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la verdad

El Trono de Escamas y la Paradoja del Héroe

La atmósfera en el salón del Club de Servicio era tan densa que el oxígeno parecía haber sido reemplazado por estática pura. Tras la partida de los emisarios y la tensa calma que dejó el enfrentamiento con Vali, el silencio no era de paz, sino de anticipación. Issei Hyoudou permanecía de pie junto a la ventana rota, observando cómo el sol se hundía tras los edificios de Chiba, tiñendo el horizonte de un rojo carmesí que guardaba un parecido inquietante con el resplandor de su propia armadura.

Yukino Yukinoshita se acercó a él con pasos silenciosos, su figura esbelta envuelta en una elegancia que ni siquiera el caos de la batalla previa había logrado perturbar. A su lado, Yui Yuigahama sostenía una taza de té que ya se había enfriado, con los ojos fijos en la espalda de Issei, como si temiera que, de parpadear, él pudiera desvanecerse en una ráfaga de fuego dragónico.

—Issei-kun —susurró Yui, rompiendo finalmente el mutismo—. Estás demasiado callado. Da miedo cuando te pones así, como si estuvieras a kilómetros de distancia de nosotros.

Issei se giró lentamente. Sus ojos, que solían ser la viva imagen de la honestidad impulsiva y la calidez, ahora contenían destellos dorados que recordaban a las pupilas verticales de un depredador antiguo.

—Lo siento, Yui —dijo Issei, y su voz resonó con un eco metálico que hizo que las tazas sobre la mesa vibraran ligeramente—. Es solo que... Ddraig no deja de hablar. Dice que el mundo ya no me ve como un humano, sino como un punto de inflexión. Siento que cada vez que respiro, el equilibrio de este lugar se altera.

—Eso es porque ya no eres solo un estudiante, Issei —intervino Yukino, cruzándose de brazos mientras se apoyaba en una de las mesas—. Eres el Dragón Celestial más fuerte de la historia. Has trascendido las leyes de las facciones. Incluso para mi familia, que se jacta de controlarlo todo, te has convertido en una variable que no pueden ignorar.

Desde su rincón habitual, Hachiman Hikigaya soltó un suspiro cargado de un cinismo que cortaba el aire como un bisturí. Estaba sentado con las piernas cruzadas, observando la escena con sus ojos de pescado podrido, sintiendo cómo la bilis de la envidia le amargaba la garganta.

—Qué conmovedor —masculló Hachiman—. El soberano del mundo y sus dos reinas discutiendo el destino de la humanidad en un salón de preparatoria lleno de polvo. ¿Podemos bajarle un poco al drama épico? Algunos todavía tenemos que preocuparnos por los exámenes de ingreso, aunque supongo que a un dios dragón no le importa mucho su promedio académico.

Issei miró a Hachiman. No había hostilidad en su mirada, sino una especie de tristeza profunda que irritó al pelinegro aún más.

—Hachiman, sé que odias esto. Sé que odias que la normalidad que tanto protegías haya volado en pedazos —dijo Issei con una honestidad brutal.

—No la protegía, simplemente vivía en ella porque era lo único que tenía —replicó Hachiman, poniéndose de pie con movimientos bruscos—. Pero mírate. Tienes a la chica más inteligente de la escuela planeando tu estrategia política y a la chica más amable del mundo cuidando tu corazón. Tienes un poder que hace que los dioses se orinen de miedo. Y aun así, tienes el descaro de mirarme como si yo fuera el que tiene la vida fácil.

—¡Hikki, no digas eso! —exclamó Yui, dando un paso hacia él—. Issei-kun está sufriendo. ¡Todo el mundo quiere usarlo!

—¡Pues claro que quieren usarlo! —gritó Hachiman, perdiendo por un momento su máscara de apatía—. ¡Es un arma de destrucción masiva con sentimientos! Pero no me pidas que sienta lástima por el tipo que lo tiene todo. El mundo ordinario se acabó, Yuigahama. Ahora vivimos en el mundo de Issei Hyoudou, y los demás somos simples extras esperando a ver si nos incineran por accidente en su próxima pelea con un Lucifer.

Yukino se interpuso entre ambos, su mirada gélida clavada en Hachiman.

