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la hija del infierno en Mystic Falls

El Arte de la Provocación

La atmósfera en el instituto de Mystic Falls había pasado de tensa a electrizante. El beso entre Klaus y Pamela no había sido un secreto, sino una declaración de guerra silenciosa, un preludio a la tormenta que se avecinaba. Y en el ojo de ese huracán, Pamela, lejos de amilanarse, se deleitaba en cada pequeña provocación, en cada mirada, en cada comentario que hacía que la ya volátil psique de Klaus Mikaelson se tambaleara aún más.

Era un juego, su juego, y ella era la maestra.

Los pasillos del instituto se habían convertido en su escenario personal. Klaus intentaba ignorarla, intentaba concentrarse en el creciente problema de los demonios menores que, como moscas atraídas por la miel, pululaban por la ciudad. Pero era inútil. Pamela siempre encontraba la manera de aparecer, de susurrarle algo, de rozarle el brazo "accidentalmente", o de simplemente dedicarle una de esas sonrisas que prometían el infierno y el paraíso en una misma bocanada.

Un día, mientras Klaus intentaba tener una conversación seria con Elijah sobre un nuevo tipo de demonio que había aparecido en los bosques, Pamela pasó a su lado, su perfume dulce y peligroso envolviéndolos. Llevaba una falda de cuero ajustada y una blusa de seda que dejaba al descubierto un hombro, su cabello rubio ondeando. Al pasar junto a Klaus, le dedicó una mirada lenta, de arriba abajo, que decía más que mil palabras.

–Qué formal, Nik. ¿No crees que es un día demasiado bonito para estar tan serio? –su voz era un ronroneo bajo, casi inaudible para Elijah, pero que resonó en los oídos de Klaus como un trueno.

Klaus apretó la mandíbula, sus ojos clavados en su hermana que se alejaba. Elijah, con su habitual calma, observó la escena con una ceja arqueada.

–Parece que tu "problema hermoso y peligroso" sigue haciendo de las suyas, hermano –comentó Elijah, una pizca de diversión en su voz.

Klaus solo gruñó en respuesta, volviendo a su mapa, pero su mente ya no estaba en los demonios. Estaba en Pamela, en el roce de su mirada, en la forma en que su perfume se había quedado en el aire.

***

Otro día, Pamela decidió llevar su juego a la cafetería. Sabía que Klaus solía almorzar en una mesa apartada con sus hermanos, observando a los demás con su habitual desconfianza. Ella se sentó en una mesa cercana con sus amigas, riendo y conversando animadamente. De repente, se "tropezó" al levantarse para ir por más comida, derramando su batido en el camino.

–¡Oh, por el amor de Dios! –exclamó, con una teatralidad exagerada. –¡Qué torpe soy!

Klaus la miró, sus ojos entrecerrados. Sabía que era una actuación.

–¿Necesitas ayuda, princesa? –Damon Salvatore apareció de la nada, con su sonrisa arrogante y extendiendo una servilleta. –Parece que te has metido en un pequeño lío.

Pamela sonrió a Damon, con un brillo en sus ojos que no pasó desapercibido para Klaus.

–Oh, Damon, eres tan atento. Pero no te preocupes, puedo manejarlo. Aunque un poco de ayuda no me vendría mal.

Mientras Damon se inclinaba para ayudarla a limpiar, Pamela lanzó una mirada furtiva a Klaus. Él estaba a punto de levantarse, la furia burbujeando en sus venas.

–Me gusta tu chaqueta, Damon –dijo Pamela, casualmente, mientras le rozaba el brazo. –Te sienta muy bien.

La vena en la sien de Klaus latió. No podía soportar verla coquetear con Damon, no después de lo que había pasado entre ellos. Era como si ella supiera exactamente qué botones tenía que presionar.

–Salvatore, aléjate de ella –la voz de Klaus resonó en la cafetería, haciendo que todos se callaran.

Damon se irguió, una sonrisa desafiante en su rostro.

–¿O qué, Klaus? ¿Vas a gruñirme?

Pamela se rió, un sonido melodioso que solo sirvió para echar más leña al fuego.

–Chicos, por favor. No quiero que se peleen por mí. No aquí, al menos. –Miró a Klaus, con un puchero exagerado. –Sabes que no me gusta la violencia en lugares públicos.

Klaus tuvo que respirar hondo para no ir y arrastrarla fuera de allí. El descaro de esa chica era exasperante, pero al mismo tiempo, extrañamente excitante.

***

Las provocaciones de Pamela no se limitaban a lo visual o verbal. A veces, eran más sutiles, más íntimas. Klaus la encontraba en los lugares menos esperados. En la biblioteca, sentada con un libro que no leía, sus ojos fijos en él del otro lado de la sala. En el pasillo, susurrando con sus amigas, pero asegurándose de que él escuchara su nombre en la conversación, seguido de una risita. Incluso una vez, dejó una rosa roja en su mesa de trabajo en el laboratorio de química, con una nota que decía: "Pensé en ti. Con cariño, P."

