LA PRINCESA DEL SOUTH SIDE
Líneas en territorio enemigo
El suelo encerado de Riverdale High reflejaba las luces fluorescentes con una pulcritud casi insultante. Para Alisson Medrano, cada paso que daban sus botas de cuero sobre aquel pasillo parecía una declaración de guerra. El eco de las suelas resonaba contra los casilleros azules, compitiendo con el murmullo hostil de decenas de estudiantes que se apartaban a su paso como si el grupo fuera portador de una plaga.
A su lado, Sweet Pea mantenía la mandíbula tensa, con los puños apretados dentro de los bolsillos de su chaqueta de cuero. Toni observaba todo con una ceja alzada y una cámara colgando del cuello, mientras Fangs miraba a su alrededor intentando evaluar las rutas de escape.
—Bienvenidos al purgatorio del North Side —murmuró Jughead Jones, ajustándose la corona gris de lana—. Les prometo que después de unos meses el olor a desinfectante y superioridad moral deja de picar en la nariz.
Alisson soltó una risa seca, cruzándose de brazos. Debajo de la pesada chaqueta negra con la serpiente de dos cabezas bordada en la espalda, llevaba un suéter de cachemira color crema y una cadena de oro fino. Una contradicción andante, y lo sabía perfectamente.
—No me asustan los pasillos limpios, Jug —respondió Alisson, lanzando una mirada desafiante a un grupo de chicas de segundo año que la miraban boquiabiertas—. Me molesta la hipocresía.
—Ignóralos, Al —le aconsejó Jughead en voz baja, inclinando la cabeza hacia ella—. Conozco este lugar de memoria. Sé cómo piensan, sé cómo se mueven. No dejes que sus miradas te hagan dudar de quién eres.
—Nunca dudo de quién soy, Jones.
Antes de que Jughead pudiera responder, una figura menuda de cabello rubio recogido en una coleta perfecta emergió entre la multitud. Llevaba un jersey rosa pastel y una expresión que mezclaba alivio y determinación.
—¡Jughead!
Betty Cooper ignoró por completo la barrera invisible que los demás alumnos habían formado. Se lanzó a los brazos del chico de la corona, rodeándole el cuello. Jughead sonrió de una manera en la que rara vez lo hacía en el South Side; sus brazos la envolvieron con firmeza, atrayéndola contra su pecho antes de inclinar el rostro para darle un beso cálido y prolongado.
Sweet Pea rodó los ojos, pero Fangs sonrió divertido. Alisson, por su parte, arqueó las cejas con una mezcla de sorpresa y satisfacción.
Cuando se separaron, Betty mantuvo una mano apoyada en el pecho de Jughead, acariciando el cuero negro de su chaqueta sin el menor rastro de desprecio.
—Temía que no llegaras a tiempo —dijo la rubia, antes de volver la vista hacia los demás—. Hola.
—Así que tú eres la famosa Betty Cooper —intervino Alisson, dando un paso al frente con una sonrisa lúdica en los labios—. Finalmente puedo comprobar que existes y que no eres un invento literario de Jughead para parecer interesante.
Betty soltó una carcajada genuina, relajando los hombros.
—Te aseguro que soy real. Y tú debes de ser Alisson Medrano. Jughead me ha hablado mucho de ti. Dice que eres la única persona capaz de hacer callar a Sweet Pea con una sola mirada.
—Eso es una calumnia —gruñó Sweet Pea, aunque la ligera contracción en la comisura de sus labios lo delató.
—Es una verdad absoluta —corrigió Alisson, extendiendo una mano decorada con anillos caros hacia Betty—. Un placer, Betty. Espero que tu novio no te esté volviendo loca con sus investigaciones.
—Es un trabajo de tiempo completo, pero me las arreglo —respondió Betty, estrechándole la mano con firmeza. No había rastro del desdén típico del North Side en su mirada; Jughead tenía razón al confiar en ella.
El timbre sonó de repente, rompiendo el momento con su timbre estridente. Los estudiantes comenzaron a dispersarse hacia sus aulas correspondientes.
