Lápices y competencias
Cerezos en Flor y el Sonido de la Red
El último año en el Instituto Nacional de Zootopia no caminaba, corría. Para Judy Hopps, el tiempo se había transformado en una sucesión vertiginosa de exámenes de cálculo, ensayos de sociología y reuniones de planificación que, extrañamente, ya no se sentían como una carga. La primavera había teñido los jardines de la escuela con tonos rosados y blancos, y con el cambio de estación, algo en el aire se sentía distinto, más eléctrico, más definitivo.
Judy estaba sentada en la biblioteca, rodeada de libros de derecho constitucional, pero su mirada se desviaba constantemente hacia la ventana que daba a las canchas exteriores. Allí, un zorro de pelaje rojizo y movimientos ágiles lideraba una práctica de baloncesto. Nick Wilde se movía con una gracia que Judy encontraba hipnotizante. Ya no era solo el chico irritante que le ponía apodos; era el joven que se quedaba con ella hasta tarde ayudándola a organizar el inventario del club de debate, el que sabía exactamente cómo le gustaba el café y el único que podía hacerla reír cuando el estrés de las calificaciones la superaba.
—Si sigues mirándolo así, vas a quemar el vidrio con la mirada, Zanahorias.
Judy dio un salto en su silla, encontrándose con la mirada pícara de su amiga Gazelle, quien se sentó frente a ella con una pila de partituras.
—¡No lo estaba mirando! —protestó Judy, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas hasta la punta de sus orejas—. Solo... estaba analizando la trayectoria del balón. Es física aplicada, Gazelle.
—Claro, y yo soy una elefanta —se burló la gacela—. Judy, todo el instituto sabe que ustedes dos son inseparables. Van al karaoke, almuerzan juntos, estudian juntos... Solo falta que lo admitas.
Judy suspiró, cerrando su libro con un golpe seco.
—Es complicado. Somos los mejores de la clase, somos rivales, somos amigos... No quiero arruinar lo que tenemos por un impulso.
Mientras tanto, en la cancha, Nick Wilde acababa de encestar un tiro de tres puntos que hizo que sus compañeros de equipo vitorearan. Sin embargo, su primer instinto no fue celebrar con ellos, sino buscar con la mirada la ventana de la biblioteca. Cuando vio la silueta de la pequeña coneja, una sonrisa involuntaria se dibujó en su rostro.
—¡Wilde! ¡Concéntrate! —gritó el entrenador, un rinoceronte de voz atronadora.
—Lo siento, entrenador. Solo verificaba que el mundo siguiera girando —respondió Nick con su habitual sarcasmo, aunque por dentro su corazón martilleaba contra sus costillas.
Para Nick, la fachada de "zorro despreocupado" se estaba desmoronando. Ya no le bastaba con los choques de hombros o las bromas pesadas. Sentía una punzada de celos cada vez que algún otro estudiante se acercaba a Judy para pedirle apuntes, y una calidez insoportable cada vez que ella le dedicaba esa sonrisa genuina que guardaba solo para él.
—Oye, Nick —le dijo Finnick, un zorro fennec que jugaba como base, mientras caminaban hacia los vestidores—. Deja de negarlo. Estás enamorado de Hopps hasta las orejas. Te tiemblan las patas cada vez que pasa cerca.
—No sé de qué hablas, enano —mintió Nick, aunque sus manos delataban su nerviosismo al apretar el balón.
—Hablo de que el baile de graduación es en dos semanas y, si no te mueves, alguien más se lo pedirá. Y sé que eso te mataría.
Nick se quedó en silencio. Finnick tenía razón. La idea de ver a Judy entrar al gimnasio del brazo de cualquier otro animal le revolvía el estómago.
Los exámenes finales llegaron con la fuerza de un huracán. Durante una semana, el instituto se sumió en un silencio tenso, solo roto por el rasgueo de los lápices y el murmullo de los repasos de última hora. Judy y Nick se convirtieron en un equipo de estudio legendario. Se sentaban en su mesa habitual de la biblioteca, compartiendo audífonos y notas. A veces, Judy se quedaba dormida sobre sus apuntes y Nick, con una ternura que habría sorprendido a cualquiera, le colocaba su chaqueta escolar sobre los hombros para que no pasara frío.
El viernes, tras entregar el último examen de historia, una sensación de alivio absoluto recorrió los pasillos. Los estudiantes gritaban y lanzaban papeles al aire, pero Judy y Nick solo querían escapar del bullicio.
—Necesito aire fresco que no huela a grafito y desesperación —dijo Nick, ajustándose la mochila.
—Te sigo, Wilde —respondió Judy con una sonrisa cansada pero feliz.
Caminaron en silencio hacia un pequeño parque que se encontraba a pocas cuadras de la escuela. Era un rincón tranquilo, famoso por sus cerezos que en esa época del año estaban en plena floración. El suelo estaba cubierto por una alfombra de pétalos rosados que crujían suavemente bajo sus patas.
Se sentaron en un banco de madera, bajo la sombra de un gran árbol cuyas ramas se mecían con la brisa de la tarde. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas.
—Lo logramos —susurró Judy, rompiendo el silencio—. Se acabó la preparatoria.
—Parece que fue ayer cuando me gritaste en el pasillo porque te llamé Zanahorias —comentó Nick, mirando hacia el horizonte—. Quién diría que terminaríamos siendo... esto.
—¿Qué es "esto", Nick? —preguntó ella, girándose para mirarlo directamente.
Nick sintió que el momento había llegado. El aire olía a flores y a ese aroma a limpio que siempre emanaba de Judy. El zorro suspiró, dejando de lado cualquier rastro de sarcasmo.
