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La luz de hestia

El Primer Escalón: Guantes de Metal y la Danza de Apolo

El sol de la mañana se filtraba por la ventana de la humilde morada de la Familia Hestia, pintando el pequeño salón con tonos dorados. Adán, como siempre, ya estaba despierto y había preparado el desayuno. El aroma a pan tostado y té recién hecho llenaba el aire. Hestia, aún adormilada, bajó las escaleras.

–Buenos días, Adán –dijo la diosa, frotándose los ojos. –Hueles delicioso.

–Buenos días, Diosa Hestia –respondió Adán, con una ligera inclinación de cabeza. –Hoy es un día especial.

Hestia lo miró, ladeando la cabeza.

–¿Especial? ¿Por qué?

–Hoy iré a la mazmorra –declaró Adán, su mirada plana, pero con un brillo de determinación.

Hestia casi se atraganta con su té.

–¡¿Qué?! ¡¿La mazmorra?! ¡Adán, no puedes ir a la mazmorra! ¡Todavía eres un novato! ¡No tienes equipo!

–Precisamente por eso –Adán se levantó y se dirigió a la pequeña mesa donde había dejado un paquete. –He estado ahorrando. Y anoche, visité al herrero.

Desempacó el paquete, revelando un par de guantes robustos hechos de cuero oscuro, con pequeñas placas de metal cosidas sobre los nudillos y los dedos. No eran elegantes, pero parecían duraderos y funcionales.

–Estos son mis primeros guantes –explicó Adán, poniéndoselos. Los ajustó con cuidado, flexionando los dedos. –No son una armadura completa, pero me darán algo de protección. Y me permitirán golpear con más fuerza.

Hestia lo observó, una mezcla de preocupación y asombro en su rostro. La determinación silenciosa de Adán siempre la sorprendía.

–Pero… ¿y una arma? ¿Una espada? –preguntó la diosa, aún preocupada.

Adán negó con la cabeza.

–Por ahora, mis puños serán mis armas. He estado entrenando mi fuerza y agilidad. Creo que puedo manejar el primer piso.

La noche anterior, la Falna de Adán había vuelto a actualizarse.

**Nombre: Adán** **Familia: Hestia** **Nivel: 1** **Fuerza: F100** **Resistencia: F100** **Destreza: F100** **Agilidad: F100** **Magia: I0**

**Plantilla: Apolo (1.0%)** **Habilidades: N/A** **Magia: N/A**

Había logrado subir todas sus estadísticas básicas a F100. Era un logro considerable para un novato sin experiencia en combate. Y el porcentaje de su plantilla de Apolo había alcanzado el 1%. Esto era lo que lo impulsaba. Sentía que el conocimiento de Apolo, aunque aún tenue, comenzaba a manifestarse en sus movimientos. Una intuición, una comprensión innata del ritmo y la forma.

–Por favor, Diosa Hestia, confíe en mí –dijo Adán, su mirada encontrándose con la de ella. –Seré cuidadoso. Y volveré.

Hestia suspiró, la preocupación aún presente, pero también una chispa de orgullo.

–Está bien, Adán. Pero prométeme que no te arriesgarás innecesariamente. Si las cosas se ponen difíciles, regresa. No eres Bell, no tienes una habilidad de crecimiento rápido.

Adán asintió solemnemente.

–Lo prometo.

Después de un desayuno rápido, Adán se despidió de Hestia y salió de la casa, dirigiéndose hacia la boca de la mazmorra. El aire se volvió más frío y húmedo a medida que se acercaba. La entrada era un enorme agujero en la tierra, custodiado por aventureros de alto nivel que controlaban el flujo de entrada y salida.

Adán pasó junto a ellos, su figura esbelta y sus ojos heterocromáticos atrayendo algunas miradas curiosas. Sin embargo, su atuendo modesto y la ausencia de una arma evidente lo hicieron parecer más un transeúnte que un aventurero.

Descendió por las escaleras en espiral, el sonido de los monstruos y los gritos de batalla llegando a sus oídos. El ambiente era opresivo, pero Adán se mantuvo calmado. Recordó cada anime y manga que había leído, cada estrategia de mazmorra que había analizado. Esto era diferente, era real, pero su mente ya estaba preparada.

Al llegar al primer piso, el "Bosque de los Goblins", el aire se llenó con el olor a tierra húmeda y la presencia inconfundible de monstruos. Pequeños goblins verdes, armados con garrotes rudimentarios, merodeaban entre las formaciones rocosas.