—Tengo literatura en el ala este —dijo Alisson, consultando su horario impreso.
Sweet Pea se colocó inmediatamente a su lado, con su imponente altura bloqueando la vista de cualquiera que intentara acercarse demasiado.
—Voy contigo —sentenció él, con tono posesivo.
—Cariño, puedo caminar cincuenta metros sola sin que me devore un Bulldog —bromeó ella, apoyando una mano en su pecho.
—No confío en ellos, Al. Ni un poco.
—Y no tienes que hacerlo. Pero confía en mí.
Alisson se puso de puntillas y le dio un beso suave en los labios, lo suficiente para calmar la rigidez de sus hombros. Sweet Pea suspiró contra su boca, rindiéndose a medias.
—Cualquier cosa que pase, me buscas —le advirtió él, rozándole la mejilla con los dedos ásperos—. Si alguno de esos idiotas con chaqueta de fútbol te dice algo...
—Sé defenderme sola, Sweet. Siempre lo he hecho.
Se separaron con miradas cargadas de promesas mudas. Alisson comenzó a caminar por el pasillo central, sintiendo cómo los ojos de los alumnos se clavaban en su figura. No era solo la serpiente en su espalda lo que llamaba la atención; era el contraste absoluto. Caminaba con la seguridad de quien era dueña del lugar, calzada con botas de diseñador italiano, pantalones oscuros perfectamente cortados y el cabello rubio cayendo en ondas impecables sobre el cuero gastado de los Serpents.
—Debo admitir que tienes un sentido del estilo fascinante.
Alisson se detuvo junto a una fila de casilleros y giró la cabeza. Veronica Lodge estaba allí de pie, con un abrigo oscuro impecable, perlas blancas en el cuello y una expresión analítica pero amigable.
—¿Fascinante en el sentido de «innovador» o en el sentido de «¿qué hace esa criminal aquí?»? —preguntó Alisson con una media sonrisa afilada.
—En el sentido de que sé reconocer unas botas Alexander McQueen cuando las veo —replicó Veronica, sonriendo con elegancia—. Soy Veronica.
—Alisson. Aunque supongo que en este pueblo las noticias vuelan más rápido que el sentido común.
—Ciertamente. —Veronica se colocó a su lado mientras caminaban lentamente hacia las aulas—. Te seré honesta, Alisson. Todos en este lado de la ciudad conocen el apellido Medrano. Mi padre ha mencionado los negocios de tu familia un par de veces. Pero jamás imaginé que la heredera de los Medrano llevaría... eso.
Señaló con sutileza la chaqueta de cuero. Alisson no se inmutó.
—Para mi padre, y para mí, el dinero es solo un recurso. Un escudo contra el mundo exterior. Pero los Serpents... los Serpents son mi familia. La lealtad no se compra en una tienda de la Quinta Avenida, Veronica.
Veronica la observó durante unos segundos en silencio. Había un destello de genuina comprensión en sus ojos oscuros, la carga de quien también entendía lo que significaba llevar un apellido pesado sobre los hombros.
—Supongo que ambas sabemos lo que es cargar con un imperio a cuestas —dijo Veronica con voz baja—. Aunque el tuyo tenga colmillos.
—Prefiero tener colmillos a ser la presa —sentenció Alisson antes de entrar al salón.
Sin embargo, la tregua del primer día duró poco. A media mañana, la voz metálica del director Weatherbee retumbó por los altavoces convocando a los estudiantes transferidos al vestíbulo principal.
Cuando Alisson, Jughead, Toni, Fangs y Sweet Pea llegaron al área central, se encontraron con el director esperándolos con una carpeta bajo el brazo y una expresión de severidad inflexible.
—Señor Jones, señorita Medrano, y demás alumnos del South Side —comenzó Weatherbee, paseando la mirada por el grupo—. En Riverdale High valoramos el orden, la disciplina y, sobre todo, la seguridad. Para facilitar su transición a nuestra comunidad escolar, el consejo directivo ha aprobado un nuevo código de conducta.
—¿Traducción? —soltó Toni, cruzándose de brazos.
