Las finanzas del otro mundo dependen del Omega esclavo corporativo
El peso del oro y la sombra del lobo
La oficina de contabilidad del palacio real de Romany era, usualmente, el único lugar donde Seiichirou Kondou sentía que el mundo tenía sentido. Los números no mentían, no tenían segundas intenciones y, sobre todo, no lo miraban con esa mezcla de lascivia y curiosidad que tanto lo incomodaba desde que llegó a este mundo. Para él, balancear los libros de la Tercera Orden de Caballeros era una forma de mantener los pies en la tierra, una conexión con su antigua vida de esclavo corporativo que, irónicamente, ahora le servía de refugio.
Esa mañana, Seiichirou se sentía especialmente ligero. Había terminado de revisar las facturas de los suministros de forraje y estaba esperando a Aresh para su almuerzo diario. Se miró las manos, notando que ya no estaban tan pálidas como en Japón; el aire puro de Romany y la dieta balanceada del palacio le estaban sentando bien. Pero lo que realmente le daba color a sus mejillas era el recuerdo de las palabras de Aresh la noche anterior. "Digno de usted". Ningún Alfa le había dicho algo así jamás.
—Solo faltan diez minutos —murmuró para sí mismo, acomodando sus anteojos.
Sin embargo, el silencio de la oficina se vio interrumpido no por los pasos firmes y elegantes de Aresh, sino por el sonido de risas roncas y el eco de pesadas botas militares que no pertenecían a la guardia personal del Capitán. La puerta se abrió de golpe, revelando a tres hombres. Por sus uniformes, Seiichirou supo que eran nobles de bajo rango que servían en la división de infantería pesada, Alfas cuyos aromas eran agrios, como metal oxidado y sudor rancio.
—Vaya, así que los rumores eran ciertos —dijo el que parecía el líder, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla—. Realmente invocaron a una reliquia. Un Omega masculino.
Seiichirou se puso de pie de inmediato, sintiendo un escalofrío recorrer su espina dorsal. Su instinto, ese que había ignorado durante años tras supresores en Japón, gritaba peligro.
—Señores, esta es una oficina privada —dijo Seiichirou, tratando de mantener la voz firme—. Si necesitan revisar presupuestos, deben pedir una cita con el visir. Ahora, si me disculpan, tengo un compromiso.
Intentó rodear el escritorio para salir, pero uno de los Alfas le cerró el paso con una agilidad sorprendente, empujándolo de vuelta contra la madera.
—No tengas tanta prisa, "tesoro" —se burló el segundo, un tipo delgado de ojos saltones—. Dicen que los Omegas masculinos son diferentes por dentro. Que su piel es más suave y que sus nidos son... especiales.
—¡Déjenme pasar! —exclamó Seiichirou, el pánico empezando a nublar su juicio—. El Capitán Indolark llegará en cualquier momento. Si valoran sus vidas, se irán ahora mismo.
Los tres Alfas soltaron una carcajada estrepitosa.
—Aresh está en una reunión de emergencia con el Consejo —mintió el líder, acercándose peligrosamente—. Tenemos tiempo de sobra para ver qué te hace tan especial.
Antes de que Seiichirou pudiera gritar, unas manos rudas lo sujetaron por los hombros y lo lanzaron sobre la mesa de trabajo, tirando al suelo los informes que tanto esfuerzo le había costado organizar. El sonido del papel rasgándose fue el preludio de algo mucho peor. Seiichirou luchó, pateó y arañó, pero la fuerza física de tres Alfas entrenados era abrumadora para un Omega que había pasado su vida frente a un computador.
—¡No! ¡Sueltenme! ¡Aresh! ¡ARESH! —gritó con todas sus fuerzas, pero una mano enguantada y sucia se presionó contra su boca, ahogando su súplica.
—Cállate y quédate quieto —gruñó el líder mientras empezaba a desabotonar la camisa de Seiichirou con impaciencia—. Solo queremos ver. Es un desperdicio que un ejemplar tan raro esté escondido bajo estas ropas de burócrata.
La tela se rasgó. El aire frío de la oficina golpeó la piel pálida del pecho de Seiichirou, quien temblaba incontrolablemente. Lágrimas de pura impotencia y terror comenzaron a rodar por sus mejillas. Sintió bocas húmedas y calientes succionando su cuello, dejando marcas violáceas que ardían como fuego. Manos ásperas recorrían sus costados, apretando con una fuerza que dejaría moratones oscuros.