Adán se movió con cautela, sus guantes de metal apretados. Su plan era simple: observar, aprender y luego atacar. Se escondió detrás de una roca, observando a un grupo de tres goblins. Eran pequeños, pero podían ser peligrosos en número.

De repente, un goblin se separó del grupo, dirigiéndose hacia Adán. No lo había visto, pero el monstruo detectó su presencia. Adán se preparó.

Cuando el goblin se abalanzó con un grito gutural, Adán se movió. No con la fuerza bruta de un guerrero, sino con la gracia y la precisión de un bailarín. Esbozó el ataque del goblin, esquivando el garrote que pasó silbando por su cabeza. En ese instante, la plantilla de Apolo pareció activarse. Un flujo de información, una comprensión intuitiva del espacio y el movimiento, inundó su mente.

Era como si el boxeo, el arte de la lucha con los puños, se hubiera grabado en su subconsciente. No un boxeo moderno, sino uno más antiguo, más fundamental. El boxeo de Apolo, el dios de las artes.

Adán giró sobre sus talones, su cuerpo respondiendo con una agilidad sorprendente. Su puño izquierdo, protegido por el guante de metal, se lanzó en un gancho corto y potente, impactando en la mandíbula del goblin. El sonido del impacto fue seco y brutal. El goblin gimió, aturdido.

Antes de que el monstruo pudiera recuperarse, Adán siguió con un uppercut derecho, dirigiéndolo directamente a la barbilla. La cabeza del goblin se sacudió hacia atrás con violencia, y el monstruo cayó al suelo, inerte. Su cuerpo se disolvió en polvo mágico, dejando atrás una pequeña piedra mágica.

Adán se quedó quieto por un momento, la adrenalina corriendo por sus venas. No había sido un golpe de suerte. Había sido preciso, calculado. Había sentido el ritmo, la distancia, la fuerza necesaria. Era el conocimiento de Apolo, guiando sus puños.

Recogió la piedra mágica, sintiendo su energía. Esto era real. Esto era el progreso.

Continuó adentrándose en el primer piso, enfrentándose a más goblins. Cada encuentro era una oportunidad para practicar, para afinar su técnica. Sus movimientos se volvieron más fluidos, sus golpes más precisos. Esquivaba, bloqueaba con los antebrazos protegidos por los guantes, y lanzaba combinaciones rápidas y devastadoras. No era un tanque, no podía permitirse recibir muchos golpes. Su estilo era de evasión y contraataque.

A medida que pasaban las horas, Adán comenzó a sentirse más cómodo en la mazmorra. Los gritos de los goblins ya no le sorprendían. El ambiente opresivo se había convertido en su campo de entrenamiento.

Recogió varias piedras mágicas y algunos objetos que los goblins dejaban caer. Su bolsa, aunque pequeña, comenzó a llenarse. La sensación de logro era inmensa.

Finalmente, sintió que había hecho suficiente por el día. Había logrado su objetivo de familiarizarse con el primer piso y probar sus habilidades. Se dio la vuelta y comenzó el ascenso, sintiendo el cansancio, pero también una profunda satisfacción.

Cuando Adán regresó a la casa de Hestia, ya había anochecido. La diosa estaba sentada a la mesa, esperándolo, con una expresión de preocupación en su rostro. Cuando lo vio entrar, una exhalación de alivio escapó de sus labios.

–¡Adán! ¡Estás bien! –exclamó, levantándose rápidamente. –¡Estaba tan preocupada!

–Estoy bien, Diosa Hestia –dijo Adán, quitándose los guantes y dejándolos sobre la mesa. –Y he logrado algo.

Vació el contenido de su bolsa sobre la mesa: una pila de piedras mágicas, algunas de ellas más grandes de lo que Hestia esperaba de un novato en el primer piso, y un par de armas rudimentarias de goblin.

Hestia se quedó boquiabierta. Sus ojos azules se abrieron de par en par al ver la cantidad y la calidad de las piedras mágicas.

–¡Adán! ¡Esto es… esto es increíble! ¡Para tu primera vez en la mazmorra, esto es…! –No encontró las palabras adecuadas. La mayoría de los novatos apenas regresaban con unas pocas piedras pequeñas.

–También me enfrenté a algunos goblins más grandes –añadió Adán, con su voz habitual. –Y logré derrotarlos.