—Traducción: a partir de este instante, queda estrictamente prohibido el uso de atuendos, insignias o prendas asociadas a pandillas dentro de estas instalaciones. —Weatherbee señaló directamente la chaqueta de Jughead y luego la de Sweet Pea—. Eso incluye sus chaquetas de Serpents. Deben quitárselas ahora mismo.
El silencio que siguió a sus palabras fue denso y peligroso. Sweet Pea dio un paso al frente, con los ojos echando chispas, pero Jughead se interpuso con serenidad gélida.
—Con el debido respeto, director Weatherbee —dijo Jughead, con la voz cargada de firmeza—, conozco el reglamento de esta escuela de memoria. He estudiado aquí la mayor parte de mi vida. La vestimenta es una forma de expresión personal amparada por los derechos civiles. No puede prohibirnos llevar una chaqueta solo por lo que representa para usted.
—Esta chaqueta es nuestra piel, Weatherbee —gruñó Sweet Pea desde atrás—. No nos la vamos a quitar.
—No es una sugerencia, señor Pea —respondió el director con tono punitivo—. Si no acatan la orden, enfrentarán suspensiones inmediatas. No voy a permitir que conviertan Riverdale High en un nido de delincuentes juveniles.
Aquellas palabras hicieron que la paciencia de Alisson se quebrara. Avanzó hasta quedar a la misma altura que Weatherbee, alzando el mentón. Su presencia, a pesar de su estatura delicada, emanaba una autoridad que hizo que el director parpadeara dos veces.
—Tenga mucho cuidado con las palabras que elige, señor Weatherbee —dijo Alisson, con una voz tan suave como letal—. Llamar «delincuentes» a un grupo de adolescentes simplemente por venir del South Side roza la discriminación abierta. Y le aseguro que mi padre, Alejandro Medrano, cuenta con un equipo de abogados que estaría encantado de discutir en un tribunal si esta escuela pública tiene el derecho legal de privarnos de nuestra identidad mientras pagamos nuestros impuestos municipales.
Weatherbee apretó la mandíbula, visiblemente incómodo ante la mención del magnate del South Side. Los Medrano no eran como los demás Serpents; tenían los recursos financieros para destruir la reputación del distrito escolar si se lo proponían.
—Las reglas son las reglas, señorita Medrano —dijo el director, tratando de recuperar el control sin ceder terreno—. Por hoy haré una excepción temporal mientras se revisan los casos particulares, pero no toleraré actos de rebeldía. Vayan a sus clases.
Los Serpents se alejaron con una victoria parcial, pero la tensión en el ambiente era palpable.
La cafetería durante la hora del almuerzo parecía un mapa geopolítico a punto de estallar. A un lado, los Bulldogs y las River Vixens ocupaban el centro; al otro, los Southsiders se habían congregado en una mesa cerca de las puertas dobles. Jughead actuaba como el único puente visible entre ambos mundos, sentado momentáneamente junto a Betty, Archie y Veronica en una mesa intermedia, antes de volver con los Serpents.
Alisson estaba sentada junto a Sweet Pea, picando una ensalada sin demasiado entusiasmo mientras Toni revisaba unas fotografías en su cámara digital.
—Miren lo que trajo el pantano —resonó una voz arrogante y burlona a sus espaldas.
Reggie Mantle caminaba hacia ellos acompañado por dos jugadores del equipo de fútbol americano. Llevaba la chaqueta azul y dorada de los Bulldogs desabrochada, una sonrisa engreída y los ojos fijos directamente en una persona.
En Alisson.
Sweet Pea se puso de pie de golpe, golpeando la bandeja plástica contra la mesa metálica.
—Da un paso más, Mantle, y te tragarás esa sonrisa de idiota.
—Tranquilo, chico rudo —dijo Reggie, ignorando a Sweet Pea y manteniendo la mirada fija en Alisson, que ni siquiera se había molestado en soltar el tenedor—. Solo quería ver cómo le iba a la realeza del South Side. Me sorprende verte aquí, Medrano. Pensé que las chicas como tú preferían comprar ropa en Milán en lugar de arrastrarse por el lodo con una pandilla de motociclistas.