—Mira estos pezones... —susurró uno de ellos, bajando la cabeza para lamer y morder con saña—. Son tan rosados. ¿Crees que podrías amamantar a un cachorro con esto, Omega?
Seiichirou cerró los ojos con fuerza, deseando desaparecer, deseando que la tierra se lo tragara. El asco era tan profundo que sentía náuseas. Cuando sintió que le arrebataban los pantalones, dejándolo completamente expuesto y vulnerable sobre los documentos de contabilidad, su mente se fragmentó. El dolor de los mordiscos en su piel y la humillación de ser tratado como un objeto de estudio anatómico lo rompieron. Uno de los hombres se posicionó entre sus piernas, desabrochando su propio cinturón con una sonrisa depredadora.
—Es hora de ver si realmente puedes concebir —dijo el Alfa.
En ese preciso instante, la puerta de la oficina no se abrió; estalló.
La madera se astilló en mil pedazos bajo una presión mágica tan inmensa que los cristales de las ventanas estallaron hacia afuera. Un rugido, algo que no sonaba humano sino como una bestia ancestral despertando de un letargo de siglos, llenó la habitación.
Aresh Indolark estaba allí. Pero no era el caballero educado y sereno que Seiichirou conocía. Sus ojos morados brillaban con un resplandor sobrenatural, sus colmillos estaban extendidos y una marea de feromonas de Alfa Dominante inundó el lugar con tal violencia que los tres agresores cayeron de rodillas, asfixiándose bajo el peso de la intención asesina de Aresh.
—Aléjense... de él —la voz de Aresh era un susurro gutural que vibraba en las paredes.
—¡Capitán! ¡Podemos explicarlo! Solo estábamos... —el líder no pudo terminar la frase.
Aresh se movió como un rayo negro. No hubo advertencia. Desenvainó su espada en un movimiento fluido y, con tres cortes precisos y brutales, el silencio fue reemplazado por los alaridos de agonía de los tres hombres. Las manos que habían tocado a Seiichirou, las manos que habían rasgado su ropa y profanado su piel, volaron por el aire antes de caer al suelo, separadas de sus dueños.
—Nadie —rugió Aresh, pateando al líder contra la pared con tal fuerza que se escuchó el crujir de sus costillas— vuelve a ponerle una mano encima a lo que es mío.
Aresh no los mató allí mismo solo porque sabía que Seiichirou necesitaba atención inmediata. Con un gesto de su mano, un grupo de subordinados de la Tercera Orden, que habían llegado corriendo tras él, entraron en la sala. Estaban pálidos, nunca habían visto a su Capitán en tal estado de furia ciega.
—Llévenselos —ordenó Aresh, dándoles la espalda—. Al calabozo más profundo. Que los sanadores se aseguren de que no mueran desangrados; quiero que sientan cada segundo de su castigo antes de su ejecución por alta traición.
En cuanto los soldados se llevaron a los hombres que gritaban, la atmósfera cambió. Aresh se despojó de su capa de oficial con manos temblorosas y se acercó al escritorio.
Seiichirou estaba hecho una bola, intentando cubrirse con los restos de su camisa, sollozando en silencio. Tenía marcas de mordiscos en el cuello y el pecho, y su piel estaba enrojecida por el trato brusco.
—Seiichirou... —la voz de Aresh se quebró. Se arrodilló frente a él y lo envolvió con su capa, cubriendo su desnudez y su dolor—. Perdóname. No llegué a tiempo. Perdóname.
—A-Aresh... —Seiichirou se lanzó a sus brazos, escondiendo el rostro en el cuello del Alfa. El aroma a sándalo y poder de Aresh comenzó a calmar sus instintos alterados, pero el trauma aún lo hacía temblar.
Aresh lo cargó al estilo nupcial, sosteniéndolo como si fuera el cristal más frágil del mundo. Ignoró a todos en los pasillos mientras caminaba con paso firme hacia la enfermería real. Sus subordinados abrían paso, bajando la cabeza ante la intensidad del aura de su líder.
Tras una hora de cuidados, donde las sanadoras limpiaron las heridas de Seiichirou y aplicaron ungüentos para los hematomas, el Omega finalmente fue trasladado a sus aposentos privados. Aresh no se había separado de él ni un segundo, manteniendo una mano sobre la suya en todo momento.