—Hikigaya-kun, tu amargura está nublando tu juicio. Issei no eligió ser el más fuerte, pero ha elegido protegernos. Si no puedes manejar la magnitud de esta realidad, tal vez deberías haberte ido cuando mi madre te dio la oportunidad.

Hachiman soltó una carcajada seca y carente de humor.

—¿Irme? ¿A dónde? No hay rincón de Chiba que no esté bajo la sombra de sus alas ahora. Me quedo porque soy el único que puede ver lo absurdo de todo esto. Alguien tiene que recordarles que, debajo de todas esas escamas y discursos de honor, solo son adolescentes jugando a ser dioses.

Issei cerró los ojos y respiró hondo. El guantelete carmesí, el *Boosted Gear*, se materializó en su brazo izquierdo con un estallido de luz verde.

—*¡BOOST!* —anunció la voz de Ddraig, resonando en todo el salón.

—Hachiman tiene razón en algo —dijo Issei, abriendo los ojos, que ahora brillaban con una intensidad aterradora—. Soy un peligro. Por eso necesito que ustedes dos estén conmigo. No como súbditos, sino como mi ancla. Yukino, tu pragmatismo evitará que me convierta en un tirano. Yui, tu bondad evitará que olvide por qué amo este mundo.

Yui se acercó y tomó la mano enguantada de Issei, sin mostrar rastro de miedo ante el metal ardiente.

—Siempre estaremos contigo, Issei-kun. No importa si eres un dragón o un humano, prometimos estar juntos los tres, ¿no?

—Una relación poliamorosa con una entidad trascendental —comentó Hachiman, volviendo a sentarse y sacando un libro, aunque sus manos temblaban ligeramente—. Si esto fuera una novela ligera, el autor ya habría sido despedido por exceso de clichés. Pero supongo que la realidad no tiene un editor.

—Mi madre espera nuestra presencia en la residencia principal esta noche —dijo Yukino, ignorando el comentario de Hachiman—. Dice que hay "negociaciones" que no pueden esperar. Las otras familias de Chiba están aterrorizadas, Issei. Creen que vas a instaurar un régimen dragónico.

Issei apretó el puño, haciendo que las gemas verdes del guantelete parpadearan.

—No quiero un régimen. Solo quiero que nos dejen en paz. Pero si tengo que mostrarles mi poder para que entiendan el concepto de "paz", lo haré.

—Esa es la mentalidad de un dictador, Hyoudou —intervino Hachiman sin levantar la vista de su libro—. "Paz a través de la fuerza". Qué original. ¿Por qué no simplemente admites que te gusta? El poder, la atención, el hecho de que las dos chicas más inalcanzables de la escuela estén peleando por ver quién te da la mano primero.

Issei se acercó a Hachiman. La presión gravitacional en el salón aumentó, haciendo que los estantes de libros crujieran.

—No me gusta, Hachiman. Me aterra. Me aterra despertar un día y no reconocer mi propio rostro en el espejo. Me aterra que, para protegerlas a ellas, tenga que destruir todo lo demás.

Hachiman levantó la vista y, por un segundo, la máscara de cinismo se rompió, dejando ver el vacío y la envidia pura que sentía.

—Entonces eres un idiota —susurró Hachiman—. Tienes el mundo a tus pies y te disculpas por ello. Eso es lo que más odio de ti, Hyoudou. Tu maldita honestidad.

La puerta del club se abrió de golpe, y Shizuka Hiratsuka entró con una expresión de urgencia. Su habitual cigarrillo estaba apagado, y sostenía un informe con el sello del Consejo Estudiantil, pero también con marcas rúnicas que Issei reconoció de inmediato como magia de alto nivel.

—Se acabó el tiempo de la filosofía —anunció la profesora—. Issei, el panteón sintoísta ha enviado una delegación. Están en la puerta de la escuela. Dicen que no pueden permitir que un "Dragón Celestial extranjero" altere la soberanía espiritual de Japón sin un contrato de servidumbre.

Yukino se tensó, y su aura de hielo comenzó a manifestarse, enfriando la habitación en segundos.

—Servidumbre... —repitió ella con desprecio—. Quieren encadenar a Issei para usarlo como su perro guardián contra las otras facciones. Mi madre no permitirá esto.