—Judy, he pasado toda mi vida tratando de que nadie vea lo que realmente siento. Es más fácil ser el zorro astuto que no necesita a nadie. Pero llegaste tú, con tu optimismo implacable y tus cuadros de Excel, y derribaste todas mis defensas.
Judy contuvo el aliento. Sus orejas se irguieron, atentas a cada palabra.
—Ya no quiero ser solo el chico que te ayuda con el festival o el que compite contigo por el primer puesto —continuó Nick, su voz volviéndose más profunda y suave—. Quiero ser el que te tome de la mano frente a todos. Quiero ser el que te apoye cuando las cosas se pongan difíciles en la universidad. Judy... estoy perdidamente enamorado de ti.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino expectante. Un pétalo de cerezo cayó suavemente sobre la nariz de Judy, y ella finalmente soltó el aire que contenía.
—Eres un zorro muy tonto, Nick Wilde —dijo ella con la voz entrecortada por la emoción—. ¿De verdad creías que yo no sentía lo mismo? Me he pasado meses mirando tus partidos y distrayéndome en clase pensando en tu sonrisa. Yo también te quiero, Nick. Mucho más de lo que puedo expresar con palabras.
Judy se puso de puntillas sobre el banco y Nick se inclinó hacia ella. El beso fue dulce, lento y cargado de todas las palabras que no se habían atrevido a decir durante el año. Fue el sello de una promesa silenciosa, un acuerdo que iba más allá de los libros de texto y las canastas de baloncesto.
La noticia de su relación se extendió por el instituto más rápido que un chisme en la cafetería, pero a ellos no les importó. El lunes siguiente, Nick llegó a la escuela y, por primera vez, esperó a Judy en la entrada principal. Cuando ella apareció, él entrelazó sus dedos con los de ella ante la mirada atónita de sus compañeros.
—¿Lista para el último tramo, jefa? —preguntó él con un guiño.
—Siempre, Wilde —respondió ella, apretando su mano.
El punto culminante llegó durante el último partido de la temporada. El gimnasio estaba a reventar. Judy estaba en la primera fila, vistiendo una camiseta con el número de Nick y animando con más energía que todo el escuadrón de porristas junto.
Faltaban diez segundos para que terminara el último cuarto. El marcador estaba empatado. Nick recibió el balón, esquivó a dos defensas de la escuela rival y, justo antes de saltar para el tiro decisivo, buscó la mirada de Judy entre la multitud. Ella le lanzó un beso al aire.
Nick saltó más alto que nunca. El balón voló en un arco perfecto y entró en la red con un sonido seco y satisfactorio justo cuando sonaba la chicharra final. El gimnasio estalló en gritos de júbilo. Los jugadores corrieron a abrazar a Nick, pero él se zafó de ellos y se dirigió directamente hacia la grada donde estaba Judy.
Frente a todo el cuerpo estudiantil, los profesores y los padres de familia, Nick señaló a Judy y gritó:
—¡Esa fue para ti, Hopps!
Judy, roja como un tomate pero con una sonrisa que iluminaba todo el lugar, bajó de un salto y se lanzó a sus brazos. Nick la hizo girar en el aire mientras los estudiantes vitoreaban su nombre. Ya no eran solo los representantes de la clase o los rivales académicos; eran la pareja que todos admiraban.
Sin embargo, tras la euforia del deporte y los besos en los pasillos, llegó la realidad de la graduación. El gran día amaneció despejado. Judy y Nick estaban en la fila de graduados, vistiendo sus togas y birretes azules.
—¿Estás nerviosa? —le susurró Nick mientras esperaban a que mencionaran sus nombres.
—Un poco —admitió ella—. La universidad va a ser difícil, Nick. Carreras diferentes, ciudades distintas...
Nick le tomó la mano bajo la amplia tela de la toga.
—Escúchame, Zanahorias. Hemos sobrevivido a la rivalidad más intensa de la historia de esta escuela, a la organización de un festival caótico y a mis terribles chistes. ¿Crees que un par de kilómetros van a detenernos? Somos un equipo. El mejor que ha visto Zootopia.
Judy lo miró y supo que él tenía razón. La determinación que siempre la había impulsado a ser la mejor estudiante ahora estaba enfocada en algo mucho más importante: su futuro juntos.
—Judy Hopps —anunció el director por el micrófono.
Judy subió al escenario, recibió su diploma y, al dar su discurso de despedida como valedictorian, no pudo evitar mencionar que el éxito no solo se encuentra en las notas, sino en las personas que nos desafían a ser mejores versiones de nosotros mismos. Miró a Nick desde el podio y él le devolvió una mirada llena de orgullo.
Cuando fue el turno de Nick, él subió con la confianza de siempre, pero al recibir su diploma, buscó a Judy entre la multitud y le guiñó un ojo.
Al finalizar la ceremonia, todos lanzaron sus birretes al aire. El cielo se llenó de manchas azules, simbolizando el fin de una era y el comienzo de otra. En medio del caos de abrazos y lágrimas de despedida, Nick y Judy se encontraron en el centro del campo.
—¿Y ahora qué, oficial Wilde? —bromeó Judy, haciendo referencia a los sueños de Nick de entrar en la academia de policía en el futuro.
—Ahora, oficial Hopps —respondió Nick, rodeando su cintura con sus brazos—, vamos a demostrarle al mundo que un zorro y una coneja pueden lograr cualquier cosa si están juntos.
Se besaron una vez más, rodeados por sus amigos y familiares, bajo el sol de una tarde que marcaba el inicio del resto de sus vidas. El Instituto Nacional de Zootopia quedaría atrás, con sus pasillos llenos de recuerdos y sus canchas de baloncesto, pero lo que ellos habían construido era algo que ningún examen o distancia podría borrar. Eran Judy y Nick, el equipo perfecto, listos para conquistar cualquier desafío que el destino pusiera en su camino.