Una vez solos en la habitación, con la luz tenue de las velas bañando el lugar, Aresh ayudó a Seiichirou a recostarse en la cama. El Omega vestía una túnica de seda suave que no irritaba sus heridas.
—Debes descansar —dijo Aresh en voz baja, preparándose para retirarse hacia la silla junto a la ventana—. Me quedaré en la puerta. Nadie entrará, te lo prometo por mi honor y mi vida.
Cuando Aresh hizo el amago de soltar su mano, Seiichirou apretó el agarre con desesperación. Sus ojos azules, aún nublados por las lágrimas, buscaron los morados del Alfa.
—No... No te vayas —suplicó Seiichirou con la voz ronca—. Por favor, Aresh. No quiero estar solo. Siento que... si cierro los ojos, volveré a estar en esa mesa. Quédate conmigo. En la cama.
Aresh vaciló. Su instinto de Alfa quería reclamar, proteger y marcar, pero su respeto por Seiichirou lo mantenía a raya. Sin embargo, al ver el terror genuino en el hombre que amaba, cedió. Se quitó las botas y la túnica exterior, quedando en ropa ligera, y se deslizó en la cama junto a él.
Seiichirou se pegó inmediatamente a su pecho, buscando el calor y el latido constante del corazón de Aresh. El silencio se prolongó, solo interrumpido por la respiración que poco a poco se iba acompasando.
—Aresh —susurró Seiichirou después de un rato—. Lo que dijiste en la oficina... sobre que soy tuyo... ¿lo decías en serio?
Aresh suspiró, acariciando el cabello negro de Seiichirou con infinita ternura.
—Lo decía con cada fibra de mi ser. Desde el momento en que te vi salir de ese portal, algo en mí cambió. Nunca me interesaron los Omegas, pero tú... tu fuerza, tu dedicación, incluso tu forma de pelear con esos números... me cautivaste. No quiero ser solo tu guardia, Seiichirou. Quiero ser tu compañero. El padre de tus hijos. El hombre que te haga sentir que no necesitas supresores nunca más porque estás a salvo.
Seiichirou levantó la vista, encontrando una devoción tan pura que le quitó el aliento.
—En mi mundo, siempre tuve miedo de esto —confesó Seiichirou—. Miedo de perder mi libertad. Pero hoy, cuando me tenían sujeto... solo podía pensar en ti. En que si iba a pertenecer a alguien, quería que fueras tú.
Seiichirou se incorporó un poco, exponiendo su cuello, justo donde la glándula de aroma palpitaba con la necesidad de ser reclamada.
—Márcame, Aresh. Por favor. No quiero volver a sentirme como un objeto que cualquiera puede tocar. Quiero que el mundo sepa que tengo un Alfa, y que ese Alfa eres tú.
Aresh sintió que su pulso se aceleraba.
—¿Estás seguro, mi vida? Una marca es para siempre. No hay vuelta atrás. Serás mi compañero ante las leyes de los hombres y de la naturaleza.
—Estoy seguro —asintió Seiichirou con una pequeña sonrisa, la primera desde el ataque—. Pero tienes que prometerme algo.
—Lo que sea.
—Quiero una familia de verdad. No quiero uno o dos cachorros para cumplir con el deber. Siempre quise una casa llena de risas, de niños corriendo... Quiero que tengamos muchos cachorros. Tantos que me olvide de lo que era la soledad en Japón.
Aresh soltó una risa suave y cargada de emoción. Se acercó al cuello de Seiichirou, rozando la piel con sus labios antes de preparar sus colmillos.
—Te lo prometo, Seiichirou. Tendremos tantos hijos que te cansarás de contarlos, y yo estaré allí para sostenerte la mano cada vez que uno de ellos llegue al mundo. Seremos la familia más grande y feliz de Romany.
Con un movimiento lento y lleno de amor, Aresh hundió sus colmillos en el punto de unión entre el hombro y el cuello. Seiichirou soltó un suspiro de alivio, no de dolor. Un calor embriagador se extendió por su cuerpo mientras sus almas se entrelazaban, sellando un vínculo que ni el tiempo ni los mundos podrían romper.
Esa noche, el esclavo corporativo murió definitivamente. En su lugar, nació un Omega amado, protegido y, por primera vez en su vida, completamente libre en los brazos de su compañero. El aroma a sándalo y lluvia fresca llenó la habitación, anunciando que el nido, finalmente, estaba empezando a construirse.