—Tu madre está negociando su propia tajada, Yukinoshita —replicó Hiratsuka-sensei—. Pero Issei es el que tiene que decidir. Si sales ahí y te niegas, habrá una guerra en el patio de la escuela. Si aceptas, perderás tu libertad.

Issei miró a Yui y luego a Yukino. Ambas asintieron, dándole el apoyo silencioso que necesitaba. Luego, miró a Hachiman.

—¿Qué harías tú, Hachiman? —preguntó Issei—. Tú que siempre encuentras la salida más retorcida y lógica.

Hachiman cerró su libro con un golpe seco. Se levantó y caminó hacia la salida, pasando junto a Issei sin mirarlo.

—Yo encontraría una forma de que todos se odiaran tanto entre sí que se olvidaran de mí —dijo Hachiman—. Pero tú no puedes hacer eso. Eres demasiado brillante, demasiado grande. Mi consejo es que dejes de pedir permiso para existir. Si eres un dragón, actúa como tal. Quema el contrato antes de que te lo entreguen y diles que Chiba es tu territorio.

Issei sonrió, una sonrisa que no tenía nada de humana.

—Gracias, Hachiman. Realmente eres el mejor en ser el peor.

—Cállate y ve a salvar el día, héroe —masculló Hachiman, aunque por dentro sentía que se ahogaba—. Yo me quedaré aquí a limpiar el desastre que dejes.

Issei, Yukino y Yui salieron del salón, dejando tras de sí un rastro de energía que hacía que el aire oliera a ozono y flores de invierno. Hiratsuka-sensei los siguió, dejando a Hachiman solo en el club.

El pelinegro se dejó caer en su silla y miró el techo. Podía sentir las vibraciones del poder de Issei desde el patio inferior. El rugido que emitió el dragón un momento después no fue de dolor, sino de dominio absoluto. Un sonido que anunciaba al mundo que Issei Hyoudou ya no pedía permiso.

—Maldita sea —susurró Hachiman, cubriéndose los ojos con la mano—. Realmente los perdí, ¿verdad?

***

En el patio de la Academia Sobu, la escena era digna de una pesadilla mitológica. Tres figuras vestidas con túnicas sacerdotales blancas y máscaras de zorro permanecían frente a la entrada, rodeadas por una barrera de luz dorada. Frente a ellos, Issei Hyoudou caminaba con paso firme, flanqueado por Yukino y Yui.

—¡Detente, portador del Dragón de la Gales! —exclamó uno de los sacerdotes, su voz resonando con una autoridad divina—. Este suelo es sagrado. No puedes permanecer aquí sin someterte a las leyes de los dioses locales.

Issei no se detuvo. Con cada paso, su armadura se manifestaba pieza por pieza: el peto carmesí, las hombreras macizas, las alas que se extendían como cuchillas de luz.

—Este suelo es mi escuela —respondió Issei, y la presión de su aura hizo que los sacerdotes retrocedieran, sus barreras agrietándose—. Estas personas son mis amigos. Y estas mujeres —dijo, señalando a Yukino y Yui— son mi vida. No acepto leyes de quienes se esconden tras máscaras mientras el mundo arde.

—¡Es una blasfemia! —gritó otro sacerdote, levantando un báculo que comenzó a brillar—. ¡Te obligaremos a obedecer!

—¡Inténtenlo! —rugió Issei.

El estallido de energía fue tal que las ventanas de los primeros tres pisos de la academia estallaron hacia adentro. Issei no necesitó usar un ataque directo; simplemente liberó una fracción de su poder trascendental. La barrera de los sacerdotes se hizo añicos como cristal barato, y los tres hombres cayeron de rodillas, asfixiados por la mera presencia del Dragón Celestial.

Yukino dio un paso al frente, su voz cortante como un bisturí.

—Díganle a su panteón que la familia Yukinoshita ha declarado a Issei Hyoudou como un aliado soberano. Cualquier intento de coacción será tratado como una declaración de guerra contra nuestra estirpe y contra el dragón mismo. ¿Entienden la magnitud de su error?

Los sacerdotes, temblando, no pudieron articular palabra. Yui se acercó a Issei y le puso una mano en el hombro, calmando el fuego carmesí que amenazaba con devorar el patio entero.