Alisson dejó el tenedor sobre el plato con una lentitud calculada. Levantó la vista, encontrándose con los ojos marrones oscuros de Reggie. Había provocación en su postura, pero también una chispa de curiosidad genuina que el chico intentaba ocultar bajo su fachada de bravucón.
—Lo que yo haga con mi vida o con mi ropa no es asunto tuyo, Mantle —respondió Alisson con frialdad—. Y si tanto te preocupa dónde paso mi tiempo, tal vez deberías buscarte un pasatiempo que no implique mirarme fijamente cada vez que entro a una habitación. Es bastante patético.
Fangs soltó una carcajada disimulada. El rostro de Reggie se tensó, pero su sonrisa no desapareció por completo; en cambio, sus ojos recorrieron el rostro de Alisson con una intensidad distinta, casi evaluativa.
—Cuidado, Medrano. Riverdale High no es el South Side. Aquí las serpientes terminan aplastadas bajo las botas.
—Inténtalo cuando quieras —escupió Sweet Pea, dando un paso adelante, pero Alisson le puso una mano firme en el antebrazo.
—Déjalo, Sweet. No vale la pena el esfuerzo.
Reggie sostuvo la mirada de Alisson un segundo más antes de dar media vuelta y alejarse con sus compañeros de equipo.
Desde la mesa de enfrente, Jughead y Betty observaban la escena con detenimiento. Jughead entrecerró los ojos verdosos, analizando el lenguaje corporal de Reggie. Había crecido en Riverdale, conocía a Mantle desde la escuela primaria y sabía perfectamente cómo actuaba cuando quería iniciar una pelea.
Esto no había sido una simple provocación territorial.
—¿Viste eso? —le susurró Betty al oído a Jughead, apoyando la barbilla en su mano con una sonrisita suspicaz.
—Sí —respondió Jughead en voz baja, ajustándose la corona—. Reggie estaba provocando, claro... pero no dejaba de mirarla como si estuviera tratando de resolver un acertijo.
—Más bien parecía que intentaba impresionarla y fracasó miserablemente —bromeó Betty, dándole un codazo juguetón—. Pero ten cuidado. Sweet Pea no parecía nada contento.
—Sweet Pea nunca está contento —murmuró Jughead, aunque su mente ya estaba viajando en otra dirección.
Más tarde ese día, en la redacción del periódico escolar *The Blue and Gold*, Jughead se sentó frente a la pantalla de su vieja computadora portátil. Las palabras de Weatherbee, la atmósfera asfixiante de la escuela y, sobre todo, la repentina clausura de Southside High seguían atormentándolo.
No creía en las casualidades. Southside High había sido cerrada bajo el pretexto de un «peligro ambiental» por niveles de toxicidad, pero Jughead sabía que la política de Riverdale siempre se movía por el dinero. Comenzó a indagar en los registros de compra de terrenos del South Side, cruzando nombres de empresas fantasma con licitaciones municipales.
De pronto, un documento digital llamó su atención.
Era una transferencia de derechos de propiedad sobre terrenos aledaños a Southside High. El comprador no era otro que una subsidiaria de Lodge Industries. Pero no estaban solos en los movimientos notariales. En las cláusulas de disputa de límites aparecía un nombre legal recurrente: *Inversiones Medrano S.A.*
Jughead frunció el ceño, inclinándose hacia la pantalla.
—¿Qué demonios...? —susurró para sí mismo.
Alejandro Medrano era un hombre de honor en el South Side, un Serpent veterano que había construido una fortuna legítima sin abandonar jamás a su gente. La idea de que su nombre estuviera vinculado, directa o indirectamente, con las maniobras oscuras de Hiram Lodge no tenía ningún sentido. Los Medrano odiaban a los oportunistas del North Side.
Jughead guardó los archivos en una memoria externa. Tenía que averiguar más antes de alarmar a Alisson. Ella adoraba a su padre por encima de todas las cosas, y una acusación infundada solo serviría para romper su lealtad hacia él.
