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La Risa de la Arrancar

Sinfonía de Espasmos: El Castigo de las Reinas

El eco de unas botas militares resonando contra el suelo de piedra despertó a Tier Harribel de su letargo. La Tercera Espada apenas había tenido tiempo de recuperar el aliento tras el tormento del día anterior. Sus músculos todavía se sentían de gelatina y su piel, especialmente en la zona de las axilas y el abdomen, conservaba una sensibilidad eléctrica, un hormigueo residual que la hacía estremecerse con el más mínimo roce de su propia ropa.

La puerta de la celda se abrió de par en par, golpeando la pared con un estruendo que hizo que las cadenas de Harribel tintinearan. Candice Catnipp entró primero, y su rostro era un poema de furia. Sus cejas en forma de rayo estaban tan fruncidas que parecían a punto de soltar chispas reales. Detrás de ella, con una calma que resultaba casi más aterradora, caminaba Meninas McAllon. La Sternritter de cabello rosado y fuerza sobrehumana observaba a la prisionera con una curiosidad apática, como quien mira a un insecto antes de decidir si aplastarlo o no.

—Eres una mentirosa patética, Harribel —escupió Candice, deteniéndose frente a ella. Su voz temblaba de rabia—. Enviamos a un destacamento a la quinta torre. ¿Y sabes qué encontraron? ¡Nada! Solo un nido de Hollows menores y una trampa de agua que casi empapa mi uniforme favorito.

Harribel levantó la vista con esfuerzo. A pesar del agotamiento, una pequeña y desafiante sonrisa se dibujó tras el cuello de su chaqueta.

—¿Esperabas que la Reina de Hueco Mundo entregara sus secretos tan fácilmente? —preguntó con voz ronca—. Las cosquillas pueden quebrar el cuerpo, pero mi lealtad a mi mundo es más profunda que tus dedos.

Candice soltó una carcajada seca y amarga.

—Oh, qué discurso tan heroico. Casi me conmueves —dijo la chica de verde, acercándose tanto que Harribel podía oler el ozono que desprendía su reiatsu—. Pero cometiste un error de cálculo. Ayer estaba haciendo un interrogatorio oficial. Hoy... hoy es personal. Ya no me importa lo que sepas de Aizen. Solo quiero verte suplicar mientras te retuerces como el gusano que eres.

Meninas dio un paso adelante, tronándose los nudillos con un sonido seco.

—Candice dice que eres muy sensible, Arrancar —comentó Meninas con su voz suave y monótona—. Me pregunto cuánto tardará tu cuerpo en rendirse si aplicamos el doble de presión.

Harribel sintió un frío glacial recorrerle la columna. Si Candice sola había sido capaz de llevarla al borde del colapso, la presencia de la imponente Meninas garantizaba un infierno sensorial.

—Meninas, tú encárgate de los costados y el torso —ordenó Candice con una sonrisa malévola—. Yo voy a dedicarme exclusivamente a mi lugar favorito.

Sin más preámbulos, el asalto comenzó.

Meninas no perdió el tiempo. Con una velocidad sorprendente para su complexión, hundió sus grandes y fuertes manos en los costados de Harribel. Sus dedos, aunque capaces de pulverizar rocas, se movían ahora con una agilidad experta, amasando y rascando la zona de las costillas y la cintura.

—¡¡¡AHHH-JAJAJAJAJA!!! —El estallido de risa de Harribel fue instantáneo y violento.

Sus cadenas se tensaron al máximo mientras su cuerpo intentaba encogerse en posición fetal, algo imposible debido a los grilletes. Las manos de Meninas eran implacables; sus dedos se enterraban en la carne suave de los costados, justo donde las costillas terminan y comienza la cintura, provocando una reacción en cadena de espasmos nerviosos.

—Vaya, realmente saltas al primer toque —murmuró Meninas, subiendo sus manos para apretar rítmicamente bajo los brazos de la Arrancar, justo donde la piel era más fina.

—¡PARA! ¡JAJAJA! ¡MENINAS... POR FAVOR... JIJIJI! —Harribel jadeaba, su cabeza moviéndose de lado a lado mientras intentaba escapar del asedio.

Pero lo peor estaba por llegar. Candice se posicionó justo frente al vientre expuesto de la prisionera. Sus ojos brillaban con una intensidad sádica. Con una lentitud deliberada, extendió su dedo índice, apuntando directamente al centro de la diana: el ombligo de Harribel.

—¿Te acuerdas de esto, verdad? —susurró Candice—. Ayer solo fue un aperitivo. Hoy vamos a ver cuánto puedes resistir antes de que tu corazón se detenga de tanta risa.

Candice hundió el dedo con fuerza en el ombligo y comenzó a girarlo violentamente, tal como había amenazado. Al mismo tiempo, Meninas intensificó su ataque, usando sus pulgares para presionar con fuerza los tendones del vientre bajo mientras sus otros dedos seguían atormentando las costillas.

—¡¡¡¡GYAAAAAAAA-HA-HA-HA-HA-HA-HA!!!! —Harribel emitió un grito que se transformó en una risa histérica y desesperada.

Sus ojos se abrieron de par en par, inundándose de lágrimas al instante. La sensación en su ombligo era una tortura eléctrica que se irradiaba por todo su abdomen, chocando con las ráfagas de cosquillas que Meninas enviaba desde los costados. Era un caos sensorial absoluto. Harribel sentía que su vientre se convertía en un campo de batalla donde cada nervio gritaba de pura sobreestimulación.

—¡CONFIESA QUE TE GUSTA, REINA! —gritó Candice, riendo junto a ella—. ¡Mira cómo bailas para nosotras!