—Ya es suficiente, Issei-kun —dijo Yui suavemente—. Ya entendieron.

Issei retrajo su armadura, aunque sus ojos siguieron brillando con esa luz dorada. Los sacerdotes se desvanecieron en ráfagas de viento, huyendo hacia las sombras de las que habían salido.

Los estudiantes que observaban desde las ventanas y los pasillos guardaron un silencio sepulcral. Ya no había dudas. Issei Hyoudou era el rey indiscutible de Sobu, y Yukino y Yui eran sus consortes en este nuevo mundo de dioses y monstruos.

***

Horas más tarde, la limusina de la familia Yukinoshita esperaba frente a las puertas de la escuela. Issei, Yukino y Yui subieron al vehículo, pero antes de que la puerta se cerrara, Issei vio a Hachiman caminando hacia la estación de tren, solo, con la mochila al hombro y la cabeza baja.

—Deberíamos invitarlo —dijo Yui con tristeza—. Hikki se ve tan solo.

—No vendría —respondió Yukino, mirando por la ventana—. Hachiman es un hombre que vive en las sombras de su propia lógica. Para él, nuestro mundo es una enfermedad. Invitarlos solo lo lastimaría más.

Issei observó la figura de su amigo desvanecerse en la distancia.

—Algún día tendrá que aceptarlo —dijo Issei—. El mundo cambió, y yo no voy a dejarlo atrás, aunque tenga que arrastrarlo hacia la luz.

La limusina se puso en marcha hacia la residencia Yukinoshita, donde la madre de Yukino esperaba para sellar un pacto que cambiaría la historia de Japón. Mientras tanto, en el tren, Hachiman Hikigaya miraba su reflejo en la ventana oscura.

—Un dragón, una reina de hielo y una chica de sol —susurró Hachiman para sí mismo—. Y luego estoy yo. El observador.

Sintió una punzada de dolor en el pecho, una mezcla de celos por lo que Issei tenía y alivio por lo que él no tenía que cargar. Pero en el fondo, sabía que la advertencia de Ddraig era real: Issei estaba conquistando los corazones de las reinas, y el mundo entero sería el siguiente.

La cena en la residencia Yukinoshita fue un despliegue de poder y diplomacia. La madre de Yukino, sentada a la cabecera, observaba a Issei con una mirada que ya no era de desprecio, sino de una ambición fría.

—Has demostrado que puedes someter a los panteones, Issei-kun —dijo la mujer, bebiendo un sorbo de té—. Mi hija ha elegido bien. Pero recuerda, el poder atrae a los depredadores. La Brigada del Caos y otros seres trascendentales vendrán por ti.

—Que vengan —respondió Issei, tomando las manos de Yukino y Yui bajo la mesa—. No estoy solo.

—No —dijo la madre de Yukino con una sonrisa enigmática—, no lo estás. Tienes a la familia Yukinoshita, tienes a la heredera de los Yuigahama... y tienes ese vacío que dejas a tu paso, donde los hombres como Hikigaya-kun se marchitan. Asegúrate de que su amargura no se convierta en tu ruina, Issei. La envidia de un hombre inteligente es más peligrosa que la lanza de un dios.

Issei se quedó pensativo. Las palabras de la mujer resonaron en su mente mientras miraba a Yukino y Yui, quienes le sonreían con una devoción absoluta. El poder del dragón seguía creciendo, expandiéndose, devorando la normalidad de su vida anterior.

Esa noche, mientras Chiba dormía bajo la protección invisible de las alas del dragón, Hachiman Hikigaya escribía en su diario una sola frase antes de apagar la luz:

"Hoy vi a un amigo convertirse en un dios, y me di cuenta de que, en su mundo, no hay lugar para los que solo queremos ser humanos".

El rugido de Issei aún resonaba en sus oídos, un eco de poder absoluto que prometía protección, pero que también exigía un precio: la irremediabilidad de un mundo que nunca volvería a ser ordinario. La relación entre los tres se había consolidado, el pacto con la familia Yukinoshita estaba sellado, y el dragón más fuerte de todos los tiempos finalmente había reclamado su trono, aunque ese trono estuviera construido sobre las cenizas de la paz de su mejor amigo.