Al terminar las clases, Betty lo interceptó cerca de las puertas traseras de la escuela, donde el sol de la tarde teñía el cielo de tonos anaranjados y violetas.
—Oye, detective solitario —dijo Betty con ternura, entrelazando sus dedos con los de él—. Has estado distante las últimas horas. ¿Estás bien?
Jughead miró hacia los pasillos vacíos y luego a la chica frente a él. La tensión en sus hombros pareció desvanecerse al contacto con la mano de Betty.
—Es extraño estar de vuelta, Betty. Ver a Archie con la chaqueta de los Bulldogs, ver a mis amigos del South Side siendo tratados como criminales... Siento que el suelo bajo mis pies se está agrietando y que en cualquier momento se abrirá un abismo entre los dos lados del pueblo.
Betty dio un paso más cerca, colocándole la otra mano sobre la mejilla con suavidad.
—Sé que es difícil, Jug. Pero estás aquí. Y no estás solo en esto. No importa lo que pase entre el North y el South Side, nosotros estamos juntos. Tú y yo.
Jughead la miró a los ojos, conmovido por la sinceridad inquebrantable de la chica rubia. Se inclinó y la besó con devoción, sintiendo la calidez de sus labios como un ancla en medio de la tormenta que amenazaba con destruir Riverdale.
—Te amo, Betty Cooper —susurró él contra su frente—. Y nada de esta maldita guerra va a cambiar eso. Te lo prometo.
Ella sonrió, apoyando la cabeza en su hombro por unos instantes antes de despedirse con la promesa de verse más tarde en Pop's.
Mientras tanto, en el estacionamiento exterior, Alisson caminaba sola hacia su motocicleta tras haber despedido a Toni y a los chicos, quienes se habían adelantado para una reunión en el Whyte Wyrm. Buscaba las llaves en su bolso de cuero cuando una voz la detuvo a unos metros.
—Se te cayó esto en el pasillo, Medrano.
Alisson se dio la vuelta. Reggie Mantle estaba apoyado contra el capó de su automóvil, sosteniendo un pequeño objeto brillante entre los dedos.
Era un broche de plata con la forma de una serpiente enroscada, una joya antigua que su padre le había regalado al cumplir quince años. Alisson se palpó la solapa de la chaqueta y notó el vacío.
Avanzó hacia él con paso firme y extendió la mano.
—Gracias. No me había dado cuenta.
Reggie no se lo entregó de inmediato. Lo miró con detenimiento antes de posar sus ojos marrones en ella.
—Es plata pura —dijo él, con un tono en el que ya no había burla, sino una extraña pesadez—. Tienes ropa cara, un apellido que hace temblar a la mitad del consejo de la ciudad y el aspecto de alguien que debería estar en un colegio privado en Suiza. ¿Por qué estás con ellos, Alisson? ¿Por qué empeñarte en ser una Serpent?
Alisson arqueó una ceja, divertida por la pregunta pero firme en su convicción.
—Tú juegas al fútbol americano y llevas esa chaqueta azul todos los días, ¿no es así? Elegiste ser un Bulldog.
—No es lo mismo y lo sabes —replicó Reggie, frunciendo el ceño—. Esto es solo un equipo escolar. Lo tuyo es una pandilla peligrosa. No encajas ahí. Eres demasiado...
—¿Demasiado qué, Mantle? ¿Demasiado rica? ¿Demasiado bonita? —Alisson dio un paso más, reduciendo la distancia entre ellos de manera que Reggie tuvo que bajar la mirada para sostenerle el contacto visual—. Todavía no entiendes nada sobre el South Side. Piensas que ser un Serpent se trata de pobreza y crimen. Para mí, se trata de no traicionar a la gente que cuidó de ti cuando el resto del mundo miraba hacia otro lado. No elegí ser una Serpent por moda. Es lo que soy.
Reggie se quedó sin palabras. La arrogancia habitual se había disipado de su rostro, dejando al descubierto una mirada atenta, casi desconcertada por la fuerza de las palabras de la chica. Lentamente, depositó el broche en la palma abierta de Alisson. Sus dedos rozaron la piel suave de la mano de ella por una fracción de segundo más larga de lo necesario.