Elijah, que había estado observando el desarrollo de los acontecimientos con una mezcla de fascinación y preocupación, se acercó a Klaus un día.

–Hermano, tu control está flaqueando. Esa chica te está llevando al límite.

Klaus golpeó la mesa con el puño, haciendo que los vasos vibraran.

–¡Lo sé, Elijah! No sé qué demonios quiere de mí. Me provoca, me irrita, me hace perder la cabeza, y luego se aleja como si nada.

–Quizás eso es exactamente lo que quiere –sugirió Elijah, su mirada profunda. –Ver hasta dónde puede llegar.

***

El punto de ebullición llegó una tarde en el gimnasio del instituto. Klaus estaba entrenando, golpeando un saco de boxeo con una furia contenida. El sudor perlaba su frente, sus músculos tensos. Necesitaba liberar la frustración que Pamela le causaba.

De repente, la música cambió a una canción de pop pegadiza y bailable. Pamela apareció en el gimnasio, vestida con unos leggings ajustados y un top deportivo que dejaba al descubierto su abdomen tonificado. Junto a ella, Molí, Lara y Poli se unieron, riendo.

–¡Vamos, chicas! ¡Hora de bailar! –exclamó Pamela, con una energía contagiosa.

Comenzaron a bailar, moviéndose con una gracia felina, sus risas llenando el espacio. Pamela, sin dejar de bailar, le lanzó una mirada a Klaus, sus ojos brillando con picardía. Hizo un movimiento de cadera provocador, sus ojos fijos en él, una sonrisa en sus labios.

Klaus detuvo su golpe, el saco de boxeo balanceándose. Su respiración era pesada, no solo por el ejercicio. La imagen de Pamela bailando, moviéndose de esa manera, era demasiado. Era una provocación descarada, una invitación a un juego que él no podía ignorar.

Molí, al ver la mirada de Klaus, se acercó a Pamela y le susurró algo al oído. Pamela se rió, y luego, con una sonrisa aún más amplia, se acercó al saco de boxeo.

–¿Cansado, Nik? –dijo, su voz suave y burlona. –Pensé que los híbridos originales tenían más resistencia.

Klaus la miró, sus ojos ardiendo.

–No me provoques, Pamela.

–¿O qué? –Ella se acercó un paso más, su aliento rozando su piel. –¿Me vas a morder? ¿Me vas a castigar?

Sus ojos se encontraron, y en ese momento, el mundo exterior dejó de existir. Solo estaban ellos dos, la tensión entre ellos tan palpable que casi se podía tocar. Los ojos de Pamela brillaban con un rojo más intenso de lo habitual, y el aire a su alrededor comenzó a crepitar con una energía inestable.

Klaus no pudo más. Su control se rompió. Con un movimiento rápido, la agarró por la cintura, la levantó del suelo y la sentó bruscamente sobre una de las mesas de madera que había en el gimnasio. Sus manos se apoyaron a cada lado de su cuerpo, acorralándola.

El rostro de Pamela estaba a pocos centímetros del suyo, sus ojos fijos en los de ella, una mezcla de furia, deseo y desesperación en su mirada.

–Algún día vas a ser mi ruina –gruñó Klaus, su voz ronca y cargada de emoción.

Pamela sonrió, una sonrisa de victoria, pero también de una extraña ternura. Sus dedos se deslizaron por la nuca de Klaus, acariciándole el cabello.

–Ese es el plan –respondió, su voz un susurro seductor.

Y luego, antes de que Klaus pudiera reaccionar, ella lo besó. Un beso profundo, apasionado, que sabía a desafío y a promesa. Un beso que desató una tormenta dentro de Klaus, un huracán de emociones que lo consumía por completo. Sus manos se apretaron en su cintura, acercándola aún más, como si quisiera que se fusionaran en uno solo.

El gimnasio se llenó de una energía oscura y poderosa. Las luces parpadearon, el aire se volvió pesado y un escalofrío recorrió la espalda de las amigas de Pamela, quienes, acostumbradas al caos de su líder, solo sonrieron.

Molí se rió suavemente, observando la escena con Kol, quien había aparecido, atraído por la conmoción.

–Parece que la princesa finalmente obtuvo lo que quería. Y Klaus... bueno, Klaus está perdido.

Kol sonrió, sus ojos fijos en Molí.

–Me gusta ver a mi hermano sufrir. Es divertido.