Hestia se acercó a él, su mirada escudriñándolo. No había heridas graves, solo algunos rasguños menores. Pero la forma en que se movía, la confianza en sus ojos… era diferente.

–Ven, Adán –dijo Hestia, su voz suave. –Es hora de actualizar tu Falna.

Adán se sentó en el suelo, de espaldas a Hestia. La diosa colocó su mano sobre su espalda, y la Falna de Adán se manifestó.

**Nombre: Adán** **Familia: Hestia** **Nivel: 1** **Fuerza: E110** **Resistencia: E105** **Destreza: D120** **Agilidad: D130** **Magia: I0**

**Plantilla: Apolo (1.5%)** **Habilidades: N/A** **Magia: N/A**

Los ojos de Hestia se abrieron aún más. Sus estadísticas habían subido considerablemente, mucho más de lo que ella esperaba. La destreza y la agilidad estaban en el rango D, algo inaudito para un novato en su primera incursión. Pero lo que la dejó sin aliento fue el porcentaje de Apolo.

–¡Adán! ¡Tu… tu plantilla de Apolo ha subido a 1.5%! ¡Y tus estadísticas! ¡Están increíblemente altas para un nivel 1! ¡Especialmente tu destreza y agilidad!

–Sentí una… una comprensión más profunda del combate –explicó Adán. –Como si supiera cómo moverme, cómo golpear. Fue como si el conocimiento de Apolo tomara el control.

Hestia se quedó en silencio por un momento, procesando la información. Esto era diferente a lo que había visto con Bell. Bell tenía su habilidad de crecimiento rápido, que era una habilidad única. Pero Adán… Adán parecía estar asimilando las habilidades de una deidad.

–Espera… –dijo Hestia, frunciendo el ceño. –¿Una comprensión de cómo moverte y golpear? ¿Con los puños?

Adán asintió.

–Sí. Como boxeo.

Hestia se levantó, su mente trabajando a toda velocidad. El boxeo era una forma de combate que Apolo, el dios de las artes y los deportes, era conocido por dominar.

–¡Adán, lo tienes! –exclamó Hestia, sus ojos brillando. –¡Has adquirido una habilidad! ¡Es el conocimiento de Apolo en boxeo! ¡Por eso tus estadísticas de destreza y agilidad son tan altas! ¡Estás manifestando sus habilidades!

Adán inclinó la cabeza, una pequeña sonrisa casi imperceptible en sus labios.

–¿Eso es bueno?

–¡Es increíblemente bueno! –Hestia estaba eufórica. –¡Esto significa que tu plantilla no solo te da un impulso pasivo, sino que te otorga habilidades activas! ¡Es como si Apolo mismo te estuviera enseñando a luchar!

La diosa del hogar, que había estado tan sola y desesperada, ahora miraba a Adán con una mezcla de asombro y esperanza. Este chico, que había aparecido de la nada, con sus ojos extraños y su determinación silenciosa, estaba demostrando ser algo más que un simple aventurero.

–Esto… esto podría cambiarlo todo, Adán –dijo Hestia, con una voz llena de emoción. –Con estas habilidades, podrías volverte increíblemente fuerte.

Adán, por su parte, se sentía satisfecho. El camino era largo, pero el primer paso había sido un éxito rotundo. Tenía el conocimiento intermedio de Apolo en boxeo. Esto era solo el comienzo. Con cada golpe, con cada esquiva, con cada monstruo derrotado, se acercaba más a su objetivo. No solo a ser fuerte para proteger a su diosa, sino a dominar el arte de la batalla, impulsado por el poder de un dios.

–Mañana, volveré a la mazmorra –dijo Adán, su mirada fija en sus guantes de metal. –Necesito seguir entrenando.

Hestia sonrió, una verdadera sonrisa de alegría.

–Sí, Adán. Mañana. Pero por ahora, descansa. Te lo mereces. Y yo… yo voy a preparar una buena cena para celebrarlo.

Mientras Hestia se dirigía a la cocina, tarareando una melodía alegre, Adán se quedó pensativo. El boxeo de Apolo. Una danza de golpes y esquivas, de ritmo y precisión. Esto era mucho más de lo que había esperado. Y con cada nuevo conocimiento, sentía que se acercaba un paso más a desbloquear todo el potencial de su plantilla. La mazmorra lo esperaba, y Adán estaba listo para bailar.