡Soy la hija de Marika! ¡Soy la portadora de la Gran Runa! ¡No soy tu juguete!
Con un estallido de voluntad pura, Malenia expulsó la influencia de la Absoluta de su mente. El parásito dentro de ella emitió un chillido sordo y se sumió en un letargo profundo, aterrorizado.
Minthara, aprovechando la distracción, usó una palabra de poder para teletransportarse unos metros atrás, hacia la seguridad de su campamento. Estaba herida, su rostro marcado por las manchas de la putrefacción que ya empezaban a desvanecerse gracias a su propia resistencia drow, pero el miedo en sus ojos era real.
—¡Retirada! —ordenó Minthara, su voz temblorosa por primera vez—. ¡Volved al templo! ¡Necesitamos informar a los otros!
Los goblins supervivientes huyeron en desbandada, dejando tras de sí un rastro de cadáveres y el olor penetrante de las flores podridas.
El silencio volvió al bosque, solo roto por el crujir de las llamas y el jadeo de los compañeros de Malenia. Karlach se acercó a ella, limpiándose la sangre de la cara.
—Eso ha sido... bueno, no tengo palabras. Has hecho que una Elegida de la Absoluta corra como un perro apaleado.
Malenia envainó su espada. Sus movimientos eran más lentos ahora, y el brillo de su armadura parecía haber perdido algo de su lustre.
—Se ha escapado —dijo Malenia, con un tono de insatisfacción—. La corrupción que le he infligido no la matará, pero la debilitará. Ese ser... esa "Absoluta"... es más fuerte de lo que pensaba. No es un dios, pero tiene el hambre de uno.
Gale se acercó, observando el suelo donde Minthara había estado. El musgo se había vuelto negro y quebradizo.
—Malenia, lo que has hecho... esa magia roja... —Gale dudó por un momento—. Es peligrosa. No solo para nuestros enemigos, sino para este mundo. Faerûn no tiene las defensas que quizás tenía tu tierra. Si dejas que esa putrefacción se extienda, no quedará nada que salvar de la Absoluta.
Malenia se giró hacia el mago. A través de la rendija de su casco, Gale sintió una mirada que lo desnudó por completo.
—Lo sé —dijo ella simplemente—. Por eso busco a Miquella. Él es el único que puede contener la flor. Él es el único que puede traer orden al caos que yo provoco.
—Bueno —intervino Wyll, intentando suavizar la tensión—, por ahora hemos despejado el camino. El campamento goblin está en alerta, pero saben que no somos una presa fácil. Debemos descansar. Mañana... mañana tendremos que decidir nuestro siguiente paso.
El grupo comenzó a recoger sus pertenencias y a prepararse para montar un campamento improvisado lejos de la zona contaminada. Malenia se alejó unos pasos, sentándose bajo un árbol que parecía marchitarse ante su sola presencia.
Esa noche, mientras los demás dormían, Malenia miró su mano de oro. En la superficie pulida, creyó ver por un momento el reflejo de un árbol inmenso, de ramas blancas y luz plateada. No era el Árbol Áureo, ni el Árbol de Miquella. Era algo nuevo, algo que este mundo guardaba en sus profundidades.
—Este lugar tiene sus propios secretos —susurró para sí misma—. Y si la Absoluta busca el poder de los dioses, encontrará que el verdadero poder no reside en el control, sino en la capacidad de dejar que todo se consuma para que algo nuevo pueda nacer.
Cerca de ella, un pequeño brote de una flor desconocida comenzó a abrirse. Sus pétalos no eran del color de la naturaleza de Faerûn, sino de un escarlata intenso, brillante y letal. Malenia la observó con una mezcla de tristeza y orgullo.
La Espada de Miquella había llegado a la Puerta de Baldur, y con ella, la promesa de una primavera que el mundo nunca olvidaría. El viaje hacia el corazón del conflicto apenas comenzaba, y los hilos del destino se entrelazaban ahora con las raíces de una planta que no conocía fronteras.