—Ten cuidado, Alisson —dijo él en voz baja, antes de apartar la mano—. Riverdale no es un lugar seguro para las lealtades ciegas.
—Sé cuidarme sola, Mantle —respondió ella, cerrando el puño sobre el broche y dándose la vuelta para subir a su moto sin mirar atrás.
Reggie se quedó de pie en el estacionamiento, observándola arrancar y perderse en el camino hacia el sur, con un nudo de pensamientos cruzándole la mente.
La noche ya había caído sobre el South Side cuando Alisson llegó a la residencia Medrano. A diferencia de los remolques y las casas humildes de la mayoría de los habitantes del vecindario, la propiedad de su familia era una imponente mansión de estilo colonial rodeada de rejas de hierro forjado y protegida por un amplio sistema de seguridad. Un enclave de opulencia levantado en medio del territorio de los Serpents.
Alisson dejó las llaves sobre la mesa del vestíbulo de mármol y se quitó la chaqueta de cuero, sosteniéndola sobre el brazo. Escuchó un murmullo de voces graves provenientes del estudio principal, cuya puerta de madera oscura estaba entreabierta. Una tenue luz dorada se filtraba hacia el pasillo.
Pensando que su padre estaba atendiendo alguna llamada de negocios tarde, Alisson caminó hacia el estudio para saludarlo.
—Papá, ya llegué. No vas a creer lo que pasó hoy con Weatherbee y...
Sus palabras se congelaron en su garganta al empujar la puerta por completo.
Su padre, Alejandro Medrano, estaba de pie junto al ventanal. Llevaba una camisa blanca impecable sin corbata, pero lo que realmente dejó a Alisson sin aire fue el hombre sentado en el sillón de cuero frente a él, sosteniendo un vaso de whisky con elegancia imperturbable.
Hiram Lodge.
El recién regresado magnate del North Side alzó la vista hacia Alisson. Vestía un traje a medida de corte perfecto, y una sonrisa tranquila, casi paternal, se dibujó en sus facciones afiladas.
—Buenas noches, señorita Medrano —saludó Hiram, inclinando ligeramente la cabeza—. Es un placer verte de nuevo después de tantos años. Has crecido mucho.
Alisson se quedó paralizada en el umbral, con la mano aferrada al cuero de su chaqueta de Serpent. Su mirada pasó rápidamente del rostro calculador de Hiram al de su padre. Alejandro no sonreía; sus ojos oscuros reflejaban una tensión que Alisson jamás le había visto.
—¿Qué está haciendo él aquí, papá? —preguntó Alisson, con la voz cargada de una desconfianza inmediata—. ¿Qué hace Hiram Lodge en nuestra casa?
Alejandro Medrano suspiró profundamente, bajando el vaso que sostenía sobre el escritorio de caoba.
—Alisson, por favor. El señor Lodge y yo tenemos asuntos pendientes que tratar. Negocios importantes.
—¿Negocios? —repitió ella, sintiendo cómo una punzada de alarma le recorría la espina dorsal—. ¿Qué clase de negocios podrías tener tú con él? Hiram Lodge representa todo lo que intentamos mantener lejos del South Side.
Hiram soltó una risita suave y dio un sorbo a su bebida antes de responder con esa cadencia pausada y siniestra que lo caracterizaba.
—Tu padre y yo somos viejos conocidos, Alisson. Los negocios de los que hablamos no son nuevos. De hecho... comenzaron mucho antes de que tú nacieras.
Alisson sintió que el aire del estudio se volvía pesado y asfixiante. Miró a Alejandro, esperando una negación rotunda, una orden para que Hiram saliera inmediatamente de su hogar, o al menos una explicación que tuviera sentido.
Pero su padre permaneció en silencio, con la mirada fija en el suelo y una sombra de resignación cruzándole el rostro.
En ese instante, mientras las sombras de la noche envolvían la casa, Alisson comprendió con un escalofrío que la historia de su familia y las raíces de aquella guerra entre el North y el South Side ocultaban secretos mucho más oscuros de lo que jamás había imaginado.