—¡NOOO! ¡JAJAJAJA! ¡ES... ES DEMASIADO... AJAJAJAJA! ¡QUÍTALO! ¡QUITA EL DEDO DE AHÍ! —Harribel sollozaba entre carcajadas, su vientre subiendo y bajando en ondas frenéticas bajo el ataque combinado.

Meninas, viendo la reacción, decidió probar algo nuevo. Dejó de rascar y comenzó a caminar con sus dedos sobre el vientre de Harribel, imitando el paso de una araña pesada que subía desde el vientre bajo hasta el esternón, para luego bajar de golpe y hundir las manos en la cintura, apretando con fuerza.

—¡¡¡IIIIIIIIII-HI-HI-HI-HI!!! —Harribel se arqueó tanto que sus pies se despegaron del suelo, quedando suspendida solo por las muñecas—. ¡ME... ME VOY A... JAJAJA... A MORIR! ¡BASTA, POR FAVOR!

—Nadie se muere por unas cosquillitas, no seas dramática —dijo Meninas desapasionadamente, aunque sus dedos no daban tregua, explorando cada rincón sensible del torso de la Arrancar.

Candice, por su parte, no soltaba el ombligo. Empezó a usar su uña para rascar las paredes internas de la pequeña hendidura, alternando con presiones rápidas del pulgar justo debajo del ombligo, en el punto más vulnerable del vientre bajo.

—¡Mira cómo se estremece! —exclamó Candice, deleitada—. Meninas, aprieta más los costados. ¡Quiero ver si puede gritar más fuerte!

La Sternritter de cabello rosa obedeció, hundiendo sus dedos en los huecos de las costillas de Harribel y moviéndolos en círculos rápidos y vibrantes. La prisionera ya no podía articular palabras. Sus gritos eran una mezcla de hipos, jadeos y risas roncas que denotaban el agotamiento extremo de sus pulmones. El sudor empapaba su cuerpo, haciendo que la piel aceitunada brillara bajo las luces de la celda, volviéndola aún más resbaladiza y sensible al tacto de sus captoras.

—¡JAJAJA... YA... YA NO... JAJAJA... PUEDO...! —Harribel cerró los ojos con fuerza, sus pestañas tupidas empapadas en lágrimas—. ¡MÁTENME... JAJAJA... PERO PAREN YA!

—¿Matarte? ¿Y perderme este espectáculo? —Candice retiró el dedo un segundo solo para volver a hundirlo con más saña, esta vez vibrando su mano como si estuviera enviando pulsos eléctricos—. ¡Ni hablar! Tenemos toda la noche.

Pasaron diez minutos que para Harribel parecieron siglos. Su mente se había desconectado de la realidad, enfocada únicamente en la agonía placentera que recorría su abdomen. Cada vez que pensaba que el ataque iba a disminuir, una de las dos Sternritter encontraba un nuevo punto, una nueva forma de presionar o rascar que reiniciaba el ciclo de risa histérica.

Meninas comenzó a usar sus nudillos en los costados, frotando la piel contra las costillas, mientras Candice usaba sus dos manos ahora para "tocar" el vientre de Harribel como si fuera un tambor, golpeando suavemente con las yemas de los dedos en un ritmo frenético que hacía que la Arrancar se retorciera como una anguila fuera del agua.

—¿Sabes qué es lo mejor, Harribel? —dijo Candice, acercando su rostro al de la prisionera, que jadeaba sin control—. Que ni siquiera necesitamos la información ya. Los superiores decidieron que no valía la pena el esfuerzo de buscar esos archivos. Así que ahora... esto es puramente por placer. Mi placer.

—¡Maldita... jajajaja... seas! —logró decir Harribel, aunque el insulto perdió fuerza cuando Meninas le dio un apretón final en la cintura que la hizo soltar un chillido agudo.

Finalmente, Candice hizo una señal y ambas se detuvieron al unísono.

El silencio que siguió fue casi doloroso, roto únicamente por los sollozos entrecortados y la respiración errática de Harribel. La Arrancar colgaba de sus cadenas, con la cabeza gacha y el cabello rubio cubriéndole los ojos. Su vientre, enrojecido por el constante frotar de los dedos, seguía sufriendo espasmos involuntarios, contrayéndose de vez en cuando como si todavía estuviera siendo atacado.

Candice se arregló el cabello y se colocó la gorra con un gesto de suficiencia.

—Eso fue un buen entrenamiento, Meninas. ¿No crees?

—Sí. Es más resistente de lo que parece —respondió Meninas, limpiándose las manos con un pañuelo—. Aunque sus risas son un poco ruidosas para mi gusto.

Candice se acercó a Harribel y le levantó el mentón con un dedo. La mirada de la Arrancar estaba desenfocada, perdida en un mar de agotamiento físico y mental.

—Mañana volveremos —susurró Candice con una voz que prometía más tormentos—. Y mañana, Meninas traerá algunas plumas de las alas de Bambietta. He oído que el tacto del *Reishi* en forma de pluma es... exquisito en el ombligo.

Harribel dejó escapar un gemido de puro terror, pero no tenía fuerzas para protestar.

—Descansa, "Reina" —se burló Candice mientras caminaba hacia la salida—. Intenta no reírte en sueños. Aunque con lo que te espera, dudo que puedas dormir.

La puerta se cerró una vez más, dejando a Tier Harribel en la oscuridad. En la soledad de su celda, un pequeño espasmo recorrió su vientre y una risa débil, casi un susurro, escapó de sus labios. No era una risa de alegría, sino el eco de una voluntad que empezaba a comprender que, en manos de aquellas mujeres, su cuerpo ya no le pertenecía. El orgullo de Hueco Mundo se desvanecía, reemplazado por el miedo a los dedos inquietos que, sabía con certeza, volverían para reclamar su risa una vez más.