***

El beso en el gimnasio fue solo el comienzo de una serie de encuentros cada vez más intensos. Pamela no le daba tregua a Klaus. Lo buscaba, lo provocaba, lo empujaba al límite, y luego, justo cuando él pensaba que la tenía, se escapaba, dejándolo anhelando más.

Un día, lo encontró en su estudio, dibujando. Klaus estaba concentrado, sus manos expertas moviéndose sobre el lienzo. Pamela se apoyó en el marco de la puerta, observándolo en silencio por un momento.

–Sabes, eres bastante bueno –dijo, rompiendo el silencio.

Klaus se sobresaltó, bajando el pincel.

–¿Qué quieres, Pamela?

Ella entró en la habitación, sus ojos escaneando los cuadros.

–Solo estaba pasando. Y me preguntaba si... ¿podrías dibujarme?

Klaus la miró, sorprendido.

–¿Dibujarte?

–Sí. –Ella se acercó a él, sus ojos claros fijos en los suyos. –Quiero ver cómo me ves.

Hubo una pausa tensa. Klaus no podía negarse. Había algo en su petición que lo intrigaba, que lo desafiaba.

–Siéntate –dijo, señalando una silla.

Pamela se sentó, posando de una manera que era a la vez inocente y seductora, sus ojos nunca abandonando los de Klaus. Mientras él dibujaba, el silencio en la habitación se llenó de una electricidad palpable. Los ojos de Klaus se movían de su rostro al lienzo, capturando cada detalle, cada sombra, cada curva. Se dio cuenta de lo hermosa que era, de la fuerza que irradiaba incluso en su quietud.

Cuando terminó, le mostró el dibujo. Era un retrato sorprendente, que capturaba su esencia: la belleza, la fuerza, la chispa de travesura en sus ojos.

Pamela lo miró, sus ojos brillaron con una emoción que Klaus no había visto antes.

–Es... increíble –susurró. –Me has capturado.

Se levantó y se acercó a él, sus manos tocando su rostro.

–Gracias, Nik.

Y antes de que él pudiera responder, lo besó de nuevo, esta vez con una dulzura inesperada, una ternura que lo desarmó por completo.

***

Mientras tanto, el caos sobrenatural en Mystic Falls seguía escalando. Los demonios se volvían más audaces, atacando a los humanos y a los vampiros por igual. Las brujas, lideradas por Bonnie Bennett, estaban cada vez más preocupadas por el desequilibrio que sentían en la magia. Hablaban de un "antiguo mal" que estaba despertando, atraído por la presencia de Pamela.

Los Mikaelson, a pesar de sus problemas personales, sabían que tenían que actuar. Pero la presencia de Pamela complicaba todo.

–Su poder está atrayendo a estas criaturas –explicó Elijah a Klaus, mientras observaban una escena de destrucción en el centro de la ciudad. –Ella es un faro, un imán para lo demoníaco.

Klaus apretó los puños.

–Lo sé. Pero no puedo controlarla, Elijah. Ella es... indomable.

–Y tú estás enamorado de ella –concluyó Elijah, con una mirada comprensiva.

Klaus no respondió, pero la verdad de las palabras de su hermano resonó en su corazón. Estaba enamorado de ella, de su caos, de su poder, de su insolencia. Y eso lo asustaba más que cualquier demonio.

***

Una noche, Pamela estaba en el techo de su mansión con sus amigas, observando la luna llena. El aire estaba cargado de energía, y el brillo rojizo en sus ojos era casi constante.

–El infierno está llegando a la tierra, ¿no es así, Pam? –preguntó Kira, su voz tranquila.

Pamela asintió, una sonrisa melancólica en sus labios.

–Papá siempre dijo que mi presencia podría causar un poco de... desorden. Y parece que mi 'experiencia universitaria normal' va a ser todo menos normal.

Mal se rió, un sonido escalofriante.

–Me gusta el desorden. Es divertido.

Molí suspiró, su mirada soñadora.

–Y Kol es tan... delicioso. Creo que me voy a divertir mucho con él.

Pamela sonrió, una sonrisa que prometía tanto travesura como peligro.

–Prepárense, chicas. Esto apenas comienza. Y el infierno... bueno, el infierno está a punto de conocer a su nueva reina.

En el fondo, la pregunta seguía resonando en la mente de todos los seres sobrenaturales de Mystic Falls: ¿Qué pasa cuando la hija de Lucifer se enamora de un híbrido original? La respuesta, estaban a punto de descubrir, sería un caos de proporciones épicas, un torbellino de pasión, poder y destrucción que cambiaría el destino de todos. Y Pamela, en el centro de todo, solo quería una cosa: vivir su vida como una chica normal, aunque el infierno tuviera otros planes para ella y su alma vinculada. Y Klaus Mikaelson, el híbrido original, estaba a punto de descubrir que enamorarse de la hija del Diablo era una condena de la que nunca querría escapar.